Gran Sabana no postal

Mi madre siempre dice que vivo "en el fin del mundo". Yo vivo en la Gran Sabana, en el sureste extremo de Venezuela, en un sitio tan distante
y tan distinto que hasta se me ocurrió quedarme a vivir. Los invito a conocer esa Sabana que experimento en mi cotianidad: la Gran Sabana no postal.

lunes, 22 de junio de 2015

Perros con pasaporte

Las tarjetas de vacunación, con recomendaciones para el cuidado de la mascota, imitan a un pasaporte brasilero, en verde selva y se escriben en portugués.

A IC, mestiza y mística, le preocupa la cantidad de perros que se venden en la parada dispuesta para el transporte público muy cerca de su casa, en la urbanización Brisas del del Uairén, sector este. Ella es hija de una mujer pemón y un hombre blanco, curtida en la madurez en asuntos vinculados al crecimiento espiritual.

Brisas se encuentra sobre la Troncal 10, a dos kilómetros de Santa Elena y a 13 de Villa Pacaraima, La Línea, la primera localidad brasilera de cara a Venezuela.

Santa Elena de Uairén es la capital del municipio Gran Sabana, la tierra del pueblo indígena pemón, en la distante frontera venezolana hacia el Brasil y hoy un caótico puerto libre atestado por brasileros que compran por docenas lo poco que hay. Hace tres semanas, el real superó la barrera de los 100 bolívares y siguió indetenible.

Luis Río Bueno, uno de los dos veterinarios del sitio, cuenta que, cada mes, al menos 100 cachorros venezolanos cruzan la frontera hacia Brasil. En Maturín o Valencia, a más de 1000 kilómetros de Santa Elena, un Golden Retriever, cuesta de 7 000 ó 10 000 bolívares y acá 200 reales, al menos 12 mil más. En Boa Vista y Manaus, las dos ciudades brasileras más cercanas, cada ejemplar cuesta al menos el doble. 

A IC le perturba imaginar los criaderos de perros -hileras de caniles ocupados por hembras en celo en espera de machos procreadores, hileras de caniles ocupados por hembras recién paridas, hileras de caniles ocupados por perras despojadas de sus hijos y nuevamente hileras de caniles ocupados por hembras en celo en espera de machos montadores, lugares de un trajín infinito y agotador- y además está segura del "karma" que recaerá sobre la existencia de los criadores caninos y sus revendedores fronterizos.

En las Cuatro Esquinas, el cruce de calles ubicado en el corazón del Casco Central de Santa Elena; en la calle Ikabarú, a la altura de China América; en la Mariscal Sucre, en las cercanías del Hotel José Gregorio y en Brisas de Uairén. En donde hay trocadores, cambiando reales por bolívares o viceversa, también hay alguien ofreciendo canes.

Corre la tercera semana de mayo y en la parada de Brisas de Uairén, dos chicas ofertan "en promoción" una camada de rottweiler. Un día cualquiera cada ejemplar de esta raza se vende por 700 reales, pero hoy cada uno saldrá 650 reales, incluso por 600 y ya.  

Al cierre del mes de mayo, frente al Hotel Gran Sabana, una chica con nombre de río expone un cachorro Pug Carlino, color ceniza, por el que exige 1000 reales. "Este es el de Hombres de Negro, uno de los más caros vendemos". Cuenta que mensualmente coloca 32 canes, todos los que logra comprar en Valencia u otra de las ciudades del centro.

Es viernes, 19 de junio y una pareja proveniente de Maturín muestra nueve cachorros en una jaula sobre el piso de la parada Brisas del Uairén. Acaban de llegar, no llevan más de 10 minutos en el sitio y al menos seis posibles clientes, todos brasileros, se han detenido.

En el enrejado, de un metro por 60 centímetros aproximadamente, exhiben cinco Poodles, tres mini toys y dos convencionales, valorados en 200 reales cada uno; un Husky Siberiano, dos Rottweiler y un Schnauzer valorados en 700 reales cada uno.

A uno de los hombres del primer grupo de clientes le inquieta el aspecto de los dos pequeños Rottweiler. "São misturados?", pregunta. Ante lo cual el vendedor asegura que "son puros". A la chica que lo acompaña le encanta el Husky Siberiano. "Olha só, que lindo", dice y lo acurruca entre sus senos y su mentón mientras cierra sus ojos. Pero su acompañante la invita a seguir. "Voltamos daquí a pouco", se despide.

"Hay un problema: muchos mercaderes de perros, a quienes lo les importan las condiciones en las que están vendiendo (…) La mayoría de los perros están llegando con certificados falsos, que no son hechos por un médico veterinario o enfermos", explica mientras muestra una pila de tarjetas de vacunación con inconsistencias en el número que identifica al profesional, la información vinculada a la vacuna u otras.

Explica que los perros deben salir del país vacunados, al menos con la séxtuple (Parvovirus, Coronavirus, Moquillo, Hepatitis, Leptopirosis e Influenza) y por supuesto, sanos, con sus ojos alegres, el pelo brillante porque, de lo contrario, "el día que las autoridades brasileras se den cuenta, van a parar el negocio".

Él sugirió, además, constatar que al animal es efectivamente de raza, pues se están vendiendo "viralatas", por ejemplo hijos de Cocker  y Poodle, como si fueran ejemplares puros y revisar que sus dientes estén en buena posición.

"Vaya con el vendedor y hágalo chequear con el veterinario, antes de pagarlo".


Esta semana, el real franqueó la barrera de los Bs. 115 en el mercado local. Sube, sube, y eventualmente pierde algunos puntos. El salario mínimo en Brasil es de 788 reales por mes, lo mismo que cuesta un Rottweiler en Santa Elena. Se dice que, en Boa Vista, un Rottweiler puede costar alrededor de 1500 reales. En Manaus, Amazonas, probablemente más. Se habla de los revendedores de perros, de los que compran para revender allá e incluso de la proliferación de ladrones, de que, con cariño y algo de comida, los sacan de sus casas en Santa Elena, para luego venderlos en reales. 

lunes, 8 de junio de 2015

Bulla en San Antonio, bulla en la ciudad

La comunidad de San Antonio del Morichal cerró el paso porque ante el surgimiento inesperado de una mina recibieron a centenares de cazadores de fortuna, incluyendo a miembros de las bandas conocidas como sindicatos. Fotografía: Morelia Morillo.

Era domingo, último día de mayo, cuando el transportista de combustible y su mujer salieron a pasear como otras veces.

Con certeza, dejaron su casa, pasando el río Uairén, a la altura del sector La Planta; tomaron la Troncal 10, rumbo a la frontera con Brasil y, seis kilómetros después, se desviaron hacia San Antonio.

San Antonio del Morichal es una comunidad indígena pemón ubicada aproximadamente a 10 kilómetros de Santa Elena de Uairén, la capital del municipio Gran Sabana, el más distante hacia el sureste del país; un poblado conformado por medio centenar de casas rurales en torno a una churuata de uso comunitario; tienen escuela primaria y ambulatorio; la mayoría siembra o cría para comer o son funcionarios públicos; un lugar sobre los caminos verdes, paso eventual de contrabandista de gasolina, pues colinda con la línea de hitos que separan a Venezuela y Brasil, pero aun así es un asentamiento indígena tranquilo .

Los andantes del domingo traspasaron San Antonio, tomando la vía de Tukuyén, la carretera de granza agujereada que lleva hacia el extraordinario Puente Makunaima, un arco macizo anclado por la naturaleza en los extremos de un lecho rocoso sobre el cual corre un río de aguas oscuras, un lugar sagrado.

Los Makunaima son los protagonistas de muchas de las leyendas pemón, habitantes ancestrales de la Sabana. Se dice que los Makunaima pisaron sobre el paso pétreo y viajaron hacia Remonotá, en las llanuras del Río Branco, en Brasil.

En cambio, los caminantes del último domingo de mayo debieron detenerse al alcanzar Pozo Azul o Pozo Arcoíris. No se sabe si tomaron un baño, pero sí que caminaron sin más interés que el de explorar, despejarse, salir de la rutina.

Entonces, a la mujer le dieron ganas de orinar. Se agachó y a sus pies, bajo el orine espumoso, descubrió que entre las piedras sueltas titilaban pequeños destellos dorados. Con asco, tal vez, y empleando su pulgar y su índice a manera de pinza extrajo un cochano de oro puro.

Llamó a su marido. A lo mejor gritó. Aunque el hombre se encontraba cerca. Él llegó de inmediato. Cuentan  que comenzaron a escarbar con las herramientas que llevaban en el carro -un machete, una pala, un pedazo de tubo – pero que, aun así, a media tarde él completó poco más de 100 gramas de oro y ella al menos 70. A la fecha, el gramo de oro en la frontera ronda los 10 mil bolívares.

Sus conocidos relatan que comenzaron celebrando en privado, sin aspavientos, pero que la euforia, marinada alcohol, los sacó de la prudencia.

Uno de los choferes que transportó gente hasta el sitio, relata que "como dicen en Twitter, la noticia se hizo viral hasta convertirse en trending topics", si bien la novedad se corrió de boca en boca.

Los mineros llaman "bulla" a los sitios en donde, tras un primer movimiento de tierra, comienza a salir oro en grandes cantidades; se corre la voz y, repentinamente, se concentra mucha gente en busca de fortuna.

Son las cinco de la mañana del lunes y un ejército de motos chinas transitan por la Troncal 10 rumbo al sur. Sobre los sonoros vehículos de dos ruedas van uno, dos, tres ocupantes, hombres y mujeres. Llevan botas de hule, baldes, bateas mineras y palas. A media mañana, en las calles de Santa Elena sobran quienes buscan bateas mineras en compra o alquiler y apenas quienes se muestran dispuestos a venderlas o alquilarlas. Las bateas son una especie de taza de madera de fondo puntiagudo que sirve para separar manualmente el oro del resto del material que arroja el suelo, el mineral precioso de la tierra y de las piedras.

Sobre las 10, el valle cercano a Pozo Azul, habitualmente desierto, "parecía un Mercal", según la descripción del transportista. El no quiso sumarse, pero calcula que al menos 800 hombres y mujeres, indígenas y foráneos, volteaban el suelo.

El valle y el cerro a sus espaldas también forman parte de la tradición pemón. Los abuelos contaban que allá resguardaban sus huevos las aves migratorias.

Los del fundo cercano lavaban el material en el Pozo Azul, transformado súbitamente en un lodazal marrón, mientras los foráneos lavaban en los nacientes. El agua cristalina se torna turbia y el valle un reguero de promontorios y boquetes.

"La gente se está volviendo loca. Se les ve llegando normales y al rato ya son otros. La necesidad y la avaricia cambian a la gente", analiza el transportista.

Llegan en vehículos 4X4, en motos, en automóviles. Es lunes y en las calles apenas circulan los taxis. Es martes y en las estaciones de combustible, normalmente congestionadas por el contrabando, apenas hay filas de cinco carros por surtidor.  En la ciudad fronteriza priva un letargo poco usual.

El martes la migración se hace masiva. Jorge Gómez, el coordinador del Consejo de Caciques Generales del Pueblo Pemón, dice que al sitio llegaron al menos 1000 personas, entre conocidos y desconocidos, indígenas y no indígenas.

El minero con más de 20 años en el negocio sufrió un percance, que pudo ser mortal y no logró salir de su casa. Mientras se recupera, una comisión de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) llega al lugar y detiene las excavaciones bajo el argumento de que hay que esperar la evaluación ambiental.

Dada la fragilidad de la Gran Sabana y su incalculable valor ambiental, la mina sólo les está permitida a los pemón, a los habitantes ancestrales de esta tierra, siempre y cuando trabajen artesanalmente y recuperen las áreas afectadas.

"Siempre pasa lo mismo, cuando hay una bulla, los guardias cierran y sólo dejan trabajar a sus amigos. Así pasó en Chirikayén", dice el veterano.

Gómez cuenta que entre los 1000 destacan cuatro que amenazan al resto con armas de alto calibre, que se burlan de los habitantes tradicionales del lugar, que sueltan promesas letales, que se identifican como residentes de una de las nuevas invasiones ubicadas en el extremo oriental de Santa Elena de Uairén, en lo que se conoce como Caño Amarillo, que al parecer ellos entraron por las trochas desde Sampai, la comunidad aledaña a Caño Amarillo, que la GNB los detuvo.

En Santa Elena se dice que la mina de San Antonio ya botó al menos 50 kilogramos del metal amarillo. Pero otras voces lo desmienten. El rumor suma ceros a la derecha a las cantidades de oro obtenidas.

Es jueves y sobre el puente que sirve de acceso a la comunidad se extiende un pendón según el cual el paso fue "Cerrado por desición de la comunidad". Aunque el portón se corre cada vez que se aproxima un capitán indígena con su comitiva.

Milagros del Valle Suárez explica: "decidimos cerrar desde el martes porque la gente pensó que aquí había una bulla, pero aquí no había bulla nada y ya estaban aquí los de los sindicatos del 88"¨. En el sur profundo de Venezuela se conocen como sindicatos a los grupos armados que controlan las minas.

Hoy, jueves, el mundo cristiano celebra el Corpus Christi. En Brasil es día feriado y buena parte de los habitantes de los estados brasileros de Roraima y Amazonas circula por la Troncal 10 rumbo a Santa Elena. El real brasilero se mantiene sobre los 100 bolívares. En los estantes de los supermercados chinos apenas hay mercancía. El resto se encuentra en las bodegas y mini abastos. Pero los brasileros pagan en reales. Bulla en San Antonio. Bulla en la ciudad.


martes, 28 de abril de 2015

Brisas de Dios


En los últimos 17 años, la población de la capital del municipio Gran Sabana se sextuplicó debido a la consolidación de al menos 17 invasiones. Fotografía: Morelia Morillo.
Termina abril, amenaza el período de lluvias. El fin de semana pasado llovió, después de meses de sequía y los nuevos colonos del extremo oriental de Santa Elena de Uairén, en la Gran Sabana, vieron el nivel del agua subir desde un metro y medio de profundidad a menos de un metro de distancia. En donde abren para sembrar un palo ven rellenarse de inmediato un aljibe.

En algunas parcelas, pisan y el suelo suena como un colchón anegado, en otras caminan evadiendo los surcos que socavó la corriente, en otras, las menos, andan sin problemas sobre terrenos casi casi secos o apenas húmedos.

Santa Elena, la capital del municipio Gran Sabana, es la última ciudad venezolana en el extremo sureste del país, a 15 kilómetros, 10 minutos, del norte del Brasil y al menos a 1350 kilómetros, de 16 a 20 horas, de Caracas.

Santa Elena es un pueblo mestizo -de no indígenas, de indígenas, de extranjeros, de mineros, de ecologistas- rodeada por las tierras de los pemón.

Gran Sabana es el territorio ancestral del pueblo indígena pemón, el paraíso en la tierra, un sinfín de ríos, cascadas, tepuis, morichales, valles y vistas infinitos. Pero aún el Estado venezolano no ha oficializado en dónde terminan los terrenos de los herederos originarios y en dónde comienza el pueblo de los criollos.

De los 38 000 kms² que conforman el municipio, 30 000 kms² constituyen el Parque Nacional Canaima, el sexto más grande del mundo, el mismo que fue declarado por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad. Pero en buena parte de la jurisdicción se practica la minería a pala, a motor, a pulmón; se quema, se tala, se deforesta, se descargan desechos, se invade.

A mediados de marzo de 2015, aproximadamente 250 familias ocuparon esta sabana, levantaron sus barracas de latón, de madera, de plástico negro y fundaron Canaán y Brisas de Dios, sobre los linderos de la comunidad pemón de Sampai, una zona de morichales y nacientes de agua. Eran días de verano.

Llegaron, se abrieron paso y comenzaron a quemar los rastrojos; sembraron el terreno de ranchos, dividieron la extensión en parcelas de15 por 30, de 12 por 20, de 12 por 15, pusieron letreros con los apellidos de las familias ocupantes y trazaron una serie de calles de nueve metros de ancho a las que quieren nombrar como Las flores, El manantial, El morichal, nada de términos como La lucha o con explícito contenido político como La Constituyente o Ezequiel Zamora, dos de las invasiones vecinas en donde ya se sustituyeron los ranchos por viviendas.

"Como ve, aquí no hay nada talado ni morichal tumbado, el objetivo es no entrar en conflicto con los indígenas"¨, explicó Zennén Ruiz, quien vive en Lomas de Akurimá, un urbanismo edificado a partir de una invasión al pie del pequeño tepui que constituye el límite norte de Santa Elena, pero está en Brisas de Dios por su hija de 22 quien ya tiene un hijo y sigue viviendo con sus padres.

Desde que se fundó Brisas de Dios, en las calles y en la radio, se dice que se trata de gente "de afuera¨, que no residía en la Gran Sabana, que "son un montón de malandros", que "ya están vendiendo las parcelas", que "un .¨pedacito de 15 por 30 cuesta 150 mil bolívares", que "las propias autoridades promueven las ocupaciones para sumar votos", que "en la Guardia Nacional dijeron que no disponían de efectivos suficientes para desalojarlos”. Se dice de todo.

"Eso es pura mentira, refuta Zennén, lo dicen para ganar apoyo con la comunidad indígena". Su hija creció en Santa Elena, Randy Ruiz, su hermano en Cristo  y su mujer llevan cinco años en el municipio y el vecino se vino definitivamente en diciembre, desde Ciudad Bolívar, para estar cerca de la familia.

Zennén y el vecino son constructores, Randy es taxista; en la comunidad hay vendedores de empanadas, heladeros, feligreses de cuatro iglesias evangélicas distintas, católicos, mineros que pasaron toda una vida metidos en un corte, de fracaso en fracaso y siete indígenas, que emigraron desde sus comunidades de origen o decidieron apartarse de las estrictas normas de sus familias.

Pero admite: "Yo no los he visto, pero si hay armamentos, yo no los he visto, pero si hay delincuencia. Hay cosas que escapan de nuestras manos".

En todo caso, “en donde abunda la desgracia, así también la palabra de Dios”.

“No se está invadiendo para acaparar, es por una necesidad”, aclara con respecto a otra de las bolas que corren por ahí.

A Randy, por ejemplo, nadie aceptaba alquilarle porque tiene cinco hijos, el más pequeño de apenas cinco meses.  Por cuotas, pagó por un terreno 100 mil bolívares. Cuando canceló el total, le subieron el precio a 200 mil. Recuperó el dinero de cinco en cinco de 10 en 10. Terminó viviendo en una habitación de cuatro por cuatro en casa de una de sus hermanas de la iglesia. Otros vecinos vivían en hoteles en donde pagaban por día.

“La gente cae en este tipo de lugares porque es muy difícil alquilar”, argumenta Ana María Sánchez, una mujer que cuida del rancho de su hija, hecho de dos láminas de zinc a manera de carpa, mientras que la muchacha y el marido salen a buscar a sus niños que están en la escuela, a trabajar, a hacer la compra.

Mas Zennén se asombra de que aquella barraca de dos por dos, la de paredes de latón azul, sobre una parcela de 12 x 12, haya sido vendida en 150 mil.

“El alcalde se ha reunido con los capitanes indígenas, pero con nosotros no se ha reunidos. Sólo nos visitó un capitán del Ejército (…) A nosotros nadie nos organizó, nosotros mismos nos organizamos”, dice Zennén.

“Yo, como invasor, no estoy de acuerdo (con las invasiones) porque es algo que se hace como a la fuerza. Pero hay una excusa primordial que es la vivienda”, reflexiona Zennén a pesar de su condición.



lunes, 13 de abril de 2015

A Yunek en bicicleta

Yunek es una comunidad indígena pemón, amurallada por los tepui de la cordillera central, en el corazón del Parque Nacional Canaima. Se trata de un sitio tan recóndito que ni siquiera la mayoría de los nativos conoce. Para llegar allá hay que cruzar, navegando, media docenas de ríos de mediano y gran caudal, lo que impide realizar la travesía por tierra. Por eso, el acceso suele ser aéreo, caminando o como en este caso, en bicicleta. Fotografía de Gabriel Torres, intervenida por Tewarhi Scott



A Yunek se puede llegar por aire, pero el pasaje de ida o de vuelta cuesta 10 mil bolívares o más. La avioneta, que sale desde Santa Elena de Uairen, si hay pasajeros, no se mueve por menos de 50 mil.

Yunek es una comunidad indígena pemón, amurallada por media docena de tepui, en el centro del Parque Nacional Canaima, en un sitio tan recóndito que ni siquiera la mayoría de los nativos conoce.

Ricardo Capriles, Gabriel Torres,  y Tewarhi Scott hicieron el recorrido en bicicleta. Tres días para ir y dos días más para regresar. Se propusieron conocer la ruta y llevar turistas, pocos, sin excesos, sin basura, con conciencia. Pero hacerlo en carro resulta prácticamente imposible por los ríos que hay que cruzar.

Este es el relato de viaje de Tewarhi Scott, un no indígena nativo de Peraitepui, a 40 kilómetros de Santa Elena, quien al dejar atrás los territorios a donde llegan las carreteras de tierra se dio cuenta de que apenas conocía la Sabana que lo vio nacer. “Ante Yunek, Roraima palidece, palidece”, repite.

La noche anterior distribuyeron sus equipajes: comida, utensilios de cocina, primeros auxilios, una cámara, hamacas, sacos de dormir y una o dos mudas de ropa por cada uno de ellos.

Día 1
Corría el último lunes de enero. Subieron las bicis, los morrales y los paquetes a la parrilla sobre el techo del rústico que contrataron y comenzaron la travesía.

Para ir a Apoipó se toma la carretera que conecta la Troncal 10 con las comunidades sobre el eje que lleva a El Paují e Ikabarú. El asfalto termina en Akurita, a no más 30 kilómetros de Santa Elena, la capital del municipio Gran Sabana en el sureste profundo de Venezuela.

Desde Akurita restan poco menos de hora y media de grietas, peñascos, grava roja, polvo indomable en verano y a un lado y al otro la selva, eventualmente transgredida por una mina o un saque de granza, un ejército de árboles siempre al acecho como tratando de emboscar a aquella vía tan ajena.

No todos los choferes van a Apoipó, el camino es malo y la pendiente que sube y baja antes de llegar a la comunidad es aún peor -pronunciada, escabrosa, arcillosa, resbaladiza apenas se moja- pero William los llevó sin retrasos hasta el puerto sobre el Kukenán.

Apoipó es una comunidad indígena ubicada muy cerca de la desembocadura del río Surukún sobre el Kukenán. Hasta hace poco más o poco menos de una década y media, los de Apoió se dedicaban al conuco, a la caza, a la pesca, pero luego comenzó a crecer la mina, a escasos kilómetros del pueblo.

La mayoría de sus 980 habitantes son adventistas, todos deben cumplir con estrictas normas de comportamiento y, por supuesto, guardar el sábado desde que sale el sol hasta su ocaso.

Ese día de enero, el boquete sobre la sabana alcanzaba un espacio de al menos cuatro kilómetros. Nada de capa vegetal, sólo arena y aguas estancadas. Al menos nueve equipos mineros disparaban sus chorros contra el suelo en donde se esconden el oro y el diamante.

Un kilómetro y medio más allá de la mina consiguieron el puerto sobre el Kukenán, cruzaron navegando unos minutos río arriba y desembarcaron.

Rodaron cerca de 30 kilómetros, a ratos bajaban y a ratos comenzaban a subir. Les llegó la noche. “Cuñao, cuñao”, gritaron desde la orilla del río con cuyas aguas lodosas volvieron a toparse. Los pemón suelen llamarse entre ellos “yesé” es decir cuñado. En la margen opuesta, brillaban las bombillas de Pampatá Merú y sonaba el run run de las plantas eléctricas.

A pesar del ruido, los escucharon, los cruzaron en kuriara y con linternas. Al descender, ya estaban en Pampatá Merú, una comunidad indígena compuesta por 420 personas, ubicada muy cerca del sitio en donde el Kukenán se une al Aponwao. Alguien les alquiló su cocina y allí cocinaron, devoraron la cena más deliciosa del mundo, colgaron las hamacas y cayeron rendidos.

Día 2
“Ese, el de Pampatá Merú, es el amanecer más bonito que he visto.”, recuerda Tewarhi. De acuerdo con la fotografía de aquel instante, la palabra para describirlo tiene que ser sublime, nada de dramatismos, un arco naranja sobre el horizonte y una franja agua marina sobre el resto del cielo.

Al día siguiente, se dieron cuenta de que el fogón estaba armado sobre varias turbinas mineras. Algunos lugareños trabajan en balsas, empleando el llamado método ecológico, pues sólo remueven el lecho del río, no tocan la sabana y las corrientes se encargan de regresar el material a su lugar.

Se deslumbraron ante el amanecer, desayunaron y nuevamente echaron a andar una pica trazada sobre un terreno que parecía de material ferroso. Lo llamaron el bosque de hierro. 

Se toparon con tres carros que hace tiempo llegaron a estos predios y con varias motos chinas pilotadas por hombres pemón. Alguna vez, esos carros debieron cruzar los ríos sobre chalanas hechas de tambores.

En estos confines, el litro de gasolina cuesta entre 350 a 500 bolívares, mientras más lejos más sube el precio del combustible y lo mismo sucede con los cruces de río, con la farinha, con el casabe, con el pescado, con los cigarrillos, con los refrescos y con todo lo demás.

A dos kilómetros de la comunidad, cruzaron el Caroní, producto de la unión reciente del Kukenán, que se desborda a través de un rápido y el Aponwao, que lo recibe en su lecho ancho y apacible.

La corriente separa a las zonas no protegidas de las áreas resguardadas por las leyes. Del otro lado del cauce, los tres comenzaron a pedalear sobre las sabanas del Parque Nacional Canaima, un espacio declarado por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad.

Cuando el sol se colocó en vertical sobre sus cabezas, los ciclistas se toparon con el Da Merú, un salto que parece un velo, un tul tejido por miles de diminutos hilos de agua y abajo una poza extraordinaria.

Esa tarde, llegaron al paso del Wonkén, el río cuyas aguas dan también electricidad a la comunidad en donde se encuentra una de las misiones católicas más antiguas de la Gran Sabana (1957).

Afortunadamente, lograron cruzar junto a las bicicletas caminando sobre las piedras. En pemón won es el nombre de una especie de alga, una pelusa vegetal picante y ken es el vocablo alusivo a la confluencia de dos ríos. Wonken significa confluencia de los ríos en donde hay pelusas picantes.

Eran como las cinco, las mujeres del pueblo estaban lavando, les advertían que podían caerse y se reían.

Esa noche durmieron en Wonkén, les prestaron el local (de media pared) en donde la comunidad hace sus asambleas y cocinaron en la casa de una de las maestras, se deleitaron con el menú, colgaron sus hamacas y cayeron hasta el día siguiente.

Día 3
Despertaron con vista al Apaurai, un tepui  conocido como la urna, un féretro descomunal que a esa hora comenzaba a mostrarse de entre las nubes.

Gabriel agradeció a los niños de Wonkén con un acto de malabares. Lo observaron boqui abiertos.

A eso de las 6:00 AM. sonó una campana y buena parte de la comunidad, en total en Wonkén habitan 1200 personas, se dirigió al templo, una especie de churuata de techo octogonal, hecha de piedra blanca, con ventanas y puertas de madera. Cerraron herméticamente.

Estas jornadas de oración se repiten varias veces al día, en cada oportunidad, de varias horas de duración, rezan, cantan y danzan. Todos están convocados, pero quien entra no puede salir hasta que la reunión se dé por culminada.
Después de desayuno, a eso de las nueve, reiniciaron el recorrido rumbo al noroeste, hacia Wonkén viejo. Se internaron en la sabana por una pendiente de arena blanca. Atrás quedó el Apaurai.

Wonkén viejo, que ya existía antes de la llegada de los misioneros, es una comunidad, aparentemente deshabitada, de al menos 10 casas dispersas. A lo lejos avistaban el Adankasimá, el Upuima y el Akopán, un enorme cerro en donde los pemón ubican la leyenda de Amuchimá, el águila comedora de hombres.

Al pasar Wonkén viejo, se toparon con el río Karuai. Llamaron nuevamente. Cuñao, cuñao. Los cruzaron en dos kuriaras, embarcaciones hechas de un solo tronco movidas a remo, una pequeña pilotada por un niño y otra apenas más grande conducida por un hombre adulto.

Entonces, después del Karuai, se internaron en una Gran Sabana diferente, absolutamente prístina, desolada. Al menos a Tewarhi no le costaba esfuerzo imaginarse al Amuchimá viniendo por ellos.

El Adankasimá, el Upuima y el Akopán se veían cada vez más cerca; en Kamadaken, creyeron que ellos eran los médicos, que habían anunciado su visita y les decían “medicina, medicina”. Cruzaron el río nuevamente en kuriara y entonces se encontraron en un valle poblado de bromelias tubulares, orquídeas y arbustos de hojas grises y al fondo la cara sur del Akopán y su cima de enormes piedras sobre puestas, aparentemente inexplorable.

El humo de las cacerías les sirvió de referencia. Llegaron a Yunek con el atardecer, que en la Sabana se da como a las cuatro y media de la tarde, el cielo estaba despejado.

Se presentaron a la comunidad. Les ofrecieron la escuela para que se quedaran. Los niños ven pocas clases por allá. No tienen muchos materiales.

En Yunnek, entre la comunidad en sí y los alrededores habitan 120 personas. Sus casas están hechas de bahareque o tabla con techos de paja o metal. Viven de la agricultura tradicional, la caza, la pesca y la recolección de gusanos, bachacos, grillos y frutos silvestres.

Tewarhi cuenta que tienen un templo sencillo con mensajes alusivos a la condición femenina de dios, a la mujer como fuente de vida, a la mujer como ser intocable.

Sólo dos motos chinas y un par de plantas de dos tiempos perturban de vez en cuando el silencio.

En pemón Yunek es un adjetivo que sirve para describir algo tan picante como el aji.

Antes de los ciclistas, una pareja de norteamericanos llegó a Yunek por aire para escalar el Akopán. Lo escalaron dos veces. Por la ruta que escogieron, tardaron de la base a la cima 14 días y alrededor de la mitad del tiempo para descender.
Yunek es cada vez más conocido entre los aventureros de Europa y Estados Unidos. Desde el tepui que da nombre a la comunidad cae el salto más alto de Venezuela, aunque casi nadie lo conozca. Tiene 1012 metros de altura. El Salto Ángel tiene 976 metros.



martes, 7 de abril de 2015

Semana Santa en tiempos de crisis

En el corazón del Sector Oriental del Parque Nacional Canaima, una mujer de Santa Elena de Uairén, la capital municipal, ofreció a los viajeros productos en extinción: café, Harina Pan, harina de trigo y Leche en Polvo Completa, el rubro más solicitado de la temporada, en Bs. 1500 el kilo.Fotografia: Morelia Morillo.

En esta temporada, la de Semana Santa de 2015, llegaron pocos turistas y muchos vendedores de suvenires y otras mercancías.

El Ministerio del Poder Popular para el Turismo indicó que el movimiento de personas con fines vacacionales se incrementó en al menos 27%, pero, a simple vista, pareciera que a Gran Sabana llegaron menos que en las 10 temporadas similares de la última década. Tal vez, prefirieron otros destinos nacionales.

Al parador de Jaspe, uno de los más concurridos de la Gran Sabana, llegó un buhonero ofreciendo Miel de El Paují en Bs. 600 el litro y un cilindro de Casabe Gourmet, impregnado con aceite de oliva y finas hierbas, en Bs. 300.

Los productores apícolas de El Paují, una comunidad mixta ubicada en la Parroquia Ikabarú de este municipio fronterizo, venden el litro de miel, probablemente la más pura y sana del país, sobre los Bs. 1000 y en el Mercado Municipal los hacedores de casabe ofertan la torta del pan pemon en Bs.300.

En Jaspe y otros paradores los hombres indígenas alquilaron sus flechas, arcos y cerbatanas para que los foráneos practicaran el tiro al blanco y las mujeres ofrecieron sus trajes típicos, los que apenas usan para bailar, para que las visitantes posaran ante la cámara bañadas por las fibras de la palma moriche.

El mercado local, tan apegado  a lo artesanal, también respondió a los mandatos del desabastecimiento de productos básicos que sufre el país.

En el corazón del Sector Oriental del Parque Nacional Canaima, una mujer de Santa Elena de Uairén, la capital municipal, ofreció a los viajeros productos en extinción: café, Harina Pan, harina de trigo y Leche en Polvo Completa, el rubro más solicitado de la temporada, en Bs. 1500 el kilo.





viernes, 20 de febrero de 2015

Ganar en reales y gastar en bolívares

Ante la enorme y creciente diferencia entre los bolívares venezolanos y reales brasileros, los venezolanos traspasan la frontera para trabajar por lo que al otro lado es menos de un salario mínimo, por 500 ó 1000 reales y luego regresan a Santa Elena, la última ciudad venezolana hacia el extremo sureste del país. Entonces, milagrosamente logran para pagar en bolívares todo cuanto necesitan ellos y sus familias. Esto sucede desde hace relativamente poco, tal vez desde hace un año. Foto: Cortesía


Vicner, Raquel y Eva jamás pensaron poner un pie en el extranjero para ganarse la vida. Pero se les dio la oportunidad, sacaron cuentas y se enfilaron hacia el otro lado de la línea, para trabajar y cobrar en reales. Por estos días, el cambio entre los trocadores de la plaza ya pasa de los 55 por uno, si bien oficialmente se ubica en Bs. 2,19 por 1 real.

No se trata de emigrar, ninguna de las tres vive en Brasil, simplemente trabajan, comen y duermen y al cobrar regresan a Santa Elena de Uairén, a Venezuela para trocar y pagar en bolívares todo cuanto necesitan ellas y sus familias.

Vicner, separada de su marido y con dos hijas, estaba buscando empleo a comienzos de año. Entonces, una conocida llegó a su casa y le preguntó si quería trabajar en un restaurante en Villa Pacaraima.

Trabaja a metros de la calle Suapí, la principal vía comercial del pueblo.
Pacaraima, también conocida como BV8 o La Línea, es la localidad brasilera más cercana a Venezuela, un pueblo de 5 mil habitantes, la mayoría de ellos empleados públicos, agricultores o comerciantes.

BV8 prosperó de prisa entre 1990 y 2005, mientras que el cambio favoreció a los venezolanos, que compraban por docenas Calabresas, salchichas brasileras, productos para el cabello, hamacas, sombreros, sandalias Havainas y camisetas con los colores de la bandera del Brasil. Entonces, los brasileros venían desde Boa Vista y otros lugares de Roraima a trabajar en Santa Elena.

Vicner es Técnico Superior Universitario (TSU) en Higiene y Seguridad Industrial. Pero jamás ha ejercido su profesión. Sus compañeros de la universidad, los que se graduaron con ella y consiguieron emplearse, ganan de 8000 a 9000 bolívares. Alguna vez, trabajó en una farmacia, como vendedora. Ganaba sueldo mínimo. Era madre y ama de casa a tiempo completo.

Esta tarde, como durante el último mes y medio, comenzará a trabajar a las cinco, recogerá su cabello, se colocará su “gorrito de chef”, se lavará las manos y preparará y servirá alrededor de 25 cenas.

Cuando se casó no sabía ni freír un huevo. Aunque su mama tiene un restaurante. Ahora, hace hamburguesas y comida casera, feijão, arroz, carne, macarrão y ensalada. Aprendió a cocinar sin aliñar mucho. Dice que a los brasileros les gusta la comida con poca sal y apenas sazonada.

A eso de las diez, recogerá, limpiará y dejará el negocio listo para el día siguiente. Saldrá a las once.

Trabaja durante todo la semana, aún debe conversar con su jefe cuál será su día libre. En mes y medio no ha librado ni un día. Cobra 700 reales más habitación y comida.
Mañana, en la mañana, irá a Santa Elena, a 15 kilómetros, pasará un rato con sus hijas y les cocinará.

Las dos, de cinco y 11 años, viven con la abuela porque en Pacaraima cada vez es más difícil conseguir cupos en las escuelas para los venezolanos. Antes era fácil, alrededor de 200 niños y niñas venezolanos cursan estudios en BV8, pero ahora quienes deseen una matrícula deben comenzar por anotarse en la lista de espera y gestionar su visa estudiantil. Vicner probablemente logre inscribirlas para 2016.

“Yo he escuchado que aquí tratan mal a los venezolanos, que si venecos, que si tienen que salir de su país porque están pasando trabajo, pero a mí no me ha tocado (…) Yo estoy contenta, me gusta lo que hago y me gusta el ambiente. El clima me encanta y la gente es tranquila y con este sueldo”, al cambio logra al menos 40 000 bolívares por mes y no gasta nada.

En mes y medio, ya conoció a otros cuatro venezolanos en similares circunstancias: a la muchacha de la tienda de ropa íntima, quien gana 500 reales y sale temprano; al cajero del supermercado cercano, quien gana 1000 reales y trabaja durante todo el día y a una manicurista y peluquera. “El muchacho me dijo que se vino de Valencia por la inseguridad y porque estaba desempleado”.

A partir del primero de enero de 2015, el salario mínimo brasilero es de 788 reales, aproximadamente 333 dólares. Diariamente una persona debe ganar al menos 27,27 reales ó 3,58 reales por hora.

Raquel y Eva se alternan el cuidado de una anciana en Boa Vista.

Boa Vista, la capital del estado brasilero de Roraima, es una ciudad de aproximadamente 350 mil habitantes ubicada a 220 kilómetros de Santa Elena.

De momento, Eva está allá y Raquel en Santa Elena.

Hoy, con certeza, Eva se levantará sobre las seis, ayudará a la señora a salir de la cama y a asearse, le hará su café con leche y se lo servirá, junto a un pedazo de pan; pasarán la mañana juntas; probablemente, Eva limpiará un poco la casa; , hará el almuerzo, pescado de río, pollo o bistecs, arroz, ensalada y jugo; las dos harán la siesta; se levantarán, conversarán mucho; Eva hará la cena, una sopa de vegetales, tal vez y finalmente ayudará a la mujer a regresar a su cama.

“En Boa Vista me siento muy bien, no tengo necesidad de pagar comida ni habitación y por la situación que tenemos aquí, en Venezuela, que el dinero no da, esto me sirve. Yo allá no gasto nada. La señora hasta me paga el pasaje y en diciembre me regaló ropa para estrenar”, contó Raquel.

Raquel gana 1000 reales al mes, si bien ha escuchado que por oficios similares una mujer brasilera exige 50 reales por jornada, de ocho a dos de la tarde.

La segunda vez que viajó, en el carro por puesto que la llevó de Pacaraima a Boa Vista conoció a una muchacha de Maracay, estado Aragua, Venezuela, aproximadamente a 1500 kilómetros de esta frontera. Le contó que tenía un tío que trabajaba en el Aeropuerto de Santa Elena y que, a través de él, hizo contacto con la dueña de un kiosco de comida en Boa Vista. Gana 700 reales por mes.

Soto, músico de profesión, va a Boa Vista cada vez que un local nocturno lo contrata. Le pagan por el toque, el hospedaje, la comida y el transporte. En una noche puede hacer 200, 300 reales. Algunos de sus contratistas suelen bromear diciendo que con eso puedo vivir dos semanas en Venezuela.

“En el por puesto, ya he conocido a varios obreros calificados, soldadores, albañiles, que están trabajando allá. Van durante el tiempo que dure el contrato y regresan”.


En su sede de Pacaraima, la Policía Federal Brasilera suele ser rigurosa al momento de chequear el ingreso de los extranjeros. Por lo general otorgan permisos de estadía por 30 días y estos obviamente no incluyen derecho al trabajo. Quienes salen del país, más allá del tiempo fijado en los permisos, deben pagar una multa, también en reales obviamente.

miércoles, 28 de enero de 2015

Chirikayén: el gigante dormido sobre la Sabana




La mayoría de los visitantes de la Gran Sabana, de los que llegan con ganas de caminar y explorar y especialmente los extranjeros, vienen con el propósito de subir el Roraima. No obstante, en las afueras del Sector Oriental del Parque Nacional Canaima, descansa el Chirikayén, conocido como “el indio acostado” por su perfil de gigante imperturbable. Fotografías: Cortesía de Benjamín Soto Mast



Es sábado, décimo día del año y finalmente pisamos el Chirikayén, después de al menos siete horas de caminata y un sinfín de días imaginando cómo será, de cerca, aquella mole con apariencia humana.

Al Chirikayén, un tepui, un cerro de cima plana ubicado en el extremo sur de la Gran Sabana, en las afueras del Parque Nacional Canaima, se le conoce como “el indio acostado” por su perfil de gigante imperturbable, dormido  sobre las extensiones infinitas del sureste profundo de Venezuela.

Abandonamos Santa Elena de Uairén, el principal centro poblado de la frontera venezolana hacia el Brasil, sobre las ocho del viernes nueve. Seguimos los pasos de Benjamín Soto Mast, un músico que se ha hecho guía de tanto andar y desandar sus propios pasos hacia los linderos del patio de su casa.

Cruzamos el río del cual toma el agua uno de cada tres de los habitantes de la localidad, a la altura de La Represa, en la comunidad indígena de Wará, y después comenzamos a subir, bajar y volver a subir.

Alternamos pendientes desnudas y espacios de bosques hasta alcanzar una sabana cubierta de espigas desde donde vemos un techo de zinc y cuatro hamacas a orillas de la selva. Suponemos que se trata de un campamento minero sobre el riachuelo que corre entre los árboles. Pero no vemos a nadie y en la distancia e inmensidad tampoco escuchamos nada.

En lo que va de año no ha llovido, pero ahora comienza a lloviznar y las nubes se concentran en torno al sitio a donde nos dirigimos. Lluvia con sol -y viento- ha llegado la hora de desenfundar los impermeables y seguir andando hasta las cuencas empantanadas. Intentamos cruzar sin mojarnos los pies, pero, eventualmente, nos hundimos hasta las rodillas. Entonces, toca andar con los pies aún más pesados.

Tras el último esfuerzo del día, llegamos a la base y descubrimos dos cosas: una casa de bahareque con sus puertas azules y ventanas herméticamente cerradas, en donde antes sólo había maleza. Muy cerca, siguen la cascada y un pozo verdoso y cristalino en cuyas aguas ahogamos el cansancio.

Pocas veces se puede ver el arco iris de principio a fin, pero en esta llanura lo captamos de un vistazo y en la noche dormimos con vista al tepui, que desde ese ángulo parece un cerro cualquiera y amanecimos con el cielo despejado y café caliente. Después de otro baño, de desayunar y desmontar campamento emprendimos nuevamente la caminata hacia el tepui atravesando una naciente y una sabana llena de hierba cortadera, una pica por donde hace tiempo no ha pasado nadie.

Con el sol como una lanza ardiente sobre nuestras cabezas,  trepamos  el flanco suroeste del tepui, aquel que de lejos parecía una rampa sin extremada pendiente. En 55 minutos a una hora y 20, alcanzamos nuestro objetivo. En la distancia, a 1650 metros sobre el nivel del mar, avistamos las montanas de Piedra Canaima, al sur de Santa Elena, pero nada de la presencia humana. Desde la cima, solo se miran selvas y explanadas.

Llegan los rezagados, tomamos agua, comemos frutos secos y echamos a andar. Al principio, el panorama es casi árido: muchas piedras, lajas y granza. Mas, en cuestión de media hora, el tepui se cubre de plantas acuíferas amarillentas, flores insectívoras, bromeliáceas, orquídeas mínimas blancas y magentas y agua que se derrama en todas las direcciones.

Caminamos desde lo que serían los pies a la cabeza. De pronto, el guía exige silencio.

Él dice que asustaremos a los animales del lugar, que se esconderán, que no podremos verlos. Y sólo así nos esforzamos por caminar sin soltar carcajadas ni expresiones de asombro.

De pronto, el líder de la avanzada anuncia que hay algo entre las plantas al borde derecho del camino que nos empeñamos en recorrer sin pérdida. Nos pide que nos acerquemos de prisa, pero sin ruido. Entonces, avistamos un oso melero. Lo diferenciamos de inmediato, su pelaje es claro y se agita ante el viento. Se escabulle, pero no para esconderse de un todo sino para dejarse ver, en todo su esplendor, sobre un promontorio de piedras al cual se trepa con calma.

Después, comenzamos a andar la montaña del oro. A mediados del siglo XX, en Chirikayén reventó una “bulla”, dicen que a ras del suelo afloraban los cochanos, las conchas del metal amarillo de alta pureza. Todo el que supo y pudo subió a buscar. 

Sobre la cúspide nos topamos con una estructura metálica oxidada, de dos pisos, conocida como la Casa de Cristal. Nos comentan que en  medio de la fiebre del oro, el gobierno la habría construido para fiscalizar la explotación y que, por eso, la edificación fue hecha de perfiles metálicos y vidrios que hoy son añicos. Suena coherente. Sin embargo, Atilano Azuaje, uno de los más respetados conocedores de estos confines, nos aseguró luego que se trató de una caseta de detección de incendios creada por Edelca sobre los años 80.

A mediados de 2014 se supo de una nueva furia minera en el sector, pero, al parecer, la comunidad indígena ordenó la fiesta hasta que cesó.

A metros de la Casa de Cristal, desolada y oxidada, pernoctamos la segunda noche, bamboleados por el viento, bajo un cielo limpio inundado por todas las estrellas. Luego, a lo largo de la noche, el cielo se nubló. Amanecimos sin vista, envueltos en una enorme nube que se deshizo cerca de las nueve de la mañana del domingo 11. Fue entonces cuando descubrimos el sector oriental del Parque Nacional Canaima en todo su esplendor, con sus tepui y sus sabanas infinitas y en dirección contraria Campo Grande, Paraitepui y los valles y montanas que llevan a El Paují e Ikabarú.
No hay límites para quienes miran desde el gigante dormido.

En pemón, el idioma de los habitantes ancestrales de estas tierras, Chirikayén es un vocablo que alude al lugar en donde abunda una especie de pajarito, un lorito pequeño llamado chirika. Pero esta mañana en Chirikayén sólo hay águilas de porte y vuelo imponente. Suben se posan sobre las piedras y se lanzan en picada, a planear sobre la inmensidad.

Ya procurando la ruta del descenso, descubrimos que sobre el tepui habitan algunos cactus, tan espinosos y amenazantes como aquellos de los desiertos de Lara y Falcón, en el centro occidente de Venezuela. Cohabitan estos espacios junto con las plantas que sólo pueden verse en estas alturas milenarias. Hay quienes dicen que el Chirikayén fue mucho más grande y que alguna vez se hundió permitiendo el ascenso de arbustos y otros extraños venidos de los lugares bajos.

Poco antes de comenzar a bajar la pared, el guía advierte que estamos en lo que él llama el valle de las serpientes porque en estos ambientes suele toparse con algunas de ellas y, casi de inmediato, comprobamos que su advertencia tiene mucho sentido. Demasiado cerca, encontramos una víbora de cascabel que, aún en guardia, se esconde bajo una roca como esperando a ver quien avanza primero. Preferimos cederle el camino, mientras ella continúa vigilando.

La bajada, por el muro oeste del tepui, hacia la comunidad de Chirikayén es definitivamente lo más exigente del viaje. Hay que afinar el pulso, la vista y andar lento y a paso firme. Mas una vez superadas las rocas sueltas, el reto es mantener el buen ritmo por los largos recorridos de bosque, alternados con las sabanas, nacientes de agua, ríos de selva y cauces caudalosos de jaspe verde y rojo como el Wará Wará Merú en donde, según la leyenda, se escondía un cocodrilo inmenso.

Al salir del primer tramo de árboles de gran altura, descubrimos, ya a nuestras espaldas, el rostro del gigante rocoso, la estructura de la Casa de Cristal, corroída tras décadas a la intemperie y una especie de mano gigantesca marcada sobre la pared del tepui, sobre lo que serían los dedos, y no exagero, casi pude ver las huellas dactilares.

Al llegar a la comunidad de Chirikayén, a 45 kilómetros de Santa Elena, nos espera la comitiva de seguridad. Su presencia nos sorprende, pues Gran Sabana sigue siendo un lugar tranquilo y seguro. Nos cuentan que, dos días antes, un Kanaima atacó a un joven causándole lesiones graves hasta dejarlo a poco de la muerte.

Para los pemón, un Kanaima es un enemigo oculto, casi siempre dotado de poderes mágicos, al que se le atribuyen todos los decesos inexplicables. En apariencia, un ser humano como cualquiera, pero con un extraordinario manejo de las plantas y de la sicología quien, sin embargo, sólo ataca a sus paisanos, jamás a los no indígenas.

Nos identificamos. Nos disculpamos por no haber avisado de nuestra visita. Les agradecemos por cuidar celosamente del río, de las sabanas, de las selvas y del tepui y nos despedimos con el firme propósito de volver, pero eso sí entrando por la comunidad y advirtiendo acerca de nuestro objetivo.  Atrás dejamos al gigante de piedra durmiendo inmutable sobre las cabeceras del Kanayeutá.





viernes, 28 de noviembre de 2014

Muerte dulce en Ikabarú

Ikabarú es  un pueblo en donde viven 2500 personas, al menos 80% de ellos mineros o vinculados al negocio del oro y el diamante, a 302 metros sobre el nivel del mar y a no más de 10 kilómetros de la línea limítrofe. Fotografía: Morelia Morillo


Ese sábado, el primero del mes de noviembre de 2014, “el Caporro” salió de Zapata hacia el pueblo de Ikabarú y, según José Barreto, concejal, en el sitio de Nelcy “brindó a la gente”.

Ikabarú es la segunda parroquia del municipio Gran Sabana, el territorio ancestral del pueblo indígena pemón, en la remota frontera sureste de Venezuela hacia el Brasil.

Ikabarú es también un pueblo de cuatro calles de granza roja, en donde viven 2500 personas, al menos 80% de ellos mineros o vinculados al negocio del oro y el diamante, a 302 metros sobre el nivel del mar y a no más de 10 kilómetros de la línea limítrofe.

Las casas de bahareque, de bloque, de madera, bajas y con techos de metal, están las unas muy cerca de las otras y hay muchas bodegas híper surtidas y con precios extraordinarios.

Ikabarú tomó el nombre del río. En pemón Ika’barú significa río de aguas hediondas. Se dice que, alguna vez, ahí se escenificó un enfrentamiento y que, al final, los cadáveres de docenas de indígenas flotaron sobre la corriente mansa, que se pudrieron, que el hedor era insoportable, que la pestilencia viajaba en el aire infestando kilómetros. El Ikabarú va a dar al Caroní, cuyas aguas producen en estos tiempos al menos 70% de la electricidad que consume el país.

Sobre los 40 del siglo XX, la población resurgió como un lugar minero. Zaida Almeida, la vicepresidenta del Concejo Municipal de Gran Sabana, habitante y docente de Ikabarú, estima que al menos 80% de los residentes de Ikabarú, viven de sacar oro y, a veces, diamantes. Zapata es uno de los caseríos en cuyas cercanías se extraen minerales preciosos. De ahí, según los allegados, salió “el Caporro” afortunado y dispuesto a celebrar.

Con sus 44, bajo y robusto, heredó la contextura y el sobre nombre de su padre, llegó a donde Nelcy brindó, jugó billar y se acercó a una mujer joven y bonita.

Era media noche cuando ambos se retiraron a la habitación que ella alquilaba en las mismas instalaciones del local, descrito por los vecinos como un lugar bien construido, limpio y con sus permisos al día. Seguramente, se fueron  sin despedirse, pero en el sitio continuó la fiesta.

A eso de la una, cuando apagaron la planta del pueblo, la música se silenció durante un segundo y cayó la noche repentinamente, pero, casi de inmediato, se encendió un pequeño generador y la luz, muy probablemente amarillenta y pálida y las chatarritas cobraron vida.

Zaida Almeida, quien durante décadas fue docente en Ikabarú, contó que el cupo de combustible de la planta fue eliminado. Se sabe que las autoridades apuestan a este tipo de restricciones para controlar la minería ilegal. Pero, ante la contingencia, quien puede y quiere da pequeñas cantidades de gasoil con tal de tener electricidad durante algunas horas por día.

Y, además, muchos se han hecho con pequeños generadores. En donde Nelcy tienen uno y lo encienden cuando falla el fluido del pueblo, para continuar trabajando y aprovechar las buenas rachas y el entusiasmo de la clientela que no siempre son buenos.

A seis y media de la mañana, “el Caporro” se levantó de la cama y, dejando a su acompañante dormida, salió de la habitación, compró dos cajas de cigarros en el local, en donde probablemente amanecían de juerga y regresó sin tardanzas. Encendió un cigarrillo, fumó, lo apagó, encendió otro, repitió la rutina y se volvió a dormir.

A medio día, cuando los vecinos avisaron al puesto de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB), que había dos muertos en donde Nelcy, los efectivos recordaron que no tenían potestad para levantar cadáveres y se comunicaron con la división del Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas (CICPC) en Tumeremo, a nueve horas de Ikabarú.

Los forenses llegaron al amanecer del martes. Los cuerpos ya estaban descompuestos.

Quienes acompañaron a los efectivos en el procedimiento, cuentan que la hediondez era inaguantable, que por eso los inyectaron con formol, los cubrieron con cal, los envolvieron en plásticos y los trasladaron a Santa Elena, la capital municipal, ubicada a 114 kilómetros de grietas, huecos y puentes de emergencia vencidos por el paso del tiempo.

En Santa Elena, sin más escalas que las obligatorias, las autoridades y algunos allegados los llevaron al cementerio de Manak Krü y los sepultaron.

A sus 25, la chica, natural de Trujillo y madre de tres hijos,  decidió venir a las minas en la frontera venezolana hacia el Brasil a probar suerte. Tenía dos o tres días en Ikabarú cuando conoció “al Caporro”. “La única que sabía en dónde estaba y lo que estaba haciendo era su hermana”, dijo Almeida quien aclaró que, en esos predios, “no todo es prostitución”, también hay cocineras y quienes se dedican a otros oficios.

La concejala recibió a una tía de la muchacha, le explicó lo sucedido, la consoló y le dio algo de dinero, producto de su sueldo, para que regresara a La Guaira, a más de 1300 kilómetros de Santa Elena.

Quizás si la planta hubiese estado en buen funcionamiento no ocurre eso”, lamentó Almeida.

Después de mucho llamarlos, quienes entraron a la pequeña habitación, se dieron cuenta de que la pareja no descansaba, se percataron de que ambos estaban muertos.

Mientras dormían, inhalaron cantidades mortales del monóxido de carbono que desprendía el pequeño motor, probablemente carburando con dificultad en un espacio escasamente ventilado. Con certeza, poco a poco se sumieron en un sopor, en un sueño cada vez más profundo y sin retorno, sin ni siquiera sensación de asfixia, la llamada muerte dulce.


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