Gran Sabana no postal

Mi madre siempre dice que vivo "en el fin del mundo". Yo vivo en la Gran Sabana, en el sureste extremo de Venezuela, en un sitio tan distante
y tan distinto que hasta se me ocurrió quedarme a vivir. Los invito a conocer esa Sabana que experimento en mi cotianidad: la Gran Sabana no postal.

domingo, 20 de noviembre de 2011

A la mina en Navidad


El Polaco, una de las minas más grandes de la Gran Sabana. Fotografía Tewarhi Scott.


En 2006, se inició el Plan de Reconversión Minera: varias comisiones de los ministerios de Industrias Básicas y Minería (Miban) y del Ambiente viajaron desde Caracas al sureste extremo de Venezuela para explorar sobre las alternativas productivas de quienes hurgaban bien la tierra, bien las aguas en busca de un diamante o un cochano que les cambiara la vida.
De mala gana, algunos mineros pensaron en convertirse en posaderos turísticos, los otros en transportistas o en amos de algún restaurante, otros prefirieron enlistarse entre los recuperadores de las áreas devastadas, algunos hablaron de hacerse apicultores o piscicultores.
La creatividad dio para todo y las preferencias se anotaron en “un papel de trabajo” que los voceros gubernamentales prometieron “elevar hasta las más altas instancias del poder”. La Reconversión despertó pocas esperanzas, numerosas protestas, mucho malestar y murió de súbito, al menos en ese primer formato.
En 2010, se activó el Plan Caura. Entonces, el Ejército cerró -a punta de fuego y sobrevuelos- buena parte de las minas del estado Bolívar y en el sector alto de la Cuenca del Caroní, la principal generadora de la hidroelectricidad venezolana, ocurrió lo propio.
Los testigos aseguraban que el helicóptero sobrevolaba sabanas, montañas y ríos en busca de las señales indelebles de la minería. Relataban que, ante ciertos indicios como la turbiedad de las aguas, los tripulantes llamaban a sus refuerzos en tierra, aterrizaban o, en todo caso, decomisaban o quemaban cuanto encontraban. Así que muchos se protegían enterrando lo que podían.
Atemorizados, los mineros grandes, los de las máquinas, salieron de los yacimientos. Vendieron sus motores, sus mangueras, sus láminas de zinc Mientras que, sin hacer mucho ruido, los pequeños -los artesanales, los paleros- se quedaron en el campo o guardaron sus surucas y bateas en espera de mejores tiempos.
Fueron los días del éxodo, de los camiones llegando a Santa Elena con los campamentos, los trabajadores e incluso familias enteras a cuestas. Vi a una familia bajar de un camión y caminar hasta su barraca en tierra urbana. Todos portaban morrales, sacos o bolsas sujetos a sus espaldas. En sus manos, los niños llevaban las ollas y los juguetes, la madre a un bebé de meses, el padre la suruca asida a un colchón.
Algunos de los que salieron de la mina se quedaron en la capital de la Gran Sabana y empezaron a “taxiar” o a “talibanear”;  los indígenas se fueron a Apanao, sobre el kilómetro 44 de la Troncal 10; los criollos a Tumeremo, a los sitios en donde “la mina está echando y dejan trabajar”.
En 2011, al menos dos “bullas” alborotaron a los pobladores del Municipio Gran Sabana. Una reventó en El Paují, en la capa, a tan sólo metros de este pueblo mestizo, suerte de refugio de criollos e indígenas, de mineros y ecologistas; la otra en Ikabarú, el gran polo minero de los años 40.
Los relatos que dieron parte de los delirios provocados por el oro son apenas distintos: se dijo que, durante dos semanas, unas 200 personas, entre hombres y mujeres, cavaron, lavaron material y sacaron una cantidad de oro que no podrá ser precisada; si bien el rumor da fe de kilos de cochanos vaciados en latas de leche.
Oficialmente, la mina está cerrada y aún más después de las sanción del decreto 8.413 que le reserva al Estado la comercialización del oro.
Bajo cuerda, buena parte de la comunidad de Kumarakapay, sobre la Troncal 10, en pleno Parque Nacional Canaima, está levantando el patio de la escuela valiéndose de maquinarias de alta potencia. Ellos argumentan que la temporada turística de mediados de año no fue buena y que de alguna manera deben resolver.
Por su lado, un trío de vecinos, uno de ellos fiel defensor de la naturaleza prístina de la Sabana, acaba de internarse más allá de Ikabarú, hacia Zapata, un saque arenoso de al menos 15 metros de profundidad al cual los “paleros” se lanzan con el anhelo de desenterrar fortuna y en donde, eventualmente, sólo encuentran la muerte bajo toneladas de material.
El trío se fue alertado por una nueva “bulla” y, según la esposa de uno de ellos, a “rebuscarse la Navidad”. Dos se ganan la vida taxiando. Al ecologista se le dañó el carro, lo intentó con algunas opciones y, finalmente, se fue a la mina. En casa, debiendo el alquiler y esperanzados, lo esperan su mujer y su hijo.  

martes, 27 de septiembre de 2011

Infierno en el paraíso


En Santa Elena no hay matadero, pero se benefician animales para el consumo humano (Fotografía de Morelia Morillo).
Un cachorro famélico, las cabezas de tres vacas, muchos perros más matando el hambre, millares de moscas y cientos de zamuros. Ahora, estas sabanas de la comunidad indígena pemón de Santa Teresa más que a un paraíso se asemejan a la quinta paila del infierno. A esa de las maldiciones y los temores populares. Hay humo y  huele a plástico quemado.

Santa Teresa está ubicada a escasos 15 kilómetros de Santa Elena de Uairén, la capital de la Gran Sabana y a cinco del puente Kukenán, un paso sobre el río de aguas lodosas que marca el lindero sur del lado oriental del Parque Nacional Canaima, en la Gran Sabana.

Desde hace un par de años, la Alcaldía del Municipio Gran Sabana, el último en el sureste extremo de Venezuela, mudó a Santa Teresa el relleno de basura, que se encontraba en la comunidad de Maurak, igualmente bella, boscosa y prístina. La mudanza obedeció a la inauguración del Aeropuerto Internacional. Es sabido que los aviones y los zamuros no pueden compartir.

Entonces, no faltaron los reclamos, las advertencias. Ante la resistencia, la Alcaldía llegó a un acuerdo con la comunidad indígena, hizo valer su autoridad para deponer los desechos sólidos de sus cerca de 20 mil ciudadanos y garantizó que los manejaría de la mejor manera.

Luego, hace ya algunas semanas, se dañó una de las máquinas asignadas al relleno y la otra fue a apoyar los arreglos urgentes de una súper falla sobre la troncal 10. Dejaron de abrirse y de rellenarse las terrazas, tan pronto como el colector (hay uno sólo para todo el pueblo) suelta su inmunda carga y esta sabana, que era un paraíso, terminó convertida en un infierno.

A través del programa de Ramón López, líder indiscutible de la radio local y ahora precandidato a alcalde ante la Mesa de la Unidad, los usuarios denuncian que hay indígenas hurgando en las montañas de basura en busca de huesos o pedazos de carne para hacer el tumá. El tumá es el consomé típico de los pemón. Se hace con presas de báquiro, de danto, de pescado. En todo caso, con mucho ají y una pizca de sal.

Hoy es domingo, ya pasó el medio día, y apenas un hombre y su mujer perturban las andanzas de los zamuros, de los perros y de las moscas. Él es Aquiles Fernández, descendiente de Lucas Fernández Peña, el fundador de Santa Elena de Uairén, al menos según la versión criolla. Ella es su mujer.

A él, que habita esta sabana desde siempre, la Alcaldía le encargó la vigilancia. Ella lo ayuda porque, hace un rato, media docenas de niños pemón vino en busca de juguetes y provocó una diáspora de papeles y plásticos. Él está indignado, no puede creer en lo que se convirtió el patio de su casa.

Ya en la mañana, a las seis, un anciano pemón cargó su inmenso guayare con presas de todo tipo y se las llevó para hacer el tumá. Aquiles cuenta que le advirtió el riesgo que corre, pero el anciano lo descartó. La candela mata todo razonaría y la quinta paila del infierno sigue hirviendo.

martes, 6 de septiembre de 2011

PsicoTaxi con vista al Roraima


Por la Troncal 10, rumbo al Kukenán marcha el Psicotaxi.

L es catalán por nacimiento y psicólogo de profesión. Llegó a la Gran Sabana hace algunos años y, casi de inmediato, dejó de ser turista para ser inmigrante.

Días más tarde, comenzó la construcción de un campamento eco turístico en una de las montañas aledañas a Santa Elena de Uairen, la última ciudad venezolana hacia el sureste profundo.

Pero, además, L conduce el PsicoTaxi, como ya lo hiciera uno de sus colegas en las calles y avenidas de Barcelona, España. Valga la confesión.

A diario, L recorre Santa Elena con su calcomanía de Taxi prendida al parabrisas de su Mitsubishi Montero. Sin embargo, en su tarjeta de presentación, no ofrece el servicio de transporte mas sí “Consulta y Orientación Psicológica”.

D cuenta que acudió a L agobiado por el mal de amores y se bajó del carro con la determinación de ser un empresario exitoso. A varios meses de su última sesión, D sigue lamentando aquella pérdida, pero se le ve próspero al frente de su negocio y lleno de proyectos.

Previa cita, L sube a bordo a su pasajero, paciente y se enrumba hacia la Sabana, hacia el puente sobre el río Kukenán, hacia el sector oriental del Parque Nacional Canaina, a escuchar despechos, confusiones, tormentos, confesiones. En este paraíso, la gente vive lo que en cualquier otro lugar del planeta. En veinte minutos, el psicólogo y su paciente estarán de vuelta hasta completar los cuarenta minutos estipulados.

En caso de que sus orientaciones no sean efectivas, pensará L, seguramente lo serán las vistas de la Sabana, su aire fresco, sus caídas de agua convertida en espuma, sus cortinas de lluvias corredizas, sus arcoíris de 180 grados sobre aquella inmensa bóveda celeste, sus morichales, sus atardeceres naranja-rosa, Roraima, el gran verde azulado.  



martes, 9 de agosto de 2011

Viernes de mercado





Es viernes y Santa Elena de Uairen, la capital del último municipio venezolano en la frontera con Brasil, está a reventar.

Usualmente, el pueblo es tranquilo; por momentos, se paraliza, pero hoy el tránsito en sus aceras y calzadas apenas fluye a cornetazos y empujones.

El movimiento empieza desde el jueves, al final de la tarde, con la llegada de los primeros camiones cargados de frutas, verduras, del queso, del pescado y de algunos víveres, de esos que, como por arte de magia, desaparecen de los estantes venezolanos para aparecer en los brasileños.

Los camiones vienen desde Mérida, Barquisimeto, Cumaná, San Félix. Hacen 30, 24, 16, 10 horas hasta su puesto en el patio del Mercado de Kewey I.

Kewey es la barriada más populosa de Santa Elena, surgió a partir de la primera gran invasión a mediados de los noventa. Por años, se le llamó “La Invasión”. Luego Kewei, un vocablo que en pemón nombra a las semillas sonajeras y al río al que iban las aguas de las sabanas y morichales ocupados.

El mercado nació en 1992, por iniciativa de los productores indígenas. Durante más de una década, se alternó entre el Parque Ferial, la calle Roscio, la Laguna y Manak Krü. Hace un par de años, el alcalde inauguró el Mercado Municipal. Meses después, los indígenas aceptaron ocupar un pasillo techado a un costado del galpón principal, en donde se vende la mercancía seca; el estacionamiento los separa de los comerciantes no indígenas.

Los pemón llegan al alba. Vienen de Waramasén, de Maurak, de Sampai, de Santa Lucía, de Betania, de Sakaumutá; Viajan en los camiones de las comunidades o en vehículos alquilados y atestados de mercadería y gente.

Suelen venir con su familia: con la mujer, con los niños, con los abuelos. El mercado se convierte en un encuentro de paisanos, de primos, de hermanos. Mientras venden comparten el kachirí, la bebida hecha con yuca fermentada y algo de casabe grueso con kumachí (picante).

El día anterior cosechan sus conucos y, luego, se vienen “al pueblo” cargados de plátanos, de madera, de cambures, de yuca, de ocumo, de auro' sá, de caraotas negras muy frescas, del ají que quema y de las lechosas y las piñas que endulzan.

El auro' sá es una especie de espinaca silvestre que agregan al tumá, el tradicional consomé del pueblo pemón.

Hoy, una mujer indígena vende un balde de  saltamontes; con un plato hondo mide y sirve; cada porción cuesta 20 bolívares. Muy cerca, un hombre con acento “guaro”, de Lara, de Yaracuy, ofrece pequeños cuatros y pares de maracas. Allá son tradición, acá una extravagancia. Él viene de Portuguesa.

Traen también piezas de danto, de báquiro y de pescado, todas ahumadas o asadas e inmensas y gruesas tortas de casabe. Venden y, de inmediato, compran una franela, una falda, un par de sandalias, un pantalón, un juguetito, un CD y, con el pasar de las horas, latas y gajos de cerveza.

Cada vez más, vienen también criollos e indígenas del otro lado de la frontera: de BV8, de BV9, de las poblaciones brasileñas ubicadas apenas a metros de esos hitos. Ellos nos surten de lechugas, de espinacas, de cebollín, de perejil, de rábanos, de cilantro. Son pequeños agricultores que tienen por norma cultivar con ayuda de abonos y pesticidas orgánicos.

La rutina de los compradores es similar a la de sus proveedores: los bodegueros y dueños de restaurantes inauguran la jornada; antes de las cinco, se consiguen los víveres escasos como el café, la Mavesa, el aceite, la harina de trigo; les siguen los amantes de la vida sana en procura de queso fresco y productos libres de químicos; a partir de las siete, el mercado es intransitable.

Santa Elena es una especie de isla rodeada de ríos, sabanas, selvas y morichales y sitiada entre las fronteras de Brasil y Venezuela, quien no aprovecha la feria de los viernes debe ajustarse a los precios locales, concebidos a partir de la incestuosa relación Real-Bolívar.

Es viernes y, como de costumbre, hoy llegan los brasileños. Vienen a comprar gasolina barata, víveres por docenas a los chinos, electrodomésticos por cajas a los árabes y ropa interior colombiana a sus compatriotas. Hasta poco antes de que caiga el sol y se aproxime el cierre de la frontera, Santa Elena estará a reventar. Luego, se iniciará el éxodo.

jueves, 7 de julio de 2011

El Sur también es una quimera

La casa rodante de Bruno y su familia (Fotografía de Morelia Morillo).

LaTroncal 10 lleva al al Sur en tricicleta o en Rolls (Fotografías de Tewarhi Scott y Morelia Morillo).

Ellos son polacos. Salieron de su país con el objetivo de viajar durante un año a bordo de su tricicleta.  Sobre la tercera rueda, en la maletera, viaja la casa, la ropa, la comida y todo lo demás.

Pedaleando, por supuesto, cruzaron la Aduana Ecológica de Santa Elena de Uairen -puerta de Venezuela de cara al Brasil- y se enrumbaron hacia la Gran Sabana. Corría el primer domingo de julio.

En inglés,  contaron que venían desde Salvador de Bahía, hoy capital de ese estado y antes del Brasil colonial, y que les faltaba mucho por recorrer.

A la altura de Brisas del Uairen, la barriada aledaña a Santa Elena (la primera ciudad venezolana en esta frontera), solicitaron las señas de un mecánico que remendara y regresara a su lugar la cadena de su vehículo.

No faltó quién les ofreciera una cola o les planteara la alternativa de un taxi. Pero ellos, firmes en su propósito, tomaron nota de la información que requerían, chequearon su mapa, se dieron cuenta de que sólo les faltaba transitar un par de kilómetros y se lazaron hacia Santa Elena en busca del taller. Era domingo, seguramente lo consiguieron cerrado.

Bruno, su mujer y sus dos hijos son franceses. Salieron de su casa en septiembre de 2010 . Hicieron del camión IVECO su hogar. Se aveturaron a conocer Suramérica desde la Patagonia hasta Colombia y esperan regresar en septiembre próximo. 

A diario, muchos atraviesan la Gran Sabana en busca del Sur profundo o de regreso. Por la Troncal 10, transitan bicis y motos que parecen casas rodantes, motorhomes de lujo y de latón. La semana pasada, una camioneta Hyundai chilena. Hace un par de meses, un Rolls Royce canadiense.

A veces, por lo general, los viajantes sólo cuentan con su cuerpo y la mochila. No llevan placas, no sé sabe de dónde vienen. El Sur también es una quimera.

miércoles, 22 de junio de 2011

El galpón de Makled

Sólo un yagrumo hay en El galpón de Makled (Fotografía de Morelia Morillo).

La comunidad indígena de Pei Merú -una expresión pemón que se traduce como el salto de las tortugas- se encuentra en Santa Elena de Uairen, justo al borde de la Troncal 10, la carretera que conecta  al oriente venezolano con el sureste profundo y con Brasil. Pei Merú reune apenas una docena de casas de bloques sin friso, de palmas, de tablas, de láminas metálicas.

El Salto, la barriada criolla al otro lado de la vía, concentra a varias docenas de familias venidas de otros pueblos y ciudades del estado Bolívar con la misión de tener vivienda, a pesar del bosque que debieron talar para hacerse espacio.

Pei Merú es la señal de alto levantada por los indígenas ante el avance criollo. Desde hace un tiempo, los habitantes ancestrales de estas tierras responden con ocupación estratégica ante la llegada inesperada de los foráneos.

Diferencias parte, en Pei Merú, en El Salto y en el resto de Santa Elena de Uairen, la capital del municipio Gran Sabana, se vive en paz: poco de inseguridad, poquísimo de tráfico, nada de stress, poca muy pocas malas noticias. “Esto es como estar en otro mundo”, suelen decir algunos.

En El Salto hay un autolavado, una cauchera, una iglesia evangélica y algunas bodegas. En Pei Merú tramitan varios proyectos comunitarios: una bloquera, un Mercal y una carpintería, todos pensados en función del uso de El galpón.

El galpón -una enorme edificación de concreto, con estructura de metal y techo de acerolit-  está aislado de las modestas construcciones indígenas. Con frecuencia, un carro se detiene y entonces alguno de sus ocupantes baja, saluda y pregunta si lo alquilan o venden. Mas la respuesta siempre conecta a la historia de esa construcción hermética a la cual pocos o ninguno de los de Pei Merú han podido entrar alguna vez.

El cuento va así: “El galpón lo allanó la Guardia Nacional hace años. La Guardia encontró 700 kilogramos de droga, de cocaína; ese era de un señor que se lo vendió a otro señor y ese señor se lo vendió a un turco, pero finalmente la ONA (Oficina Nacional Antidrogas) se lo entregó a un tribunal. Nosotros estamos esperando la decisión del tribunal para ocuparlo. Hemos pensado en una bloquera, pero eso hace mucho ruido. Tal vez montamos un Mercal o una carpintería, quién sabe para qué sirve realmente porque nosotros nunca hemos entrado ahí”.

Las comillas son una formalidad de quien escribe para marcar distancia con un relato que es también un colage de versiones recogidas entre los de Pei Merú.


El determinador
En El galpón -ahora rodeado de maleza, y apenas resguardado por un yagrumo encorvado- comenzó la mala racha de Walid Makled, “el turco”.

Makled está recluido en la sede del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin), en Caracas,  acusado por tráfico ilícito de sustancias estupefacientes y psicotrópicas, legitimación de capitales, asociación para delinquir y sicariato en grado de determinador.

A finales de 2004, una comisión de la Guardia Nacional (GN) –seguramente alertada por las lenguas del pueblo en donde poco o nada pasa- allanó El galpón. Al destrabar los inmensos portones, los funcionarios se toparon con 280 toneladas de úrea, una sustancia usada en el procesamiento de la hoja de coca del cual resulta la cocaína.

El hallazgo dio inicio a una investigación que, por lo pronto, condujo a la captura de este hombre al que aspiran juzgar tanto Estados Unidos como Venezuela. Y todo comenzó en El galpón de Pei Merú, del salto de las tortugas, en la apacible Santa Elena de Uairen.

jueves, 9 de junio de 2011

Nuestra nave

a
Un mensaje ambiental e interplanetario (Fotografía de Tewarhi Scott).




Él habla pemón, el cartel lo hace en inglés y español  (Fotografía de Tewarhi Scott).


El cartel, colocado de espalda al Bolívar de Santa Elena de Uairen, lo cuenta sin necesidad de palabras: muchos de los de acá, de la Gran Sabana, suelen tener con qué comunicarse al menos en dos idiomas, algunos ser ecologistas -y otros mineros- y, sin asombro, identificarse como “platilleros”.

En el sureste extremo de Venezuela, hay dos idiomas oficiales: el español y el pemón, que es el del pueblo cuyos ancestros ocuparon la zona; con naturalidad, se habla portugués, que es la lengua de los vecinos brasileros y quienes atienden a los turistas deben hacerlo en inglés, al igual que al entablar dialogo con los colindantes guyaneses.

Aunque, en teoría, las minas ilegales están cerradas, sus motores siguen moviendo esta economía, levantando sabanas, revolviendo ríos. Se sabe que, hace apenas unos días, un hombre sacó casi cuatro kilogramos de oro en cochanos en la zona de Zapata, que "compró un Tritón (un camión) y un carro de paseo" y que “ya se está dando la gran vida”. Se llama cochano al oro grueso, en conchas. El gramo de oro cochano supera los 350 bolívares.

Quienes no son mineros son ecologistas y, tal vez por afinidad, también platilleros: en las noches sin nubes, suelen mirar al cielo y escudriñar en él algún platillo volador, una nave que les de noticias de una civilización distinta, quizas más gentil con su ambiente.

martes, 24 de mayo de 2011

¡Salud!



Ahora, en mayo, se cumplen dos años del nacimiento de este blog. Decidí abrirlo y empezar a publicar por la misma razón que aún me mueve: continuar siendo periodista a pesar de vivir en la Gran Sabana, de la distancia, de la desconexión; un día de mayo de 2009 decidí apostar por las particularidades de la Sabana y cree esta bitácora.

¿Qué particularidades? Vivo en un territorio indígena, la tierra del pueblo pemön; a 15 minutos de Brasil; acá se habla español y portugués por igual y el pemón es de uso corriente entre los indígenas; hay turistas extranjeros todo el año; casi toda la Gran Sabana es área protegida y, sin embargo, la minería (que en teoría ya no existe) es la principal actividad económica de la zona, la otra es el contrabando de combustible. Son tantas las particularidades que, después de 37 post, dan para seguir escribiendo ¡Salud!

Ya cuento con 79 seguidores ¡Salud! No a todos los conozco, muchos han llegado acá por curiosidad, por afinidad, por causalidad. A todos les agradezco por ser lectores, pues (como siempre digo) “sin lectores no vale la pena seguir escribiendo”. De manera especial, vaya mi agradecimiento a mi hermana Adriana, a mi tía Elena, a mis panas Pedro Marín, Polito Bello y Eduardo Fuentes, a mi admirada Lili, a mi cuñada María Teresa, a la doctora Casteluccio, a Claudia Cazorla, a las sabaneras Carla y Mariana, a Marcos Olivares y a Mariana por recomendar el blog, a Sandra por darme la oportunidad de desarrollar mis temas con Marcapasos, al muy agudo Iván y a Kepler por ser los más consecuentes y activos.

Siempre estoy agradecida con Tewi y con Yirla pues, aunque no leen, pescan temas y hacen fotos.

He recibido 7.974 vistas ¡Salud! De todas, la crónica más leída es aquella que escribí con más tristeza: Su vida era salvar vidas. En noviembre de 2010 recibí 1.200 vistas. Las estadísticas dicen que me leen principalmente en Venezuela, en Estados Unidos y en España. Aunque en Suecia y en Chile también.

Me siento feliz, pero debo confesar que no satisfecha. Quiero escribir más. Recibir más lectores y sus comentarios y, a la vuelta de la esquina, hacer de este mi empleo: “Soy bloguera, periodista”, diré sin titubeos cuando vuelva a vivir del oficio que amo. Tengo pendiente contarles, por ejemplo que en las radios locales, se publicitan burdeles, que Douglas, sin ser gineco-obstetra ha parteado a más de 500 mujeres en su vida, que este es el paso y parada de los mochileros que atraviesan Suramérica y brindarles la historia de Manuela, una que me dejó sin habla.

¡Salud! Sientan todos el sabor amargo del Kachirí, la bebida pemón hecha a base de yuca fermentada; refrésquense con Caipirinha o con cerveza, que en estos confines escasea todo, pero jamás la Polar; algunos, lo sé, preferirán un té de malva o de citronela. Para todos, mis agradecimientos y ¡Salud!

miércoles, 4 de mayo de 2011

Fuego pemón

 
Después de un par de días de sol, la Sabana vuelve a arder, a cubrirse de humo, de hollín, de parches negros, de aves de rapiña a la caza de alguna serpiente ahuyentada por el fuego. En teoría, el verano de extiende de enero a mayo, pero es sabido que acá la lluvia y el sol se alternan a su antojo.

Los habitantes de la Gran Sabana -el último municipio venezolano hacia el extremo sureste del país- son los indígenas pemón, un subgrupo de los Caribe que ya estaba aquí cuando llegaron los misioneros españoles en el siglo XVII.

Algunos los llaman “los quemones”, un término que transmite una mezcla de desprecio, asombro y algo de gracia. Pero los pemón manejan más de un argumento a la hora de explicar por qué caminan la Sabana con una caja de fósforos en la mano y a su paso la dejan arder.

En general, ven en el fuego un aliado: creen que es bueno quemar y más cuando se sabe que se aproxima un aguacero. En lo particular, son muchos sus usos.

Les sirve para cocinar, para hacer el tumä, quemar una presa, calentarse y espantar la plaga. El tumä es un consomé hecho de pescado, de carne de cacería o, cada vez más, de pollo, con mucho ají y una pizca de sal. La presa es la proteína: un pedazo de carne roja o blanca.

Además, el fuego les sirve para limpiar la sabana que también es su casa, su espacio. Confían en que, una vez libre de malezas, reverdecerá, se verá bonita, alegre.

La socióloga Iokiñe Rodríguez, quien realizó un estudio sobre el tema escribió: “Es común oír de los abuelos, si no hay fuegos pata está triste”. Los abuelos son los ancianos pemón, los de mayor autoridad en la jerarquía comunitaria de este pueblo ancestral. Pata es su lugar, su tierra, su mundo.

Pero no sólo pata se contenta con el fuego, también la familia que se queda en casa y que, en la distancia, ve en el humo un mensaje tranquilizador, de buena cacería, de que todo está bien, de que no hay de qué preocuparse.

Es el fuego quien les abre a los pemón los caminos que usan para llegar al sitio de pesca, de caza, al conuco que igualmente trabajan después de una buena quema.

Esas llamaradas sacan de sus casas a los saltamontes, espantan a los animales peligrosos, al kaikuse que es uno de los vocablos que emplean para nombrar al tigre, al jaguar.

Los pemón le atribuyen al fuego cualidades mágicas, por eso frecuentemente acompaña al taren, al ritual curativo.

Mientras que Electrificación del Caroní (EDELCA) invierte en bomberos, tanques y helicópteros ya que de estas sabanas manan las aguas que van a parar a las represas para generar electricidad, los pemón más conservadores insisten en que el fuego se combate con fuego.

“El fuego se usa para hacerle el mantenimiento a nuestras tierras. Dejar la Sabana crecer es mucho más peligroso porque puede causar un incendio grande. Para evitar eso quemamos parte por parte”, le dijo un abuelo de Kumakapay a Rodríguez.

miércoles, 13 de abril de 2011

Trocadores: casas de cambio que caminan

Esta es la vía que comunica a Venezuela y Brasil. (Morelia Morillo).

Por estos días, el real brasilero ronda los 4,8 bolívares y los trocadores, los que cambian reales por bolívares, se disputan –como nunca- a los tripulantes de los vehículos de placas grises, los brasileros, que visitan Santa Elena de Uairen, la última ciudad venezolana de cara al Brasil.

Usan koalas, bolsos a la bandolera, lentes, gorra e indefectiblemente zapatos deportivos. Celular en mano, se lanzan sobre el tránsito, agitan sus pacas de dinero, corren de un lado a otro del pavimento. Gritan, chiflan. Pareciera que, en cualquier momento, el real coronará los cinco bolívares y ellos deben estar ahí, en la cima, prestos para recibirlo.

En el extremo sureste de Venezuela, no hay casas de cambio, pero sí una docena y media de trocadores apostados en las Cuatro Esquinas, el cruce de calles a partir del cual se extendió el pueblo y en “la matica” de Brisas de Uairen, a la sombra de un samán gigante, justo en la entrada desde Brasil.

En las cuatro esquinas, pujan los de tradición, los de siempre. En esa cruz, entre las calles Bolívar y Urdaneta la competencia es a muerte: un “mi amor”, “un japai”, un acercamiento oportuno, una pequeña mejoría en el precio puede marcar la preferencia de un cliente.

En “la matica”, en cambio, se mueve un clan unido por vínculos de sangre: hermanos, primos, sobrinos. Todos ofrecen un mismo cambio. Entre todos se reparten la cantidad de compradores y sus reales. Mientras unos ofrecen bolívares, los otros ofertan camarones congelados. “Camarão”, se lee en letras escritas a mano sobre una cartulina sujetada a una cava de anime.

En uno y otro sitio los trocadores son hombres ¿Por qué no hay mujeres en este negocio?

Son apenas las siete de la mañana y los trocadores ya inician operaciones. La frontera se abre a las seis y, tan pronto como se levanta la barrera, los vecinos empiezan su tránsito hacia Santa Elena. Vienen a comprar gasolina barata (el litro ya alcanzo los cinco bolívares, sólo un tercio de lo que cuesta en Brasil), víveres a los chinos, sábanas, línea blanca o negra a los árabes, ropa interior  a sus paisanos, vestidos, camisas, pantalones y accesorios a los venezolanos.

Doce horas más tarde, sobre las siete de la noche, los japais (un vocablo brasilero equivalente al pana venezolano) recorren el camino de vuelta a casa, dejando sus reales en manos de los trocadores o de los comerciantes, quienes también los reciben.

martes, 15 de marzo de 2011

El carnaval se celebró de este lado



Este año (2011) no hubo Micaraima. Aparentemente, la Prefectura de Pacaraima, el municipio brasilero de cara a Venezuela, no logró el patrocinio de la cervecería Brahma y, sin más, suspendió su carnaval fuera de época.

Nada de forro, nada de minhinas danzarinas, nada de sintetizadores, ni caipirinhas, nada de samba, shortzinhos, ni tocados emplumados. El espacio en donde se celebra el Micaraima, justo a un costado de la línea de hitos, permaneció desierto y eso que en las escuelas había un cartelito que decía: “Carnaval do Brasil o maior festa do mundo”.

En cambio, a 15 kilómetros, veinte minutos, la Alcaldía del Municipio Gran Sabana -el municipio más al sureste de Venezuela- celebró por todo lo alto.

El fin de semana del seis de marzo,  la Alcaldía apoyó a las escuelas en sus desfiles y patrocinó el cierre con música en vivo. Ya fuera de época, el 12 y 13 pasados, la municipalidad botó la casa por la ventana con la Mercorumba y su cartel de dos días de fiesta callejera.

Para los vecinos había forro, suerte de regatón brasilero pleno en ritmos sintetizados y junto a los locales, los de El Callao y Tumeremo, los brasileros alcanzaron el clímax con Maelo Ruiz y su salsa erótica bajo la lluvia.

De poco o nada sirvieron los llamados de Ramón López, el locutor más popular en cientos de kilómetros a la redonda, quien critico el gasto en detrimento de inversiones de urgencia como el hospital, las escuelas, las calles, las aceras.

De poco o nada sirvieron las súplicas de la hermana Anahis, la voz de la Hora de Dios, el programa matutino de la emisora evangélica Faro de Luz quien durante días imploró: “No vayas a esas fiestas paganas, ven a celebrar con nosotros en el concierto de Joel Herrera”, intérprete de salsa cristiana.

En poco o nada influyó la lluvia y entonces ¡Oh paradoja!, los de Pacaraima y Boa Vista celebraron su carnaval a este lado de la frontera.

martes, 8 de marzo de 2011

OVNIS sobre la Sabana

Una nube de colores sobre Puy podría esconder una nave (Fotografía de Tewarhi Scott).

Cae la noche y una bóveda oscura cubre la Sabana. La luz que desprenden las seismil  casas y algunos comercios desde Santa Elena, la capital municipal, apenas perturba la oscuridad del cielo tapizado de estrellas, planetas, constelaciones y, eventualmente, cruzado por un satélite o algún avión. Los demás son pueblos pequeños: El Paují, Ikabarú, Pacaraima, al otro lado de la frontera; sus reflejos son nulos en medio de semejante espectáculo celeste. Acostumbrados, muchos de los de aquí saben diferenciar entre un satélite y un avión y, por supuesto, reconocer un Objeto Volador No Identificado (OVNI).

“Qué si la luz es más intensa; qué si dentro de un rato va a desaparecer; qué si está en formación con aquellas otras dos luces y, de inmediato, se va a fusionar”, así se expresan quienes desde siempre han pasado muchas de sus horas nocturnas mirando al cielo, en lugar de mirar televisión.

En Rápidos de Kamoirán, en Kumarakapay, en Santa Elena o El Paují, en cualquier puesto en donde se venda un mapa de carreteras o de la Ruta Gran Sabana uno menos convencional se halla solapado: el Mapa OVNIS en la Gran Sabana de Roberto Marrero, el ufólogo más reconocido del patio.

Dentro de la bolsita -con cierre mágico- un folleto acompaña al material principal. En el librejo, Marrero exhorta al lector a “abrir su mente antes de ver el mapa”; explica la conexión entre la Gran Sabana y los principales centros arqueológicos del planeta; expone acerca de los triángulos y las ciudades intraterrenas; ventila la misión de los hermanos superiores acá y, finalmente, reseña los avistamientos y fenómenos indicados en el plano. Dice que son relatos recopilados en años de recorridos por la tierra de los tepuyes.

En el mapa sobresalen una serie de íconos: avistamientos diurnos, avistamientos nocturnos, naves madres  nodrizas, bolas de fuego voladoras, bases subterráneas, portales dimensionales, sitios desde donde las personas dicen haber sido paseados en naves o haberse topado con algún ser extraterreno.

Aún la Gran Sabana es uno de los destinos de avistamiento de OVNIS menos publicitados, pero cada vez se instala con más fuerza en la lista que encabezan Rosswell y Nevada, Escocia y San Clemente.

En Youtube ya se consiguen los testimonios de algunos de los testigos sabaneros: Santiago, Esteban, Roberto. Son materiales subidos por “platilleros” que vienen a estos predios a pescar historias, a corroborar.  Se van con algunas de las tantas, muchas otras son dominio exclusivo de los más viejos del lugar.

En Santa Elena, hay quienes aseguran haber conocido a seres de la quinta dimensión. Aquellos que, en cumplimiento de una misión, encarnaron y luego se fueron dejando entre nosotros a sus hijos mestizos. Tal vez por eso, en las noches oscuras muchos miran al cielo. “Porque nos aseguraron que algún día regresarán o ya están por aquí, pero no todo el mundo sabe que son ellos”.







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