Gran Sabana no postal

Mi madre siempre dice que vivo "en el fin del mundo". Yo vivo en la Gran Sabana, en el sureste extremo de Venezuela, en un sitio tan distante
y tan distinto que hasta se me ocurrió quedarme a vivir. Los invito a conocer esa Sabana que experimento en mi cotianidad: la Gran Sabana no postal.

miércoles, 27 de agosto de 2014

La gasolina más cara

Si bien en la frontera venezolana de cara al Brasil el combustible cuesta lo mismo que en el resto del país, llenar un tanque  en una de las dos estaciones de servicio local pasa por una larga espera de dos, de tres e incluso de más de cuatro horas. Fotografía: Morelia Morillo



Se acerca el final de la primera quincena de agosto y en Santa Elena de Uairén llenar el tanque de gasolina amerita al menos de cuatro horas y quince minutos, de tres horas y media, de dos horas y diez, difícilmente de menos.

Santa Elena es la última ciudad venezolana de cara al Brasil. Al otro lado de los hitos, en las bombas brasileras, un litro ronda los tres reales, Bs. 90 o más al cambio del día entre los trocadores que operan en las calles del sur profundo de Venezuela.

Santa Elena es la capital del municipio Gran Sabana, un espacio precariamente urbano rodeado de explanadas verdes salpicadas de bosques, inmensos y misteriosos tepuyes e infinidad de ríos de distintos colores y tamaños, un paraíso protegido por las leyes del país y del mundo, en donde, cada vez más, abundan los mineros de pala y de motor.

Sobre las diez de la mañana, la fila para ingresar a la Estación de Servicio PDV, ubicada sobre el cruce las avenidas Mariscal Sucre y Perimetral, comienza frente al Hotel Lucrecia, aproximadamente a 200 metros del punto de entrada.

En ese acceso, un efectivo militar exige la tarjeta de control de combustible que emite el Ejército mes a mes. De acuerdo con el terminal de la placa, un vehículo particular puede surtir tres veces por semana y los transportistas todos los días. Las motos son chequeadas de acuerdo con el  serial del motor y deben seguir el mismo sistema que los carros. Todos pueden ir a la bomba el domingo. Sin embargo, en cuatro horas y cuarto, la chica de la moto negra alcanzó el surtidor en al menos ocho oportunidades. Ponía el tanque full, salía rauda y veloz y regresaba directo a la isla de llenado, sin cambiar de casco, ni de lentes, ni su vistoso pantalón morado.

Son las 10:00 Am y, de pronto, la cola se deshace, cientos de conductores corren hacia la calle; un hombre corre con su casco y cuenta que se incendió una moto; incluso el heladero corre sin su carrito cargado barquillas, paletas y botellas de agua mineral.

La chispa se produjo en el momento en que el bombero retiró el pico del tanque de la motocicleta; una gota se precipitó hacia el metal ardiente y, en segundos, ese primer destello se transformó en una llamarada de cerca de tres metros.

“Se movieron rápido, sacaron dos extintores y apagaron el fuego”, contó otro de los vendedores ambulantes que obtienen partido del tiempo de espera.

Controlado el pánico, el militar acelera la firma de las tarjetas; regresan los conductores de los 50 carros formados en cuatro colas sobre el patio interior y los choferes de los 50 o más vehículos que se forman cual caracol en el espacio de tierra aledaño. Son al menos 100 los carros enfilados adentro más aquellos que esperan en la Perimetral, una vía angosta y sumamente transitada que conecta con el tramo de la Troncal 10 que lleva al Brasil. Y a estos se suman los que, por algún motivo, consiguen pasar directo hacia las filas internas o hacia los picos.

La ciudad cuenta con una Estación de Servicio Internacional, apostada a un costado de la línea limítrofe, para atender a los viajeros extranjeros y con dos gasolineras para los usuarios nacionales, ambas administradas por la Misión Ribas con el apoyo de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) y del Ejército Nacional Bolivariano (ENB).

A comienzos de septiembre 2013, se divulgó, por primera vez, la data del parque automotor que posee tarjetas de control de combustible en Gran Sabana, la ficha que entrega mes a mes el Escuadrón de Caballería Motorizado (5102 Escamoto) en el Fuerte Roraima. Se contabilizó a 2888 carros, una cantidad que un año más tarde podría ser mayor a juzgar por las colas y las caras nuevas en plantón. Aquí, en una localidad de alrededor de 25 mil habitantes,  muchos se conocen al menos de vista.

Aproximadamente 1544 vehículos pueden surtir gasolina diariamente, por estar asociados a alguna de las cooperativa de transporte y a esos 1544 pueden sumarse, tres veces por semana, la mitad de los 1235 carros de uso particular y de las 412 motos que, en teoría, sólo pueden surtir con un día de por medio.

Siendo así, 2162 carros requerirían gasolina un día cualquiera y la mitad de ellos se estaría formando en cola en cada una de las dos estaciones disponibles por día. Una razón numérica para esta larga espera.

Aquí se les llama “talibanes” a los revendedores de combustible, un bien que fuera de las estaciones de servicio de esta frontera cuesta de  20 a 30 bolívares, dependiendo de la demanda y de la disponibilidad del producto.

Antes, desde 2002 a 2010, el “talibaneo” se ejercía con vergüenza y de bajo perfil; ahora, se trata del oficio no formal más común y lucrativo de estos confines.

Un “talibán” es siempre “un padre de familia”, “un desempleado”, “un habitante de frontera con todo el derecho a vender su gasolina”, “la mayoría” o “casi todo el mundo”. Los hay desempleados, bachilleres sin cupo en la universidad, comerciantes, empresarios, profesionales, venezolanos, extranjeros, gente con toda una vida por acá y gente que llega para “talibanear”, conductores de carros viejos y nuevos, sobre todo de carros viejos, voraces consumidores de gasolina y de vehículos remolcados, motorizados, hombres y mujeres de la segunda y tercera edad, choferes discapacitados y choferes en pleno uso y disfrute de sus facultades.

Los más radicales llegan a las estaciones de servicio al alba. Ya en casa, extraen el combustible, a punta de chupadas y escupitajos y, de inmediato, lo venden por litros o lo acumulan en tambores (de 200 litros o menos) en espera de mejores precios o de alguien dispuesto a pagar al mayor como si lo hiciera al detal.

También hay talibanes que prefieren el sencillo: trabajar con garrafas de agua mineral de cinco litros y colocarlas entre los apurados en más o menos 100 a 150 bolívares.

En teoría, ningún vehículo brasilero puede avanzar sobre territorio venezolano antes de llenar su tanque en la Estación Internacional, la única existente en los 250 kilómetros que separan a Boa Vista, la capital del brasilero estado de Roraima, de la línea divisoria.  Pero cada vez son más los hombres, adolescentes y niños, de pantalones cortos o jeans  y camisetas que al ver un carro brasilero, de placas grises, sobre el asfalto venezolano, balancean su puño con el pulgar hacia abajo. “Japai, japai”, llaman en sustitución del pana, del chamo venezolano. E invitan al extranjero a sus casas.

“Más que todo es por necesidad porque aquí no hay trabajo y cualquier mujer que tenga un carro o una motico y tiene cuatro muchachos termina vendiendo combustible”, argumentó un vocero de Asocividec, una organización de defensa de los derechos humanos que hace vida en Gran Sabana, con respecto a las razones del llamado “talibaneo”, eso cuando autoridades y ciudadanos discutieron acerca de la cantidad de gente que engrosaba las colas y de los tiempos de espera en el día a día.

Ahora, son las dos y cuarto, llegué a las diez, pasaron cuatro horas y quince minutos desde el momento en que ingresé a la cola y el instante en que encendí mi carro y salí del surtidor. La chica de la moto, en cambio, entra, llena y sale en nueve minutos; se ausenta durante 16 a 19 minutos más y regresa rauda y veloz.


lunes, 4 de agosto de 2014

Scott: el señor de los antídotos

En la distante frontera venezolana de cara al Brasil,  al menos una persona es mordida semanalmente por una víbora de cascabel, por una mapanare, por una coral o por una inmensa y feroz cuaima piña; desde hace 30 años, Douglas Scott se ocupa de atender a los emponzoñados, de administrarles las dosis de sueros antiofídicos y de apoyarlos en su recuperación. Fotografía: Morelia Morillo


Douglas Scott, funcionario de Protección Civil Bolívar (PC-Bolívar), dice que está por jubilarse. El anillo de plata, inmenso, que lleva en su mano derecha recuerda que egresó de la Escuela Técnica de la Armada, como enfermero, en 1963. 51 años de servicio y él se acerca a los 70.

Sin embargo, acaba de subir a un Jeep prestado (es de un sobrino), ya hizo a un lado cualquier otro compromiso previamente adquirido y acelera hasta estacionar en el área de Emergencia del “Rosario Vera Zurita”, el último y único hospital en la Venezuela distante de cara al Brasil.

Va de prisa, aunque no es médico, apenas completó el tercero de bachillerato, lleva más de 30 años atendiendo las incidencias ofídicas en Gran Sabana, una  zona en donde , semanalmente, al menos una persona es mordida por una cascabel, una mapanare, una coral o una cuaima piña.

En Gran Sabana, la población avanza sobre los bosques, los morichales y las sabanas, con sus pueblos, sus minas, sus conucos y las serpientes arremeten en defensa de sus espacios.

En 2005, Scott contabilizó (pues también lleva las estadísticas)  un récord de 72 mordidas y una defunción. En 2012, se reportaron 58 mordeduras y dos fallecimientos: un niño y un adulto. Al cierre del mes de junio, durante los primeros seis meses de 2013, se registraron 32 casos y una muerte.

Scott los atiende a todos o casi todos. Sabe qué sueros debe recibir cada paciente, de acuerdo a la especie por la que fue inoculado y las dosis vinculadas al peso y edad de la de la persona. Aunque, sin excepciones, los médicos que llegan a la zona deben participar del Curso de Emergencias Ofídicas que él imparte, eventualmente, ingresa un médico sin experiencia o, simplemente, los pacientes y sus familiares se sienten más tranquilos ante la presencia serena y sonriente del hombre de escasos cabellos canosos, ataviado de gorra, chaleco de batalla y media docena de anillos de plata entre ambas manos.

Ahora, por ejemplo, Scott se apura porque en la hospitalización pediátrica lo espera un niño de cuatro. Fue mordido por una víbora en Wonkén. Lo trasladaron  hasta Santa Elena por aire. Salir de aquellos confines -por tierra- amerita de días de intensas caminatas. Pero allá también conocen a “Douglas”, así.

Hace poco, recibió a una adolescente de Kavanayén, comunidad pemón arekuna. Sufrió una mordida mortífera, pero la chica se salvó. Sus padres no hallaban de qué  manera agradecerle su intervención a Scott. “Me regalaron unos lentes, en un estuche bien bonito, un bastón de excursionismo, el ventilador que compraron para la muchacha y una bolsa de caramelos porque yo siempre ando dándole caramelos a todo el mundo” y también piropos, abrazos, apretones de mano, saludos cordiales y sonrisas.

Ahora, se le dan bien las terapias alternativas. No se limita a las dosis de antídotos, luego apoya a las víctimas en el proceso de recuperación, que es largo y doloroso; les aplica arcilla blanca, caolín de la Sabana, sobre el área afectada. Según él, la desinflamación es mucho más rápida.

Mientras visita a su paciente de cuatro, recibe una llamada desde Ikabarú, capital de la segunda parroquia del municipio, a 114 kilómetros de Santa Elena. “Me acaban de reportar la muerte de dos personas en la mina de la Suruca”. Uno tenía 36, el otro 23. Los dos fueron tapiados por el talud del corte en donde hurgaban en busca de oro y diamantes. La Guardia Nacional Bolivariana (GNB) se ocupará de los cadáveres. Scott de recibirlos y de las diligencias necesarias.

Es así. No sólo atiende a los inoculados por los colmillos filosos de las serpientes del sureste remoto de Venezuela, socorre por igual a los accidentados de las minas, de las carreteras, del Roraima; hoy lo llaman para que controle a un perro rabioso y mañana para que retire un enjambre de abejas extraviado e instalado en el patio de una casa de familia; bien pueden contactarlo para que se ocupe de una persona en medio de una crisis siquiátrica, pues en la zona no hay personal especializado o para que acompañe a una mujer que decidió dar a luz en casa y, por supuesto, sin un centímetro cúbico de anestesia.

En carne propia
Alguna vez, fue mordido por una terciopelo en su dedo pulgar. El veneno lo condenó a siete días de hospitalización en el Hospital “Ruiz y Páez” de Ciudad Bolívar y, de por vida, a un dedo extraño aunque funcional. Su nombre en las estadísticas. Cada año, entre 40 a 72 personas son mordidas en  Gran Sabana.

Muere uno con año de intermedio. En 2010, murió Luis Scott, su hermano dos años menor. Su gente, su sangre, sus afectos en las estadísticas.

Luis era carpintero, constructor, apicultor, artesano y un apasionado de las serpientes. Les salvaba la vida, aunque tuviera que pagar por ellas y, ya en cautiverio, les extraía el veneno.  Donaba las ponzoñas a las instituciones que elaboran los sueros antiofídicos.

En tres tiempos
La carrera de Douglas comenzó hace exactamente 52 años con un curso de Primeros Auxilios en el entonces Departamento Vargas. Un año después, en 1963, se enlistó en la Escuela Técnica de la Armada de Venezuela, en Catia La Mar y cursó Enfermería. Al finalizar esa primera fase de estudios, recibió el botón “Orden de Enfermería Clase B Armada” por haber conseguido el primer puesto y, casi de inmediato, abordó el patrullero de costa P-03 Alcatraz en donde durante dos años trabajó sin médico.

Del barco pasó al Hospital Militar Alberto Arvelo de Caracas. Ahí estuvo entre 1964 y 1974. “Ganaba 540 bolívares, recuerda, más 100 bolívares por guardias especiales”. Pasó 6 años en el Servicio de Siquiatría, un buen tiempo en Cardiología y el resto en los demás servicios.

Con María, su compañera de casi tres décadas y seis de sus 11 hijos se mudó a El Paují, una comunidad mixta –de indígenas y criollos, ecologistas y mineros- ubicada entre Santa Elena e Ikabarú.

Al llegar a El Paují, fundó el Puesto de Primeros Auxilios (1985), poco después el Grupo de Rescate (1988). Eran cargos ad honorem. El acuerdo era que cada familia debía dar un aporte mensual para quien se ocupaba de vacunarlos, de curarlos. Pero, como no siempre se le juntaba el dinero necesario, él iba a la mina. “Salía a buscar mi orito en los rabines, pero sin daño ecológico. Lo que hacía era ir con una pinza y una careta y buscar en las ollitas. Me daba para comer. El gramo estaba en ochenta bolívares”.

“Traje al mundo una gran cantidad de niños, doscientos o trescientos, atendí partos en agua, con agüita templadita para ayudar a la parturienta a relajarse y nunca se me murió  nadie”.

Pero, así como le tocó acompañar a esas madres durante el alumbramiento, también tuvo que levantar cuerpos sin vida. Jamás olvidará la caída de la avioneta en la viajaban la médico Xiomara Rivas y cuatro personas más. Sólo una muchacha sobrevivió, “a la que se le quemaron las piernas”

Luego fue asimilado como enfermero por la Alcaldía, fue presidente de la Asociación de Vecinos,  primer jefe Civil de El Paují y concejal parroquial.

A Santa Elena, la capital del municipio, llegó en busca de una mejor educación para sus hijos. 


Desde 2004 trabaja formalmente para PC Bolívar y durante tres años presidió el Instituto Municipal de Salud Pública, un cargo que en teoría lo postraría detrás de un escritorio, rodeado de reconocimientos colgados en las paredes, pero él jamás dejó de salir a la calle, de apagar fuegos. 

viernes, 25 de julio de 2014

Garotas Made in Venezuela

Son muchas circunstancias que enfrentan aquellas que deciden atravesar la frontera desde Brasil a Venezuela para someterse a una intervención de cirugía estética, casi siempre de aumento de senos o de liposucción


Corre julio. En Venezuela apenas están por comenzar las vacaciones escolares. Sin embargo,  los pasajes para subir a alguno de los cinco autobuses que a diario conectan Puerto Ordaz con el extremo sur oriental de Venezuela, con la Gran Sabana, hacia el Brasil, ya se agotaron. 

“No hay pasajes”, se lee en los cristales de las taquillas de las compañías de transporte con oficinas en el Terminal “Manuel Carlos Piar” de Puerto Ordaz.

Puerto Ordaz es la ciudad industrial ubicada a 800 kilómetros de la frontera. Y lo propio sucede en el Terminal Internacional de Santa Elena de Uairén, la última ciudad venezolana hacia el sureste. De ida o de vuelta, para conseguir un boleto hay que madrugar o pagar por la viveza de los revendedores que los venden hasta en el triple de lo establecido.

Sobre las siete de la noche, el Terminal de Pasajeros de Puerto Ordaz, normalmente tranquilo y despejado, se transforma en un sitio concurrido y bullicioso.

Un hombre llama a los pasajeros. Los llama con una voz nasal que imita a las voces amplificas por los sistemas de sonido de los aeropuertos.

“Pasajeros de Expresos Los Llanos con destino a Santa Elena de Uairén, favor abordar la unidad”, exclama a viva voz y grandes zancadas a lo largo de la sala de espera. Entonces, al menos cuatro docenas de viajeros echan a andar hacia el andén.

Finalizado el exhorto, el hombre sube a los autobuses para pedir dinero en beneficio de una casa de rehabilitación para personas con problemas de drogas y, finalmente, eleva una plegaria por los viajeros, implora -por la sangre de Cristo- que el recorrido se dé sin inconvenientes, sin accidentes, sin atracos.

En el listín deben figurar no más de 20 venezolanos, un par de familias brasileras que regresan de la Isla de Margarita, luego del receso escolar previsto por las instituciones de ese país para mediados de año, y varias mujeres, todas recién operadas. Garotas Made in Venezuela.

Aunque la mayoría de ellas lleva vestidos largos, en casi todas se dejan ver los sostenes post operatorios, aquellos que indican los cirujanos plásticos luego de una intervención de aumento o disminución de senos. Otras llevan las fajas recomendadas para después de una liposucción y otras sólo llevan fajados los muslos.  Todas tienen caras de adoloridas, caminan poco a poco, se sientan erguidas para evitar el dolor y, sin embargo, es evidente que les duele.

Como pueden, arrastran sus equipajes y los encaminan hasta la maletera del colectivo. Algunas corren con la suerte de subir a los puestos de la parte baja del vehículo, pero otras suben las escaleras hacia el primer piso, a duras penas, levantando sus piernas lo mínimo inevitable, soltando un quejido apenas audible ante cada escalón.

Por lo beneficioso que les resulta el cambio, cientos de mujeres brasileras, de Manaus, la capital del estado Amazonas y Boa Vista, principal ciudad del fronterizo Roraima, optan por los cirujanos plásticos de Puerto Ordaz para corregir sus imperfecciones o hacerse más bellas.
Se trata de una ola que comenzó a levantar hace dos años y que crece en la media en que se acentúa la diferencia cambiaria. Manaus se encuentra a 800 kilómetros de Santa Elena, Boa Vista a 250. Santa Elena está a 750 Kilómetros de Puerto Ordaz.
Desde entonces a ahora, tres de las hermanas y dos de las sobrinas de Irene, una mujer de origen brasilero con más de 30 años de residencia en Santa Elena, han pasado por el quirófano. “Unas ven a otras bonitas y quieren verse así también ¡Mi hermana, que es fanática del evangelio, yo nunca pensé que se iba a operar!”, exclama esta mujer cuyo nombre verdadero es otro que ella prefiere reservarse.
Irene no se ha operado, pero lo hará tan pronto como junte el dinero para costearse la transformación. Sueña con hacerse la lipo completa, en brazos, abdomen, cintura y muslos.
Por lo pronto, pasó de ser una ama de casa a tiempo completo a ser una acompañante excepcional para aquellas paisanas determinadas a someterse a  esa barita mágica innovada en bisturí en tierras venezolanas. Ella las recibe en Santa Elena, las guía hasta Puerto Ordaz, las lleva ante los cirujanos ya conocidos, en caso de que las pacientes no hayan hecho la elección a través de la web, les sugiere en donde hospedarse y comer, las acompaña a la consulta pre operatoria, les traduce en todo momento, va con ellas al laboratorio, las espera mientras se operan, las atiende durante el post operatorio y, finalmente, les carga sus maletas y viaja con ellas de regreso a Santa Elena en donde las despide. Chau. Cada servicio de aproximadamente 10 días le deja al menos 10 mil bolívares, libres de gastos.
Ella cuenta que en Boa Vista, la capital de Roraima, el estado brasilero fronterizo con Venezuela, una intervención combinada de liposucción mas aumento de senos tiene un precio de 15 000 reales. Mientras que en Puerto Ordaz algo similar se encuentra entre los 6 000 y los 7 000 reales, no más de 210 mil bolívares, esto en el spa mais chique, más lujoso, si bien hay un médico de experiencia que ofrece el combo completo, incluyendo el bumbum, es decir los glúteos, por 145 mil bolívares. “Y él dice que en tres años ya se retira”.
Una lipo, sin más, cuesta alrededor de 3000 reales, un aumento de senos, sin más, de 3 000 a 4 000 reales. Los cirujanos a los que suelen acudir las acompañadas por Irene aceptan que sus pacientes les depositen en los bancos de Santa Elena o que les hagan transferencias por el equivalente en dólares. “Para que no carguen con el dinero encima”.
A sus pacientes, ella les recomienda hospedarse en alguna posada, sencilla, limpia, confortable y económica, las hay de no más de 750 bolívares por noche; los hoteles, en cambio, rondan los 1 200 bolívares y estos montos, por supuesto, no incluyen las comidas; los especialistas recomiendan permanecer en Puerto Ordaz durante al menos ocho noches, pero hay quienes regresan a los tres días e incluso quienes, desoyendo las advertencias, viajan con los drenajes.
Y, por supuesto, no todas las pacientes, tienen para costearse una acompañante como Irene o no conocen acerca de la existencia de un servicio como el de ella; Algunas mujeres deben valerse por sí mismas. No obstante, se trata de una vacante cada vez con más demanda. Se dice que en los hoteles hay recepcionistas y camareras que piden el día de permiso y así aprovechan para acompañar a una paciente brasilera a cambio de un pago en reales.
De momento, Irene tiene una paciente y algunas en agenda, pero los meses de más trabajo son noviembre y diciembre, meses en que las mujeres se apuran a ponerse bonitas para las fiestas de fin de año y enero, mes de vacaciones anuales para los brasileros y de baja afluencia para los cirujanos venezolanos, quienes se muestran dispuestos a mejorar sus precios.

La Sociedad Internacional de Cirugía Plástica Estética (ISAPS, por sus siglas en inglés) publicó en 2013 un reporte a propósito de las intervenciones realizadas en 2011. Estados Unidos y Brasil ocupaban, en ese informe, las dos primeras posiciones del ranking mundial, seguidos de China y Japón. México cerraba el top 5 y al ampliar ese grupo, a los 25 países en donde más intervenciones se hacen, revelaron que ahí estaban Colombia, Canadá, Venezuela y Argentina.
Corre julio y Marcia, otra de las pasajeras, no operadas, que viajan en el autobús rumbo a Santa Elena relata que ella, brasilera y profesora de su idioma, dio clases a una médica que concursó por un post grado en Cirugía Estética en Brasil. No quedó. Optó por una universidad argentina. Pero, ahora, todo cuanto aprendió le sirve para atender a sus pacientes brasileros.
La otrora estudiante de portugués también opera en Puerto Ordaz. Su profesora asegura que hay quienes viajan a Boa Vista para mercadearse y que algunos -incluso- aceptan transferencias o depósitos al Bando do Brasil y a Bradesco, dos de las entidades bancarias con oficinas en Villa Pacaraima, localidad brasilera fronteriza con Venezuela.
En el puesto de Control de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB), que se encuentra entre Puerto Ordaz y Upata, en la vía hacia la Gran Sabana, hacia la frontera con Brasil, los oficiales chequean los documentos de los pasajeros. Uno de los brasileros perdió el permiso de ingreso y tránsito. Todos deben esperar durante al menos una hora. Las recién operadas intentan dormir o al menos cierran los ojos como para olvidar el dolor.
Probablemente, todas procuraron una butaca en el vuelo regular de Conviasa desde Santa Elena a Puerto Ordaz y de regreso, pero el avión viaja sólo dos veces por semana y, dependiendo de la temporada, los pasajes se venden hasta con tres meses de anticipación.
Antes de la frontera, deben sortear alrededor de media docena de alcabalas. En unas mostrar sus pasaportes y en San Ignacio de Yuruaní incluso desarmar sus equipajes. Todo por la belleza. Todo por los precios.










martes, 1 de julio de 2014

Del Delta a Gran Sabana

La más joven de las mujeres deambula de un lado a otro. Tratando de ir a donde hay más gente

El lunes 23 de junio, horas después de que Cristiano Ronaldo, el siete del la selección portuguesa, fuera recibido por alrededor de 1000 hinchas en la calurosa Manaus, más de media docena de mujeres y algo más de niños y niñas, todos indígenas warao, llegaron a  Santa Elena de Uairén en autobús. Nadie los esperaba. Les costó al menos media hora encontrar quien los trasladara al centro. En Santa Elena no hay transporte colectivo, sólo taxis.

Santa Elena, la capital del municipio Gran Sabana y la última ciudad venezolana de cara al Brasil, se encuentra al menos a 1400 kilómetros de Caracas y a 870 Kilómetros de Manaus, la sede Amazónica del Mundial Brasil 2014. Gran Sabana es el territorio del pueblo pemón.

La localidad, de alrededor de 20 000 habitantes, es lugar de compras para buena parte de  los más de tres millones de personas que habitan entre Boa Vista y Manaus, las dos ciudades brasileras en el extremo fronterizo con Venezuela. Al cambio, cualquier precio les resulta irrisorio. Y, desde que arrancó el mundial, cientos de venezolanos y extranjeros cruzan la Gran Sabana ansiosos por llegar al Arena Amazonia.

Las mujeres warao y sus niños bajaron en el Terminal Internacional de Santa Elena de Uairén apenas con lo puesto, sin abrigos, sin cobijas, sin zapatos, sin equipajes. Ellas con vestidos hechos a la medida, estampados en flores, líneas o cuadros, con las faldas sobre la rodilla y mangas a un cuarto. Los pequeños con franelas y pantalones cortados a media pierna.

Seis días después, sólo dos de ellas, un niño y una niña continúan en el Casco Central: en la calle Bolívar, en la Roscio, en la Zea, en la Urdaneta. Los demás ya no los acompañan.

La más joven de las mujeres deambula de un lado a otro. Tratando de ir a donde hay más gente: a la panadería, al Bulevar Tümá Serö y de ahí a uno de los supermercados chinos. La anciana, en cambio, permanece tendida en el piso frente a uno de los locales de la calle Bolívar. Ella no escatima sonrisas, aunque no tiene dientes. Sus ojos aún titilan, aunque están nublados. Apenas habla español, pero suelta palabras aisladas hasta hacerse entender.

Ella y los suyos viajaron desde Mariusa porque el agua les llegó a la cintura y ya no encontraban qué comer. Vinieron por algo de dinero, por comida, por ropa seca y limpia, mientras esperan que las aguas que inundan los sitios -en donde siempre han vivido- bajen.

Los waraos son los habitantes de Mariusa, la región del estado Delta Amacuro sobre la cual se extiende el Parque Nacional Delta del Orinoco. Su hogar es una isla entre los caños Macareo y Mariusa, justo en el punto medio de la desembocadura del Orinoco. Viven de la pesca, de la recolección, del turismo y de la artesanía que usan y venden.

En Santa Elena, las mujeres y los niños warao mendigan con envases que antes contuvieron jugo, arroz chino, crema de arroz. Sin mediar palabras, pues sólo hablan su lengua autóctona, acercan sus potes a los lugareños, a los brasileros, a los turistas, a los viajeros que, por estos días, apenas pisan Santa Elena rumbo a Manaus, al Estadio Arena Amazonia.

Pero es sábado 28 de junio de 2014, faltan sólo minutos para que comience el juego entre Brasil y Chile e incluso la transitada calle Bolívar se encuentra desierta. Se acerca el inicio y en el recipiente de la anciana apenas hay un billete de dos y otro de cinco bolívares.

El día está flojo, una jornada mala para muchos: los comerciantes están de pie en las puertas de sus locales y, aunque se empeñan en mantener el precio, los trocadores de las Cuatro Esquinas agitan sus pacas de bolívares inútilmente. Los brasileros no viajan cuando hay juego e igualmente los de acá se quedan en casa cuando la selección brasilera se juega la vida.

Las Cuatro Esquinas es el cruce de las calles Bolívar y Urdaneta, corazón comercial de esta ciudad fronteriza, A pocos metros, siete hombres de chaquetas de cuero, pantalones y botas altas descienden de sus Harley Davidson.

Probablemente, los hombres de negro pararon para ir a la panadería o para cambiar sus bolívares por reales. Extrañamente no van hacia Manaus, como todos los motorizados que atravesaron Santa Elena desde que comenzó el Mundial. Son de Maturín. Van a Guyana. Pero ninguno parece percatarse de la existencia de la abuela warao. Ya comenzó el partido y su envase de arroz chino apenas contiene un billete de dos y otro de cinco. Nada de reales.


En su edición del 11 de julio, la Folha Web reseñó que la Policía Federal Brasilera deportó a 28 indígenas warao venezolanos. Al menos 20 de ellos eran niños.

Ante las autoridades, los migrantes manifestaron que se encontraban en Boa Vista, a 250 kilómetros de Santa Elena, por motivos comerciales y que, de momento, recibían dinero en los semáforos del centro de la ciudad para comprar comida y ropa.


Todos fueron llevados en autobús hasta la población de Pacaraima, fronteriza con Venezuela, y de ahí encaminados hacia  tierras venezolanas.

Situación inusual
Aunque en algunas ciudades de Venezuela, ya es común ver a grupos de indígenas mendigando, en Gran Sabana aún causa extrañeza.

En noviembre pasado, varios miembros de la comunidad e'ñepá de Mariposa, estado Amazonas, deambularon por la capital del municipio Gran Sabana.

Eran un grupo de no más de 20 personas, mujeres, hombres y sobre todo niños y niñas; mientras los adultos se dedicaban a vender artesanía en la calle Bolívar, en los alrededores del Bulevar Gastronómico Tumá Serö y de la Panadería Gran Sabana Deli, los más pequeños caminaban por las calles del Casco Central y por la Plaza Bolívar en busca de limosnas.

Los niños llevaban alcancías de cochinito en colores rojo, amarillo y naranja y las mujeres se tendían en las aceras con los recién nacidos en sus regazos.

Entonces, Lisa Henrito, asesora del Consejo de Caciques Generales, relató que varios comerciantes de la localidad reclamaron ante el coordinador de esta organización, Jorge Gómez, con respecto la presencia y hábitos de los visitantes.

“Dijeron que acosan a los clientes y eso incomoda a las personas porque el pueblo pemón no es así, eso es ajeno a nuestra cultura. Nosotros no vivimos en condiciones de calle y antier se declaró Santa Elena como mercociudad (…) Este es un municipio turístico”, dijo Henrito.

Cuando Henrito los abordó, los visitantes dijeron que viajaron hasta Santa Elena para vender y que, supuestamente, tenían un capitán (autoridad tradicional) entre ellos.

El Consejo de Caciques se comunicó con el vice ministerio de Pueblos Indígenas vinculado al pueblo e'ñepá y con sus organizaciones “para que vengan a buscarlos, de lo contrario nos tocará montarlos en un autobús y llevarlos”, dijo Henrito en aquel momento.

A su modo de ver, “ellos crecen pensando que nacieron para hacer lo que están haciendo y, de no cambiar esa mentalidad, vamos a tener todo un pueblo pidiendo dinero en la calle”.

“No vamos a permitir esto es nuestro municipio, aunque no estamos en desacuerdo con que vengan a vender sus cosas los viernes en el mercado como todo el mundo”.





jueves, 19 de junio de 2014

Afición sin límites




En la frontera venezolana de cara al Brasil, se sigue cada juego de la selección anfitriona del Mundial 2014 como si se tratara de la vino tinto y lo propio, por supuesto, ocurre al otro lado de los hitos, en la localidad de Villa Pacaraima, la primera población brasilera en el distante extremo norte del vecino país. Una fiesta compartida y salpicada de los dramas cotidianos de estos confines


 Corren días de fútbol y en Santa Elena de Uairén, en el sureste extremo de Venezuela,  pareciera que sólo existe una opción: apoyar al vecino, sin condiciones, sin rencores, sin pequeñeces, sin pasado.  A un lado quedaron las diatribas de quienes convivimos sin remedio.

Santa Elena es una ciudad de aproximadamente 20 mil habitantes, la capital mestiza del municipio Gran Sabana, el territorio ancestral del pueblo pemón, a sólo 15 kilómetros de Villa Pacaraima (BV8, La Línea), la primera localidad brasilera hacia su extremo norte.

El miércoles, 24 horas antes de que se inaugurara el Mundial Brasil 2014, los estudiantes de las escuelas de Villa Pacaraima se despidieron de las aulas.

Al alba, cuatro autobuses salen diariamente desde BV8 para buscar a cientos de niños y adolescentes en Santa Elena. Puede que la mitad de ellos sean venezolanos de padres venezolanos. Otros son venezolanos o extranjeros, hijos de extranjeros. Los demás son brasileros o al menos hijos de brasileros. Al medio día, los transportes regresan con los del turno matutino y se van con los del vespertino. Con el crepúsculo, traen de regreso a los estudiantes de la tarde y se despiden hasta el amanecer.

El nacimiento y educación de muchos de los niños venezolanos de esta frontera corren por cuenta del Brasil. Con frecuencia, las mujeres venezolanas dan a luz en Pacaraima o Boa Vista y luego, es común, que sus niños se eduquen en BV8.

El miércoles previo al jueves inaugural, al menos tres autobuses partieron con los chicos de primaria. El objetivo: iniciar el Proyecto Copa. Extraordinariamente, las unidades transitaron una detrás de la otra, identificadas con pequeñas banderas, como si encima llevaran a las estrellas del balompié listas para saltar a la cancha. Iban cargadas de pasajeros eufóricos, sonrientes, alborotados, ataviados en verde y amarillo, con gorros de Fuleco. Los convidaron a ir con la franela de su equipo. Podían elegir y sólo dos de cada ocho optaron por Japón, España, Argentina, Portugal, Colombia. Los otros ocho se vistieron con los colores de la canarinha y buena parte de ellos con las señas de Neymar en sus espaldas.

Durante el intermedio, los estudiantes deben desarrollar el objetivo del Projeto Copa: indagar en la historia y pormenores del torneo,  y ver el juego, por supuesto, cruzar los dedos, aupar a los de casa. Regresarán el 23 para defender su propósito, evaluarlo y salir formalmente al receso escolar previsto para julio. Y claro, así seguir viendo el fútbol, apoyando a la selección.

El jueves de inauguración, muchos de los habitantes de Santa Elena salieron temprano, a comprar la franela, a decorar el frente de los negocios con globos o pasacalles verdes y amarillos. Los maniquís ya llevaban el uniforme desde comienzos del mes. Hasta el perrito de la familia de la tienda de gorras, lentes y ropa para todos, iba desde temprano con la camiseta.

En BV8, los preparativos se hicieron a tiempo. A media distancia, la calle Suapí, columna vertebral del área comercial de Pacaraima, parece un tapiz, un collage de colgantes y banderas y banderines. Incluso las aceras fueron pintadas con los colores del país, el escudo de la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF), el decreto Rumo Hexa es decir rumbo al sexto título.

A un lado y otro de los hitos, independientemente de la nacionalidad del conductor y del vehículo, los capós, los retrovisores, los parabrisas traseros llevan la bandera del orbe azul estrellado o como poco un pequeño estandarte sujeto en alguna ventana.

Desde que se aproximó el Mundial, al menos una escuadra de motos de alta cilindrada llega cada día. La mayoría viene desde San Cristóbal, Táchira, desde el extremo occidental venezolano de cara a Colombia. Hombres de negro, ataviados con lentes oscuros, chaquetas y botas de cuero rumbo a Manaus, la sede amazónica del torneo.

Llegado el momento, al mediodía del jueves, Santa Elena se fue de siesta después de almuerzo. Si bien algunos pocos decidieron ir a las estaciones de suministro de combustible a llenar sus tanques, asumiendo una jornada sin las colas habituales de tres y cuatro horas. Asuntos fronterizos: los brasileros pagan al menos un real por litro.

Ya en tarde, en las calles Ikabarú y en la Avenida Mariscal Sucre, usualmente atestadas de vehículos brasileros (de placas grises), apenas circulaban dos o tres carros con señas extranjeras. Los supermercados chinos estaban desiertos. Pero el real se mantuvo arriba.

En el sureste profundo de Venezuela, la mayoría prefiere ver el fútbol a través de la señal de la brasilera Globo. A los 11 minutos, el gol contra de Marcelo sepultó a la audiencia en el sopor de una tarde lluviosa. Pero, luego, sobre el minuto 29, el primero de Neymar sacudió la modorra.

Al minuto 71, Neymar repitió la dosis de adrenalina y entonces comenzaron a sonar cohetes y cornetas. Comenzaron a calentar las caravanas. La siesta se terminó definitivamente.

Los de la tienda de franelas, gorras y ropa para toda la familia colocaron una pantalla plana y gigante justo al frente de la sede principal del negocio e igualmente asistieron al encuentro a través de TV Globo. Son peruanos o ecuatorianos, pero todos llevaban la franela de Brasil. Las niñas iban de leguis en estampado bandera y con banderines en sus mejillas.

Quienes se detuvieron a ver el juego también llevaban la franela del vecino y un chico iba envuelto en la bandera. En el momento de la celebración, justo a la altura de su espalda, se agitaba el lema Orden e Progresso. Celebrado el gol, todos regresaron al silencio, prendieron sus ojos sobre el televisor y afinaron sus oídos para entender lo que ocurría.

Entonces, se vino el 90 + 1, el minuto en que se produjo la sentencia de Oscar, el chico de la bandera gritó “pega mulher”, sonó el pitazo final y, desde el interior de su estandarte, el abanderado sacó una lata de cerveza Polar ¡Psh! La destapó y brindó por la victoria.

Esa noche, la fiesta fue en alrededores del Espacio de Encuentro para la Cultura y las Artes, el antiguo Parque Ferial de la Gran Sabana, a pesar de la lluvia y de los malos desagües.

En diagonal, en el cruce de las calles Urdaneta con Lucas Fernández Peña, una Toyota Pick Up arrolló a Chicho, uno de los indigentes del pueblo. Hasta 2000, acá no existían personas viviendo en las calles, ya en el milenio que corre hay al menos dos docenas.

Su cuerpo hinchado y percudido quedó tendido en el suelo, en posición fetal. Un paramédico del 171 tomó su pulso, lo examinó y ordenó trasladarlo al Centro de Diagnóstico Integral (CDI). Aparentemente, sólo sufrió traumas leves y estaba en avanzado estado de embriaguez, pero el médico que lo atendió observó que mientras una de sus pupilas permanecía contraída la otra se encontraba dilata, signo evidente de un trauma cráneo encefálico.

Probablemente, el médico intentó dejar al arrollado hospitalizado. Tal vez, Chicho escapó. Tres días después, pecó de impertinente, cayó y su cabeza golpeó, por última vez, contra una acera.

El martes de juego, comenzó como aquel jueves inaugural: sin brasileros en las calles de la localidad venezolana, con niños, niñas, mujeres, hombres y perritos venezolanos luciendo la camiseta de la selección del país anfitrión, con motos y carros abanderados y la promesa de una siesta que se prolongaría al menos hasta que la canarinha transformara la espera en un gol. Hasta el chiguagua toy del hotel barato llevaba la mínima blusita desde el amanecer.

La idea, al parecer, era ir celebrando por goles hasta alcanzar el triunfo definitivo. En los lanchonetes de Villa Pacaraima se servía Antártica, Brahma, Skol y Zulia. Si el asunto era ubicar un puesto para asistir al juego, lo mismo daba pagar o no, pues los dependientes y su clientela disponían de asientos para todos y prometían una ronda gratis para el minuto 90.

Mas la siesta no terminó. Con el pitazo final, y ante el empate, uno de los clientes del Mutantes Art-Magia, otro de los barcitos sobre la Suapí, emitió su sentencia: “Macumba, fizeram macumba” es decir hicieron magia negra y el veredicto encontró eco. Nadie le iba a México.

Privó el silencio , y, como siempre, no todo está perdido: a pesar de la derrota, sobre la acera en la que se lee Rumo Hexa,, frente a la panadería, un par de niños, ambos quieren ser como Neymar,  reanudaron su entrenamiento con un balón de goma flojo y envuelto en plástico.



jueves, 22 de mayo de 2014

Trocadores II y Las crónicas 5


Los novatos ejercen principalmente en el cruce fronterizo, siempre del lado venezolana, lejos del alcance de la Policía Federal Brasilera y en los alrededores de los supermercados chinos. Foto: Morelia Morillo.

Es mayo de 2014 y Las crónicas de la frontera ya tiene cinco anos. Casi la edad de mi hija a quien di la bienvenida con yo-di-luz-en-pacaraima.html Por cierto, al menos dos mujeres, embarazadas, venezolanas, me han escrito pidiéndome detalles.

En estos cinco, muchas cosas han cambiado: el diseño de este sitio; la cantidad de lectores, aunque sólo 129 se han registrado, son muchos los que pasan por aquí; el número de entradas: con esta sumamos 82 y el número de vistas: pasamos de las 52 000.

Ahora bien, ningún dato numérico se disparó -en cinco anos- tanto como el precio del real brasilero. Para 2009, las lechugas, orgánicas y recién cosechadas, en Villa Pacaraina, Brasil, a 15 kilómetros de casa, costaban cinco reales es decir 10 bolívares. Ahora, la misma lechuga, igualmente fresca y sin residuos químicos, cuesta 150 bolívares. Ya no más.

Poco después, en abril de 2011, colgué trocadores-casas-de-cambio-que-caminan.html la que ha sido, a lo largo de los dos últimos años, la entrada más leída de Las crónicas, la más comentada, la que más trabajo me sigue dando: Qué en cuanto esta el real. Que voy de paso. Que voy al Mundial. Que me voy a estudiar. Que si necesito dólares. Que si voy a remodelar mi casa y me urge el dinero en reales para cambiarlos a dólares. Qué si los trocadores son confiables Que hasta cuánto me pueden cambiar. Gracias por leer y comentar. He tratado de responder en la medida de mis posibilidades, con responsabilidad y honestidad.

Hasta ese momento, cualquier operación de cambio de moneda se hacía en las Cuatro Esquinas, en el corazón del Casco Central, entre un puñado de hombres curtidos en el negocio. Entonces, para 2011, recién salían al ruedo una docena y media de cambistas más.
Todos apenas comenzaban a disputarse a los brasileros ofreciéndoles 4,8 bolívares por real; hoy, en mayo de 2014, en una mañana de mayo soleada después de mucha lluvia, ofrecen 29 a 30 bolívares. Y ya no son 18. Son  un ejército de 180 hombres (auto organizados) a los que se les ha sumado un contingente -casi igual- de emergentes.

Los novatos ejercen principalmente en el cruce fronterizo, siempre del lado venezolana, lejos del alcance de la Policía Federal Brasilera y en los alrededores de los supermercados chinos.

Antes, el oficio era exclusivo de los hombres. Ahora lo ejercen también las mujeres. Todos  se presentan como padres y madres de familia, prestadores de un servicio fundamental.

Desde 2013, los trocadores apostados en las Cuatro Esquinas visten de franela roja; los del acceso a la localidad (Hotel José Gregorio) de franela verde y los de La Planta de amarilla.

Los que fueron censados en 2013, llevan en el pecho un código que remite a su nombre y número de cédula. Se organizaron para evitar el ingreso de foráneos, de extraños, de aquellos que llegan a esta frontera tan sólo atraídos por el olor de las pacas de billetes que los trocadores agitan en las calles. Sin embargo, los forasteros ya casi los superan.


Hace dos días, un novel trocador (local vale decir) se quejaba del giro que ha tomado el oficio: “Demasiado gente y, por la escasez, los brasileros están dejando de venir. Los que vienen apenas cambian 150, 200, 300 reales porque ellos dicen que cambian y después no encuentran qué hacer con tantos bolívares. Antes cambiaban 1000, 1500 reales”. No hay café, ni leche, ni arroz, ni harinas, ni margarina, ni aceite comestible, ni pasta, ni desinfectantes, ni suavizante, ni papel sanitario. Ni. Ni. Pero aquí seguimos desde Las crónicas, contándoles acerca de la cotidianidad en la Gran Sabana no postal.
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