Gran Sabana no postal

Mi madre siempre dice que vivo "en el fin del mundo". Yo vivo en la Gran Sabana, en el sureste extremo de Venezuela, en un sitio tan distante
y tan distinto que hasta se me ocurrió quedarme a vivir. Los invito a conocer esa Sabana que experimento en mi cotianidad: la Gran Sabana no postal.

viernes, 14 de febrero de 2014

El jabón de oro



Entonces, el emisario embutió el oro en un jabón de olor, el jabón en la jabonera, recibió el pago por la gestión y se esfumó. Foto: Cortesía


El hombre, negro como la noche, llegó a Santa Elena de Uairén, la última ciudad venezolana de cara al Brasil, al final del día; su emisario, un ex convicto, recién redimido por Cristo, con algo de experiencia en el negocio del oro, le había conseguido un carro para internarse de inmediato hacia Ikabarú, pero él prefirió refugiarse en el cuartito de los guardias asignados al terminal de pasajeros y continuar su viaje al alba.

Sin afanarse en discusiones, le pagó al chofer -ya contratado- y lo despachó sin ni siquiera estrecharle la mano ni muchos menos mirarlo a los ojos.

Ikabarú, capital de la segunda parroquia del municipio Gran Sabana, se encuentra a 114 kilómetros de huecos, grietas y puentes caídos de Santa Elena, 114 kilómetros que ameritan, al menos, de tres horas de viaje sin contemplar los imprevistos.

Ikabarú es un pueblo minero que vivió sus días de gloria a mediados del siglo pasado y hoy se niega a morir, un lugar de paso en donde por costumbre, ambición o ilusión permanecen los sobrevivientes de los varios  planes de cierre minero promovidos por el Gobierno, la mayoría vive en construcciones precarias con techos de metal sobre calles de tierra.

El hombre viajaba en compañía de un familiar a quien igualmente tan sólo se le diferenciaba la esclera, que es como se llama lo blanco del ojo. Se disponía a multiplicar lo poco que le quedaba de su último viaje a China a donde se fue ataviado con una chaqueta hecha de cocaína, gorra de turista, cámara al cuello y despejando sospechas en perfecto inglés.

De San Félix a Santa Elena hizo 24 horas; por algún motivo, se bajó en el Km 88, en Las Claritas, aproximadamente a 350 kilómetros de Santa Elena, cotejó precios, pesó aquí, miró allá y volvió a subir, como antes, a una buseta Turgar.

Apenas salió el sol, se dispuso a abandonar el cuartito de los guardias y a viajar a El Paují: se lavó la cara, cepilló sus dientes tan blancos como lo blanco de sus ojos, apuró un café de termo  y se enrumbó hacia la parada de los rústicos (carros por puestos) que recorren la ruta entre Santa Elena-Ikabarú. Se desconoce si tomó algo más a manera de desayuno o si se conformó con el tinto tibio y exageradamente dulce propio de los termos de los terminales.

En todo caso, tal vez, le tocó subir a bordo de una Toyota chasis largo pagada con un kilo de oro. Así ocurrió el año: un hombre cambio su carro de dos o tres años de antigüedad por un kilo del mineral del brillo. Esperaba conseguir dos japoneses más de paquete y continuar canjeando, pero el hampa se encargó de anular su ambiciosa estrategia. Dos horas y media más tarde, el hombre llegó a El Paují, mucho antes que su emisario a quien prefirió esperar.

El Paují, a 80 kilómetros de Santa Elena, es un pueblo mestizo: de pemón, de criollos, de extranjeros, de ecologistas, de platilleros, de persistentes empresarios turísticos, de constantes apicultores, de nuevos y viejos mineros.

El Paují nació sobre los años sesenta, en torno al campamento de los obreros del Ministerio de Obras Públicas (MOP), que trabajaban sobre la vía hacia Ikabarú; posteriormente, llegaron algunas familias pemón de sitios aislados y jóvenes citadinos deseosos de hacer una vida al margen de lo tradicional, de desechar lo igual, de crear una comunidad alternativa.

Durante al menos tres décadas, los de El Paují se debatieron entre cuidar de la naturaleza o voltear los ríos y la capa vegetal en busca de oro. Hace aproximadamente cinco años, muchos de ellos resolvieron hacerse ricos; hoy buena parte de esa inmensa sabana está minada de huecos enormes, heridas imborrables dejadas por la remoción de la capa vegetal mediante equipos de potente cilindrada; la arena rellenó la poza Paují y los jóvenes pemón le exigen el máximo a sus motos hasta para recorrer los escasos metros que separan sus casas de las bodegas; en febrero pasado, murió un muchacho indígena de 17 años, tenía un nombre bíblico; semanas antes, había sacado un diamante de alta pureza y buen peso; le pagaron 800 mil bolívares; le compró a su familia todo cuanto necesitaba (ropa, camas, mesas, sillas, poltronas, lavadora, una planta de sonido, nevera, cocina y, por supuesto, un televisor con pantalla de plasma gigante), llenó un camión; para él, se regaló una moto china. Días más tarde, se estrelló contra un vehículo que transitaba a escasa velocidad sobre la vía inter comunal; el motorizado volvía en bajada y daba una curva después de una noche de farra sin medidas.  Falleció en el acto.

A media tarde, el hombre de ébano ya tenía en sus manos lo que buscaba: 50 gramos de oro puro purísimo; entonces, el emisario (el ex convicto ya redimido) embutió el metal amarillo en un jabón de olor, el jabón en la jabonera, recibió el pago por la misión cumplida y se esfumó.

En segundos, el hombre subió  al rústico de vuelta con su pequeño bolso y su pesada cajita, en apariencia, tan sólo contentiva de un jabón.

El último viernes de enero, a eso de las dos de la tarde, la ministra de Pueblos Indígenas, Aloha Núñez, visitó Gran Sabana para revisar, junto a los capitanes pemón, los alcances de los acuerdos alcanzados aquel nueve de febrero de 2013, cuando buena parte de la comunidad de Urimán retuvo a un grupo élite del Ejército que pretendía cerrar sus minas.

A cambio de los uniformados, el Alto Gobierno bajó la guardia y las comunidades ancestrales se comprometieron a cuidar de los ríos y de las sabanas, a  no trabajar en los cauces fluviales, a reforestar las zonas intervenidas, limitar el ejercicio de la minería por parte de los no indígenas entre otros asuntos y a venderle su oro al Estado a través de una inexistente oficina local que aún sigue siendo un proyecto.

A fecha, la minería es una actividad limitada en buena parte del municipio Gran Sabana y absolutamente proscrita en el sector oriental del Parque Nacional Canaima por su belleza, por su valor ambiental, por ser el lugar en donde nacen las aguas que después se convierten electricidad para buena parte del país; sin embargo, hace unos días la Fundación Mujeres del Agua, cuyo centro de operaciones se encuentra precisamente en El Paují, distribuyó un correo electrónico haciéndose eco del llamado de alerta de algunas de sus aliadas de las comunidades ubicadas dentro del área resguardada, en las zonas más prístinas, al margen de toda vigilancia ambiental.

Las de Uroy Uaray denunciaron -aparentemente, primero ante sus capitanes, luego ante las autoridades convencionales y finalmente ante todo quien acepte oírlas- que allí hay al menos seis equipos portátiles trabajando sobre el río Kamá, el mismo de la caída impresionante; las de Iwo Riwö delataron que sobre el Aponwao se encuentran alrededor de 20 máquinas, todas en la parte alta del cauce que conduce al salto de 105 metros de altura, el más impactante de la Sabana.

Nadie sabe por dónde entra la maquinaria, de dónde proviene el combustible para su funcionamiento ni por dónde sacan el oro pues hay menos cinco alcabalas del Ejército y de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) entre Luepa y Santa Elena, sobre la Troncal 10.


El viernes citado, la ministra Núñez se interesó especialmente en saber a quién le vendían el oro sus paisanos pemón y ellos fueron sinceros: “A los compradores de Santa Elena”, dijeron sin rodeos; así ocurre casi todo el tiempo y a veces, solo a veces, lo cambian por vehículos 4x4 ya usados o lo colocan, algo más barato, en manos de quien se acerque hasta las minas y se lo lleve a Caracas, a Sao Paulo, a Nueva York, a Ciudad de México, incluso a bordo de una modesta buseta y empotrado en un jabón de olor.




jueves, 9 de enero de 2014

La Tuenkarón de Akurimá





Tosca, de mirada desorbitada, la Tuenkarón de Akurimá brota desde una orquídea en la plazoleta de la redoma, desconcertando, impactando, espantando a quienes pasan. Fotos: Morelia Morillo

En la mitología pemón, Tuenkarón es un ser que vive en las aguas y que, en defensa de su entorno, rechaza la presencia humana.

En Akurimá, una urbanización ubicada al norte de Santa Elena de Uairén, la capital del municipio Gran Sabana, fronterizo con Brasil, Tuenkarón, según se dice, es esa escultura tosca, de mirada desorbitada, que brota desde una orquídea en la plazoleta de la redoma, desconcertando, impactando, espantando a quienes pasan.

La leyenda la describe como una mujer pequeña, joven, de cabellos largos, lacios y negros, similar a una sirena, muy hermosa, muy atractiva para los hombres.

En el libro de Mitología pemón, de monseñor Mariano Gutiérrez Salazar, se indica que Tuenkarón es poco frecuente en la tradición de este pueblo, un ser fabuloso, descrito con cuerpo de mujer, de larguísima cabellera y extremidades de pez.

Tuenkaron aparece, según el autor, al principio de la leyenda de los Makunaima, personajes fundacionales del pueblo pemón, como la mujer que cautivó a Wei, el sol.

Tras rechazarlo, lo ayudó a conseguir una mujer y otra, ninguna de las dos funcionó para él; Wei amenazó con secarle el río; entonces, al extremo, Tuenkarón le envió a Kakó, la mujer de jaspe, compañera definitiva del sol.

En Akurimá nadie sabe, con certeza, quién es, ni qué significa la escultura ubicada sobre la redoma; en Ingeniería Municipal no tienen “idea” de la razón de la extraña figura y en el Instituto Municipal para la Cultura y las Artes (IMCA) se dice, sin certeza, que la pieza está inspirada en Tuenkarón, por ahora, la versión que cobra mayor fuerza.

Los vecinos suman que se trata de un regalo que le fue obsequiado al alcalde, Manuel De Jesús Vallés, por un artista brasilero y que este, agradecido, decidió colocarlo en un lugar especial, la plazoleta, la redoma con jardinería de piedra sembrada de bambú.

Lo cierto: la Tuenkarón de la Akurimá continúa, como la de las aguas del río, espantando la presencia humana; siendo, la de factura brasilera, mucho más vulnerable: aunque no lleva más de seis meses en la plazoleta ya tiene rayas obscenas en espray rojo sobre su torso y le faltan un par de dedos, el anular de la mano derecha y el meñique de la mano izquierda.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Repatriar un cadáver cuesta 1200 reales



Afortunadamente, consiguieron el dinero y pronto. Por convenio entre las autoridades de salud de ambas fronteras, se estableció un plazo de 48 horas para el retiro de los cadáveres. Foto: Cortesía


Corre la primera semana de octubre y, aún con el trago amargo en la garganta, los familiares de la joven motorizada deben abandonar el Hospital General de Boa Vista y volver a Maurak para juntar entre familiares y amigos 22 mil bolívares o el equivalente a 1200 reales.

Maurak una comunidad pemón fundamentalmente adventista se encuentra aproximadamente a 15 kilómetros de Santa Elena, la capital de Gran Sabana. La muchacha iba a bordo de una moto cuando fue embestida por la muerte. Moribunda dio la batalla.

Seguramente, de inmediato la llevaron al Hospital “Rosario Vera Zurita”, el único hospital venezolano de esta frontera, pero -por algún motivo- fue referida al lado brasilero de la raya.

Probablemente, ameritaba de un especialista, de una tomografía, de exámenes específicos de laboratorio, de la corrección de alguna fractura compleja o del soporte vital que brinda la terapia intensiva. Nada de eso lo hay en el centro de salud venezolano. Tampoco ambulancia.

La trasladaron en la unidad de Salud Indígena hasta Boa Vista, Brasil, a 250 kilómetros de la raya. Allá se dio por vencida.

Entonces, comenzó el cuarto acto de la historia: la búsqueda desesperada de los 1200 reales.Luego, volver a Maurak para juntar la plata. Correr hasta los trocadores de La Planta. Cambiarla a reales. Y, entonces sí, tomar el primer por puesto con destino a la capital de Roraima y cancelar los trámites, los gastos funerarios y el traslado.

Afortunadamente, consiguieron el dinero y pronto. Por convenio entre las autoridades de salud de ambas fronteras, se estableció un plazo de 48 horas para el retiro de los cadáveres. De lo contrario, los servicios de atención brasileros tendrán la potestad de sepultarlos.

Entre enero y los primeros 10 días de octubre  murieron  23 venezolanos procedentes de comunidades ancestrales de la Gran Sabana en alguno de los hospitales roraimenses. Para volver a casa, con su cadáver, los familiares de cada uno debieron cancelar 1200 reales.

Al día de hoy, los venezolanos compran electrodomésticos; los brasileros se abstienen de viajar a Santa Elena; el real sube. Si algún venezolano, pemón o no, muriera hoy en Boa Vista, Brasil, sus familiares tendrían que cancelar en reales el equivalente a 27 600 bolívares por concepto de gastos funerarios y papeleos. Sólo así el cadáver podría regresar a la patria.




jueves, 31 de octubre de 2013

A Roraima sin cordura

Un guía contó que, vio a la mujer sin nombre bajo la lluvia tan sólo cubierta  por una “bolsita plástica”. Foto: Carmen de Simone

A mediados de agosto, la mujer sin nombre cambió su ruta habitual, de Santa Elena de Uairen a Villa Pacaraima, la primera localidad brasilera de cara a Venezuela y se enrumbó hacia el Roraima, hacia el tepuy en donde se solapan los confines de Venezuela, Brasil y Guyana.

Seguramente, se coló entre los cientos de vehículos que aguardaban en la antigua Estación de Servicio Texaco. Pasó frente al Terminal Internacional de Pasajeros. Anduvo la comunidad de Wará y franqueó –inadvertida- el Punto de Control Fijo de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) conocido como “La Guillotina”.

Alguien la vio sobre la Troncal 10, a la altura de Agua Fría, a 20 kilómetros de Santa Elena, la remota capital del municipio Gran Sabana, en el extremo sureste venezolano. La Troncal 10 es un sendero pavimentado bordeado por sabanas y morichales.

La mujer sin nombre pudo andar  más de 100 kilómetros, a su paso, extraviándose en las miradas ajenas, parando a tomar agua de río, durmiendo tal vez en las churuatas a borde de carretera en Agua Fría, en Jaspe, en Mapaurí, en Yuruaní.

Hay quienes creen que le dieron la cola,  uma carona, pero en realidad su cabello era demasiado sucio, su piel demasiado curtida por el sol y la mugre, su olor insoportable.

Quienes eso creen argumentan que debió pasar en un carro porque, aun sin nombre, logró colarse sobre el siguiente Punto de Control Fijo de la GNB  en San Ignacio de Yuruaní.

Al llegar al cruce de Peraitepuy, debió recorrer los escasos metros planos y encarar la pendiente de granza roja; tal vez, durmió a cielo abierto, se empapó bajo la lluvia y se secó al sol, hasta que sin guía, ni botas, ni sombrero, ni morral de acampar traspasó la comunidad.

Un guía la avistó sobre los 22 kilómetros que llevan desde el asentamiento a la base. Le advirtió que era riesgoso hacer la expedición así: sin carpa, sin sleeping, sin comida, pero ella se hizo lo que era, una loca de parque y siguió hacia la cima.

Otro guía, la vio cruzando el Tek, crecido y con corriente. “Casi se la lleva”, recordó. “Casi se ahoga”. Así que dejó sus turistas en manos de quien le servía de acompañante y la agarró con fuerza. Ella se aferró a la vida. Lo miró a los ojos y le dejó claro que había decidido ir a morir en Roraima, que ese era su problema y de nadie más. Él, simplemente, la dejó seguir.

Llegó a la cumbre alrededor del 21 de agosto, en plena temporada alta.

“Yo vine aquí a morirme, en este sitio”, le dijo a los turistas que intentaron persuadirla de que bajara con ellos. “Yo soy brasilera, vengo de las minas y aquí arriba hay diamantes”, les decía.

Se les presentaba de noche, deambulando entre las carpas. Pero tan pronto como comía y bebía volvía a extraviarse en ese mundo pre histórico, frío, fantástico, de grietas y de neblina.

Una noche más tarde, volvía a aparecer como un espanto inmundo, desandando entre venezolanos, alemanes, japoneses, ingleses y les imploraba frazadas y comida. 

Casi en shock, un guía contó que, a pesar del frío, vio a la mujer sin nombre bajo la lluvia tan sólo cubierta  por una “bolsita plástica”. A la intemperie, a 2 810 metros de altura. Se estremecía.

Alguien sugirió bajarla en helicóptero, pero Protección Civil (PC) argumentó que una persona en su condición no puede volar. Si bien ella jugaba a planear desde las paredes del tepuy.

Once días después, otro guía y su grupo, el hambre y el frío la obligaron a caminar de vuelta. En Peraitepui, una comisión del Centro de Coordinación Policial Gran Sabana, adscrita a Kumarakapay, la subió al cajón de la camioneta pick up y la trasladó amarrada de pies y manos.

La llevaron a Villa Pacaraima. Entonces, las autoridades aseguraron que, aunque efectivamente hablaba el portugués, no era brasilera. Presumieron, por su color, que se trataba de una ciudadana proveniente de un país africano de habla portuguesa.

Se dice que de Brasil volvió por los caminos verdes. Dos días más tarde, la mujer sin nombre, sin nacionalidad, sin cordura, volvió a vagar por la Gran Sabana. Deambulaba entre las comunidades de San Valentín de Chirik Merú, Los Moriches y Kamaiwá, tres asentamientos pemón localizados entre Santa Elena y la línea limítrofe que separa a Venezuela de Brasil.

Dormía al borde la vía, sobre los espacios despejados para la inserción de la fibra óptica de respaldo, envuelta absolutamente en una cobija de Ben 10.

Se levantaba sobre las siete y comenzaba a merodear en un trecho de no más de dos kilómetros, como en un callejón sin salida: a veces, sobre el hombrillo, a veces, sobre los bordes, a veces, como obligándose a caminar pisando la línea entre los canales de ida y de vuelta.

Los de PC intentaron repatriarla: adelantaron gestiones en el Consulado Brasilero en Santa Elena, acudieron a la Casa de la Mujer Migrante en Pacaraima, publicaron varias notas de prensa en los diarios regionales con corresponsalías en la localidad a ver si, por gracia divina, alguien la identificaba o le ofrecía una salida. Nadie logró identificarla.

Al final de la tarde, arrastrando la frazada, la mujer -cada vez más mugrienta- llegaba hasta la panadería de Brisas del Uairén, en busca de pan o de algo de dinero. “Espere afuera”, le indicaban y ella salía sin resistirse.

El 24 de diciembre de 2013, seguramente, lo pasó como de costumbre: sola, entre San Valentín y Kamaiwá; muy probablemente, en los alrededores de la panadería, devorando un pedazo de pan de jamón, divagando entre las docenas de vehículos brasileros que paran frente al hipermercado chino, entre los muchos carros venezolanos que se detienen frente la dutty free y, finalmente, volviendo a su sitio. Se dijo que, ya en Kamaiwá, y casi de noche, la mujer comenzó a andar sobre la raya central, recibió el impacto de un vehículo y la embestida de otro que venía en dirección contraria. Debió morir instantáneamente.

Tránsito Terrestre determinó su muerte por arrollamiento y depositó el cadáver en la pequeña morgue del Hospital “Rosario Vera Zurita”, una habitación con media docena de cavas y capacidad para aguantar los despojos insepultos por no más de dos o tres días. Mientras los familiares de los fallecidos llegan. Mientras los que llegan resuelven.

Pero nadie llegó. Entonces, aún sin vida, la mujer sin nombre y sin nacionalidad, o tan solo su cuerpo, inició una nueva historia de soledad y abandono. Ni el Ministerio Público venezolano, ni el Consulado Brasilero aceptaron responsabilizarse por unos restos sin identificación.

El 30 de diciembre, se decidió ejecutar un entierro sanitario. Pero ni en el cementerio ni en la Alcaldía había quien abriera el hoyo y además faltaba la urna.

Corría el tres de enero cuando el Ayuntamiento entregó la caja funeraria y comisionó una cuadrilla para que participara del sepelio.

Sin tardanzas, los jefes del Distrito Sanitario y de Salud Indígena Municipal se ocuparon de lavarla y vestirla con algunas prendas donadas, con ropa grande porque era alta y fornida. Quizás por eso, por su contextura fuerte y enjuta, quienes mil veces la vieron comentaban que se trataba de un hombre. Decían que era un indigente transformista. Mas, efectivamente, aunque buena parte del pueblo dudara de su feminidad, ella era mujer.

Uno de los médicos que examinó el cadáver supuso que  el consumo de alguna droga debió estimular el crecimiento de bellos en su mentón y en la parte baja de su vientre.

Quienes la asearon y la trajearon se impactaron ante los cayos, casi suelas, de sus pies. Las durezas comenzaban a despegarse a causa del frío de la morgue. A ellos les dio tristeza, ganas de llorar, recordaron a sus muertos recientes.

Finalmente, de limpio y en una caja de excelente apariencia, el cuerpo de la mujer sin nombre y sin nacionalidad, sin documentos y sin vida volvió al cajón de una pick up, tan blanca como la patrulla policial que la detuvo en Peraitepuy.

En el Cementerio de Manak Krü, la comunidad indígena pemón aledaña a Santa Elena, la esperaba su sitio definitivo. Los obreros abrieron la fosa, bajaron el féretro y lo cubrieron con esa mezcla de arena y grava propia de la Sabana.


Nadie oró. Nadie lloró. Un buen hombre le deseó el descanso eterno. “Murió como vivió, sola y punto”, dijo al relatar aquello. Nada diferencia el lugar en donde fue enterrada porque, en definitiva, nadie supo su nombre.





  
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