Gran Sabana no postal

Mi madre siempre dice que vivo "en el fin del mundo". Yo vivo en la Gran Sabana, en el sureste extremo de Venezuela, en un sitio tan distante
y tan distinto que hasta se me ocurrió quedarme a vivir. Los invito a conocer esa Sabana que experimento en mi cotianidad: la Gran Sabana no postal.

viernes, 20 de febrero de 2015

Ganar en reales y gastar en bolívares

Ante la enorme y creciente diferencia entre los bolívares venezolanos y reales brasileros, los venezolanos traspasan la frontera para trabajar por lo que al otro lado es menos de un salario mínimo, por 500 ó 1000 reales y luego regresan a Santa Elena, la última ciudad venezolana hacia el extremo sureste del país. Entonces, milagrosamente logran para pagar en bolívares todo cuanto necesitan ellos y sus familias. Esto sucede desde hace relativamente poco, tal vez desde hace un año. Foto: Cortesía


Vicner, Raquel y Eva jamás pensaron poner un pie en el extranjero para ganarse la vida. Pero se les dio la oportunidad, sacaron cuentas y se enfilaron hacia el otro lado de la línea, para trabajar y cobrar en reales. Por estos días, el cambio entre los trocadores de la plaza ya pasa de los 55 por uno, si bien oficialmente se ubica en Bs. 2,19 por 1 real.

No se trata de emigrar, ninguna de las tres vive en Brasil, simplemente trabajan, comen y duermen y al cobrar regresan a Santa Elena de Uairén, a Venezuela para trocar y pagar en bolívares todo cuanto necesitan ellas y sus familias.

Vicner, separada de su marido y con dos hijas, estaba buscando empleo a comienzos de año. Entonces, una conocida llegó a su casa y le preguntó si quería trabajar en un restaurante en Villa Pacaraima.

Trabaja a metros de la calle Suapí, la principal vía comercial del pueblo.
Pacaraima, también conocida como BV8 o La Línea, es la localidad brasilera más cercana a Venezuela, un pueblo de 5 mil habitantes, la mayoría de ellos empleados públicos, agricultores o comerciantes.

BV8 prosperó de prisa entre 1990 y 2005, mientras que el cambio favoreció a los venezolanos, que compraban por docenas Calabresas, salchichas brasileras, productos para el cabello, hamacas, sombreros, sandalias Havainas y camisetas con los colores de la bandera del Brasil. Entonces, los brasileros venían desde Boa Vista y otros lugares de Roraima a trabajar en Santa Elena.

Vicner es Técnico Superior Universitario (TSU) en Higiene y Seguridad Industrial. Pero jamás ha ejercido su profesión. Sus compañeros de la universidad, los que se graduaron con ella y consiguieron emplearse, ganan de 8000 a 9000 bolívares. Alguna vez, trabajó en una farmacia, como vendedora. Ganaba sueldo mínimo. Era madre y ama de casa a tiempo completo.

Esta tarde, como durante el último mes y medio, comenzará a trabajar a las cinco, recogerá su cabello, se colocará su “gorrito de chef”, se lavará las manos y preparará y servirá alrededor de 25 cenas.

Cuando se casó no sabía ni freír un huevo. Aunque su mama tiene un restaurante. Ahora, hace hamburguesas y comida casera, feijão, arroz, carne, macarrão y ensalada. Aprendió a cocinar sin aliñar mucho. Dice que a los brasileros les gusta la comida con poca sal y apenas sazonada.

A eso de las diez, recogerá, limpiará y dejará el negocio listo para el día siguiente. Saldrá a las once.

Trabaja durante todo la semana, aún debe conversar con su jefe cuál será su día libre. En mes y medio no ha librado ni un día. Cobra 700 reales más habitación y comida.
Mañana, en la mañana, irá a Santa Elena, a 15 kilómetros, pasará un rato con sus hijas y les cocinará.

Las dos, de cinco y 11 años, viven con la abuela porque en Pacaraima cada vez es más difícil conseguir cupos en las escuelas para los venezolanos. Antes era fácil, alrededor de 200 niños y niñas venezolanos cursan estudios en BV8, pero ahora quienes deseen una matrícula deben comenzar por anotarse en la lista de espera y gestionar su visa estudiantil. Vicner probablemente logre inscribirlas para 2016.

“Yo he escuchado que aquí tratan mal a los venezolanos, que si venecos, que si tienen que salir de su país porque están pasando trabajo, pero a mí no me ha tocado (…) Yo estoy contenta, me gusta lo que hago y me gusta el ambiente. El clima me encanta y la gente es tranquila y con este sueldo”, al cambio logra al menos 40 000 bolívares por mes y no gasta nada.

En mes y medio, ya conoció a otros cuatro venezolanos en similares circunstancias: a la muchacha de la tienda de ropa íntima, quien gana 500 reales y sale temprano; al cajero del supermercado cercano, quien gana 1000 reales y trabaja durante todo el día y a una manicurista y peluquera. “El muchacho me dijo que se vino de Valencia por la inseguridad y porque estaba desempleado”.

A partir del primero de enero de 2015, el salario mínimo brasilero es de 788 reales, aproximadamente 333 dólares. Diariamente una persona debe ganar al menos 27,27 reales ó 3,58 reales por hora.

Raquel y Eva se alternan el cuidado de una anciana en Boa Vista.

Boa Vista, la capital del estado brasilero de Roraima, es una ciudad de aproximadamente 350 mil habitantes ubicada a 220 kilómetros de Santa Elena.

De momento, Eva está allá y Raquel en Santa Elena.

Hoy, con certeza, Eva se levantará sobre las seis, ayudará a la señora a salir de la cama y a asearse, le hará su café con leche y se lo servirá, junto a un pedazo de pan; pasarán la mañana juntas; probablemente, Eva limpiará un poco la casa; , hará el almuerzo, pescado de río, pollo o bistecs, arroz, ensalada y jugo; las dos harán la siesta; se levantarán, conversarán mucho; Eva hará la cena, una sopa de vegetales, tal vez y finalmente ayudará a la mujer a regresar a su cama.

“En Boa Vista me siento muy bien, no tengo necesidad de pagar comida ni habitación y por la situación que tenemos aquí, en Venezuela, que el dinero no da, esto me sirve. Yo allá no gasto nada. La señora hasta me paga el pasaje y en diciembre me regaló ropa para estrenar”, contó Raquel.

Raquel gana 1000 reales al mes, si bien ha escuchado que por oficios similares una mujer brasilera exige 50 reales por jornada, de ocho a dos de la tarde.

La segunda vez que viajó, en el carro por puesto que la llevó de Pacaraima a Boa Vista conoció a una muchacha de Maracay, estado Aragua, Venezuela, aproximadamente a 1500 kilómetros de esta frontera. Le contó que tenía un tío que trabajaba en el Aeropuerto de Santa Elena y que, a través de él, hizo contacto con la dueña de un kiosco de comida en Boa Vista. Gana 700 reales por mes.

Soto, músico de profesión, va a Boa Vista cada vez que un local nocturno lo contrata. Le pagan por el toque, el hospedaje, la comida y el transporte. En una noche puede hacer 200, 300 reales. Algunos de sus contratistas suelen bromear diciendo que con eso puedo vivir dos semanas en Venezuela.

“En el por puesto, ya he conocido a varios obreros calificados, soldadores, albañiles, que están trabajando allá. Van durante el tiempo que dure el contrato y regresan”.


En su sede de Pacaraima, la Policía Federal Brasilera suele ser rigurosa al momento de chequear el ingreso de los extranjeros. Por lo general otorgan permisos de estadía por 30 días y estos obviamente no incluyen derecho al trabajo. Quienes salen del país, más allá del tiempo fijado en los permisos, deben pagar una multa, también en reales obviamente.

miércoles, 28 de enero de 2015

Chirikayén: el gigante dormido sobre la Sabana




La mayoría de los visitantes de la Gran Sabana, de los que llegan con ganas de caminar y explorar y especialmente los extranjeros, vienen con el propósito de subir el Roraima. No obstante, en las afueras del Sector Oriental del Parque Nacional Canaima, descansa el Chirikayén, conocido como “el indio acostado” por su perfil de gigante imperturbable. Fotografías: Cortesía de Benjamín Soto Mast



Es sábado, décimo día del año y finalmente pisamos el Chirikayén, después de al menos siete horas de caminata y un sinfín de días imaginando cómo será, de cerca, aquella mole con apariencia humana.

Al Chirikayén, un tepui, un cerro de cima plana ubicado en el extremo sur de la Gran Sabana, en las afueras del Parque Nacional Canaima, se le conoce como “el indio acostado” por su perfil de gigante imperturbable, dormido  sobre las extensiones infinitas del sureste profundo de Venezuela.

Abandonamos Santa Elena de Uairén, el principal centro poblado de la frontera venezolana hacia el Brasil, sobre las ocho del viernes nueve. Seguimos los pasos de Benjamín Soto Mast, un músico que se ha hecho guía de tanto andar y desandar sus propios pasos hacia los linderos del patio de su casa.

Cruzamos el río del cual toma el agua uno de cada tres de los habitantes de la localidad, a la altura de La Represa, en la comunidad indígena de Wará, y después comenzamos a subir, bajar y volver a subir.

Alternamos pendientes desnudas y espacios de bosques hasta alcanzar una sabana cubierta de espigas desde donde vemos un techo de zinc y cuatro hamacas a orillas de la selva. Suponemos que se trata de un campamento minero sobre el riachuelo que corre entre los árboles. Pero no vemos a nadie y en la distancia e inmensidad tampoco escuchamos nada.

En lo que va de año no ha llovido, pero ahora comienza a lloviznar y las nubes se concentran en torno al sitio a donde nos dirigimos. Lluvia con sol -y viento- ha llegado la hora de desenfundar los impermeables y seguir andando hasta las cuencas empantanadas. Intentamos cruzar sin mojarnos los pies, pero, eventualmente, nos hundimos hasta las rodillas. Entonces, toca andar con los pies aún más pesados.

Tras el último esfuerzo del día, llegamos a la base y descubrimos dos cosas: una casa de bahareque con sus puertas azules y ventanas herméticamente cerradas, en donde antes sólo había maleza. Muy cerca, siguen la cascada y un pozo verdoso y cristalino en cuyas aguas ahogamos el cansancio.

Pocas veces se puede ver el arco iris de principio a fin, pero en esta llanura lo captamos de un vistazo y en la noche dormimos con vista al tepui, que desde ese ángulo parece un cerro cualquiera y amanecimos con el cielo despejado y café caliente. Después de otro baño, de desayunar y desmontar campamento emprendimos nuevamente la caminata hacia el tepui atravesando una naciente y una sabana llena de hierba cortadera, una pica por donde hace tiempo no ha pasado nadie.

Con el sol como una lanza ardiente sobre nuestras cabezas,  trepamos  el flanco suroeste del tepui, aquel que de lejos parecía una rampa sin extremada pendiente. En 55 minutos a una hora y 20, alcanzamos nuestro objetivo. En la distancia, a 1650 metros sobre el nivel del mar, avistamos las montanas de Piedra Canaima, al sur de Santa Elena, pero nada de la presencia humana. Desde la cima, solo se miran selvas y explanadas.

Llegan los rezagados, tomamos agua, comemos frutos secos y echamos a andar. Al principio, el panorama es casi árido: muchas piedras, lajas y granza. Mas, en cuestión de media hora, el tepui se cubre de plantas acuíferas amarillentas, flores insectívoras, bromeliáceas, orquídeas mínimas blancas y magentas y agua que se derrama en todas las direcciones.

Caminamos desde lo que serían los pies a la cabeza. De pronto, el guía exige silencio.

Él dice que asustaremos a los animales del lugar, que se esconderán, que no podremos verlos. Y sólo así nos esforzamos por caminar sin soltar carcajadas ni expresiones de asombro.

De pronto, el líder de la avanzada anuncia que hay algo entre las plantas al borde derecho del camino que nos empeñamos en recorrer sin pérdida. Nos pide que nos acerquemos de prisa, pero sin ruido. Entonces, avistamos un oso melero. Lo diferenciamos de inmediato, su pelaje es claro y se agita ante el viento. Se escabulle, pero no para esconderse de un todo sino para dejarse ver, en todo su esplendor, sobre un promontorio de piedras al cual se trepa con calma.

Después, comenzamos a andar la montaña del oro. A mediados del siglo XX, en Chirikayén reventó una “bulla”, dicen que a ras del suelo afloraban los cochanos, las conchas del metal amarillo de alta pureza. Todo el que supo y pudo subió a buscar. 

Sobre la cúspide nos topamos con una estructura metálica oxidada, de dos pisos, conocida como la Casa de Cristal. Nos comentan que en  medio de la fiebre del oro, el gobierno la habría construido para fiscalizar la explotación y que, por eso, la edificación fue hecha de perfiles metálicos y vidrios que hoy son añicos. Suena coherente. Sin embargo, Atilano Azuaje, uno de los más respetados conocedores de estos confines, nos aseguró luego que se trató de una caseta de detección de incendios creada por Edelca sobre los años 80.

A mediados de 2014 se supo de una nueva furia minera en el sector, pero, al parecer, la comunidad indígena ordenó la fiesta hasta que cesó.

A metros de la Casa de Cristal, desolada y oxidada, pernoctamos la segunda noche, bamboleados por el viento, bajo un cielo limpio inundado por todas las estrellas. Luego, a lo largo de la noche, el cielo se nubló. Amanecimos sin vista, envueltos en una enorme nube que se deshizo cerca de las nueve de la mañana del domingo 11. Fue entonces cuando descubrimos el sector oriental del Parque Nacional Canaima en todo su esplendor, con sus tepui y sus sabanas infinitas y en dirección contraria Campo Grande, Paraitepui y los valles y montanas que llevan a El Paují e Ikabarú.
No hay límites para quienes miran desde el gigante dormido.

En pemón, el idioma de los habitantes ancestrales de estas tierras, Chirikayén es un vocablo que alude al lugar en donde abunda una especie de pajarito, un lorito pequeño llamado chirika. Pero esta mañana en Chirikayén sólo hay águilas de porte y vuelo imponente. Suben se posan sobre las piedras y se lanzan en picada, a planear sobre la inmensidad.

Ya procurando la ruta del descenso, descubrimos que sobre el tepui habitan algunos cactus, tan espinosos y amenazantes como aquellos de los desiertos de Lara y Falcón, en el centro occidente de Venezuela. Cohabitan estos espacios junto con las plantas que sólo pueden verse en estas alturas milenarias. Hay quienes dicen que el Chirikayén fue mucho más grande y que alguna vez se hundió permitiendo el ascenso de arbustos y otros extraños venidos de los lugares bajos.

Poco antes de comenzar a bajar la pared, el guía advierte que estamos en lo que él llama el valle de las serpientes porque en estos ambientes suele toparse con algunas de ellas y, casi de inmediato, comprobamos que su advertencia tiene mucho sentido. Demasiado cerca, encontramos una víbora de cascabel que, aún en guardia, se esconde bajo una roca como esperando a ver quien avanza primero. Preferimos cederle el camino, mientras ella continúa vigilando.

La bajada, por el muro oeste del tepui, hacia la comunidad de Chirikayén es definitivamente lo más exigente del viaje. Hay que afinar el pulso, la vista y andar lento y a paso firme. Mas una vez superadas las rocas sueltas, el reto es mantener el buen ritmo por los largos recorridos de bosque, alternados con las sabanas, nacientes de agua, ríos de selva y cauces caudalosos de jaspe verde y rojo como el Wará Wará Merú en donde, según la leyenda, se escondía un cocodrilo inmenso.

Al salir del primer tramo de árboles de gran altura, descubrimos, ya a nuestras espaldas, el rostro del gigante rocoso, la estructura de la Casa de Cristal, corroída tras décadas a la intemperie y una especie de mano gigantesca marcada sobre la pared del tepui, sobre lo que serían los dedos, y no exagero, casi pude ver las huellas dactilares.

Al llegar a la comunidad de Chirikayén, a 45 kilómetros de Santa Elena, nos espera la comitiva de seguridad. Su presencia nos sorprende, pues Gran Sabana sigue siendo un lugar tranquilo y seguro. Nos cuentan que, dos días antes, un Kanaima atacó a un joven causándole lesiones graves hasta dejarlo a poco de la muerte.

Para los pemón, un Kanaima es un enemigo oculto, casi siempre dotado de poderes mágicos, al que se le atribuyen todos los decesos inexplicables. En apariencia, un ser humano como cualquiera, pero con un extraordinario manejo de las plantas y de la sicología quien, sin embargo, sólo ataca a sus paisanos, jamás a los no indígenas.

Nos identificamos. Nos disculpamos por no haber avisado de nuestra visita. Les agradecemos por cuidar celosamente del río, de las sabanas, de las selvas y del tepui y nos despedimos con el firme propósito de volver, pero eso sí entrando por la comunidad y advirtiendo acerca de nuestro objetivo.  Atrás dejamos al gigante de piedra durmiendo inmutable sobre las cabeceras del Kanayeutá.





viernes, 28 de noviembre de 2014

Muerte dulce en Ikabarú

Ikabarú es  un pueblo en donde viven 2500 personas, al menos 80% de ellos mineros o vinculados al negocio del oro y el diamante, a 302 metros sobre el nivel del mar y a no más de 10 kilómetros de la línea limítrofe. Fotografía: Morelia Morillo


Ese sábado, el primero del mes de noviembre de 2014, “el Caporro” salió de Zapata hacia el pueblo de Ikabarú y, según José Barreto, concejal, en el sitio de Nelcy “brindó a la gente”.

Ikabarú es la segunda parroquia del municipio Gran Sabana, el territorio ancestral del pueblo indígena pemón, en la remota frontera sureste de Venezuela hacia el Brasil.

Ikabarú es también un pueblo de cuatro calles de granza roja, en donde viven 2500 personas, al menos 80% de ellos mineros o vinculados al negocio del oro y el diamante, a 302 metros sobre el nivel del mar y a no más de 10 kilómetros de la línea limítrofe.

Las casas de bahareque, de bloque, de madera, bajas y con techos de metal, están las unas muy cerca de las otras y hay muchas bodegas híper surtidas y con precios extraordinarios.

Ikabarú tomó el nombre del río. En pemón Ika’barú significa río de aguas hediondas. Se dice que, alguna vez, ahí se escenificó un enfrentamiento y que, al final, los cadáveres de docenas de indígenas flotaron sobre la corriente mansa, que se pudrieron, que el hedor era insoportable, que la pestilencia viajaba en el aire infestando kilómetros. El Ikabarú va a dar al Caroní, cuyas aguas producen en estos tiempos al menos 70% de la electricidad que consume el país.

Sobre los 40 del siglo XX, la población resurgió como un lugar minero. Zaida Almeida, la vicepresidenta del Concejo Municipal de Gran Sabana, habitante y docente de Ikabarú, estima que al menos 80% de los residentes de Ikabarú, viven de sacar oro y, a veces, diamantes. Zapata es uno de los caseríos en cuyas cercanías se extraen minerales preciosos. De ahí, según los allegados, salió “el Caporro” afortunado y dispuesto a celebrar.

Con sus 44, bajo y robusto, heredó la contextura y el sobre nombre de su padre, llegó a donde Nelcy brindó, jugó billar y se acercó a una mujer joven y bonita.

Era media noche cuando ambos se retiraron a la habitación que ella alquilaba en las mismas instalaciones del local, descrito por los vecinos como un lugar bien construido, limpio y con sus permisos al día. Seguramente, se fueron  sin despedirse, pero en el sitio continuó la fiesta.

A eso de la una, cuando apagaron la planta del pueblo, la música se silenció durante un segundo y cayó la noche repentinamente, pero, casi de inmediato, se encendió un pequeño generador y la luz, muy probablemente amarillenta y pálida y las chatarritas cobraron vida.

Zaida Almeida, quien durante décadas fue docente en Ikabarú, contó que el cupo de combustible de la planta fue eliminado. Se sabe que las autoridades apuestan a este tipo de restricciones para controlar la minería ilegal. Pero, ante la contingencia, quien puede y quiere da pequeñas cantidades de gasoil con tal de tener electricidad durante algunas horas por día.

Y, además, muchos se han hecho con pequeños generadores. En donde Nelcy tienen uno y lo encienden cuando falla el fluido del pueblo, para continuar trabajando y aprovechar las buenas rachas y el entusiasmo de la clientela que no siempre son buenos.

A seis y media de la mañana, “el Caporro” se levantó de la cama y, dejando a su acompañante dormida, salió de la habitación, compró dos cajas de cigarros en el local, en donde probablemente amanecían de juerga y regresó sin tardanzas. Encendió un cigarrillo, fumó, lo apagó, encendió otro, repitió la rutina y se volvió a dormir.

A medio día, cuando los vecinos avisaron al puesto de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB), que había dos muertos en donde Nelcy, los efectivos recordaron que no tenían potestad para levantar cadáveres y se comunicaron con la división del Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas (CICPC) en Tumeremo, a nueve horas de Ikabarú.

Los forenses llegaron al amanecer del martes. Los cuerpos ya estaban descompuestos.

Quienes acompañaron a los efectivos en el procedimiento, cuentan que la hediondez era inaguantable, que por eso los inyectaron con formol, los cubrieron con cal, los envolvieron en plásticos y los trasladaron a Santa Elena, la capital municipal, ubicada a 114 kilómetros de grietas, huecos y puentes de emergencia vencidos por el paso del tiempo.

En Santa Elena, sin más escalas que las obligatorias, las autoridades y algunos allegados los llevaron al cementerio de Manak Krü y los sepultaron.

A sus 25, la chica, natural de Trujillo y madre de tres hijos,  decidió venir a las minas en la frontera venezolana hacia el Brasil a probar suerte. Tenía dos o tres días en Ikabarú cuando conoció “al Caporro”. “La única que sabía en dónde estaba y lo que estaba haciendo era su hermana”, dijo Almeida quien aclaró que, en esos predios, “no todo es prostitución”, también hay cocineras y quienes se dedican a otros oficios.

La concejala recibió a una tía de la muchacha, le explicó lo sucedido, la consoló y le dio algo de dinero, producto de su sueldo, para que regresara a La Guaira, a más de 1300 kilómetros de Santa Elena.

Quizás si la planta hubiese estado en buen funcionamiento no ocurre eso”, lamentó Almeida.

Después de mucho llamarlos, quienes entraron a la pequeña habitación, se dieron cuenta de que la pareja no descansaba, se percataron de que ambos estaban muertos.

Mientras dormían, inhalaron cantidades mortales del monóxido de carbono que desprendía el pequeño motor, probablemente carburando con dificultad en un espacio escasamente ventilado. Con certeza, poco a poco se sumieron en un sopor, en un sueño cada vez más profundo y sin retorno, sin ni siquiera sensación de asfixia, la llamada muerte dulce.


jueves, 20 de noviembre de 2014

Más de 198 carros por delante

Y además vio como el vocero de un consejo comunal levantó los conos y la cuerda para que entraran, sin cola y sin número en Griffin, los conductores de los dos enormes 4x4 de un ferretero local. Fotografía: Morelia Morillo


Sobre las diez de la mañana de ayer, la mujer detrás del parabrisas, llegó a la cola de acceso a la Estación de Servicio PDV ubicada en el cruce de las avenidas Perimetral y Mariscal Sucre de Santa Elena de Uairén y, de inmediato, un hombre sin identificación, anotó el número 199, con betún líquido blanco,  sobre el vidrio de su vehículo.

Santa Elena es la última ciudad venezolana hacia el sureste profundo, de cara al Brasil. En Roraima, el estado brasilero fronterizo con Venezuela, un litro de gasolina cuesta 3,71 reales y en las calles de Santa Elena un real se cambia por al menos 35 bolívares.

En hora y media, encendió y apagó su carro en al menos siete oportunidades, se comió una torta hecha de harina integral, se tomó un litro de agua, se despejó las cejas, hizo varias llamadas y casi terminó de releer El leopardo al sol de Laura Restrepo.

Y también le cuidó el puesto a la conductora, taxista, del automóvil numerado con el 198, quien le confesó que debía ir a su casa pues le urgía ir al baño. Y además vio como el vocero de un consejo comunal levantó los conos y la cuerda para que entraran, sin cola y sin número en Griffin, los conductores de los dos enormes 4x4 de un ferretero local.


Desde hace alrededor de cuatro anos, la Alcaldía de Gran Sabana emitió un decreto regulando a 40 y 60 litros, dependiendo de la cilindrada, la cantidad de gasolina que cada carro puede cargar. Esto como parte del plan para reducir la cantidad de combustible en las calles y así su tráfico hacia el Brasil. Y, desde comienzos de esta semana, el tope se redujo a 20 litros por carro.

viernes, 7 de noviembre de 2014

31/10: Día del Evangelio

Desde 2010, el municipio Gran Sabana, en la frontera sureste de Venezuela, celebra el Día del Evangelio. En Santa Elena de Uairén, la capital municipal, una ciudad de no más de 25 mil habitantes, hay tres templos católicos y al menos 30 cristianos evangélicos. En esta oportunidad, 12 de esas 30 organizaciones convocaron a la Campaña “Bendiciendo la Ciudad”, siete noches de oración y transformación espiritual en torno a una tarima a cielo abierto en el Casco Central de la localidad. Fotografías: Morelia Morillo


 Es 31/10 y mientras Isabel, con sus 19, se recrea en su la noche de Halloween, al menos 150 de los 1500 evangélicos del municipio Gran Sabana se aprestan para marchar en celebración del Día del Evangelio.

Gran Sabana es el último municipio venezolano en la remota frontera hacia el Brasil, territorio originario del pueblo indígena pemón y la primera y aparentemente única municipalidad del país en donde, por mandato local, se celebra, desde hace cuatro años, el Día del Evangelio.

José Zambrano, pastor de la Esposa del Cordero, recuerda que en 2010 los fieles consolidaron en un proyecto el anhelo de tener un día, 24 horas al año, para dedicarse en cuerpo y alma a honrar la palabra divina; elevaron esa propuesta ante el alcalde, Manuel De Jesús Vallés, oraron, esperaron y celebraron.

“Mi patrón está buscando de Dios”, alaba el fotógrafo y funcionario de la Alcaldía.

Este año, la fiesta comenzó el 27, con el inicio de la Séptima Campaña “Bendiciendo la Ciudad” y, según los carteles promocionales, se prolongará hasta el dos de noviembre. Hay dos predicadores invitados José Luis Calzadilla, de Venezuela y Rafael Ramírez, de Costa Rica.

El afiche indica que 12 iglesias evangélicas que hacen vida en el municipio se unieron y están en campaña: Esposa del Cordero, Casa de Dios, Gedeones, Arca de la Alianza, Fedamisión, Maranatha,  Frontera de la Tierra, Vivir por fe, Monte Sinai, Jehová Justicia Nuestra, Biblia Abierta y Dios Pentecostal.

En Santa Elena de Uairén, la capital municipal, una ciudad de no más de 25 mil habitantes, hay tres templos católicos y al menos 30 cristianos evangélicos, por lo menos uno por cada barriada.

Cada noche, durante siete días, los pastores de almas suben a la tarima ubicada en el cruce de las calles Urdaneta e Ikabarú y comparten su prédica.

La Urdaneta es la llamada calle de Los turistas porque en ella se encuentran las dos posadas de mochileros más populares de esta frontera y el bar de mayor movimiento. La Ikabarú es la calle de la Notaría Pública y de la Alcaldía. A metros de la tribuna techada, adornada en verde y naranja e iluminada,  se encuentra la esquina de la piedra y la borrachera, cada vez más oscura.

“Esta es noche de avergonzar al diablo”; “Esta no es noche de caminar, es noche de correr”, exhorta el hombre de traje desde el estrado y una mujer suelta sus muletas y echa a andar sin ayuda.

Sobre la calzada hay sillas plásticas para al menos 200 personas, pero no todas están ocupadas. Algunos se sientan, otros prefieren escuchar el sermón de pie y atajar con sus manos, alzadas al cielo, las bendiciones del evangelista. Manos arriba, imploran por igual funcionarios de Alcaldía, del Seniat, de Corpoelec, maestras, enfermeras, mineros, taxistas, trocadores, comerciantes, buhoneros, brasileros, colombianos, venezolanos, indígenas y no indígenas. Los milicianos se ocupan de la seguridad y el orden.

Pasadas las nueve, toma el micrófono Rafael Ramírez, de Costa Rica. Su perfume desciende desde lo alto como un soplo de aire fresco. “Todo el que necesite reconciliarse con el señor que salga de donde está ahora”, reta y la audiencia se aglomera en torno a la tarima resplandeciente.

Advierte que lo que viene es fuerte, ora y suda hasta empaparse su camisa de rayas; pide ayuda a la gente que sabe “de este tipo de trabajos”, aclara que el propósito es echar al diablo, al demonio que ocupa y conduce la vida de aquellos seres a quienes reunió frente a él hace pocos minutos e inicia el rito que termina con vómitos, mareos, temblores, desmayos y la liberación definitiva, hombres y mujeres nuevos preparados para proclamar la gloria de Dios.

“Hemos visto que ha cambiado todo”, asegura José Zambrano mientras prueba el sistema de sonido del cual se servirá durante la marcha de este 31/10, feriado municipal. “Dios tomó el control del municipio”.

El dice que, durante un tiempo, dejaron de celebrarse las Campañas “Bendiciendo la Ciudad”. Entonces, la delincuencia sacó ventaja, comenzaron a verse hechos violentos en donde, por lo general, apenas existían rateros, ladronzuelos de bombonas, de una pala minera, de un pico.

Antes de salir de la intersección de las avenidas Mariscal Sucre y Perimetral, el punto que lleva al tramo de la Troncal 10 que conduce a la línea fronteriza, predicadores y fieles oran por las instituciones que apoyan la cruzada, por la Policía del Estado Bolívar y por Tránsito Terrestre. “Todo espíritu contrario que esté en esta institución, salga por el poder de la palabra”, suplican y comienzan a andar.

En el sur profundo, distante y distinto se están dando prodigios.

A pesar de ser feriado, este viernes 31/10 es día de mercado y los productores de las comunidades indígenas están en Santa Elena para vender los productos del conuco; los supermercados chinos están abiertos, algunos, pocos, brasileros continúan aprovechando las virtudes del cambio, a pesar de las medidas anti contrabando; los bancos y las instituciones están cerrados y en el Casco Central los locales comerciales sacan partido de la mañana porque pasadas las 12:00 bajarán sus portones.

Y a las dos habrá sesión de Cámara Municipal en la Plaza Bolívar, para celebrar el Día del Evangelio.











viernes, 17 de octubre de 2014

Kurén, el caminante

Santiago Ramos Antón es español de nacimiento y venezolano por nacionalización. Llegó a Gran Sabana hace 53 anos, atraído por la belleza y la magia de estas tierras que conoce y anda a diario como quien mira la palma de su mano y la recorre escudriñando en su destino. “Esta es mi casa. Yo puedo salir, pero siempre vengo y, sí físicamente no puedo venir, estaré presente en otro nivel”. A lo largo del tiempo en estos confines ha acopiado tanto vivencias absolutamente mundanas como experiencias profundamente místicas. Fotografía: Cortesía de Marcos Olivares



La partida.
Es junio y aunque en el centro y occidente de Venezuela el sol es despiadado, en el sureste extremo del país, en Gran Sabana, difícilmente transcurre un día sin lluvia. Ahora mismo, llueve sin cesar desde hace diez horas. El agua es tanta que apenas se puede ver a escasa distancia.

Probablemente en junio de 1961 llovía aún más. Probablemente, había más neblina. Con certeza, no existía la Troncal 10. El Dorado (el Kilómetro 0) y el Kilómetro 88 estaban unidos por una carretera de tierra por donde eventualmente circulaba un carro. A un lado y otro, la selva.

En el 88 existían tres ranchos, incluyendo una bodega, la de Vargas y, a partir de ahí, las picas y caminos que los indígenas pemón iban dejando en su trajinar.

El día que Santiago llegó a Gran Sabana venía de andar alrededor de 88 kilómetros desde El Dorado a la zona de Las Claritas. Si bien tuvo la suerte de subir un rato a una camioneta. De cruzar la Sierra de Lema descalzo, sobre una escalera de palos y bejucos. Y de dormir en la selva, silenciosa, tendido sobre un plástico y cubierto con otro en un claro de arena.

Al amanecer, a cinco metros del lugar en donde durmió, consiguió las huellas de un jaguar.

Los viajes
Se movía sin más equipo que un guayare minero al que amarró una hamaca, una cobija, un par de mudas de ropa, casabe, carne de báquiro, una linterna, un machete, una lima y dos plásticos. Conoció el guayare en El Dorado, una liana entorchada y dotada de asas para sujetar la carga.

Entonces, Santiago tenía 20 años. Nació en Madrid. Pasó su adolescencia en Montevideo, junto a su familia paterna y llegó a Venezuela poco antes de cumplir los 18 para reencontrarse con su madre. Tras 22 días de travesía, La Guaira le recordó al brasilero Puerto de Santos.

Ahora, Santiago tiene 73. Su cabello es canoso. Bajo sus cejas, súper pobladas, prominentes y, casi casi negras, titilan un par de ojos mínimos. Tiene la piel curtida y el cuerpo fuerte aunque delgado. Anda con ligereza. Le llaman “el caminante” porque lleva más de cinco décadas andando estas sabanas que conoce y anda a diario como quien mira la palma de su mano y la recorre -con su dedo índice- tratando de ver qué hay en su destino.

Su niñez fue tan citadina como pudo haber sido en la España urbana de los 40 y comienzos de los 50. Recuerda aquel edificio en donde vivía junto a sus padres en Madrid. La luz colándose por la ventana. Su mamá limpiando con un plumero. Su papá agonizando. Él tenía tres años.

Tras la partida del padre, la mudanza a La Coruña. La Plaza María Pita. A los siete, el desfile de Franco flanqueado por su Guardia Mora. Le dio la mano. Los juegos de futbol. El Colegio de los Hermanos Maristas. De boca de uno de esos maestros, escuchó hablar por primera vez de Buda y se le erizaron los vellos de los brazos. La biblioteca. Su padrastro de origen noble. Le enseño buenos hábitos, la caballerosidad, la honestidad. Lo paseó a bordo de “un topolino”.

Con doce, subió solo al barco de la compañía argentina Yapeyu. 18 días de viaje. Madeira, Lisboa y Gran Canaria desde la cubierta. En la isla grande, una mujer colgando las sábanas. Su primer amor: Irene. La despedida en Río de Janeiro. “Todavía hoy la recuerdo” y se toca el pecho.

La llegada a Montevideo. La “tía Juanita”. Desembarcó de pantalón corto, camisa de cuello impecable, yérsey y boina de estudiante negra y, de inmediato, por recomendación de la tía, debió usar el calzón largo. Repartidor de la Farmacia Tapié. Las playas solitarias. Asistente de los oficiales de planta en Suney S.A, una fábrica de calentadores. Los Boy Scouts. Los encuentros internacionales de los muchachos exploradores. El tío gaucho y sus anécdotas campesinas. Sus primeros libros de parasicología, de filosofía, de esoterismo.

El día que recibió la carta de su madre, desde Venezuela, no dudó en alistarse para viajar a visitarla, pero planificó el viaje con escala en Chile. Fue al Cuartel General de los Boys.
22 días en barco desde Valparaíso. En El Callao peruano, vio por primera vez a los indígenas. 

Durante el viaje,  las selvas una y otra vez bordeando la costa y, finalmente, La Guaira, tan parecida a aquel puerto de Santos que vio durante su breve paso por Brasil.

El reencuentro con la madre fue maravilloso, pero, aún así, al mes de estar en Caracas, decidió volver a Montevideo tal y como lo había planeado. Entonces, se dispuso a dar una vuelta por el centro de la ciudad para conocer algo más que el entorno materno antes de partir.

Corría 1959 cuando se topó con el Centro de Orientación Filosófica y aquel letrero que indicaba “El umbral del mundo espiritual” y así fue: “esa fue la puerta de entrada al mundo este que tengo alrededor”, dice Santiago, a la Gran Sabana.

El viejo
Comenzó por acercarse al señor Aurelio Arreaza, a quien con el tiempo tomaría como su guía, por leer todo cuanto él le sugiriera, por hacerse un asiduo visitante del Centro de Orientación y finalmente, uno de sus empleados y un discípulo de aquel hombre a quien llama “mi viejo”.

Al año, tomó vacaciones y el viejo, le sugirió visitar las selvas de Guayana.

Llevaba consigo 25 bolívares. Santiago salió de Caracas en autobús rumbo a Ciudad Bolívar; bajó de su primer transporte y trepó a una unidad de la Línea Orinoco.

Lo sorprendieron la cantidad de gallinas, cochinos, pavos, loros y guacamayos que subieron junto a él como pasajeros de aquella peculiar Arca de Noé. Así llegó a El Dorado, hasta la desembocadura del Yuruari en el Kuyuni, hasta la casa de la familia Rueda.

Con los Rueda, pasó unos días antes de seguir a la Sabana por la escalera, por las picas, por los caminos. Así, de pronto sólo y eventualmente con algún baquiano, casi siempre descalzo, llegó a Kavanayén, la comunidad pemón en cuyo centro se encuentra una Misión Capuchina. Se quedó seis meses. Exploró la sendero hacia Kamarata. Con una familia local, tomó la ruta del Cerro del Sol hasta llegar a Wonkén. Admiró de cerca las murallas del Chimantá. Volvió a Caracas, al Centro de Orientación Filosófica, pero su regreso a la Sabana estaba marcado.

Experiencia mística
En el Capítulo III de Kurén, el relato testimonial de la vida de Santiago Ramos en la Gran Sabana, publicada por el sociólogo Issam Madi, se lee  acerca de la historia que lo llevó de vuelta a la tierra de los tepui, en busca de los  Sabios de la Parima, tal y como se titula el Capítulo IV.

El viejo le reveló a Santiago la existencia del Gran Padre, un indígena centenario, un sanador profundamente espiritual a quien podría ubicar en la región del Chimantá, en Gran Sabana.

Regresó en invierno. Durante dos meses debió postergar su salida desde Kavanayén hacia la inexplorada región del Chimantá. “Partí una mañana de sol radiante”, recuerda en el libro de Madi. 

Salió con 70 kilos de peso. Aprendió a sobrevivir pescando y comiendo frutas silvestres. Se quedó sin ropa y sin zapatos hasta que, finalmente, se encontró con el Gran Padre y con sus dos discípulos: Kurén de quien tomó su nombre y Antabarí. Los tres eran conocedores del mundo de las plantas que sanan tanto el cuerpo como el espíritu.

Dos años más tarde, volvió semidesnudo y cadavérico a la zona de Wonkén.


Experiencia profana
Los indígenas le hablaron de las minas de Peray Tepui e Ikabarú. Pasó 42 años en las minas. Santiago fue minero de barra, de pala, de suruca, de batea. Sacaba y oro y diamantes para sobrevivir, pero sin causar daños irreversibles. Ha visto el jaguar de cerca. Se han mirado a los ojos. Y aprendió a diferenciar el silbido de las chicharras del siseo de las serpientes. Dice que, cuando andando la selva, el caminante se siente adormecido debe ponerse alerta pues las cuaimas suelen soltar su vaho adormecedor para atacar sin resistencia a sus posibles víctimas. Jamás lo ha mordido una víbora.

Esta Sabana del siglo XXI es diferente a la que conoció: “Me siento con cierta nostalgia, me doy cuenta y hasta me asombro de que esto haya sido invadido por habitantes de todo el planeta (…) Pero aún existen sitios aislados, selváticos, impenetrables en donde existen personas en condiciones primitivas”, asegura.

No habla el pemón, el idioma de los habitantes ancestrales de estas tierras, pero tiene un inmenso vocabulario y “conozco su esencia, eso me permite comunicarme sin palabras”.

Desde hace diez años, Santiago dejó la mina. Es guía turístico. Pintor. Plasma las muchas imágenes de la Sabana, las que lleva grabadas en su memoria. Siempre que puede, al menos una vez al año, va a España, en donde está su madre ahora con más de 100 anos, una de sus hijas y dos de sus nietos. El resto de su descendencia está en Guayana a donde él siempre regresa.

En estos confines, no atesora tierras, ni bienes inmuebles. “Mi riqueza es que vivo en la Gran Sabana, los tepui, la selva y el rumor del viento”.










miércoles, 1 de octubre de 2014

Contrabando electoral

De momento, en Venezuela no hay elecciones. Sin embargo, los pobladores del sureste extremo del país, de la frontera Venezolana hacia el Brasil, se ven expuestos al bombardeo propagandístico de los candidatos que participarán en las elecciones de octubre de 2014 en el estado de Roraima, la entidad brasilera más al norte. Como nunca, la campaña política traspasa fronteras, seguramente siguiendo a los votantes que a diario franquean la línea divisoria para hacer sus compras en bolívares. Fotos Morelia Morillo


En Santa Elena de Uairén pocos saben quién es Rodrigo Jucá, Aurelina Medeiros, Dhiêgo Coelho o Xingú. Mas sus rostros son cada vez más familiares para los  25 000 habitantes locales.

Santa Elena es la última ciudad venezolana hacia la remota frontera sureste, una modesta, congestionada y caótica capital municipal enclavada en la paradisiaca tierra ancestral del pueblo pemón, la Gran Sabana; un sitio en donde conviven indígenas, hombres y mujeres venidos de todo el país, brasileros, guyaneses y ciudadanos del mundo en plan turismo o en plan permanencia.

Jucá se postula como el vice gobernador por el Partido del Movimiento Democrático Brasilero (PMDB) en combinación con Francisco de Asiss Rodrigues, Chico 40, candidato a la Gobernación de Roraima por el Partido Socialista Brasilero (PSB); Aurelina Medeiros aspira a ser reelecta como candidata a la Legislatura Estadal por el Partido de la Social Democracia (PSD); Dhiêgo Coelho compite con la intención de volver a ejercer como diputado regional por el Partido Social Liberal (PSL) e igualmente Jane José Xingú Da Silva quien es candidato a la reelección como diputado estadal por el PSL.

Roraima es el estado más al norte del Brasil, de cara a Venezuela; la entidad tiene 488 072 habitantes, de ellos 306 444 están en la obligación de votar el próximo cinco de octubre durante la jornada de elecciones generales de 2014; Boa Vista, la capital roraimense, se encuentra a 250 kilómetros de Santa Elena; diariamente, cientos de los electores roraimenses cruzan la frontera y llegan a Santa Elena para comprar su ropa, sus víveres, sus cosméticos, sus medicinas, su pan, su queso, sus jugos y sus perros, perros de raza ya vacunados.

Corre septiembre de 2014, en Venezuela se aplican estrategias anti contrabando de extracción, el que se realiza de a poco, por pequeñas y medianas partes, en los bolsos personales, en las maleteras de los vehículos particulares. De momento, el flujo de brasileros hacia Santa Elena es considerablemente menor, pero, por cada real, los vecinos reciben cada vez más bolívares en las calles o al cambio en mercancía en algunos de los locales comerciales.

Cuatro candidatos se disputan la Gobernación de Roraima; seis aspiran a ser el único senador de Roraima; 79 desean ser uno de los ocho diputados federales y más de 400 pugnan por uno de los 24 cargos de la Legislatura Estadal. De los casi 500 candidatos, muchos trascienden la frontera para hacerse con las preferencias de aquellos que residen en el país de al lado y de los que simplemente andan de un lado al otro para hacer sus compras.

La ciudad es pequeña, pero con una exagerada circulación de vehículos venezolanos y brasileros, pues aquí no hay transporte colectivo. Los carros son el soporte de difusión electoral más empleado. Los micro perforados y las calcomanías de mediano tamaño abundan.

De cada 10 vehículos brasileros, de placas grises, que circulan un lunes de septiembre de 2014 por la calle Urdaneta de Santa Elena de Uairén, al menos cuatro llevan propaganda y, en la medida en que se acerca el cinco de octubre, aumenta la cantidad de carros de matrículas venezolanas con micro perforados en sus parabrisas traseros o con adhesivos en sus puertas.

Se dice que la mayoría de los conductores acceden a llevar propaganda por dinero, por 100, por 200 reales, por 1000 ladrillos, por una nevera, por un potente aire acondicionado, un bien tan ansiado en el caluroso Roraima como en el fluctuante Gran Sabana. Todo depende del respaldo económico del candidato, de sus posibilidades de éxito, de lo que tenga a su disposición. Sin embargo, ninguno lo admite. Aseguran que lo hacen por amistad, por cultivar buenos contactos.

Por lo pronto, los rotulados se hacen en Boa Vista. No obstante, el propietario de una de las principales casas de trabajo gráfico de Santa Elena advierte que es sólo cuestión de tiempo el que los vecinos pasen a este lado con la finalidad de encargar sus micro perforados pues en bolívares el metro no pasa de Bs. 2000, mientras que en reales el precio se pierde de vista.

Waldir Vieira De Souza, “Amazonas”, quien fuera candidato a concejal por Pacarima, el municipio brasilero fronterizo, garantiza que cuando él coloca propaganda en una vivienda venezolana, el propietario declara -por escrito- que no está recibiendo nada a cambio y que con los choferes se hace por convenio, sin pago de por medio, si bien no se firma declaración alguna.

Esa es su manera de trabajar, pero admite que seguramente hay candidatos que piensan distinto, que están dispuestos a pagar en dinero o en mercancías a cambio de votos, pues efectivamente hay políticos procesados por su supuesta incursión en ese tipo de delitos, porque supuestamente pagaron cientos de reales a quienes se pronunciaran a favor de ellos o de sus fórmulas.

Como nunca antes, Santa Elena se encuentra inundada de propaganda electoral brasilera, de los códigos, nombres de batalla y promesas básicas de los contendores: Xingú, por ejemplo, tiene un pequeño cartel en las cercanías del auto lavado de El Salto, el más concurrido de esta frontera, ofreciéndose para continuar trabajando;  Jean Frank, también aspirante a la reelección para la Legislatura Estadal observa a los comensales de la panadería más popular, la preferida de los brasileros, con los dientes improvisadamente en rojo y el llamado “Todos juntos por Roraima”.

A un lado del tramo de la Troncal 10 que lleva a La Línea, a la altura de Brisas del Uairén, Marcio Junqueira invita a votarlo como diputado federal asegurando “Coragem e Fé” y desde el mismo retiro vial el Sargento Damosiel se presenta como el “Amigo de sempre”.
En el sector oeste de Brisas del Uairén hay un poste de la red eléctrica formal que sostiene un afiche de Luciano Castro, candidato a senador por Roraima por el Partido de la República (PR).

La espléndida sonrisa de Shéridan y su “Amor por Roraima” da la bienvenida a los clientes de una de las bodegas más surtidas en la prolongación de la calle Ikabarú, una de las zonas más frecuentadas por los brasileros. El encargado del local aseguró que un compadre colocó los afiches, sin dinero a cambio; muy cerca Aurelina Medeiros destaca en la fachada de una vivienda y apenas a unos metros la inmensa fotografía de Chico 

Rodrigues tapiza la puerta de cristal de dos hojas de un restaurante. Uno de los empleados contó que efectivamente hay quienes pagan por este tipo de propaganda, pero que, en el caso de ese establecimiento, la dueña es brasilera y conoce al candidato, lo hizo por mantener buenos contactos, relaciones.

En la urbanización Los Apamates, más conocida como Bachaquero, Marilia Pinto, ofrece su “Força de Mulher” para actuar como diputada estadal.

En el Casco Central de Santa Elena, aún hay postes ataviados con la imagen de Manolo Vallés, el alcalde reelecto del municipio Gran Sabana y paredes con las señas de Mabel de Parra, quien llegó tercera en la contienda por la Alcaldía en noviembre pasado e igualmente comienzan a verse las pegatinas de los candidatos brasileros.

En las Cuatro Esquinas, el cruce de las calles Bolívar y Urdaneta, en donde ofrecen sus servicios la mayor cantidad de trocadores (cambistas) hay un afiche adhesivo de la Dra. Moncada que dice “Nela nós acreditamos” es decir “En ella nosotros creemos” y otro de Anchietta, el gobernador saliente y ahora candidato a senador por Roraima como parte de la fórmula de Chico 40. Y en la medida en que se aproxima el cinco de octubre, los carteles y pegatinas son cada vez más.



viernes, 19 de septiembre de 2014

Directo al surtidor II

Docenas de vehículos ocupaban este patio días antes. Foto: Morelia Morillo

Lo que viene es absolutamente verídico. Lo viví. Minuto a minuto. Nadie me lo contó. Y por eso, debo relatarlo en primera persona: corre septiembre de 2014, día 19 y recién llené el tanque de mi vehículo en tres minutos, después de esperar no más de cinco.

Hasta finales de agosto, en Santa Elena de Uairén, la última ciudad venezolana de cara al Brasil, se esperaba entre dos a cinco horas en cualquiera de las dos estaciones de servicio disponibles.

El cambio, radical entre mi post anterior y este, comenzó mostrarse hace poco más de 20 días y confieso fui incrédula. Por eso no lo registré hasta hoy. Ya ha sucedido antes y el milagro se desmaterializa en el tiempo. El más reciente prodigio de este tipo perduró durante menos de un año. 

Al cierre de agosto, la cola disminuyó y los conductores se enfilaron durante no más de hora y media. Al comenzar septiembre,  durante un máximo de 40 minutos. Sobre la quincena, durante un tiempo tope de 20 minutos y ahora durante no más de 300 segundos.

En esta frontera, como el resto de los extremos del país, se libra la lucha anti contrabando de extracción: La Guardia Nacional Bolivariana (GNB) se ocupa de los puntos de control fijo  y el Ejército de las alcabalas itinerantes; hay menos brasileros aprovechando los favores del cambio; hay menos trocadores en las calles y, por tanto, menos demanda de gasolina.

El personal de Misión Ribas supervisa el cumplimiento de las normas vigentes contra los excedentes de gasolina en la calle. Caras nuevas. Gente de experiencia. Los uniformados se limitan a garantizar la seguridad en las gasolineras y además hay quienes garantizan que la Policía Federal Brasilera está controlando el tráfico de combustible ilegal.


Aún sigo sin creerlo.
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