Gran Sabana no postal

Mi madre siempre dice que vivo "en el fin del mundo". Yo vivo en la Gran Sabana, en el sureste extremo de Venezuela, en un sitio tan distante
y tan distinto que hasta se me ocurrió quedarme a vivir. Los invito a conocer esa Sabana que experimento en mi cotianidad: la Gran Sabana no postal.

jueves, 19 de junio de 2014

Afición sin límites




En la frontera venezolana de cara al Brasil, se sigue cada juego de la selección anfitriona del Mundial 2014 como si se tratara de la vino tinto y lo propio, por supuesto, ocurre al otro lado de los hitos, en la localidad de Villa Pacaraima, la primera población brasilera en el distante extremo norte del vecino país. Una fiesta compartida y salpicada de los dramas cotidianos de estos confines


 Corren días de fútbol y en Santa Elena de Uairén, en el sureste extremo de Venezuela,  pareciera que sólo existe una opción: apoyar al vecino, sin condiciones, sin rencores, sin pequeñeces, sin pasado.  A un lado quedaron las diatribas de quienes convivimos sin remedio.

Santa Elena es una ciudad de aproximadamente 20 mil habitantes, la capital mestiza del municipio Gran Sabana, el territorio ancestral del pueblo pemón, a sólo 15 kilómetros de Villa Pacaraima (BV8, La Línea), la primera localidad brasilera hacia su extremo norte.

El miércoles, 24 horas antes de que se inaugurara el Mundial Brasil 2014, los estudiantes de las escuelas de Villa Pacaraima se despidieron de las aulas.

Al alba, cuatro autobuses salen diariamente desde BV8 para buscar a cientos de niños y adolescentes en Santa Elena. Puede que la mitad de ellos sean venezolanos de padres venezolanos. Otros son venezolanos o extranjeros, hijos de extranjeros. Los demás son brasileros o al menos hijos de brasileros. Al medio día, los transportes regresan con los del turno matutino y se van con los del vespertino. Con el crepúsculo, traen de regreso a los estudiantes de la tarde y se despiden hasta el amanecer.

El nacimiento y educación de muchos de los niños venezolanos de esta frontera corren por cuenta del Brasil. Con frecuencia, las mujeres venezolanas dan a luz en Pacaraima o Boa Vista y luego, es común, que sus niños se eduquen en BV8.

El miércoles previo al jueves inaugural, al menos tres autobuses partieron con los chicos de primaria. El objetivo: iniciar el Proyecto Copa. Extraordinariamente, las unidades transitaron una detrás de la otra, identificadas con pequeñas banderas, como si encima llevaran a las estrellas del balompié listas para saltar a la cancha. Iban cargadas de pasajeros eufóricos, sonrientes, alborotados, ataviados en verde y amarillo, con gorros de Fuleco. Los convidaron a ir con la franela de su equipo. Podían elegir y sólo dos de cada ocho optaron por Japón, España, Argentina, Portugal, Colombia. Los otros ocho se vistieron con los colores de la canarinha y buena parte de ellos con las señas de Neymar en sus espaldas.

Durante el intermedio, los estudiantes deben desarrollar el objetivo del Projeto Copa: indagar en la historia y pormenores del torneo,  y ver el juego, por supuesto, cruzar los dedos, aupar a los de casa. Regresarán el 23 para defender su propósito, evaluarlo y salir formalmente al receso escolar previsto para julio. Y claro, así seguir viendo el fútbol, apoyando a la selección.

El jueves de inauguración, muchos de los habitantes de Santa Elena salieron temprano, a comprar la franela, a decorar el frente de los negocios con globos o pasacalles verdes y amarillos. Los maniquís ya llevaban el uniforme desde comienzos del mes. Hasta el perrito de la familia de la tienda de gorras, lentes y ropa para todos, iba desde temprano con la camiseta.

En BV8, los preparativos se hicieron a tiempo. A media distancia, la calle Suapí, columna vertebral del área comercial de Pacaraima, parece un tapiz, un collage de colgantes y banderas y banderines. Incluso las aceras fueron pintadas con los colores del país, el escudo de la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF), el decreto Rumo Hexa es decir rumbo al sexto título.

A un lado y otro de los hitos, independientemente de la nacionalidad del conductor y del vehículo, los capós, los retrovisores, los parabrisas traseros llevan la bandera del orbe azul estrellado o como poco un pequeño estandarte sujeto en alguna ventana.

Desde que se aproximó el Mundial, al menos una escuadra de motos de alta cilindrada llega cada día. La mayoría viene desde San Cristóbal, Táchira, desde el extremo occidental venezolano de cara a Colombia. Hombres de negro, ataviados con lentes oscuros, chaquetas y botas de cuero rumbo a Manaus, la sede amazónica del torneo.

Llegado el momento, al mediodía del jueves, Santa Elena se fue de siesta después de almuerzo. Si bien algunos pocos decidieron ir a las estaciones de suministro de combustible a llenar sus tanques, asumiendo una jornada sin las colas habituales de tres y cuatro horas. Asuntos fronterizos: los brasileros pagan al menos un real por litro.

Ya en tarde, en las calles Ikabarú y en la Avenida Mariscal Sucre, usualmente atestadas de vehículos brasileros (de placas grises), apenas circulaban dos o tres carros con señas extranjeras. Los supermercados chinos estaban desiertos. Pero el real se mantuvo arriba.

En el sureste profundo de Venezuela, la mayoría prefiere ver el fútbol a través de la señal de la brasilera Globo. A los 11 minutos, el gol contra de Marcelo sepultó a la audiencia en el sopor de una tarde lluviosa. Pero, luego, sobre el minuto 29, el primero de Neymar sacudió la modorra.

Al minuto 71, Neymar repitió la dosis de adrenalina y entonces comenzaron a sonar cohetes y cornetas. Comenzaron a calentar las caravanas. La siesta se terminó definitivamente.

Los de la tienda de franelas, gorras y ropa para toda la familia colocaron una pantalla plana y gigante justo al frente de la sede principal del negocio e igualmente asistieron al encuentro a través de TV Globo. Son peruanos o ecuatorianos, pero todos llevaban la franela de Brasil. Las niñas iban de leguis en estampado bandera y con banderines en sus mejillas.

Quienes se detuvieron a ver el juego también llevaban la franela del vecino y un chico iba envuelto en la bandera. En el momento de la celebración, justo a la altura de su espalda, se agitaba el lema Orden e Progresso. Celebrado el gol, todos regresaron al silencio, prendieron sus ojos sobre el televisor y afinaron sus oídos para entender lo que ocurría.

Entonces, se vino el 90 + 1, el minuto en que se produjo la sentencia de Oscar, el chico de la bandera gritó “pega mulher”, sonó el pitazo final y, desde el interior de su estandarte, el abanderado sacó una lata de cerveza Polar ¡Psh! La destapó y brindó por la victoria.

Esa noche, la fiesta fue en alrededores del Espacio de Encuentro para la Cultura y las Artes, el antiguo Parque Ferial de la Gran Sabana, a pesar de la lluvia y de los malos desagües.

En diagonal, en el cruce de las calles Urdaneta con Lucas Fernández Peña, una Toyota Pick Up arrolló a Chicho, uno de los indigentes del pueblo. Hasta 2000, acá no existían personas viviendo en las calles, ya en el milenio que corre hay al menos dos docenas.

Su cuerpo hinchado y percudido quedó tendido en el suelo, en posición fetal. Un paramédico del 171 tomó su pulso, lo examinó y ordenó trasladarlo al Centro de Diagnóstico Integral (CDI). Aparentemente, sólo sufrió traumas leves y estaba en avanzado estado de embriaguez, pero el médico que lo atendió observó que mientras una de sus pupilas permanecía contraída la otra se encontraba dilata, signo evidente de un trauma cráneo encefálico.

Probablemente, el médico intentó dejar al arrollado hospitalizado. Tal vez, Chicho escapó. Tres días después, pecó de impertinente, cayó y su cabeza golpeó, por última vez, contra una acera.

El martes de juego, comenzó como aquel jueves inaugural: sin brasileros en las calles de la localidad venezolana, con niños, niñas, mujeres, hombres y perritos venezolanos luciendo la camiseta de la selección del país anfitrión, con motos y carros abanderados y la promesa de una siesta que se prolongaría al menos hasta que la canarinha transformara la espera en un gol. Hasta el chiguagua toy del hotel barato llevaba la mínima blusita desde el amanecer.

La idea, al parecer, era ir celebrando por goles hasta alcanzar el triunfo definitivo. En los lanchonetes de Villa Pacaraima se servía Antártica, Brahma, Skol y Zulia. Si el asunto era ubicar un puesto para asistir al juego, lo mismo daba pagar o no, pues los dependientes y su clientela disponían de asientos para todos y prometían una ronda gratis para el minuto 90.

Mas la siesta no terminó. Con el pitazo final, y ante el empate, uno de los clientes del Mutantes Art-Magia, otro de los barcitos sobre la Suapí, emitió su sentencia: “Macumba, fizeram macumba” es decir hicieron magia negra y el veredicto encontró eco. Nadie le iba a México.

Privó el silencio , y, como siempre, no todo está perdido: a pesar de la derrota, sobre la acera en la que se lee Rumo Hexa,, frente a la panadería, un par de niños, ambos quieren ser como Neymar,  reanudaron su entrenamiento con un balón de goma flojo y envuelto en plástico.



jueves, 22 de mayo de 2014

Trocadores II y Las crónicas 5


Los novatos ejercen principalmente en el cruce fronterizo, siempre del lado venezolana, lejos del alcance de la Policía Federal Brasilera y en los alrededores de los supermercados chinos. Foto: Morelia Morillo.

Es mayo de 2014 y Las crónicas de la frontera ya tiene cinco anos. Casi la edad de mi hija a quien di la bienvenida con yo-di-luz-en-pacaraima.html Por cierto, al menos dos mujeres, embarazadas, venezolanas, me han escrito pidiéndome detalles.

En estos cinco, muchas cosas han cambiado: el diseño de este sitio; la cantidad de lectores, aunque sólo 129 se han registrado, son muchos los que pasan por aquí; el número de entradas: con esta sumamos 82 y el número de vistas: pasamos de las 52 000.

Ahora bien, ningún dato numérico se disparó -en cinco anos- tanto como el precio del real brasilero. Para 2009, las lechugas, orgánicas y recién cosechadas, en Villa Pacaraina, Brasil, a 15 kilómetros de casa, costaban cinco reales es decir 10 bolívares. Ahora, la misma lechuga, igualmente fresca y sin residuos químicos, cuesta 150 bolívares. Ya no más.

Poco después, en abril de 2011, colgué trocadores-casas-de-cambio-que-caminan.html la que ha sido, a lo largo de los dos últimos años, la entrada más leída de Las crónicas, la más comentada, la que más trabajo me sigue dando: Qué en cuanto esta el real. Que voy de paso. Que voy al Mundial. Que me voy a estudiar. Que si necesito dólares. Que si voy a remodelar mi casa y me urge el dinero en reales para cambiarlos a dólares. Qué si los trocadores son confiables Que hasta cuánto me pueden cambiar. Gracias por leer y comentar. He tratado de responder en la medida de mis posibilidades, con responsabilidad y honestidad.

Hasta ese momento, cualquier operación de cambio de moneda se hacía en las Cuatro Esquinas, en el corazón del Casco Central, entre un puñado de hombres curtidos en el negocio. Entonces, para 2011, recién salían al ruedo una docena y media de cambistas más.
Todos apenas comenzaban a disputarse a los brasileros ofreciéndoles 4,8 bolívares por real; hoy, en mayo de 2014, en una mañana de mayo soleada después de mucha lluvia, ofrecen 29 a 30 bolívares. Y ya no son 18. Son  un ejército de 180 hombres (auto organizados) a los que se les ha sumado un contingente -casi igual- de emergentes.

Los novatos ejercen principalmente en el cruce fronterizo, siempre del lado venezolana, lejos del alcance de la Policía Federal Brasilera y en los alrededores de los supermercados chinos.

Antes, el oficio era exclusivo de los hombres. Ahora lo ejercen también las mujeres. Todos  se presentan como padres y madres de familia, prestadores de un servicio fundamental.

Desde 2013, los trocadores apostados en las Cuatro Esquinas visten de franela roja; los del acceso a la localidad (Hotel José Gregorio) de franela verde y los de La Planta de amarilla.

Los que fueron censados en 2013, llevan en el pecho un código que remite a su nombre y número de cédula. Se organizaron para evitar el ingreso de foráneos, de extraños, de aquellos que llegan a esta frontera tan sólo atraídos por el olor de las pacas de billetes que los trocadores agitan en las calles. Sin embargo, los forasteros ya casi los superan.


Hace dos días, un novel trocador (local vale decir) se quejaba del giro que ha tomado el oficio: “Demasiado gente y, por la escasez, los brasileros están dejando de venir. Los que vienen apenas cambian 150, 200, 300 reales porque ellos dicen que cambian y después no encuentran qué hacer con tantos bolívares. Antes cambiaban 1000, 1500 reales”. No hay café, ni leche, ni arroz, ni harinas, ni margarina, ni aceite comestible, ni pasta, ni desinfectantes, ni suavizante, ni papel sanitario. Ni. Ni. Pero aquí seguimos desde Las crónicas, contándoles acerca de la cotidianidad en la Gran Sabana no postal.

jueves, 17 de abril de 2014

Testimonios de redención

En la muy remota frontera venezolana con Brasil proliferan los templos cristianos evangélicos. Fotografía: Morelia Morillo

Níger, valga el seudónimo, el hombre que durante años se ocupó de inmunizar a los pequeños, medianos y grandes mineros del Kilómetro 88, contra la permanente epidemia del hampa, se retiró.

El Kilómetro 88 es una zona minera caliente y húmeda, bulliciosa y anárquica ubicada sobre la Troncal 10, en los límites del municipio Sifontes con el paradisíaco municipio Gran Sabana del estado Bolívar, a aproximadamente 320 kilómetros de la frontera venezolana con Brasil.

Ella, la mujer que sigue en la cola de venezolanos que se aprestan para sellar su salida del territorio brasilero, cuenta que Níger vacunaba tanto a los que levantan el suelo usando la fuerza de poderosos motores como a aquellos que pescan oro y diamantes en el río, con una simple suruca o cernidor. A los que sacaban mucho y a los que apenas conseguían para sobrevivir.

Entonces, a comienzos de 2014, unos pastores internacionales pararon en el Kilómetro 85. Durante la ceremonia, los mineros imploraron a Dios que los protegiera del hampa, los pastores oraron junto a Níger y el hombre, que desde siempre se dedicó a intimidar a sus vecinos para que pagaran por sus servicios de seguridad, decidió abandonar sus andanzas a cambio del perdón divino y de la gloria eterna. “Yo quiero entrar al reino de Dios”, habría dicho.

El extracto del Salmo 95, impreso del pequeño afiche promocional de la Gran Cruzada del apóstol y profeta, describe lo que, muy probablemente, ocurrió en el Bulevar de Las Claritas, Km. 85: “Venid, adoremos y postrémonos, arrodillémonos delante de Jehová, nuestro hacedor. Porque él es nuestro dios: nosotros el pueblo de su prado y ovejas de su mano”. El acto debió comenzar sobre las siete de la noche, el culto religioso se alternó con música llanera, arpa, cuatro, maracas y mucha lírica cargada relatos de salvación.

Así se cumplió la promesa bíblica destacada en el cartel: “Unción, Poder y Gloria”. “Ahora, todo el mundo puede trabajar tranquilo allá”, celebró la mujer de la cola. “El poder de dios es infinito. Se obró un milagro”, dijo poco antes de despedirse al ingresar a la oficina federal.

En enero de 2013, entraron a Venezuela, a través de la Aduana Ecológica de Santa Elena de Uairén, al menos 500 brasileros diariamente. Tal vez más, difícilmente menos. Algunos en vehículos propios, otros en colectivos. Casi todos rumbo a Margarita, en busca de playas de mar y tiendas “baratas”. Ya entonces el cambio de reales a bolívares los beneficiaba.

Ese día, a diferencia de aquel de ¿2 500 bolos por cada uno? Si vahttp://lascronicasdelafrontera.blogspot.com/2012/09/2-500-bolos-para-cada-uno-si-va.html, la mayoría de los viajeros parecían tranquilos, llenos de goce pre vacacional. Las buenas nuevas acerca de los acuerdos logrados entre los gobernadores de Roraima y Bolívar, entidades fronterizas de Brasil y Venezuela, les permitían sentirse seguros.

Almeida, en cambio, trascendió la frontera perturbado ante una posible extorsión y, al mismo tiempo, con la profunda convicción de que, en todo caso, Jesús lo salvaría.
 “En la zona de El Tigre, los policías municipales crean situaciones para extorsionar a los brasileros (…) Pero si usted les dice que es cristiano lo dejan seguir por temor a dios y porque ellos saben que los cristianos no pagan extorsiones”.

Al escucharlo, Tavares, amigo de Almeída, en medio de un encuentro casual en el pasillo de acceso a la Aduana Ecológica de Santa Elena de Uairén, inesperadamente congestionado por un apagón eléctrico, exhaló aliviado; felizmente, viajaba a Venezuela, por primera vez, a bordo de un autobús de la compañía de Asatur ocupado en su mayoría por cristianos 
evangélicos.

En junio pasado, en una reunión entre los representantes de la Cámara de Turismo de Boa Vista y el ministro de Turismo venezolano, los brasileros aclararon que en el estado Bolívar se solventaron buena parte de los problemas de inseguridad que los afectaban, pero no así  en Anzoátegui en donde siguen siendo víctimas de atracos, robos y extorsiones.


martes, 25 de marzo de 2014

Entre paredes anónimas





A mitad de marzo, unas manos -anónimas una vez más- dejaron un papel bond en el acceso a un edificio del centro de la localidad fronteriza. Fotos: Morelia Morillo

El día 12 de febrero, mientras en varias ciudades del país grupos de estudiantes y ciudadanos con y sin estudios manifestaban en las calles en contra del presidente Maduro y su gestión, en Santa Elena de Uairén, los niños y adolescentes recorrieron el Casco Central con mensajes de paz y vida, en respuesta al llamado hecho por el Gobierno en la lucha contra la violencia.


Salieron de la Unidad Educativa Nacional “Dr. Juan de Dios Holmquist”, tomaron la calle Ikabarú hasta empalmar con la Urdaneta, cruzaron en la Roscio hasta llegar a la Avenida Mariscal Sucre, de ahí a la Bolívar y se concentraron finalmente en la Plaza Bolívar.


Santa Elena es la última ciudad venezolana de cara al Brasil. La “Juan de Holmquist” es la principal escuela de la localidad, aunque su nombre nada tiene que ver con el pueblo. Se dice que, al momento de nombrarla, el desconocimiento y el azar remitieron, desde el Ministerio de Educación en Caracas, la identificación correspondiente a una institución que -en simultáneo- se bautizaba en Soledad, Anzoátegui y viceversa. La de allá se llamaría así en recuerdo del farmacéutico local. Acá casi nadie sabe quién fue el Dr. Holmquist.


El 12F, en la plaza, la Orquesta Sinfónica Juvenil e Infantil y el Coro Infantil y Juvenil de Gran Sabana iniciaron los actos protocolares y culturales.


Glen González, actualmente jefe de Educación al Socialismo de la Alcaldía y capitán de la comunidad pemón de Kinok Pon Parú, intervino como orador de orden. Durante su intervención, recordó la importancia de la Batalla de la Victoria y llamó a los más jóvenes a congregarse en torno a Bolívar, con el fin de transformar la sociedad. Además, compartió con la audiencia un mensaje dirigido al fallecido presidente Chávez: “Comandante eterno, te amamos, hoy más que nunca reafirmamos nuestro compromiso por usted, por Bolívar y por la Patria (…) Ellos vencieron y nosotros venceremos”.


Durante los días siguientes, mientras que en el resto del país los descontentos continuaban marchando, levantando barricadas y ascendía la cifra de los muertos, los heridos y los detenidos, en Santa Elena los más jóvenes de la Mesa de la Unidad y sus más fieles amigos y seguidores se congregaban en la Plaza Bolívar, a partir de las cuatro, para rayar parabrisas y pavimentos y, al caer la noche, orar por los fallecidos y, a veces, caminar a la luz de  las velas.


Ya en marzo, alguien salió de noche y espray en mano llamó a la ciudadanía a rechazar la Mercorumba, la octavita de carnaval organizada por la Alcaldía desde hace 10 años. “Luto nacional”. “No a la Robo Rumba”, decían las pintas. Pero el siete y el 8F, la colectividad, salvo excepciones,  amaneció bailando bachatas guayanesas, forros y vallenatos. 

A mediados del mes, la misma caligrafía llamó a la rebelión y unas manos anónimas fijaron sobre las paredes del centro hojas tamaño carta compartiendo las razones de las protestas encendidas en el centro, occidente y oriente del país: escasez, colas, corrupción, inflación, devaluación, inseguridad y recordando el contenido del 350 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela.


En Santa Elena, hoy escasean de un todo el café, la margarina, las harinas de trigo y maíz, el arroz y la leche, por hacer corta la lista; el bolívar vale de 25 a 30 veces menos que un real brasilero; el propio 9F muchos ciudadanos saltaron de la Mercorumba a los alrededores del estadio de softbol para hacer la cola y lucharse una bombona de gas; normalmente, los conductores esperan de una a dos horas para llenar el tanque de gasolina. Pero no hay inseguridad; hay oro, diamantes y destrucción; al menos 200 hombres y mujeres se ganan la vida agitando pacas de billetes en las calles y canjeando bolívares por reales o al contrario y otros cientos vendiendo gasolina por litro.


A mitad de marzo, unas manos -anónimas una vez más- dejaron un papel bond en el acceso a un edificio del centro de la localidad fronteriza: “Le tengo miedo al silencio de mi pueblo Despierta SOS”.”No sean estúpidos, Maduro y punto chico. Jajajaja”, le respondió alguien más.


viernes, 14 de febrero de 2014

El jabón de oro



Entonces, el emisario embutió el oro en un jabón de olor, el jabón en la jabonera, recibió el pago por la gestión y se esfumó. Foto: Cortesía


El hombre, negro como la noche, llegó a Santa Elena de Uairén, la última ciudad venezolana de cara al Brasil, al final del día; su emisario, un ex convicto, recién redimido por Cristo, con algo de experiencia en el negocio del oro, le había conseguido un carro para internarse de inmediato hacia Ikabarú, pero él prefirió refugiarse en el cuartito de los guardias asignados al terminal de pasajeros y continuar su viaje al alba.

Sin afanarse en discusiones, le pagó al chofer -ya contratado- y lo despachó sin ni siquiera estrecharle la mano ni muchos menos mirarlo a los ojos.

Ikabarú, capital de la segunda parroquia del municipio Gran Sabana, se encuentra a 114 kilómetros de huecos, grietas y puentes caídos de Santa Elena, 114 kilómetros que ameritan, al menos, de tres horas de viaje sin contemplar los imprevistos.

Ikabarú es un pueblo minero que vivió sus días de gloria a mediados del siglo pasado y hoy se niega a morir, un lugar de paso en donde por costumbre, ambición o ilusión permanecen los sobrevivientes de los varios  planes de cierre minero promovidos por el Gobierno, la mayoría vive en construcciones precarias con techos de metal sobre calles de tierra.

El hombre viajaba en compañía de un familiar a quien igualmente tan sólo se le diferenciaba la esclera, que es como se llama lo blanco del ojo. Se disponía a multiplicar lo poco que le quedaba de su último viaje a China a donde se fue ataviado con una chaqueta hecha de cocaína, gorra de turista, cámara al cuello y despejando sospechas en perfecto inglés.

De San Félix a Santa Elena hizo 24 horas; por algún motivo, se bajó en el Km 88, en Las Claritas, aproximadamente a 350 kilómetros de Santa Elena, cotejó precios, pesó aquí, miró allá y volvió a subir, como antes, a una buseta Turgar.

Apenas salió el sol, se dispuso a abandonar el cuartito de los guardias y a viajar a El Paují: se lavó la cara, cepilló sus dientes tan blancos como lo blanco de sus ojos, apuró un café de termo  y se enrumbó hacia la parada de los rústicos (carros por puestos) que recorren la ruta entre Santa Elena-Ikabarú. Se desconoce si tomó algo más a manera de desayuno o si se conformó con el tinto tibio y exageradamente dulce propio de los termos de los terminales.

En todo caso, tal vez, le tocó subir a bordo de una Toyota chasis largo pagada con un kilo de oro. Así ocurrió el año: un hombre cambio su carro de dos o tres años de antigüedad por un kilo del mineral del brillo. Esperaba conseguir dos japoneses más de paquete y continuar canjeando, pero el hampa se encargó de anular su ambiciosa estrategia. Dos horas y media más tarde, el hombre llegó a El Paují, mucho antes que su emisario a quien prefirió esperar.

El Paují, a 80 kilómetros de Santa Elena, es un pueblo mestizo: de pemón, de criollos, de extranjeros, de ecologistas, de platilleros, de persistentes empresarios turísticos, de constantes apicultores, de nuevos y viejos mineros.

El Paují nació sobre los años sesenta, en torno al campamento de los obreros del Ministerio de Obras Públicas (MOP), que trabajaban sobre la vía hacia Ikabarú; posteriormente, llegaron algunas familias pemón de sitios aislados y jóvenes citadinos deseosos de hacer una vida al margen de lo tradicional, de desechar lo igual, de crear una comunidad alternativa.

Durante al menos tres décadas, los de El Paují se debatieron entre cuidar de la naturaleza o voltear los ríos y la capa vegetal en busca de oro. Hace aproximadamente cinco años, muchos de ellos resolvieron hacerse ricos; hoy buena parte de esa inmensa sabana está minada de huecos enormes, heridas imborrables dejadas por la remoción de la capa vegetal mediante equipos de potente cilindrada; la arena rellenó la poza Paují y los jóvenes pemón le exigen el máximo a sus motos hasta para recorrer los escasos metros que separan sus casas de las bodegas; en febrero pasado, murió un muchacho indígena de 17 años, tenía un nombre bíblico; semanas antes, había sacado un diamante de alta pureza y buen peso; le pagaron 800 mil bolívares; le compró a su familia todo cuanto necesitaba (ropa, camas, mesas, sillas, poltronas, lavadora, una planta de sonido, nevera, cocina y, por supuesto, un televisor con pantalla de plasma gigante), llenó un camión; para él, se regaló una moto china. Días más tarde, se estrelló contra un vehículo que transitaba a escasa velocidad sobre la vía inter comunal; el motorizado volvía en bajada y daba una curva después de una noche de farra sin medidas.  Falleció en el acto.

A media tarde, el hombre de ébano ya tenía en sus manos lo que buscaba: 50 gramos de oro puro purísimo; entonces, el emisario (el ex convicto ya redimido) embutió el metal amarillo en un jabón de olor, el jabón en la jabonera, recibió el pago por la misión cumplida y se esfumó.

En segundos, el hombre subió  al rústico de vuelta con su pequeño bolso y su pesada cajita, en apariencia, tan sólo contentiva de un jabón.

El último viernes de enero, a eso de las dos de la tarde, la ministra de Pueblos Indígenas, Aloha Núñez, visitó Gran Sabana para revisar, junto a los capitanes pemón, los alcances de los acuerdos alcanzados aquel nueve de febrero de 2013, cuando buena parte de la comunidad de Urimán retuvo a un grupo élite del Ejército que pretendía cerrar sus minas.

A cambio de los uniformados, el Alto Gobierno bajó la guardia y las comunidades ancestrales se comprometieron a cuidar de los ríos y de las sabanas, a  no trabajar en los cauces fluviales, a reforestar las zonas intervenidas, limitar el ejercicio de la minería por parte de los no indígenas entre otros asuntos y a venderle su oro al Estado a través de una inexistente oficina local que aún sigue siendo un proyecto.

A fecha, la minería es una actividad limitada en buena parte del municipio Gran Sabana y absolutamente proscrita en el sector oriental del Parque Nacional Canaima por su belleza, por su valor ambiental, por ser el lugar en donde nacen las aguas que después se convierten electricidad para buena parte del país; sin embargo, hace unos días la Fundación Mujeres del Agua, cuyo centro de operaciones se encuentra precisamente en El Paují, distribuyó un correo electrónico haciéndose eco del llamado de alerta de algunas de sus aliadas de las comunidades ubicadas dentro del área resguardada, en las zonas más prístinas, al margen de toda vigilancia ambiental.

Las de Uroy Uaray denunciaron -aparentemente, primero ante sus capitanes, luego ante las autoridades convencionales y finalmente ante todo quien acepte oírlas- que allí hay al menos seis equipos portátiles trabajando sobre el río Kamá, el mismo de la caída impresionante; las de Iwo Riwö delataron que sobre el Aponwao se encuentran alrededor de 20 máquinas, todas en la parte alta del cauce que conduce al salto de 105 metros de altura, el más impactante de la Sabana.

Nadie sabe por dónde entra la maquinaria, de dónde proviene el combustible para su funcionamiento ni por dónde sacan el oro pues hay menos cinco alcabalas del Ejército y de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) entre Luepa y Santa Elena, sobre la Troncal 10.


El viernes citado, la ministra Núñez se interesó especialmente en saber a quién le vendían el oro sus paisanos pemón y ellos fueron sinceros: “A los compradores de Santa Elena”, dijeron sin rodeos; así ocurre casi todo el tiempo y a veces, solo a veces, lo cambian por vehículos 4x4 ya usados o lo colocan, algo más barato, en manos de quien se acerque hasta las minas y se lo lleve a Caracas, a Sao Paulo, a Nueva York, a Ciudad de México, incluso a bordo de una modesta buseta y empotrado en un jabón de olor.




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