Gran Sabana no postal

Mi madre siempre dice que vivo "en el fin del mundo". Yo vivo en la Gran Sabana, en el sureste extremo de Venezuela, en un sitio tan distante
y tan distinto que hasta se me ocurrió quedarme a vivir. Los invito a conocer esa Sabana que experimento en mi cotianidad: la Gran Sabana no postal.

lunes, 9 de mayo de 2016

Tras el balazo, vino la espera

En un pueblo en donde aún se muere por causas naturales, impacta asistir a un primer asesinato a mano armada en plena vía pública, a pocas cuadras de dos escuelas y un preescolar. Fotografía: Morelia MRs.


Enrique José Gamboa Rodríguez tardó seis minutos en morir, tras la bala mortal y su cadáver  24 horas en el sitio en donde fue abaleado. Gamboa fue asesinado en Santa Elena de Uairén.
Santa Elena es la última ciudad  venezolana hacia el sureste del país, una población distante, se encuentra a 1350 kilómetros de Caracas; aislada, de los 36.000 kms² del municipio Gran Sabana, 30.000 kms² conforman el Parque Nacional Canaima; tradicionalmente tranquila, en donde hasta hace cinco o seis años se podía vivir sin cercos eléctricos, sin cámaras, sin rejas en puertas y ventanas, sin alarmas en los carros.
Gamboa tenía 22. Vivía en Ciudad Bolívar, la principal ciudad de la entidad, a 850 kilómetros de esta frontera  y, aparentemente, llegó a Santa Elena para visitar a unos familiares.
El martes 26 de abril, pasadas las 10:30 de la mañana, subió a un Mitzubishi Signo verde oliva,  junto a un amigo. Cerca de la intersección Kewey II-Cielo Azul los alcanzó una moto. Había cola. A 200 metros, seis hombres reparaban con cemento los huecos sobre el pavimento y pedían dinero a cambio. El motorizado circuló por la derecha y redujo la velocidad. A poco del cruce, casi se detuvo y el parrillero disparó dos veces perforando el cristal oscuro del Mitzubishi.
Faltaban 10 minutos para las 11:00 de la mañana, según relató la encargada de un establecimiento próximo. La única de los comerciantes entrevistados que logró recordar lo sucedido. Ella llegaba al local con un trabajador. Él identificó las detonaciones y ella miró su relój.
Tras perforar el vidrio, una de las balas penetró el cuello de Gamboa, mientras que la otra se introdujo entre las costillas del conductor. Seis minutos después, Gamboa fue declarado sin vida por el equipo de paramédicos que acudió al lugar y el chofer fue trasladado al Hospital Rosario Vera Zurita y de ahí al General de Roraima, a 230 kilómetros de la frontera.
Entonces, se inició la vigilia en torno al cuerpo de Enrique Gamboa: mecates amarillos alrededor, policías y guardias resguardando la escena del crimen, desconcierto, terror. En un pueblo en donde aún se muere por causas naturales, impacta asistir a un primer asesinato a mano armada en plena vía pública, a pocas cuadras de dos escuelas y un preescolar.
Santa Elena, en 20 años, pasó de albergar a poco más de 10 000 habitantes a alojar a 26 000, la mayoría de ellos desplazados -desde las zonas urbanas de la entidad y del centro  y norte del país- por la crisis económica y la inseguridad. En estos tiempos, quienes llegan vienen en su mayoría con la ilusión de ir a las minas, de formarse en las colas de gasolina, de taxiar y de vivir en paz. Pero como ellos también llegan quienes encuentran en estos confines el lugar ideal para distanciarse de sus enemigos y de los responsables de aplicar la ley.
El cadáver de Gamboa pasó el mediodía, la tarde, la noche y media mañana dentro del Signo verde oliva. No se veía desde afuera por lo oscuro de los cristales, pero ahí estaba. En Santa Elena no hay una delegación del Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas (Cicpc). En 2010, en un Cabildo Abierto, los asistentes denunciaron a los funcionarios de ese cuerpo, asignados al lugar, por extorsión. Luego, se movilizaron hasta las instalaciones sobre la Troncal 10 y los exhortaron a salir del municipio Gran Sabana. El despacho del Cicpc más cercano se encuentra en Tumeremo, a seis horas de viaje.
Un oficial de una de las instituciones de seguridad que acudió al sitio del suceso explicó que por este caso están detenidos dos sujetos, que estos ya fueron trasladados a Ciudad Guayana para ser presentados ante los tribunales, que se presume que el móvil del suceso fue un ajuste de cuentas por drogas. A propósito de la demora del levantamiento del cadáver, explicó que el organismo facultado llegó a Santa Elena en la mañana del miércoles 27.

Eran aproximadamente las 10:30 de la mañana cuando una comisión del Cicpc  trasladó el cuerpo de Enrique José Gamboa Rodríguez al Destacamento de Fronteras 623 de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) para examinarlo.

En su edición del tres de agosto de 2013, el sitio web granciudad.net reseñó que el Ministerio Público logró privativa de libertad para un hombre llamado Enrique José Gamboa, de 19, por su presunta participación en el homicidio de siete personas y por las heridas causadas a otras dos.

La noche del 26 de julio de ese año, EJG ingresó, junto a un grupo de hombres armados, a un pool ubicado en la avenida España, parroquia La Sabanita del municipio Heres, estado Bolívar. Él y sus acompañantes dispararon y uno de los que se encontraba en el sitio les respondió inmediatamente.

Los representantes del Ministerio Público también señalaron a EJG por homicidio, en grado de frustración, contra dos hombres de 25 y 35 años de edad. El Tribunal 1º de Control de Bolívar lo envió al Internado Judicial de Vista Hermosa.




viernes, 8 de abril de 2016

El paludismo sale de las minas y llega a Santa Elena de Uairén



Esta enfermedad, tradicionalmente asociada a la selva y a la actividad minera ilegal, se hace cada vez más recurrente entre los habitantes de la capital del municipio Gran Sabana. Los especialistas explican que esto se debe a la movilización de los enfermos, a la desforestación de los bosques cercanos, a las fallas en los tratamientos y fumigación. Fotografías: Cortesía y  Morelia MRs




Evelio Sánchez, David Bonalde, la pequeña hija de Georgina Torres y Benjamín Soto Mast apenas si han ido a una de las tantas minas ubicadas en el municipio Gran Sabana, el más distante hacia el extremo sureste venezolano.

Mala suerte o causalidad. Los cuatro y docenas más de los que habitan en Santa Elena de Uairén, la capital municipal, padecen o recién acaban de padecer de paludismo o malaria humana, una enfermedad que en Venezuela se relaciona -casi exclusivamente- con los yacimientos de oro y diamante del sur de los estados Bolívar y Amazonas, los territorios más salvajes, los más prístinos del país.

"Las mayores epidemias en nuestra historia han estado fuertemente asociadas a la explotación desorganizada de oro y diamante en el sur y sur oeste del país", se indica en el sitio web del Ministerio del Poder Popular para Salud.

En el texto, colgado a propósito del 25 de abril, Día Mundial de la Malaria, se documenta que anualmente ocurren 200 millones de casos y que aproximadamente 660 mil personas mueren, la mayoría de ellos son niños.  

Pareciera que en donde los hombres y mujeres deforestan e intervienen el curso de los ríos, enceguecidos por la ilusión del oro y los diamantes, surgen ejércitos de mosquitos anófeles que los infectan con parásitos. Pero que algo ha cambiado. Ya no sólo del interior de la selva brotan los mortíferos insectos.

Finaliza marzo, la sequía atribuida al fenómeno de El Niño se posterga y las temperaturas se disparan, incluso durante la noche, en la precariamente urbana Santa Elena de Uairén, una ciudad de entre 25 a 30 mil habitantes. Entonces, a los diagnósticos de zika y dengue entre las personas que viven y trabajan acá, entre aquellos que no suelen ir a las minas, se suman los de malaria.

Durante la semana epidemiológica número 12, la última del mes de marzo, el Servicio de Vigilancia Epidemiológica del Hospital Rosario Vera Zurita contabilizó entre las dos parroquias que conforman el municipio, Gran Sabana sección capital e Ikabarú, un total de 371 casos, si bien los registros no discriminan entre los infectados en una u otra zona de la jurisdicción.

De los 371 casos, 272 padecen del tipo Vivax, 47 del falciparum y 52 de ambos es decir son casos en los que la sangre vista al microscopio reveló que el paciente se encuentra infectado con los dos tipos de paludismo que se presentan en la zona. Durante la semana epidemiológica número 12 del año 2015, el Servicio contó 79 casos de Vivax, 35 de falciparum y 58 mixtos, para un total de 172 casos.

Hay además otras dos comunidades, en donde históricamente no se presentaban casos de paludismo y en donde recientemente existen docenas de enfermos: Chirikayén y El Paují, ubicadas a 47 y 80 kilómetros de la ciudad fronteriza. Dos sitios altos, antes frescos y cada vez más cálidos en donde poco o nada se practicaba la minería y en donde cada vez más se realiza esta actividad.

En el Servicio de Vigilancia Epidemiológica se cree que este cambio en la localización de la malaria se debe primordialmente a la sequía generada por el fenómeno de El Niño y a los cambios de temperatura. Explican que en un ambiente cálido el mosquito vive más y durante esas horas extras logra picar a una persona enferma, entre aquellos que llegan de las minas y luego infectar a una persona sana, entre aquellos que residen permanentemente en Santa Elena.

El personal de Epidemiología no descarta que esta modificación obedezca a la desforestación de los bosques próximos, pues el mosquito vive en zonas boscosas.

En Santa Elena, se deforesta con fines urbanísticos, agrícolas o mineros, En los últimos 18 años, en Santa Elena se han consolidado al menos 18 invasiones, en las orillas de los ríos, sobre espacios boscosos o morichales y desde hace cinco años o un poco más existe una gigantesca mina en los límites entre la comunidad de Maurak y La Planta, un barrio urbano. La mina colinda con la bloquera de la Alcaldía del Municipio Gran Sabana.  Empujados por la necesidad y la ilusión de riqueza, los mineros van secando y sacando de tajo inmensos árboles y convirtiendo el río en un lodazal.

Adicionalmente, los adscritos a Epidemiología no poseen ni carros, ni equipos, ni químicos para fumigar, dependiendo así del apoyo de sus colegas brasileros.

A mediados de marzo, en virtud de la emergencia declarada en Brasil ante la proliferación del virus del zika, las autoridades epidemiológicas de ese país comisionaron a sus funcionarios y siete camionetas fumigaron el flanco venezolano de la frontera. Desafortunadamente, las fumigaciones posteriores no se hicieron en los tiempos óptimos. Ahora, se sabe que por petición de la Alcaldía de Gran Sabana, los brasileros van a enviar dos camionetas más, muy probablemente hacia las zonas mineras que es en donde hay más malaria.

La proliferación del paludismo en la zona urbana de Gran Sabana ya se dio una vez, durante la sequía que se prolongó entre los años 2011-2012. Pero en aquel momento sólo se diseminó el Vivax y la temporada seca duró menos. Ahora, en La Planta, El Hospital, La Bolivariana, Cielo Azul, Guayabal, La Orquídea y Puerto San Rafael, barriadas y urbanizaciones que ocupan las márgenes del río Uairen, hay personas sufriendo fiebres altas, escalofríos, dolores musculares y de cabeza.

Como no son mineros, los infectados ni siquiera sospechan acerca de la posibilidad de sufrir de este mal, lo cual los expone durante más tiempo a la presencia del parásito en su torrente sanguíneo. Por tanto, la recomendación es contundente: de momento, todo habitante de esta frontera que lleve más de tres días con los síntomas mencionados, debe hacerse una gota gruesa.

En la Unidad de Malariología Demarcación I de Santa Elena de Uairén aseguran que el origen del problema son las personas mal curadas, quienes al llegar de las minas son picadas por los mosquitos que luego infectan a los habitantes de la localidad, un factor al cual se suman las altas temperaturas, "el mosquito es más virulento, vive más, pica más, aunado a que no tenemos vehículo, no tenemos cómo fumigar", explicó un funcionario mientras mostraba la Toyota sin cauchos, varada en las afueras de la dependencia en dónde se realizan los exámenes y entregan los tratamientos. "Vea como estamos, con eso se lo digo todo".

Los exámenes y los tratamientos son gratuitos. Sin embargo, no siempre las dependencias de salud están en capacidad de colocar en manos del paciente, desde el momento del diagnóstico, la cantidad total de pastillas que debe tomar.

Pedro Clauteaux, especialista en malaria con años de experiencia en la zona, cree que el problema radica en las personas mal curadas, portadores de un parásito que posteriormente es transmitido por el anófeles a una persona sana, incluso fuera de la zona comúnmente vinculada a la acción de estos insectos.

Explicó que -eventualmente- si llegan tres pacientes el tratamiento se reparte entre los tres y se les pide que vuelvan por el resto. No obstante, uno regresa en el tiempo indicado, el segundo retorna con retraso y el tercero no vuelve porque se siente bien, pero, en determinadas condiciones (como, por ejemplo, sequía, calor y fallas en cuanto fumigación) puede transmitir la enfermedad.

Evelio Sánchez, profesor universitario, no ha ido a una mina jamás. Por eso, para él sigue siendo "un misterio" en dónde se infectó. "Dicen que fue allá, en la Aldea Universitaria", que funciona dentro del Fuerte Roraima. "Lo que sí es verdad es que fue de alto riesgo porque me dio una malaria mixta".

A comienzos de marzo, por su edad, por los números que arrojó la revisión de sus plaquetas y por las deficiencias del Hospital Rosario Vera Zurita, fue trasladado al Hospital General de Boa Vista, la principal ciudad del brasilero estado de Roraima, a 230 kilómetros de Santa Elena de Uairén.

Allá permaneció hospitalizado durante 10 días, con hidratación y tratamiento intravenoso. Perdió peso y aún se está recuperando.

David Bonalde, 18 años, estudiante de Ciencias Fiscales en la Universidad Nacional Experimental de Guayana (UNEG), no pensó que el dolor de cabeza y la fiebre, siempre a una misma hora, de los que sufría podían ser paludismo.

"Yo jamás he ido a una mina". Ya llevaba una semana con los síntomas cuando, por recomendación de un familiar, decidió hacerse la prueba y efectivamente se encuentra infectado por el parásito identificado como Vivax.

Se le indicó un tratamiento combinado de cloroquina, una píldora blanca y primaquina, una píldora marrón, que le causan mareo, debilidad y malestar estomacal, pero tan pronto como comenzó a tomarlas se sintió mejor.

Aunque tampoco ha viajado a una mina, Georgina Torres, madre de una niña de seis años, si asoció el dolor de huesos y la fiebre de los cuales sufría su hija a los síntomas propios del paludismo.

En enero, la pequeña de 32 kilos ya se había infectado del Vivax y ahora la prueba de laboratorio arrojó que se encuentra infectada también por el falciparum. En La Orquidea, la barriada en donde viven, hay otros familiares, incluso niños, que han regresado de las minas enfermos de paludismo. A la niña, quien pesa 32 kilos, "el tratamiento le causa nauseas porque es muy fuerte".

Benjamín Soto Mast, músico y productor audiovisual, fue a la mina hace cinco años. Viajó hasta los yacimientos de Salto Hacha, en la parroquia Ikabarú, para filmar unas imágenes, pero desde entonces no ha regresado.

A finales de marzo, comenzó a sentirse mal. Fue al Centro de Diagnóstico Integral (CDI) en donde fue tratado por una infección urinaria, sin embargo, el malestar continuó. Al hacerse la gota gruesa, lo sorprendió el diagnóstico: Vivax y Falciparum. Él cree que, probablemente, si tenía una infección en la orina, pero, con toda seguridad, su malestar se debía a una malaria mixta. "Es muy fuerte, ni siquiera el dengue, en todo momento pensaba que me iba a morir".

En La Planta, en la barriada aledaña a la mina, se sabe al menos de tres casos más de paludismo: una chica joven, madre de una bebé de seis meses; una niña de tres años y un anciano. Este último murió durante la última semana de marzo. Tenía diabetes, le dio paludismo y al mismo tiempo sufrió un infarto.




miércoles, 9 de marzo de 2016

Un volteo y mucho dolor

Los que transitaban por allí al amanecer del sábado aseguran que fue ese y no otro el enorme camión verde, azul, negro, muy mal pintado, que vieron transitar del norte al sur de las afueras del pueblo sin sospechar siquiera qué llevaba en su tolva. De lo contrario, lo habrían interceptado. Fotografías: Morelia Morillo.

Duena parte de los pobladores del Tumeremo se movilizó hasta el frente de la sede local del CICPC, ubicado en el centro de la localidad, para ver y fotografiar, con sus celulares, el camión a bordo del cual habrían trasladado los cuerpos de los 28 desaparecidos en el Fundo Atenas

Frente al Terminal, continúan las familias, los amigos, los vecinos de esos 28 hombres y mujeres que el viernes salieron a trabajar y que desde entonces no han regresado.

A los de Tumeremo nadie les confirmó que fue ese y no otro el vehículo involucrado en el traslado fúnebre, pero muchos de ellos, los que viven en la calle principal o los que transitaban por allí al amanecer del sábado aseguran que fue ese y no otro el enorme camión verde, azul, negro, muy mal pintado, que vieron transitar del norte al sur de las afueras del pueblo sin sospechar siquiera qué llevaba en su tolva. De lo contrario, lo habrían interceptado.

Apenas pongo un pie en Tumeremo y ya un vecino me ofrece su moto para trasladarme al CICPC, para que vea al volteo, para que lo fotografíe.

Es martes, ocho de marzo y buena parte de los pobladores del Tumeremo se movilizó hasta el frente de la sede local del Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas (CICPC), ubicado en el centro de la localidad, para ver y fotografiar, con sus celulares, el camión a bordo del cual habrían trasladado los cuerpos de los 28 desaparecidos en el Fundo Atenas el fin de semana pasado.

Hace calor, es martes, pero todos los locales comerciales permanecen cerrados. El clima es tenso y bullicioso. Escasea el combustible. Se mueven en motos

Al menos hasta ayer, a las dos de la tarde, el volteo con su placa delantera tapada con tirro de embalaje marrón permanecía parado en el estacionamiento del Cicpc; al otro lado de la calle, una cola de varias cuadras aguardaba ante la tranca levantada por los deudos de los mineros desaparecidos. Como desde el sábado pasado, el cierre se mantiene frente al Terminal de Pasajeros.

En la fila permanecen fundamentalmente vehículos de transporte pesado: cisternas de gasolina, madereros, de gas, camiones 750 y 250 con diversos tipos de mercancía y sólo algunos vehículos particulares; ante la obstrucción, la mayoría se devolvió a su punto de partida o pasó durante esos cortos minutos en que los dolientes levantan el cierre, en la madrugada o al amanecer, por consideración con los usuarios de la Troncal 1o, la única vía que conecta el sur profundo de Venezuela, en su frontera con Brasil con el resto del país. "La gente no tiene la culpa, una mujer parió dentro de un autobús", me dijo una mujer.

Frente al Terminal, continúan las familias, los amigos, los vecinos de esos 28 hombres y mujeres que el viernes salieron a trabajar y que desde entonces no han regresado. Bajo el samán, los deudos extendieron una especie de pancarta blanca sobre la cual han ido pegando las fotos de los desaparecidos: José Armando, José Ángel y Néstor de José Ruiz; José Gregorio y Junior Romero; Mary Dalia y Marielis Ruiz; Luis Díaz; Javier Cáceres; Cristóbal Heredia, Carlos Carvajal, Ángel Trejo, José Nieves; Gustavo Guevara; Róger Romero y Jairo, sin apellido.

"Ojalá que algún ser de esos apareciera por ahí y le diera la sorpresa a su familia", comenta una mujer mientras observa las fotografías. Ella también comentó que todos son gente muy joven y que varios son hermanos o primos.

Frente a la pancarta, en el piso, los familiares y amigos han ido dejando flores.

Bajo el samán, una chica con un diente de oro lamentó que se crea que lo de Tumeremo es un acto político: "Solamente somos un pueblo herido por la desaparición de sus familiares y aquí estamos libres de presión, el que quiere acompañarnos, puede acompañarnos". Sin embargo, hay quienes por temor a las represalias prefieren mantener encerrados en sus casas.

Ella admitió que no es la primera vez que esto sucede, si bien antes no fueron tantas las víctimas ni gente del pueblo. "Se sabía que existía, gente de afuera que venía a arriesgarse la vida en una mina, pero estos son hijos de Tumeremo"

Tras cinco días de espera, ella simplemente quisiera que los responsables de su tragedia familiar entreguen los cuerpos de los muchachos. "Así sea un montón de arena al cual abrazarse".

domingo, 6 de marzo de 2016

Tumeremo vela sus 28 sobre la Troncal 10

No exigen justicia, ni indemnizaciones, simplemente imploran por los cuerpos de sus vecinos, de sus amigos, de sus hermanos, de sus esposos. A una mujer le habrían matado tres hijos. Quieren darles cristiana sepultura. Fotos: Cortesía.


Sin identificarse, porque que aquí todos temen al poder destructivo de "el Topo", dicen que cerrarán la Troncal 10 hasta tanto aparezcan los 28 que desaparecieron en la mina Atenas. Fotos: Cortesía.

Desde las cinco de la mañana del sábado cinco, mientras los fieles del líder de la Revolución Bolivariana despertaban al tercer año de la muerte del comandante Chávez, de" la siembra" que llaman, los hombres y mujeres de Tumeremo se lavaron la cara y se plantaron frente al dolor que les dejó la noche anterior.

Sin identificarse, porque que aquí todos temen al poder destructivo de "el Topo", dicen que cerrarán la Troncal 10 hasta tanto aparezcan los 28 que desaparecieron en la mina Atenas, los 18, los 20, los 32. Al menos cuatro serían mujeres.

No exigen justicia, ni indemnizaciones, simplemente imploran por los cuerpos de sus vecinos, de sus amigos, de sus hermanos, de sus esposos. A una mujer le habrían matado tres hijos. Quieren darles cristiana sepultura.

El Fundo Atenas, ubicado frente al Fundo Cabayape, es una zona campesina, de sabanas y pastizales en donde hace poco "reventó una bulla" es decir que se produjo una explosión de oro inesperada y prolífica.

Tumeremo es la capital del municipio Sifontes en el estado Bolívar; la Trocal 10 es la única vía que une el sur profundo de Venezuela al resto del país.

La masacre habría sucedido durante la madrugada del sábado. Al amanecer, los dolientes echaron a andar por las calles del pueblo, angostas y de casas y locales muy juntos, hasta llegar hasta el Terminal de Pasajeros. Entonces, tensaron una cuerda entre los extremos de la carretera e impidieron el tránsito sobre la calzada. Es un velorio en medio de una calle, con café, con lágrimas, con abrazos, con condolencias. Una cristiana evangélica ora a través de un megáfono.

Quienes lograron salir de Atenas, a medio camino entre Guasipati y Tumeremo, relataron cómo fue la masacre de la que milagrosamente escaparon.

Desesperados, sucios, andrajosos, sudorosos, llorosos, con sus palas y bateas a cuestas, contaron que los hombres de "El Topo" levantaron varias alcabalas entre El Frío y la propia Atenas, que detenían a los que pasaban, que les quitaban el oro y que disparaban a quienes se resistían.

Finalizada la matanza, los de "El Topo" habrían descuartizado los cadáveres con una motosierra y luego habrían subido los restos a la plataforma de un camión volteo para así trasladarlos hasta Hoja de Lata, la mina de "El Topo".

En Tumeremo pocos aceptan dar declaraciones. Quienes hablan lo hacen en grupo y sin identificarse. "Cuando uno se pone a hablar, viene uno de los que trabaja para él y manda a callar a uno inmediatamente", explica un vecino. "Ese, El Topo es un colombiano, paramilitar, dueño de aquellos lados de Hoja de Lata".

Hoja de Lata es una mina ubicada muy cerca del Esequibo, de la zona en disputa entre la República Cooperativa de Guyana y Venezuela, muy cerca del basurero.

36 horas después, los dolientes continúan su velorio sobre la Troncal 10. Aún no han dado con los cadáveres de los suyos. Eventualmente, han dejado pasar un autobús o algunos vehículos familiares. Los dejan pasar por piedad.

Francisco Rangel Gómez, el gobernador del estado Bolívar, desmintió lo sucedido.  Ha manifestado que se trata de una campaña mediática opositora, que se pretende "invisibilizar" los tres años de "la siembra de Chávez". Sin embargo, en un punto de control de la Policía del Estado Bolívar (PEB) un efectivo explica a un ciudadano que solicita información: "Si usted es venezolano, debe saber que toda esta zona está tomada por los llamados sindicatos". Así es como llaman aquí a las bandas armadas que exigen dinero u oro a cambio de la vida.

@PableOstos precisa que en este momento, una comisión del Ejército y de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) inspecciona Hoja de Lata.



martes, 23 de febrero de 2016

El retorno forzoso de los warao


 
En el lugar en donde pernoctaron, los viajeros warao dejaron, revueltos entre las uvas de pesgua, cientos de botellas plásticas de refresco, de jugo, de agua mineral; bolsas de golosinas, de arroz, de pasta; vasijas, pañales desechables; sandalias plásticas y zapaticos (de bebés) solitarios y, sujetada de la alambrada, una cesta con un sinfín de billetitos de dos bolívares. Fotografías: Morelia Morillo

Marcos y su hijo aseguraron que allí, en el Terminal, en donde acamparon desde que comenzó el año, estarían a las cinco y de inmediato subieron sus sacos, su bolsa buhonera  y emprendieron su recorrido hasta "la parada de los banquitos". 

En el momento en que el señor Marcos se disponía a subir a un taxi, tras solicitar una carrera para "la parada de los banquitos", le cayó la ley.

El señor Marcos, indígena warao, vive casi siempre en el Caño Macareo, en un lugar desde donde ve pasar "al barco" y avista las luces de Trinidad. Pero, desde hace tres años, él y su gente, vecinos, familiares, paisanos, viajan a Santa Elena de Uairén para hacer algo de dinero. Migran temporalmente en grupos de entre 30 a 70. Al llegar, mientras los hombres venden miel, las mujeres y los niños ofrecen sus artesanías o mendigan en las calles, en las plazas, en el mercado, cuando no en las avenidas de Boa Vista, la ciudad brasilera a 220 kilómetros. Luego, inevitablemente regresan.

El Caño Macareo forma parte del Delta del Orinoco, de cara al Atlántico; Santa Elena de Uairén, capital del municipio Gran Sabana, es la última población venezolana en su frontera hacia el Brasil; "la parada de los banquitos" es uno de los puntos de partida de los carros de pasajeros que recorren los 15 kilómetros que separan a Santa Elena de Pacaraima, la primera localidad brasilera tras la línea divisoria.

Ese 12 de febrero, a las seis y media de la mañana, el señor Marcos paró un carro grande, un Toyota techo duro, porque llevaba dos sacos cargados de botellas de miel de un litro y una bolsa, de las que usan los buhoneros en las ciudades venezolanas, con dos chinchorros de fibra de palma moriche. Ya había cuadrado la carrera, 700 bolívares desde el Terminal Internacional de Santa Elena hasta "la parada de banquitos" ubicada en la calle Ikabarú del Casco Central, cuando lo alcanzó la capitana de la comunidad indígena pemón de Wará, Evelín Pulido, un funcionario de la oficina local del Ministerio del Poder Popular para los Pueblos Indígenas y otro líder indígena joven.

Wará es la comunidad indígena pemón en donde se encuentra el terminal. "A las cinco de la tarde tienen que estar todos aquí porque el comandante les va a pagar el autobús", dijo el funcionario respaldado por su carnet.

Desde que los warao viajan a Gran Sabana, el territorio del pueblo pemón, para buscar dinero, los de acá se ocupan de forzarlos a regresar a su tierra, a su Delta. En esta oportunidad, la comunidad pemón habría conseguido que el comandante del Destacamento de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) se ocupara del regreso; en otra oportunidad, lo costeó la Alcaldía; en otra, las organizaciones comunitarias. Los warao que vienen a estos confines viven en condiciones de indigencia, una práctica nada común entre los pemón.  

Marcos y su hijo aseguraron que allí, en el Terminal, en donde acamparon desde que comenzó el año, estarían a las cinco y de inmediato subieron sus sacos, su bolsa buhonera  y emprendieron su recorrido hasta "la parada de los banquitos".

Contaron que irían hacia Boa Vista, hacia la capital del estado brasilero de Roraima, a 220 kilómetros de la frontera. Que en Santa Elena venden un litro de miel por 1500 a 2000 bolívares y que allá consiguen colocarlo en 10 a 15 reales. A la fecha el real se cambia por 240 a 250 bolívares. El pasaje para Boa Vista cuesta 35 reales y por tanto 70 reales si es ida y vuelta. En su edición del 30 de enero pasado, la Folha Web reseña que 58 indígenas venezolanos fueron retirados del parque en donde dormían y llevados a Santa Elena.

Desde comienzos de 2016 hasta ese viernes 12 de febrero, el señor Marcos y su gente vivieron en el área verde ubicada a la derecha de la entrada del terminal, cobijados por un quinteto de pesguas contra la malla ciclón. Su partida fue costeada por el comandante de la GNB, según confirmó un efectivo. No cabían todos en un mismo autobús. Algunos de los warao subieron al micro de Turgar y otros al bus de Los Llanos.

En el lugar en donde pernoctaron, los viajeros warao dejaron, revueltos entre las uvas de pesgua, cientos de botellas plásticas de refresco, de jugo, de agua mineral; bolsas de golosinas, de arroz, de pasta; vasijas, pañales desechables; sandalias plásticas y zapaticos (de bebés) solitarios y, sujetada de la alambrada, una cesta con un sinfín de billetitos de dos bolívares.

Una semana después, otro grupo de waraos volvió a tomar el sitio abandonado por sus paisanos.


miércoles, 27 de enero de 2016

QEPD la Poza Paují

El lunes 18 de enero, cuando regresábamos a Santa Elena, Tewarhi, mi marido, quien creció en El Paují y, siendo niño se lanzaba a la poza incluso pedaleando su bicicleta, detuvo el carro al pasar el puente. Descendió de prisa, cruzó a zancadas sobre las piedras más grandes de la antigua piscina natural, súbitamente convertida en lodazal y, ya casi llegando al pequeño salto que alimenta el lago, me pidió que le tomara una foto en el sitio en donde retozó su infancia. Un oasis a punto de ser desierto. Fotografía: Morelia Morillo

En El Paují, ya nadie puede dudar de si la minería es destructiva o no.

La Poza Paují, la olla de aguas ocres, burbujeantes y cristalinas ubicada al lado derecho del puente que lleva a la comunidad, dejó de existir. Que en Paz Descanse (QEPD). Ya no está más o al menos ya no es ni la sombra de la antes, de la de siempre. Aunque, tal vez, si los milagros existen, las lluvias torrenciales, las que vengan tras el sopor del verano prolongado, logren salvarla.

El Paují es una comunidad ubicada a 80 kilómetros de granza de Santa Elena de Uairén, la capital del municipio Gran Sabana en el sureste distante de Venezuela.

Es una población en la que conviven indígenas pemón, algunos pocos de los citadinos que soñaron en este sitio un mundo mejor y donde algunos pocos son conuqueros, otros artesanos, otros apicultores, otros pequeños empresarios del turismo, otros comerciantes y ahora muchos son mineros, venezolanos, extranjeros, indígenas, no indígenas, cada vez más son mineros.

En algún instante de la década que corre, las máquinas mineras comenzaron a perforar la capa, en las nacientes del río; primero una, después la otra; quienes denunciaban dejaron de hacerlo, por las amenazas; poco a poco, aumentaron los tambores de combustible cuyo suministro está absolutamente controlado por la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB), como parte de la estrategia para limitar la actividad minera en la zona que es la Cuenca Alta del Caroní, el río que produce al menos el 70% de la electricidad del país.

En febrero de 2013, en Urimán, en lo más profundo de la Sabana, un grupo de indígenas pemón detuvo a los efectivos militares que se encargaban de cerrar los campamentos mineros ilegales y, a cambio de ellos, el grupo consiguió que los ministros que se movilizaron hasta acá, civiles y militares, les permitieran, sólo a los indígenas, continuar sacando oro y diamantes, siempre y cuando lo hicieran sin maquinarias, lejos de los ríos y reforestaran los espacios afectados.

Ese mismo año, en abril de 2013, el capitán general del sector Sector VII-Ikabarú, Juan Gabriel González recibió el Título colectivo del hábitat y tierra de los pueblos indígenas de parte de la Comisión Nacional de Demarcación del Hábitat y Tierras de los Pueblos y Comunidades Indígenas, un documento que, según González, faculta a los pueblos ancestrales y a sus autoridades autóctonas a ser garantes y administradores de su territorio.

Comienza 2016, en la Sabana, como en buena parte del país y del continente, sufrimos la falta de agua, pagamos hasta Bs. 20 000 por un cisterna y sobre la Poza Paují apenas caen unos pocos chorros de agua turbia; está casi seca, rellena por la arena que van dispersando las máquinas en su búsqueda desesperada de oro; es un lodazal marrón en donde encalló media caja de botellas y latas de cerveza.

Una amiga, quien creció en las cercanías de El Paují, volvió al pueblo después de varios años de ausencia. "Y se me ahogó el grito, lo recuerdo y me dan ganas de llorar porque mi mamá lavaba la ropa en la poza, mientras nos bañábamos".

En la escuela del pueblo no pudieron atenderla. Los maestros y la directiva estaban reunidos para discutir sobre la falta de personal, de agua y de electricidad.

Cientos de docentes del municipio han renunciado para ir a la mina u ocuparse en cualquier otro oficio que les permita sobrevivir. Los habitantes de El Paují comenzaron a padecer las deficiencias en el suministro de agua desde mediados de 2015, desde que las fallas en el manejo del acueducto, la sequía y la sedimentación que ha causado la minería en los ríos principales se juntaron.

El lunes 18 de enero, cuando regresábamos a Santa Elena, Tewarhi, mi marido, quien creció en El Paují y, siendo niño se lanzaba a la poza incluso pedaleando su bicicleta, detuvo el carro al pasar el puente.

Descendió de prisa, cruzó a zancadas sobre las piedras más grandes de la antigua piscina natural, súbitamente convertida en lodazal y, ya casi llegando al pequeño salto que alimenta el lago, me pidió que le tomara una foto en el sitio en donde retozó su infancia. Un oasis a punto de ser desierto.


Arriba, sobre la calzada de granza roja, encendida como un tizón, varios niños transpiraban el esfuerzo del camino, sin poder ni siquiera refrescarse en el río. 

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Aulas sin maestros


Las vacantes son ocupadas por representantes, por los educadores de los niños con condiciones especiales o por suplentes que aceptan trabajar siempre y cuando se les garantice que lo harán temporalmente; en donde no hay más opción, las escuelas son cerradas con un candado hasta nuevo aviso. Fotografía referencial; Morelia Morillo.


Aunque aman su profesión, entre 109 y 300 maestros abandonaron las aulas de clases de las escuelas y liceos de la Gran Sabana para dedicarse a actividades que simplemente les permitan sobrevivir a ellos y a sus familias.

Efectivamente, algunos, los indígenas principalmente, se van a las minas de oro y diamante, pero los demás, los criollos, los no indígenas, se dedican a taxiar, a vender productos Tupperware, perros calientes, empanadas o gasolina.

En la distante frontera venezolana hacia el Brasil, el docente de más alta calificación devenga una sueldo mensual de entre 18 000 y 22 000 bolívares, el alquiler de una habitación cuesta entre Bs. 15 000 y Bs. 20 000, según nos informó una arrendadora, un kilo de harina de maíz Bs. 500, según la dueña de una bodega y el pasaje mínimo, en la zona urbana sólo hay taxis, Bs. 300.

La Gran Sabana es el territorio ancestral del pueblo indígena pemón, una zona prístina sobre la cual rigen diversas figuras de protección ambiental: el Parque Nacional Canaima, el Monumento Natural los Tepuyes, la Zona Protectora Sur del estado Bolívar y la Reserva Hidráulica de Ikabarú.

Durante años, Los estudios de la Corporación Venezolana de Guayana (CVG) y de Electrificación del Caroní (Edelca) establecieron, sin pizca de duda, que esta zona tiene vocación para el turismo y la generación de agua para la producción hidroeléctrica. Sin embargo, se trabaja cada vez más la minería sin control.

Es noviembre de 2015. En las zonas rurales, prolifera la minería, incluso dentro del Parque Nacional Canaima; mientras que en la capital municipal, en Santa Elena de Uairén, abunda el comercio de todo lo existente y la venta doméstica de combustible, dos negocios impulsados por la demanda de los vecinos brasileros cuya moneda, el real, se cambia en 175 bolívares venezolanos.

Se calcula que la mitad de la gasolina que sale de las estaciones de servicio locales, en donde se forman enormes colas diariamente, va a las minas, en donde un tambor de 200 litros puede costar hasta Bs. 300 mil; mientras que el otro 50% va a Brasil. En Venezuela, un litro de gasolina no cuesta ni un bolívar. En Brasil cuesta casi cuatro reales. Clandestinamente, los brasileros la pagan hasta en dos reales es decir en aproximadamente Bs. 340 por litro.

Una funcionaria del Distrito Escolar Número Cuatro, correspondiente al Municipio Gran Sabana, confirmó que durante el año académico 2014-2015 renunciaron al menos 80 docentes, aunque advirtió que pudieran ser más pues esta cifra corresponde a las renuncias ya procesadas sin contar a aquellos profesionales que se retiraron de sus aulas sin haber finiquitado su relación laboral con el Ministerio del Poder Popular para la Educación (MPPE).

Pero además, esa misma fuente, dijo que en lo que va del año escolar 2015-2016, en tres meses, renunciaron al menos 25 docentes.

Otra funcionaria de esa dependencia alerto, siempre bajo la condición de la confidencialidad, que al cierre del año escolar 2014-2015 se retiraron 300 docentes en todo el municipio, esto sumando a los que prestaban servicio tanto en las comunidades indígenas como en la zona urbana.

Al cierre del año escolar 2014-2015, los directores de plantel, las autoridades del Distrito Escolar y de la Alcaldía se reunieron para discutir en torno a esta situación y elaboraron una carta dirigida al Ministerio de Educación, entonces liderado por Héctor Rodríguez, para exponer lo que está sucediendo y solicitar 109 ingresos. En respuesta, en noviembre se incorporaron 83 nuevos maestros, pero el resto de los problemas que han llevado a esta crisis continúan sin solución.



En algunos casos, las vacantes permanecen. Valdirene Dos Santos contó en fundaciónmujeresdelagua.blogspot.com que en la escuela de la comunidad de El Paují los niños de diferentes grados fueron reunidos en una sola aula.

En la Escuela Integral Bolivariana EIB "El Salto" se fue la mitad de los maestros, algunos de ellos por jubilación, otros por incapacidad y otros por renuncia. Ante la eventualidad, algunos padres debieron asumir el liderazgo de las aulas. Durante dos meses, Kámala Manjari ejerció como docente de segundo grado.

El Preescolar Gran Sabana, adscrito a la EIB "El Salto", se postergó durante al menos un mes el comienzo de clases para los niños y niñas del primer nivel pues una de las maestras solicitó su jubilación y la otra su cese por incapacidad. Finalmente, el Consejo Comunal de Brisas del Uairén y la Alcaldía de Gran Sabana contrataron una docente a la cual le pagan 24 000 bolívares.

La escuela de la comunidad indígena de Las Agallas cerró hasta nuevo aviso y la de Ikabarú, la capital de la segunda parroquia del municipio, comenzó clases con al menos un mes de retraso, cuando la Zona Escolar Bolívar logró ingresar a cinco maestros nuevos, todos provenientes de otras municipalidades, aparentemente con el compromiso de que no solicitaran cambio durante los próximos ocho años.

En Ikabarú, una zona fundamentalmente minera ubicada a 114 kilómetros de carretera de tierra de Santa Elena, un pollo cuesta hasta dos gramas de oro es decir al menos Bs.30 000. Para cobrar, un maestro debe viajar hasta la capital municipal pagando por un puesto en un vehículo rústico Bs. 3 000 y Bs. 3 000 más para regresar. Todos los pagos de los maestros se realizan a través de cuentas corrientes del Banco de Venezuela, que sólo tiene agencia y cajeros automáticos en la capital de municipio. Los docentes reciben una tarjeta de débito, pero los cajeros locales sólo procesan retiros diarios de hasta Bs. 3 000.

 "Los maestros que se quedan, los que no renuncian, lo hacen porque les gusta mucho o porque están a punto de jubilarse, pero además venden productos, ropa, gasolina, hacen taxi", nos comentó la funcionaria confidencialmente.


Testimonio en pareja
Nardy Torres y David Silva son esposos, padres de dos niñas y docentes. Los dos aman su profesión, sienten que sólo así sirven a sus familias y a su comunidad y sin embargo ambos renunciaron a sus cargos "por motivos económicos".

"Porque con dos sueldos no daba para comer", dijo David.

Él renunció hace año y medio. Se desempeñaba como el coordinador de pastoral de la Unidad Educativa "Fe y Alegría de Manak Krú", su carga horaria era de 36 horas semanales y devengaba en ese momento Bs.4 500 más un bono por sus labores de coordinación. "Iba al mercado y llegó un momento en el que dejaba la quincena, parte de mis ahorros y el cesta ticket".

Ahora, se dedica a hacer transporte, por cierto nos comentó que tiene el carro parado por falta de repuestos, tiene junto a su esposa una pequeña bodega en casa de la abuela de ella y vende envases plásticos en un toldo que arma a un costado de la Troncal 10. "A los brasileros que pasan".

"A mí me gustaría estar dando clases, eso es lo mío. Me gustaría que esta situación cambiara y volver a la docencia porque en la situación actual del país el docente no puede vivir de su trabajo".

Nardy es docente de preescolar de la Unidad Educativa "Darak Merú", renunció al cierre del período escolar pasado, pero continuará trabajando hasta diciembre porque sus superiores le expusieron "si tú renuncias, con quién se van a quedar los niños". Ahora atiende la bodega, vende helados y hace ponqués.




lunes, 9 de noviembre de 2015

Por treinta gramas de oro

En las comunidades de acceso aéreo de abren cada vez más minas. A cambio del oro que los indígenas pemón reclaman como recurso de sobrevivencia, la naturaleza paga con selvas milenarias y aguas cristalinas.Fotografía: http://www.adamsamigos.net/




El día era soleado con nubes dispersas y altas sobre el azul infinito. Desde el aire, JG se emocionó ante tanta selva. Respiró profundísimo y exhaló largo. Abajo, descubrió a la comunidad, dos hileras de casas techadas en zinc con paredes de madera; al centro, la avioneta caía sobre la pista hecha de granzón rojo. Después de media hora de vuelo, JG aterrizó en San José de Awarauka el seis de mayo de 2015.

JG ama la naturaleza. Lo emociona. Lo conmueve. Pero a su mamá, quien fue a la mina como cocinera, le fue bien. Después de un mes de trabajo duro, ella regresó son 50 gramas de oro. Por aquellos días, el equivalente a 350 000 bolívares. Se compró una lavadora híper automática. Hizo un buen mercado. Arregló su casa en Santa Elena de Uairén, la capital del municipio Gran Sabana en el extremo sureste de Venezuela y entonces, él decidió dejar de cargar gaveras de refresco, de llevar y traer víveres y enseres hacia y desde Roraima, de limpiar patios.

El pasaje de ida a Awarauka le costó 16 000 bolívares, sin derecho a retorno. Con 2000 bolívares en su haber, JG bajó de la avioneta con un morral con su ropa, su máquina de afeitar eléctrica, su hamaca, su mosquitero, un preventivo contra el paludismo y la firme de determinación de salir en un año con al menos 500 gramas de oro. A la fecha, la grama de oro en la zona es pagada en 18 000 bolívares. Su meta era hacerse con al menos 9 millones y montar un negocio en sociedad con su mejor amigo, hacer su casa, comprar un carro.

Awarauka es una comunidad indígena pemón de no más de 200 personas; está ubicada a un lado del río Caroní, en lo que se conoce como la cuenca media de ese gigante largo, caudaloso e inquieto. Tras pasar por Awarauka y por docenas de comunidades indígenas más, esas aguas generan la electricidad de la cual se sirven más de la mitad de los venezolanos y buena parte de los habitantes del estado de Roraima, en el nordeste brasilero.

Junto con su cédula de identidad, JG lleva la carta de residencia firmada por el capitán de Manak Kru, la comunidad indígena más cercana a Santa Elena. En Awarauka sólo pueden trabajar la mina los indígenas pemón.

Antes, nadie trabajaba la mina en la zona o trabajaban pocos y, con frecuencia, las ganancias se las llevaba algún brasilero, um garimpeiro. Así fue hasta febrero de 2013. Entonces, ante las operaciones militares para controlar la minería, los de Uriman, la comunidad central del sector, secuestraron a un grupo de uniformados.

Días después, los liberaron. Los soltaron a cambio de que el Gobierno abandonara las intervenciones armadas, dejara de nombrar esos operativos con nombres indígenas como arekuna y les permitiera continuar trabajando la mina en toda la extensión del municipio Gran Sabana que está fuera del flanco oriental del Parque Nacional Canaima. Se comprometieron a permanecer lejos de los ríos, sin maquinarias y a reforestar después de deforestar.

A simple vista, nadie se percata de que por las venas de JG corre sangre indígena. Su cabello es ondulado. Su piel muy oscura. "Y este ¿Quién es?" Le preguntan quienes lo ven por primera vez. "Yo también soy indio", dice. "Habla pemón", lo increpan. "Yo no sé hablar pemón, pero mi mamá es indígena", aclara.

"Aquí estoy y tengo que hacer esto", piensa al plantarse sobre la pista de aterrizaje. Las gomas de sus botines, los mismos que usaba para ir al Roraima, se tiñen del rojo granzón. Camina. Busca al hombre con quien trabajó su mamá. "Soy el hijo de tal y vengo a trabajar". El  patrón le ordena mover las cajas dentro del local y lo llama a almorzar. Así fue el primero de los 156 días por venir.

Al día siguiente, Auremé, la mina, es un hoyo lodoso de 10 metros de profundidad y al menos una hectárea de extensión, bordeado por árboles de copas a más de 15 metros de altura.

La jornada comienza tan pronto como despunta el sol. Las primeras en levantarse son la cocinera y su ayudante. Ellas duermen en una pequeña casa independiente. La casa y el campamento están igualmente hechos con una estructura de palos cubierta de lona.

Poco después, se levantan los cinco o seis empleados.  A las cinco y media, más o menos, los llaman a desayunar. Dependiendo de lo que haya en la despensa, les sirven panquecas, domplines, panes, arepas, jamón, queso, huevos. Fororo. Toddy. Café con leche. Los domplines son un tipo de torrejas que se comen mucho en las minas de Guayana.

Con una bomba, JG achica el agua empozada y luego se afana en arrojar bien lejos las raíces, las piedras, los trozos de madera "para que no pasen por la máquina".  Mientras tanto, uno de sus compañeros, uno de los de más experiencia, taladra, con una pistola BM de tres cilindros, el terraplén.

A mediodía, almuerzan pollo, pescado, carne, arroz, ensalada. Los obreros descansan unos minutos y poco después vuelven al hueco. Durante días, cavan en un mismo sitio, hasta toparse con la "pizarra", la laja; por experiencia, saben que a partir de allí no hay más nada que buscar, "comienza a manar agua por demás". Las cuadrillas rellenan cada uno de los huecos, pero, según JG, no reforestan. Esperan que la naturaleza haga su trabajo en dos, cinco, 10 años.

Sobre las cuatro y media, los obreros paran para bañarse en uno de los riachuelos cuyas aguas aún siguen siendo limpias. El menú de la noche es parecido al del mediodía. "Allá hay de todo", dice JG. Y después, cada quien a su hamaca, bajo su mosquitero. De los cinco o seis obreros de Auremé, todos, menos JG, sufrieron paludismo en los últimos cinco meses. JG le atribuye su buena salud al antipalúdico que tomó sin falta una vez a la semana.

En Awarauka, de acuerdo a las normas de convivencia de la comunidad, está prohibido el consumo de kachirí, la bebida tradicional de los pemón, de cigarrillos, de alcohol y otras drogas, las fiestas, la prostitución e incluso "hembrear", algo así como flirtear para los guayaneses. Del cumplimiento de las normas se encarga la cuadrilla de seguridad que viste de uniforme camuflado.  Quienes infringen la ley deben rastrillar la comunidad, limpiar la pista de aterrizaje a machete, "cortar una mata de mango con raíz y todo".

En su día libre, JG afeita a sus compañeros con su máquina eléctrica, cobra 2000, 3000, 5000 bolívares dependiendo de las posibilidades del cliente; se interna en la selva y con su celular graba el canto afinado de un coro de pájaros al cual no siempre logra ver; sale a caminar, mira al cielo alertado por la algarabía y se encuentra con una bandada de guacamayas; navega junto a sus nuevos amigos dos o tres horas a bordo de una kuriara y se topa con una manada de 50 báquiros cruzando a nado los 200 o 300 metros del Caroní.

Al cerrar el mes, el propietario de la máquina resume, es decir retira el material, el oro, ya separado, desde dentro de la máquina y paga con oro a cada uno de sus empleados. En promedio, cada uno recibe 10 gramas de oro, pero de esa cantidad se le descuentan sus gastos personales, sus compras en la bodega de la mina.

"Más que todo se me fue la plata comprando refrescos y chupetas. Todos los meses compraba de 100 a 150 palos en chucherías, un caramelo cuesta 100 bolos, una chupeta 200. Una empanada 1000. Un refresco de dos litros 3000. Pagaba de dos a tres gramas de oro al mes".

El 13 de octubre, JG pagó 40 mil bolívares por un puesto en la avioneta; salió con 30 gramas de oro. No aguantó el año en Auremé. "Ya no aguantaba, es muy arrecho, me hacía falta mi Santa Elena".


jueves, 8 de octubre de 2015

El Esequibo de a pie

Los ancestros llamaban Inkén o Ikén a la región que los indígenas de ahora llaman "Guyana", ese enorme pedazo de territorio que en algunos mapas de Venezuela aparece enrejado e identificado como Guayana Esequiba (Zona en Reclamación) y que en otros simplemente se obvia. Fotografía: Instituto Geográfico de Venezuela ¨Simón Bolívar¨. 

Cada vez que desea regresar al lugar donde nació, LP, siempre en compañía de su familia, toma un taxi o bien  un autobús hasta Sakaiká, una comunidad pemón arekuna ubicada 125 kilómetros de Santa Elena de Uairén, sobre la Troncal 10 y desde ahí se interna hacia la selva. Santa Elena es la principal ciudad del municipio Gran Sabana, en la remota frontera venezolana hacia Brasil.

Sus antepasados según la obra Cultura pemón, de monseñor Mariano Gutiérrez Salazar (UCAB 2002) llamaban Inkén o Ikén a la región que ella y los suyos ahora llaman "Guyana". Ese enorme pedazo de territorio que en algunos mapas de Venezuela aparece enrejado e identificado como Guayana Esequiba (Zona en Reclamación) y que en otros simplemente se obvia.

LP nació en Parima o Paruima, una comunidad arekuna ubicada al otro lado de la Línea de Schomburgk pero, como es de rutina, fue presentada días después como nacida en San Rafael de Kamoirán, una comunidad pemón arekuna localizada a este lado de la línea pespunteada, ambas en torno a las aguas del río Kamoirán y sus afluentes. 

LP y su gente van hacia Parima o Paruima a pie y con provisiones para al menos ocho horas de caminata de selva, no llevan pasaporte ni pasan por oficina de extranjería alguna; a veces, cuenta ella, hacen un alto a medio camino, antes de cruzar el río, cocinan, se bañan y descansan hasta el amanecer. Entonces, después de desayuno, reinician la marcha hasta llegar a su destino.

Ella pronuncia Parima o Paruima con acento. Algo así como "Parrima". Aprendió a hablar en arekuna y muy pronto en inglés; el español lo dominó poco después, cuando sus padres dejaron Parima Mission para divulgar la noticia del Evangelio entre los taurepán de la Gran Sabana con quienes comparten el idioma pemón, aunque con ciertas variantes que, sin embargo, no les impiden entenderse.

LP es venezolana. Tiene su Cédula de Identidad. Desde que entró en vigencia la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, en 1999, su documento de identificación indica incluso la comunidad y pueblo indígena del cual forma parte.

Ella es pemón arekuna. Pero al menos seis de sus paisanos son procesados por el Servicio Administrativo Identificación, Migración y Extranjería (Saime) por su permanencia en Santa Elena sin documentos. "Si regresan, los deportan al Esequibo", a la zona, administrada por la República Cooperativa de Guyana, que la República Bolivariana de Venezuela reclama como propia. A los warao, dice, las autoridades venezolanas les exigen identificarse como pemón a cambio de no ser considerados como guyaneses, una estrategia que para ellos se convierte en una afrenta discriminatoria al tener que negar su origen.

Que LP sepa en Ikén, Guyana, Guayana Esequiba, Zona en Reclamación residen miembros de al menos nueve pueblos indígenas: Warao. Arawako, Kariña, Patamuná, Arekuna, Akawaio, Wapishana, Makushi y Wai Wai.

Los más numerosos son los arawako. Los warao, los arawako, los Kariña, los arekuna y los akawaios hacen vida tanto en Guyana como en Venezuela. En Santa Elena de Uairé, Tumeremo y Puerto Ordaz, tres localidades del estado Bolívar, acuden a los hospitales cuando lo necesitan y se abastecen de los víveres de uso diario, si bien se auto identifican como guyaneses o simplemente como amerindios.

De los gobiernos de ambos lados, según su experiencia, se sabe poco o nada; mientras tanto, en esas tierras proliferan grupos de ciudadanos brasileros y venezolanos en busca de oro y diamantes e incluso "se dice que hay chinos sacando madera".

Sobre la décadas de los 30 a 40 del siglo XX, siendo primos hermanos de los abuelos de LP, los abuelos de DD, en cambio, "eran rebeldes, se resistían a ponerse ropa y a ir a la iglesia". Abandonaron Paruima y se internaron hacia las cabeceras del Kuyuní. Se establecieron en Inawai, a la altura de Las Claritas, a donde luego llegó también una Misión Adventista a la cual finalmente se integraron. "Desde Las Claritas, en el Kilómetro 88, hasta San Martín de Turumbán, cerca de Tumeremo (en el municipio Sifontes del estado Bolívar), el idioma dominante, entre los indígenas, es el inglés".

A su modo de ver, San Rafael de Kamoirán y Paruima Mission son una misma cosa. Son comunidades arekuna, la una evangelizada por los misioneros católicos y la otra por los misioneros adventistas, durante la primera mitad del siglo XX.

San Martín de Turumbán, en Sifontes, al igual de San Ignacio de Yuruaní,  en Gran Sabana, ambos municipios del estado Bolívar, son comunidades que se fundaron con indígenas venidos del Esequibo, con aquellos que alguna vez aceptaron la posibilidad de declararse venezolanos y que, tras delaciones, debieron refugiarse en Venezuela.

En cuanto a la disputa que mantienen Venezuela y Guyana por la tierra de sus abuelos, DD expresa: "Eso del problema ese no le vemos sentido. La gente que se quedó allá y la que se quedó aquí hemos estado visitándonos".

"Nuestros representantes, de uno y otro lado, están politizados, dice LP, por eso tenemos que reunirnos y sacar una declaración como indígenas".

Cultura pemón en sus páginas dedicadas  a los Makunaimas, a los intrépidos protagonistas de muchas de las leyendas del pueblo pemón, cuenta que Wei, el sol, el padre de los Makunaimas, "como buen pemón, viaja a Ikén en busca de mercancías varias usuales".

sábado, 19 de septiembre de 2015

El sargento in fraganti


Desde el día cuatro de septiembre, en YouTube circula un video, de un minuto y catorce segundos, titulado Un sargento venezolano robando en Pacaraima.

Villa Pacaraima, BV-8, La Línea, es la localidad brasilera contigua al hito Brasil-Venezuela número ocho (BV-8), una población de alrededor de siete mil habitantes dedicados a la agricultura, empleados en las instituciones públicas con oficinas en el extremo norte del país, comerciantes o empleados de las tiendas.

En el video, un hombre moreno, de cabello muy corto, de vientre prominente, cubierto por una franela polo amarilla con blanco, es cercado por una docena y media de hombres contra la plataforma de un camión.

La Suapí es la principal vía comercial de Pacaraima. La zona prosperó entre finales de los 90 y comienzos del siglo que corre gracias al cambio que entonces permitía a los venezolanos ir a comprar Calabresas (chorizos), Garotos (bombones), Havainas (chancletas) y todo tipo de suvenires en colores verde y amarillo. Pero ahora, es septiembre de 2015 y el cambio pasa de los 155 bolívares venezolanos por cada real brasilero y  las lojas, tiendas, de la Suapí, venden muy poco. Apenas sobreviven participando del juego del cambio.

Entre los comerciantes se dice que ahí, en la fotocopiadora, ubicada muy cerca de la agencia de Bradesco, se cambian bolívares por reales o viceversa, reales por dólares o al contrario, que lo de las xeros, fotocopias, no es más que una fachada

Es dos de septiembre, poco después de las 11:00 de la mañana, hora de Brasil, media hora menos en Venezuela, y el dueño del establecimiento sale a almorzar.

Mientras el propietario se aleja, dos hombres, se acercan a la empleada del local. Uno de ellos va armado, La reseña de roraimaemfoco.com la identifica como J.O.T.  Los hombres le exigen que les entregue el dinero. J.O.T se resiste. El hombre del vientre prominente la obliga a caminar hacia el fondo del local, a punta de cañón. La chica se niega. Él la patea. Le propinó un chute precisa la página web, pero la mujer se opone como puede. J.O.T, relata otro de los comerciantes de la Suapí,  intenta zafarse y pierde dos de sus larguísimas uñas acrílicas decoradas en estampados. Los dos sujetos insisten y ella grita pidiendo auxilio.

Los gritos alertan a quienes aguardan en el Ponto de Taxis y, ante la inminente llegada de los vecinos, uno de los hombres huye con el arma. Entonces, taxistas y pasajeros se acercan y someten al extraño de la polo amarilla con blanco.

En el video, al tiempo que una mano intenta impedir que el autor del audiovisual continúe grabando, otra mano surge de entre la muchedumbre y va a parar a la cara del hombre. Varias manos le pegan, lo empujan. Él apenas las esquiva.

Varios de los que participaron de la captura manifestaron que el trío pasó varias veces por la Suapí en el transcurso de la mañana. Una vez que los dos descendieron del auto de placas venezolanas, el conductor estacionó frente al Bistró, a pocos metros de las oficinas del Ministerio da Fazenda brasilero y esperó.

De acuerdo con la nota publicada en la Folha Web, Jimmy Santana, del Departamento Estadual de Trânsito (Detran) em Pacaraima, contó que sus agentes se acercaron porque pensaron se trataba de un accidente vial y que una comisión de la Polícia Civil se aproximó al percatarse de la aglomeración.

Los efectivos policiales debieron comenzar por calmar los ánimos de los presentes y por entender lo que sucedía. Luego, solicitaron al detenido sus documentos. El hombre de la polo amarilla con blanco fue identificado como o el sargento primero de la  Fuerza Armada Nacional Bolivariana de Venezuela (FANB) Elvis Geovanny Manrique Marcano, de 25 años.

En no más de tres minutos, los dos acompañantes del hombre de la polo bicolor traspasaron los 11 reductores de velocidad que separan a Brasil y Venezuela, las sedes del Ministerio de Hacienda y de la Policía Federal brasileros, la dependencia del Instituto Brasilero para el Medio Ambiente (IBama), el Destacamento de Fronteras Número 84 de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB), la Aduana Ecológica de Santa Elena de Uairén y se internaron, sobre la Troncal 10, en Venezuela, en la inmensidad de la Gran Sabana.

Se cree que uno de ellos puede ser brasilero.

Sobre el medio día, el detenido fue trasladado a la Polícia Civil de Pacaraima en donde se le abrió un expediente por intento de robo capturado en flagrancia.  

Manrique Marcano fue llevado a la Penitenciária Agrícola Monte Cristo, en la zona rural de Boa Vista. En cambio, los otros dos superaron al menos cuatro puntos de control adicionales y, aparentemente, fueron capturados en la Alcabala de la GNB en Luepa, aproximadamente a 300 kilómetros de la frontera.

Es día 16 de septiembre, el Ministerio Público del Estado de Roraima presenta su denuncia contra el sargento primero Elvis Geovanny Manrique Marcano. El sargento de 25 años será juzgado de acuerdo a los artículos 14 y 157 del Código Penal Brasilero. Se le acusa además de sometimiento mediante arma de fuego y por haber privado a J.O.T de su libertad. De ser considerado culpable, podría pasar al menos cuatro años tras las rejas, na cadeia.

Al cierre de la nota de globo.com , republicada por Folha Web, un lector comentó:
"Tem que dá um pau nesse veneca rapá".



lunes, 7 de septiembre de 2015

Bolívar Blues: los rockstars del sureste profundo

En el Noveno Encuentro de Motos de Alta Cilindrada, Boa Vista. Fotografía: Huayra Bello.

De la unión entre Clara Zoe Dutka y Benjamín Soto Mast, ella neoyorkina, de Woodstock, el del festival de hippie de 1969, y él bolivarense, nacido en Ciudad Bolívar, la capital del estado Bolívar, en el extremo sureste de Venezuela, tenía que nacer, como primogénita, una banda.  La noche en que se conocieron, en una fiesta entre amigos, él le regalo su guitarra.

Después vendrán los críos. La prima criatura se llama Bolívar Blues (BB). Y ahí van los orgullosos padres y tres de los tíos –Hernán Medina, baterista; Fidel Padilla, percusionista y Eric Balbás, bajista- devenidos en estrellas de este paraíso remoto e incluso trascendiendo la frontera hacia el Brasil en donde dan conciertos, conceden entrevistas a la prensa y se cotizan cada vez mejor.

Como muchos de los nacidos en la tierra del pueblo indígena pemón, la BB es obviamente mestiza, de jazz y de bolero, de soul y de salsa, de rock and roll, sangueo y bossa nova, de líricas en inglés, en español y a veces también en portugués, con cadencias del pasado y del presente.

Con respecto a Camino, su primer disco, el dossier de la BB dice lo que sigue: "Su música te lleva de viaje por el mundo, de las vistas verticales de Manhattan, hasta los bosques frondosos de la Amazonia".

 "De lo mejor de ambos mundos"¨, como dice Zoe. Por eso, la criatura se llama Bolívar Blues porque esas dos palabras reúnen a un par de íconos de ambas culturas y también porque Bolívar Blues es un clásico jazz, de Thelonious Monk, inspirado por una calle de NY, nombrada en honor al Libertador.

Siete años después de aquel presente, un par de chicas brasileras detienen a Zoe en uno de los balnearios de la Gran Sabana para fotografiarse con ella y pedirle un autógrafo; una mujer increpa a la peluquera común para preguntarle si la rubia en espera es la cantante; un fanático sorprende a los músicos con un video realizado durante un show y docenas de vehículos llevan la calcomanía de la BB.

Ahora, mientras mueren la tarde y agosto de 2015, en Santa Elena, la capital de la remota Gran Sabana, en el sureste profundo de Venezuela, la BB ensaya para su próxima presentación en Boa Vista, la principal ciudad del estado de Roraima, la localidad más al noreste del gigantesco Brasil.

Hasta ayer, los cinco músicos que hacen parte de la BB tocaban y se repartían el contenido del sombrero; ahora, tocan por contrato o por un porcentaje de la taquilla, que promete ser buena y en la mañana anterior conceden una entrevista para el espacio En Vivo de Roraima Televisión y para los medios impresos.

Su estudio, un palafito guyanés hecho de madera pintada en turquesa, está sembrado sobre la falda sur del Akurimá, el mini tepui cerca del cual nació esta ciudad rodeada de ríos, de saltos de agua, de cerros milenarios, de morichales y ahora cercada de minas de oro y diamante, repentina y cada vez más trajinada por contrabandistas de combustible, llamados talibanes, por cambistas callejeros, nombrados trocadores y cada vez más por revendedores de todo tipo de víveres, bachaqueros, que cruzan la línea limítrofe para ofrecer –sin estantería- uno o dos paquetes de pañales, casi uno o casi tres kilos de detergente.

Pero, en este instante, la música de la BB lo redime todo. Ensayan en su estudio turquesa de Akurimá. Afuera abundan las flores silvestres. Adentro, los cinco pulen cada pieza como si se tratara de una gema preciosa y es que, claro, en la Sabana abundan el oro, el diamante y la gente valiosa que hace cosas grandiosas sin necesidad de voltear el suelo, desviar o enturbiar los ríos.

"Simpatía por el diablo, sin errores", señala Zoe y, tras varios acordes, en lugar la voz salvaje de Mick Jager se escucha una cálida voz femenina alegremente acompañada desde la percusión latina por Fidel Padilla.

Desde una de las paredes, de madera, justo detrás de Benjamín, guitarrista, compositor y productor del grupo, los inspiran Miles Davis, apasionado sobre la boquilla de su trompeta y Frank Zappa con su póster de Joe´s Garage.

En cinco días, viajarán a Boa Vista para luego subir a la tarima de la Casa do Neuber, hogar y local de Neuber, Uchõa, uno de los grandes de la movida musical roraimense. De momento, Zoe practica para comunicarse con su público en portugués: "Agora sim, vamos a precisar a ajuda de vocês para cantar esta parte" y entonces tararea el Uh,Uh, Uh, Uh, Uh, Uh, Uh, Uh del clásico de Rolling Stones.

Zoe proyecta su voz, cálida, poderosa, desde la puerta del estudio, con vista a la distante Piedra Canaima, rodeada de Lola, Lincy y San Francisco, tres de sus perros. Ella y su marido tienen una jauría.

Hoy, Zoe cumple siete años en la Sabana. Llegó como voluntaria, dispuesta a pagar con servicio sus vacaciones. Luego se enamoró. Se quedó. Así son estos remotos confines del planeta, ayudan a los suyos a conquistar chicas bonitas.

A propósito de la fecha, Zoe comparte, en su perfil de Face Book, lo que siente por estas tierras, "donde el aire sabe a cielo y el cielo hace un espectáculo todas las tardes". La actualización de aniversario bien podría ser la letra de una canción.

Cuando en  Santa Elena se supo que Zoe se quedaba se rumoró que su padre era el propietario de los derechos de autor de algunas de las canciones de Bob Marley. Exagerados. En realidad, su padre, quien murió poco tiempo después del nacimiento de ella, fue vicepresidente de Island Records,  una de las disqueras más importantes en la industria de la música a nivel internacional, si bien durante años Zoe creyó que su papá era John Lennon y su madre nació en el seno de una familia en la que el jazz es patrimonio. Mas Benjamín no se queda atrás. Es sobrino de Jesús Soto, el artista plástico.

Fidel Padilla, el percusionista latino de la banda, adelanta que lo que viene es "una versión de lujo" de la clásica Summer Times. "En sanqueo barloventeño".
Después ensayan Mi suerte, una canción de Zoe y enseguida Bésame mucho. A ella la marcaron Chavela Vargas, al igual que Janis Joplin, Alanis Morrissette, pero no tanto como Amy Winehouse.

El sol se oculta y a espaldas de Zoe surge el crepúsculo de la Sabana, en azul y rosa tenues. Ensayan hasta que la luz deja de colarse por los tragaluces del techo, pues la iluminación interna del estudio es deficiente.


Valió la pena. Una de sus seguidoras, de esas que siguen a la BB aunque tengan que traspasar fronteras, de las que bailan y lanzan vítores en primera fila, cuenta que el show fue un éxito, que al menos 300 personas coparon el lugar, que tocaron sin parar durante tres horas, porque así les gusta a los brasileros, que sudaron hasta más allá de la media noche, pues el termómetro marcaba 32º; que al final Eric Balbas, el bajista, se lució improvisando; que a Hernán Medina, el baterista, quien formara parte del grupo caraqueño Syma, lo bautizaron como Paulo Coelho por sus cabellos y su barba canosos; que Zoe estaba preciosa y que la BB regresa a Boa Vista para el próximo fin.
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