Gran Sabana no postal

Mi madre siempre dice que vivo "en el fin del mundo". Yo vivo en la Gran Sabana, en el sureste extremo de Venezuela, en un sitio tan distante
y tan distinto que hasta se me ocurrió quedarme a vivir. Los invito a conocer esa Sabana que experimento en mi cotianidad: la Gran Sabana no postal.

martes, 24 de mayo de 2011

¡Salud!



Ahora, en mayo, se cumplen dos años del nacimiento de este blog. Decidí abrirlo y empezar a publicar por la misma razón que aún me mueve: continuar siendo periodista a pesar de vivir en la Gran Sabana, de la distancia, de la desconexión; un día de mayo de 2009 decidí apostar por las particularidades de la Sabana y cree esta bitácora.

¿Qué particularidades? Vivo en un territorio indígena, la tierra del pueblo pemön; a 15 minutos de Brasil; acá se habla español y portugués por igual y el pemón es de uso corriente entre los indígenas; hay turistas extranjeros todo el año; casi toda la Gran Sabana es área protegida y, sin embargo, la minería (que en teoría ya no existe) es la principal actividad económica de la zona, la otra es el contrabando de combustible. Son tantas las particularidades que, después de 37 post, dan para seguir escribiendo ¡Salud!

Ya cuento con 79 seguidores ¡Salud! No a todos los conozco, muchos han llegado acá por curiosidad, por afinidad, por causalidad. A todos les agradezco por ser lectores, pues (como siempre digo) “sin lectores no vale la pena seguir escribiendo”. De manera especial, vaya mi agradecimiento a mi hermana Adriana, a mi tía Elena, a mis panas Pedro Marín, Polito Bello y Eduardo Fuentes, a mi admirada Lili, a mi cuñada María Teresa, a la doctora Casteluccio, a Claudia Cazorla, a las sabaneras Carla y Mariana, a Marcos Olivares y a Mariana por recomendar el blog, a Sandra por darme la oportunidad de desarrollar mis temas con Marcapasos, al muy agudo Iván y a Kepler por ser los más consecuentes y activos.

Siempre estoy agradecida con Tewi y con Yirla pues, aunque no leen, pescan temas y hacen fotos.

He recibido 7.974 vistas ¡Salud! De todas, la crónica más leída es aquella que escribí con más tristeza: Su vida era salvar vidas. En noviembre de 2010 recibí 1.200 vistas. Las estadísticas dicen que me leen principalmente en Venezuela, en Estados Unidos y en España. Aunque en Suecia y en Chile también.

Me siento feliz, pero debo confesar que no satisfecha. Quiero escribir más. Recibir más lectores y sus comentarios y, a la vuelta de la esquina, hacer de este mi empleo: “Soy bloguera, periodista”, diré sin titubeos cuando vuelva a vivir del oficio que amo. Tengo pendiente contarles, por ejemplo que en las radios locales, se publicitan burdeles, que Douglas, sin ser gineco-obstetra ha parteado a más de 500 mujeres en su vida, que este es el paso y parada de los mochileros que atraviesan Suramérica y brindarles la historia de Manuela, una que me dejó sin habla.

¡Salud! Sientan todos el sabor amargo del Kachirí, la bebida pemón hecha a base de yuca fermentada; refrésquense con Caipirinha o con cerveza, que en estos confines escasea todo, pero jamás la Polar; algunos, lo sé, preferirán un té de malva o de citronela. Para todos, mis agradecimientos y ¡Salud!

miércoles, 4 de mayo de 2011

Fuego pemón

 
Después de un par de días de sol, la Sabana vuelve a arder, a cubrirse de humo, de hollín, de parches negros, de aves de rapiña a la caza de alguna serpiente ahuyentada por el fuego. En teoría, el verano de extiende de enero a mayo, pero es sabido que acá la lluvia y el sol se alternan a su antojo.

Los habitantes de la Gran Sabana -el último municipio venezolano hacia el extremo sureste del país- son los indígenas pemón, un subgrupo de los Caribe que ya estaba aquí cuando llegaron los misioneros españoles en el siglo XVII.

Algunos los llaman “los quemones”, un término que transmite una mezcla de desprecio, asombro y algo de gracia. Pero los pemón manejan más de un argumento a la hora de explicar por qué caminan la Sabana con una caja de fósforos en la mano y a su paso la dejan arder.

En general, ven en el fuego un aliado: creen que es bueno quemar y más cuando se sabe que se aproxima un aguacero. En lo particular, son muchos sus usos.

Les sirve para cocinar, para hacer el tumä, quemar una presa, calentarse y espantar la plaga. El tumä es un consomé hecho de pescado, de carne de cacería o, cada vez más, de pollo, con mucho ají y una pizca de sal. La presa es la proteína: un pedazo de carne roja o blanca.

Además, el fuego les sirve para limpiar la sabana que también es su casa, su espacio. Confían en que, una vez libre de malezas, reverdecerá, se verá bonita, alegre.

La socióloga Iokiñe Rodríguez, quien realizó un estudio sobre el tema escribió: “Es común oír de los abuelos, si no hay fuegos pata está triste”. Los abuelos son los ancianos pemón, los de mayor autoridad en la jerarquía comunitaria de este pueblo ancestral. Pata es su lugar, su tierra, su mundo.

Pero no sólo pata se contenta con el fuego, también la familia que se queda en casa y que, en la distancia, ve en el humo un mensaje tranquilizador, de buena cacería, de que todo está bien, de que no hay de qué preocuparse.

Es el fuego quien les abre a los pemón los caminos que usan para llegar al sitio de pesca, de caza, al conuco que igualmente trabajan después de una buena quema.

Esas llamaradas sacan de sus casas a los saltamontes, espantan a los animales peligrosos, al kaikuse que es uno de los vocablos que emplean para nombrar al tigre, al jaguar.

Los pemón le atribuyen al fuego cualidades mágicas, por eso frecuentemente acompaña al taren, al ritual curativo.

Mientras que Electrificación del Caroní (EDELCA) invierte en bomberos, tanques y helicópteros ya que de estas sabanas manan las aguas que van a parar a las represas para generar electricidad, los pemón más conservadores insisten en que el fuego se combate con fuego.

“El fuego se usa para hacerle el mantenimiento a nuestras tierras. Dejar la Sabana crecer es mucho más peligroso porque puede causar un incendio grande. Para evitar eso quemamos parte por parte”, le dijo un abuelo de Kumakapay a Rodríguez.

miércoles, 13 de abril de 2011

Trocadores: casas de cambio que caminan

Esta es la vía que comunica a Venezuela y Brasil. (Morelia Morillo).

Por estos días, el real brasilero ronda los 4,8 bolívares y los trocadores, los que cambian reales por bolívares, se disputan –como nunca- a los tripulantes de los vehículos de placas grises, los brasileros, que visitan Santa Elena de Uairen, la última ciudad venezolana de cara al Brasil.

Usan koalas, bolsos a la bandolera, lentes, gorra e indefectiblemente zapatos deportivos. Celular en mano, se lanzan sobre el tránsito, agitan sus pacas de dinero, corren de un lado a otro del pavimento. Gritan, chiflan. Pareciera que, en cualquier momento, el real coronará los cinco bolívares y ellos deben estar ahí, en la cima, prestos para recibirlo.

En el extremo sureste de Venezuela, no hay casas de cambio, pero sí una docena y media de trocadores apostados en las Cuatro Esquinas, el cruce de calles a partir del cual se extendió el pueblo y en “la matica” de Brisas de Uairen, a la sombra de un samán gigante, justo en la entrada desde Brasil.

En las cuatro esquinas, pujan los de tradición, los de siempre. En esa cruz, entre las calles Bolívar y Urdaneta la competencia es a muerte: un “mi amor”, “un japai”, un acercamiento oportuno, una pequeña mejoría en el precio puede marcar la preferencia de un cliente.

En “la matica”, en cambio, se mueve un clan unido por vínculos de sangre: hermanos, primos, sobrinos. Todos ofrecen un mismo cambio. Entre todos se reparten la cantidad de compradores y sus reales. Mientras unos ofrecen bolívares, los otros ofertan camarones congelados. “Camarão”, se lee en letras escritas a mano sobre una cartulina sujetada a una cava de anime.

En uno y otro sitio los trocadores son hombres ¿Por qué no hay mujeres en este negocio?

Son apenas las siete de la mañana y los trocadores ya inician operaciones. La frontera se abre a las seis y, tan pronto como se levanta la barrera, los vecinos empiezan su tránsito hacia Santa Elena. Vienen a comprar gasolina barata (el litro ya alcanzo los cinco bolívares, sólo un tercio de lo que cuesta en Brasil), víveres a los chinos, sábanas, línea blanca o negra a los árabes, ropa interior  a sus paisanos, vestidos, camisas, pantalones y accesorios a los venezolanos.

Doce horas más tarde, sobre las siete de la noche, los japais (un vocablo brasilero equivalente al pana venezolano) recorren el camino de vuelta a casa, dejando sus reales en manos de los trocadores o de los comerciantes, quienes también los reciben.

martes, 15 de marzo de 2011

El carnaval se celebró de este lado



Este año (2011) no hubo Micaraima. Aparentemente, la Prefectura de Pacaraima, el municipio brasilero de cara a Venezuela, no logró el patrocinio de la cervecería Brahma y, sin más, suspendió su carnaval fuera de época.

Nada de forro, nada de minhinas danzarinas, nada de sintetizadores, ni caipirinhas, nada de samba, shortzinhos, ni tocados emplumados. El espacio en donde se celebra el Micaraima, justo a un costado de la línea de hitos, permaneció desierto y eso que en las escuelas había un cartelito que decía: “Carnaval do Brasil o maior festa do mundo”.

En cambio, a 15 kilómetros, veinte minutos, la Alcaldía del Municipio Gran Sabana -el municipio más al sureste de Venezuela- celebró por todo lo alto.

El fin de semana del seis de marzo,  la Alcaldía apoyó a las escuelas en sus desfiles y patrocinó el cierre con música en vivo. Ya fuera de época, el 12 y 13 pasados, la municipalidad botó la casa por la ventana con la Mercorumba y su cartel de dos días de fiesta callejera.

Para los vecinos había forro, suerte de regatón brasilero pleno en ritmos sintetizados y junto a los locales, los de El Callao y Tumeremo, los brasileros alcanzaron el clímax con Maelo Ruiz y su salsa erótica bajo la lluvia.

De poco o nada sirvieron los llamados de Ramón López, el locutor más popular en cientos de kilómetros a la redonda, quien critico el gasto en detrimento de inversiones de urgencia como el hospital, las escuelas, las calles, las aceras.

De poco o nada sirvieron las súplicas de la hermana Anahis, la voz de la Hora de Dios, el programa matutino de la emisora evangélica Faro de Luz quien durante días imploró: “No vayas a esas fiestas paganas, ven a celebrar con nosotros en el concierto de Joel Herrera”, intérprete de salsa cristiana.

En poco o nada influyó la lluvia y entonces ¡Oh paradoja!, los de Pacaraima y Boa Vista celebraron su carnaval a este lado de la frontera.

martes, 8 de marzo de 2011

OVNIS sobre la Sabana

Una nube de colores sobre Puy podría esconder una nave (Fotografía de Tewarhi Scott).

Cae la noche y una bóveda oscura cubre la Sabana. La luz que desprenden las seismil  casas y algunos comercios desde Santa Elena, la capital municipal, apenas perturba la oscuridad del cielo tapizado de estrellas, planetas, constelaciones y, eventualmente, cruzado por un satélite o algún avión. Los demás son pueblos pequeños: El Paují, Ikabarú, Pacaraima, al otro lado de la frontera; sus reflejos son nulos en medio de semejante espectáculo celeste. Acostumbrados, muchos de los de aquí saben diferenciar entre un satélite y un avión y, por supuesto, reconocer un Objeto Volador No Identificado (OVNI).

“Qué si la luz es más intensa; qué si dentro de un rato va a desaparecer; qué si está en formación con aquellas otras dos luces y, de inmediato, se va a fusionar”, así se expresan quienes desde siempre han pasado muchas de sus horas nocturnas mirando al cielo, en lugar de mirar televisión.

En Rápidos de Kamoirán, en Kumarakapay, en Santa Elena o El Paují, en cualquier puesto en donde se venda un mapa de carreteras o de la Ruta Gran Sabana uno menos convencional se halla solapado: el Mapa OVNIS en la Gran Sabana de Roberto Marrero, el ufólogo más reconocido del patio.

Dentro de la bolsita -con cierre mágico- un folleto acompaña al material principal. En el librejo, Marrero exhorta al lector a “abrir su mente antes de ver el mapa”; explica la conexión entre la Gran Sabana y los principales centros arqueológicos del planeta; expone acerca de los triángulos y las ciudades intraterrenas; ventila la misión de los hermanos superiores acá y, finalmente, reseña los avistamientos y fenómenos indicados en el plano. Dice que son relatos recopilados en años de recorridos por la tierra de los tepuyes.

En el mapa sobresalen una serie de íconos: avistamientos diurnos, avistamientos nocturnos, naves madres  nodrizas, bolas de fuego voladoras, bases subterráneas, portales dimensionales, sitios desde donde las personas dicen haber sido paseados en naves o haberse topado con algún ser extraterreno.

Aún la Gran Sabana es uno de los destinos de avistamiento de OVNIS menos publicitados, pero cada vez se instala con más fuerza en la lista que encabezan Rosswell y Nevada, Escocia y San Clemente.

En Youtube ya se consiguen los testimonios de algunos de los testigos sabaneros: Santiago, Esteban, Roberto. Son materiales subidos por “platilleros” que vienen a estos predios a pescar historias, a corroborar.  Se van con algunas de las tantas, muchas otras son dominio exclusivo de los más viejos del lugar.

En Santa Elena, hay quienes aseguran haber conocido a seres de la quinta dimensión. Aquellos que, en cumplimiento de una misión, encarnaron y luego se fueron dejando entre nosotros a sus hijos mestizos. Tal vez por eso, en las noches oscuras muchos miran al cielo. “Porque nos aseguraron que algún día regresarán o ya están por aquí, pero no todo el mundo sabe que son ellos”.







miércoles, 19 de enero de 2011

Serpientes en el paraíso

Una bombona solitaria ocupa el primer puesto de la cola que forman los que esperan para comprar el gas (Fotografía de Morelia Morillo)

En Santa Elena de Uairén apenas hay rateros y los carteristas empiezan a actuar. Nada de secuestros, al menos confirmados y, con asombro, se supo de un atraco a los chinos de la calle Bolívar el año pasado.


Tampoco hay tráfico en estas calles y, como si fuera poco, la capital de la Gran Sabana está rodeada de cascadas, selvas y explanadas infinitas.


“Pero este pequeño paraíso se está transformando en un infierno”, sentencia Yasmeli, un ama de casa con casi 20 años en la zona, mientras hace la cola para comprar una bombona de gas para su pequeño restaurante.


A menudo, los malandrines se llevan palas, picos, ropa secada al sol y, eso sí, no perdonan un cilindro de gas dejado al descuido. En el mercado, legal o paralelo, el vacío mediano ronda los Bs. 800 y el lleno no tiene precio pues conseguirlo es cuestión de magia, suerte, insistencia, sacrificio.


Corre el penúltimo día del año, son apenas las cuatro de la mañana y Yasmeli y otras 40 personas más forman una fila que se extiende y curva cual serpiente. Todos quieren comprar gas. Para cocinar para familia, para vivir o ganarse la vida. La venta se iniciará a las 7:30 AM. y es sabido que una hora más tarde no quedará ni para un café.
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La bombona solitaria
El primero de la cola no tiene rostro ni nombre. A la cabeza de esa hilera de somnolientos, sentados sobre la base de cemento de la cerca de alambre de la distribuidora, se encuentra una bombona solitaria, amarrada con una cadena y resguardada por un candado.


Maribel ocupa el segundo puesto. Diana el tercero. Ellas llegaron a las 10:00 de la noche y “ya esa bombona estaba ahí”. Les siguen Miriam, Pedro, Juan Robles, Juan Mendoza, el maestro Fernando, Luís, Graciela, Felina y Marcelina. Ninguno sabe de quién es ese cilindro.


Sobre las 5:30 AM., el sonido tembloroso de un motor a diesel los saca del sopor. Es el camión que viene desde Ciudad Guayana, a ocho horas de camino. Ya no son 40. Son muchos más. Cada vez más. Aplauden, gritan.


En dos horas, los hombres a cargo del camión y la distribuidora toman café, descargan, desayunan, ordenan los cilindros, vuelven a tomar café.


Llega una patrulla de la Policía del Estado Bolívar e intenta hacerse cargo de la cola, pero los enfilados los rechazan. “Nosotros ya nos organizamos. Tenemos una lista para evitar que se nos coleen”, explica una mujer.


Aseguran que se trata de “una maniobra distractiva”. Que el objetivo de los uniformados es comprar “sin pagar plantón”. Que dicen que el gas es “para el comedor del comando”. Que en realidad, “esas bombonas son de los policías”.


Sobre la 6:00 AM. se pierde la cuenta de los buscadores de gas. El ambiente es tenso. Cerca de las 7:30 AM., finalmente, aparece el dueño de la bombona solitaria. Le dicen “Caiman” es un minero con años de andanzas en la Sabana.


A dos cuadras de la cola de gas, otra fila de gente se enrolla sobre sí misma. Desde la madrugada, docenas de conductores aguardan por la gasolina. A principios de mes, debieron formarse frente al Fuerte Roraima para retirar la Tarjeta de Llenado de Combustible, que entrega el Ejército mes a mes.


Los turistas ven las colas con la misma cara de asombro que observan un salto o un tepui. Toman fotos. “¿Qué pasa?”, preguntan sin saber que ya les tocará. Para llenar los tanques de sus vehículos, los visitantes deben acudir a la estación portátil apostada en la sede del Ejército Bolivariano.


“Menos mal que suspendieron el Mercal”, afirma la vendedora de Yogurt. “Yo hubiera tenido que hacer la cola para comprar leche porque no la consigo en otro lado y esa es mi materia prima, pero llevaba dos meses sin gas”.

miércoles, 5 de enero de 2011

El bailarín de Jaspe


Suena Para siempre, de Laura Pasini, sometida al sampler y Benedicto se estremece (Fotografía de Morelia Morillo).

Es 31 de diciembre de 2010 y Benedicto Mella desempolvó su traje de poliéster acanalado color rojo ladrillo, rojo jaspe.

Benedicto nació y aún vive en la comunidad indígena de Kako Paru, que es como los pemón llaman a la Quebrada de Jaspe.

Kako fue la mujer de Wei (el Sol) y ambos los padres de los Makunaima, los temerarios hermanos reconocidos como figuras fundacionales de este pueblo indígena del sureste venezolano. Eso es lo que dice la mitología pemón. 

Siguiendo el cauce del río Kako, las casas de los Mella, hechas en bahareque y techos de palma antes y zinc ahora, se encuentran más allá del puesto atestado de turistas, de esas cascadas de reflejos rojizos que iluminan la mitad de las postales de la Gran Sabana.

El sitio de los Mella está al borde la Troncal 10, pero, aun en temporada alta, pocos los visitan.

Viloria es la hermana de Benedicto y la dueña del pequeño campamento turístico y de la bodega en donde hoy se celebra el cierre de 2010 y el comienzo del nuevo año, del 2011.

Benedicto desempolvó su traje de poliéster, lo combinó con una camisa de listas rojas y blancas y sus mocasines marrones manchados  de caolín. Luego, se fue a la bodega a tomar cerveza, esta vez no kachiri y a bailar.

El kachiri es una bebida fermentada y se hace de yuca amarga. 

Baila solo o acompañado de una turista, cuando no de una sobrina. Solo o emparejado, derrocha gracia, ritmo, presencia. Lo mismo sigue un vallenato de Jorge Celedón que raspa sus canillas al son de los Cristalitos de Roraima.

Los Cristalitos son una orquesta local, de Paraitepui.

Del pen drive acoplado al sistema de sonido –conectada a su vez a la planta de gasolina- salta una bachata y Benedicto suaviza la cadencia; de pronto, suena Para siempre, de Laura Pausini, sometida al estridente sampler y el bailarín se estremece.

En los segundos que median entre un tema y otro, Benedicto camina por el descampado que rodea la bodega. A cada paso, reboza sus mocasines en caolín. En medio de ese deslave de arcilla blanca, sólo el brillo de sendos caballitos plateados alumbran desde en cada uno de sus zapatos. Parecen relinchar y Benedicto vuelve a la pista de baile.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Punto triple: tierra de encuentro


Este es el hito BV0 (Brasil-Venezuela 0) sobre el Roraima (Fotografía tomada de wikipedia.org).

En el extremo oriental del Roraima o Roroima, como llaman los pemón al tepui en donde se escenifican muchas de sus leyendas, se encuentra el Punto Triple.

Se trata del hito en el cual coinciden las fronteras de Venezuela, Brasil y el extremo de Guyana que aún reclama nuestro país.

Las siglas BV-0 (Brasil-Venezuela 0) identifican a este poste de concreto solitario en medio de la nada, un vestigio humano en la montaña milenaria.

Mas el hito es también un símbolo de la vida cotidiana en esta frontera, la del sureste extremo de Venezuela: la Gran Sabana, la tierra de los pemón.

Termina un domingo cualquiera en Santa Elena de Uairen, la capital municipal: río, sabanas, el sol que se asoma y se esconde, puripuris.

 En casa de un guyanés (irónicamente nacido en Ciudad Guayana, la ciudad industrial del Estado Bolívar, pero con un inconfundible acento anglosajón) coinciden dos venezolanos residentes de Santa Elena, dos brasileros venidos de Río de Janeiro, un viajero galés y, por supuesto, el anfitrión.

Cada uno desea practicar el idioma de su vecino en la mesa, los venezolanos el portugués, los brasileros y el galés el español; el guyanés se aferra a su inglés salpicado de lenguas extranjeras. Por fortuna, entre todos se entienden.

Quien invita es guía turístico y, como un asunto de rutina, se esfuerza por agasajar a sus invitados sin distinguir su origen.

De prisa y apenas inspirado por la receta tradicional guyanesa, prepara un arroz con camarones, auyama y, por supuesto, mucho curry.

Ante los halagos, apunta que el curry debe emplearse ya mezclado con aceite quemado y comino. “Que es como se prepara el curry para que suelte todo su sabor”. Pasa la prueba. La comida es deliciosa.

Satisfecho, pleno, después de visitar Roraima y comer del arroz color naranja, Bruno, un antropólogo brasilero actualmente dedicado a su maestría sobre uno de los grupos originarios de Angola, celebró la cena y sobre todo la reunión.

“Porque en la medida en que nos conocemos, en que viajamos, conocemos al otro y somos más tolerantes”. Nadie discrepó, todos brindaron. "Salud".

Sirva esta anécdota para desearles "Feliz Navidad y un 2011 cargado de acciones impregnadas de tolerancia". Gracias a todos por seguir el blog y, como siempre, se les agradece aún más si lo comparten con sus amigos, si comentan, si se hacen seguidores. Hasta enero.

martes, 7 de diciembre de 2010

Los nuevos colonos vienen de Asia


Bolívar con pie de jaspe (Fotografía de Morelia Morillo).

Año 2000
A comienzos de este siglo, sólo el doctor Lú, especialista en medicina oriental tradicional y el propietario del restaurante chino del Hotel Michelle conformaban la colonia asiática en Santa Elena de Uairen.

La capital de la Gran Sabana es una isla mestiza -en ella conviven venezolanos no indígenas e indígenas y extranjeros- en medio de la inmensa tierra de los pemón, algo inédito de acuerdo con los entendidos en materia indigenista.

Desde su fundación, hace más de ochenta años, el pueblo alberga a caraqueños, guayaneses, maracayeros, larenses, zulianos, orientales y valencianos, al igual que a alemanes, norteamericanos y franceses; en una época, a muchos sureños –argentinos, uruguayos, chilenos-; desde siempre, a buscadores de oro y diamantes venidos de Brasil, Colombia, Guyana o de cualquier parte del mundo; también pasaron y se quedaron dominicanos, peruanos, ecuatorianos. Y, hasta el año 2000, sólo dos asiáticos.

Lú es taiwanés. Los viernes vendía comida vegetariana y piezas de porcelana en el mercado indígena. Llegaba temprano, se hacía un espacio. Y pronto se marchaba sin mercancía. En un abrir y cerrar de sus pequeños ojos, Lú se dio a conocer entre los locales, los brasileros de Boa Vista y Manaus y cambió su puesto en el mercado vernáculo por su consultorio de acupuntura.

En la planta baja de la Posada Michelle, a un costado de la calle de los turistas, Thomy fue el primero en ofrecer lumpias y chop suey a los de acá.

Año 2005
Mas fue a partir del 2005 –al tiempo que se apuraban las invasiones y se profundizaba la zanja entre el bolívar y el real brasilero- cuando se disparó la llegada de los comerciantes de origen asiático a la Sabana.

Hasta ese momento, las quincallas -meros tarantines llenos de objetos utilitarios de plástico- eran de los peruanos y ecuatorianos y los abastos de algunas familias criollas, no indígenas venezolanos.

El pionero fue el Hong Kong China, en la calle Roscio del casco central; le siguió el Asia China en la calle Ikabarú, pero en meses este desapareció o, mejor dicho, cruzó la calle, se multiplicó por tres y se renombró como China América. Luego abrió una sucursal del Hong Kong en la calle Bolívar.

Año 2010
En el año que culmina, inauguraron cuatro instalaciones más: el Gran Soberano y el Súper Fresco, también en la Ikabarú, la vía que conecta con la carretera que conduce a la frontera con Brasil; recientemente, abrió el Supermercado Santa Elena en la urbanización Brisas del Uairen y, poco después, el Megacenter 2009 en la entrada al pueblo por la Troncal 10.

Alrededor de la Plaza Bolívar, donde antes funcionaban un restaurante de comida brasilera por kilo y la panadería de una venezolana, ahora hay dos ventas de platos chinos: el Ying Ping y el Yong Hua. Dragones, flores, mucho rojo y dorado, adornos decorados con crisantemos, comida lista y para llevar, nada que no se viera antes en cualquier otra parte de Venezuela, pero jamás aquí.

La plaza -con su Bolívar de pie sobre el pedestal de jaspe- es el centro de reunión y punto de partida de los indígenas que vienen a Santa Elena desde las comunidades. Cuando se puede, algunas familias pemón cambian el tumá, el casabe grueso y el kachirí por arroz chino, pollo frito y refresco.http://lascronicasdelafrontera.blogspot.com/2010/11/tuma-sero-antes-y-ahora.html

También el doctor Lú abrió una tienda de ropa, calzado y bisutería al lado de uno de los nuevos restaurantes. Se llama Plaza Mayor.

El contacto entre “los chinos”, como sin distingo de origen se les conoce, y los no chinos es muy limitado. Poco es lo que trasciende a ese instante en el que cliente y proveedor intercambian una mirada, una cifra, un pago, algo de vuelto.

De ellos se sabe lo que se ve a simple viste: Trabajan mucho, como si no conocieran el cansancio. Casi todos son muy jóvenes. Sus rostros se repiten de uno a otro establecimiento. Con ayuda de algunos pocos venezolanos, descargan camiones y llenan depósitos y anaqueles. Algunos apenas pueden dar la cuenta en español y otros lo hacen sin una nota de acento. Las chicas moran en las cajas registradoras y, con frecuencia, lucen como salidas de un capítulo de Dragon Ball. A veces, también los chicos se ven así, eso sí, al volante de automóviles de último modelo.

Lo que se dice rellena los espacios en blanco: Que la mayoría de ellos vive en un galpón sobre el Hong Kong China de la calle Roscio. Que los viernes compran todo el cebollín que llega al pueblo. Que uno de ellos viene de una temporada en El Tigre, estado Anzoátegui y que está casado con una barquisimetana, pues creció en la ciudad de los crepúsculos. Que muchos son aún menores de edad y que pertenecen a una misma familia. Que el patriarca de la colonia va al banco con una bolsa negra cargada de efectivo.

En septiembre pasado, superada la contienda electoral, la Guardia Nacional (GN) detuvo a docenas de ellos. Sólo el Meganter 2009 permaneció abierto. Entonces, trascendió que sus cédulas eran ilegales. Los trasladaron a Ciudad Guayana, uno de los principales centros urbanos del estado Bolívar. A los pocos días, “los chinos”, regresaron a la Sabana, levantaron sus portones y siguieron en lo suyo; por supuesto, sin soltar una palabra acerca de lo ocurrido.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Su vida era salvar vidas


Esta foto fue tomada del perfil En memoria de Luis Scott que agrupa en FB a algunos de sus seguidores.

De pequeño, a Luis Scott seguramente le gustaban los carritos y las motos, pero nada como las ranas, arañas y especialmente las serpientes, tan atacadas tan en peligro.  Así, en esa extraña manía de encariñarse con cuanto bicho le pasara al frente, se dejó ver la que sería la razón de su vida y de su muerte.

Nació en Caracas y creció devorándose la ciudad al lomo de una moto; vagó por Europa;  se refugió en la India y un buen día, ya de vuelta, una voz irrumpió en su sueño profundo, para ordenarle “ve al sur, ve al sur” y él obedeció.

Días después, subía, en su  volkswagen  escarabajo, la –aún de tierra- escalera, que era la carretera sobre la Sierra de Lema; atravesaba la Gran Sabana; navegaba a bordo de sendas chalanas los anchos Yuruaní y Kukenan; hacía las compras de última hora en Santa Elena y, finalmente, alcanzaba Pui. Corría 1978 y la compañera de Luis estaba a punto de dar a luz.

Pui es el punto medio sobre la vía que lleva desde la capital municipal a El Paují, un campamento minero que vivía sus mejores días, punto de encuentro entre selvas y sabanas. Aún está ahí la alcabala y el salto de la anaconda.

La pareja se hizo una casa de dos niveles en palos y palmas; él la parteó; lavó pañales; sembró; hizo yoga; se ganaba la vida con las artesanías y la construcción; se mudó a El Paují; volvió a Caracas por trabajo; regresó; se hizo apicultor; fundó el grupo de rescate y la asociación de apicultores; se casó con una odontóloga que vino a la zona a hacer sus pasantías; mutó en pequeño empresario turístico y, muy importante, montó su primer serpentario.

A finales del siglo que pasó, el turismo en El Paují cayó en picada y Luis se mudó a Santa Elena de Uairen. Fue presidente de la Cámara de Turismo; comerciante, maestro de varias obras, vocero de su consejo comunal, carpintero, rescatista, paramédico. De noche, solía relajarse haciendo artesanía mientras escuchaba a Enya.

Como no pudo llevarse el serpentario a cuestas, terminó hospedando a sus culebras en una habitación de su casa y a veces también monos en el patio, hurones en la sala, abejas en el patio y loros en el lavadero.

Los protegía del maltrato, del tráfico, del cautiverio, de la muerte. Con excepción de las serpientes, a todos los demás los liberaba pronto.

Ya en los dos mil, tuvo un segundo hijo y en la roja y pedregosa Colinas de Piedra Canaima parió el Centro de Exhibición de Serpientes Okoi, un logro en el que se materializó el esfuerzo propio, el de los amigos, de las instituciones.

En pemón, okoi significa culebra. Él diseñó la obra; la construyó; hizo el mobiliario y la pobló con jaulas de cristal habitadas por serpientes camufladas en lechos de aserrín.

A ellas les brindaba abrigo a cambio de unas gotas de veneno.  Finalmente, había logrado encaminarse en la misión de su vida: salvar vidas, las de las serpientes y las de sus víctimas. Enviaba las ponzoñas a los centros universitarios especializados en la producción de sueros antiofídicos.

Además, se las mostraba a todo el que quisiera conocerlas; daba cursos de manejo de ofidios a los guardias nacionales, a los efectivos del Ejército, a los policías y a cuanto vecino se interesara en las diferencias entre una culebra venenosa y una inofensiva y en cómo manejarse con ambas.

El domingo antepasado, debió levantarse como de costumbre, de buen ánimo y sin café porque no lo tomaba. Era vegetariano. Meditaba. Seguramente, desayunó ligero y se dio prisa para llegar puntual a la cita con el equipo con el que grabaría para el Discovery Channel.

Terminada la jornada, a Luis se le ocurrió mostrarle a la visita su cascabel consentida, una de dos metros, su mayor donadora de veneno.

En segundos, a ella se le ocurrió probar la pantorrilla izquierda de su cuidador, abrió sus fauces y llegó hasta allá a donde no alcanzaba la bota de cuero.

Era su décima mordida mortal y está vez, como en todas las anteriores, Luis dio por descontado que echaría el cuento.

Dicen que cualquiera hubiera muerto en una hora, pero él -a sus 63- tuvo el valor de aplicarse electricidad y manejar hasta donde su hermano Douglas, su paramédico de confianza, el mismo que lo había salvado siempre.

Le exigió que lo tratara en casa. Luis detestaba los hospitales. A media noche, no le quedó otra opción, se dejó llevar al Rosario Vera Zurita de Santa Elena y, finalmente, ser trasladado a  Boa Vista, a 250 kilómetros de distancia. Lo de otros casos: en Santa Elena apenas hay recursos para atender una gripe.

Pasó su vida rodeado de serpientes y, durante más de 12 horas, vivió lo único que le faltaba: la agonía de la víctima de una mordedura de cascabel.

El martes, a las 10:00 AM. y sin retrasos, el pueblo lo despidió. El coro de niñas católicas y sus guitarras; el joven pastor evangélico; el poeta pemón inspirado por los mapuches; la facilitadora del curso de prosperidad; cada quien le dijo adiós a su modo. Pero eso sí, nada de misas.

Esa mañana, la vidente del pueblo consultó el calendario maya y se fue a la Casa Comunal de Akurimá, en donde lo velaban, con un mensaje para la familia, los amigos, los conocidos:”murió bajo el sello identificado con el dragón cósmico que representa el cierre de un ciclo y eso significa que su partida ya estaba marcada y que no había poder material que pudiera cambiar eso”.

Agregó algo más: “casualmente, el animal al que dedicó la vida (la serpiente) es el que lo saca de este plano”.

Cuando, tras las expresiones de afecto, sus familiares se decidieron a sepultarlo una abuela pemón se les acercó para darles las condolencias en nombre de su gente y pedirles que le permitieran despedirlo con el himno de la Gran Sabana y todos se ahogaron en llanto.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Tumá serö, antes y ahora



Las abuelas pemón aún elaboran las ollas de barro (Fotografía de Morelia Morillo).
A media mañana o a media tarde, la mujer pemón prepara el fogón y, al domar el fuego, monta su olla hecha de arcilla.

En la sociedad pemón tradicional, una buena mujer recibe a su marido con el agua ya hirviendo y un buen hombre llega a casa cargado con algo de presa.

Los pemón, los pobladores ancestrales de la Gran Sabana, llaman presa al resultado de la cacería o de la pesca, al báquiro, al danto, a la lapa, al pescado y, hoy en día,  también al pollo y la res.

Mientras el hombre se da un baño en el río o bien en la ducha o a un costado del tambor, la mujer se ocupará de limpiar la carne y de arrojarla al agua burbujeante, hoy posiblemente en un caldero de aluminio.

Un rato más tarde, aderezará el hervido con sal, ají y tal vez con aürosa, suerte de espinada silvestre que brota de entre los restos del conuco.

Entonces, ella convidará a la mesa: “Tumá serö”, dirá, algo así como vengan a compartir el tumá o la comida está servida.

El tumá es la comida típica de los pemón, un consomé en torno al cual se reúnen la familia y la comunidad, conversan, se ríen, comparten, mientras cada quien moja el casabe grueso y sólo al final, extrae un pedazo de presa.

  • Cada mes de agosto, la comunidad de Kumarakapay celebra la Feria Ecoturística del Tumá.
  • Su objetivo es compartir con propios y extraños el sabor y significado del plato tradicional de los pobladores originarios de la Sabana.
  • Kumakapay está ubicada sobre la Troncal 10, a 40 minutos de Santa Elena de Uairen.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Muerto en vida

A falta de clasificados, buenas son las paredes (Fotografía de Morelia Morillo).


Sin proponérselo, el encantador de animales, dos taxistas y el conductor de un camión de gas experimentaron la resurrección.

Por separado, cada uno tuvo su instante estelar.

En algún momento, se dijo que uno de ellos había muerto y, como no era cierto, uno a uno estos hombres volvieron a la vida, a las calles de Santa Elena de Uairen, en el sureste extremo de Venezuela,  ante la mirada incrédula de algunos y aterrorizada de aquellos que creyeron ver un fantasma.

En la capital del municipio Gran Sabana se cumple al pie de la letra aquello de “pueblo pequeño infierno grande” y las más reconocidas teorías sobre el rumor. La llaman “Santa Lengua de Uairen”.

Acá apenas llegan unas pocas docenas de periódicos, tarde y sin certeza, y las dos emisoras locales llenan sus espacios con productores independientes.

Estos productores de radio pagan su hora y, con el patrocinio de algunos comerciantes, hacen lo que pueden por informar acerca de lo que recogen en su cotidianidad, sin más pauta que el ir calle arriba y calle abajo.

Además, la señal de TV sólo es captada –pago mediante- a través del cable o satélite y la Internet, aunque tiende a mejorar, aún es un derecho que reservado a un puñado de centros de conexión y a algunos pocos afortunados.

Pero no sólo los secreteos inspirados en los affaire sobre decomisos pesados, extramatrimoniales o de cualquier otro tipo se riegan como la espiga. Es lo fúnebre lo que enciende los cuchicheos. En este pueblo pequeño, el rumor mata, al día siguiente entierra y luego resucita a sus víctimas.

Del encantador de bestias -no sólo de perros, también de monos, serpientes, hurones y loros- se dijo que había perecido en la vía que conecta a Puerto la Cruz con Cumaná, en el oriente del país y su hijo estuvo a punto de caer tendido, en el patio del Liceo “Nicolás Meza”, al conocer la noticia.

Del segundo taxistas se comentó que se había estrellado contra la defensa del puente del río Kukekán, cuando en realidad el infortunio lo sufrió uno de sus primos al volante de un vehículo similar. Un ex compañero de escuela saltó al toparse con un desconocido a través de la ventanilla de la urna.

Del conductor del camión de gas se rumoró que había volcado a la altura de Tumeremo, otro de los pueblos del sur, con el carro cargado.

Ocurrió la semana pasada. Buena parte del pueblo lloró por el hombre, por los cilindros, por su contenido. “Imagínate, yo tenía dos bombonas en ese camión y con lo caras y difíciles de conseguir que se han puesto”, escuché. Horas más tarde, chofer celebraba la vida en la licorería de La Planta, vía Brasil.

Del primer taxista se dijo que había sufrido un accidente en la carretera de El Paují, a 80 kilómetros de Santa Elena. Cuando llegó a su casa se encontró con varios amigos. Todos lo recibieron bañados en lágrimas.

Eso fue hace un par de años. Cada vez que se lo consigue en la calle, el responsable de aquel rumor –plenamente identificado-  le grita “Epa, muerto en vida” y al resucitado no lo queda más que reírse.

martes, 26 de octubre de 2010

Kueka: 30 toneladas regresan desde Alemania a la Sabana

Kueka llegó a Berlín en febrero de 1999 (Fografía tomada de http://www.globalstone.de)

En noviembre, o bien después, Kueka, una roca de jaspe de 30 toneladas y 12 metros cúbicos, llegará desde Alemania su sitio en la comunidad pemón de Mapaurí, bautizada como Santa Cruz de Mapaurí, en la Gran Sabana, en el extremo sureste de Venezuela.

El mito
Los abuelos pemón cuentan que Kueka se enamoró de una muchacha y ella le correspondió. Apasionados, los dos jóvenes desconocieron las normas de Makunaima quien había prohibido la unión entre pemón de ramas distintas. El era taurepán y ella era makushi.

Ante la falta, Makunaima, figura fundacional de su pueblo, se enfureció y petrificó a la pareja. El uno próximo al otro. Así explican los indígenas el origen de la piedra abuela, la Kueka, la predecesora de todos los pemón.

A veces olvidada. En ocasiones recordada. Siempre sagrada. Kueka, la roca, permaneció cerca de Mapaurí, a 50 kilómetros de Santa Elena, la capital de la Gran Sabana, en el sector oriental del Parque Nacional “Canaima”.

El detonante
A mediados de 1998, el artista Wolfgang von Schwarzenfeld, llegó a nuestras costas al mando de su “Pegasus”, un velero de tres mástiles.

Se internó tierra adentro y seleccionó a Kueka –por su composición mineral, forma, y origen- como símbolo de América y del amor.

Su propósito era hacer un monumento a la paz en Berlín, exhibiendo en el Parque Tiergarten, en las cercanías de la Puerta de Brandenburgo, del Parlamento y del Monumento Conmemorativo al Holocausto, cinco rocas de 30 toneladas, cada una como emblema de un continente y de un paso hacia la paz.

Tras un acuerdo entre el Instituto Nacional de Parques (Inparques) y la Embajada de Alemania, la Kueka fue donada a la exposición Global Stone.

No pocos, indígenas y no indígenas, habrían participado de su aparatosa y sentida partida. Los obstáculos se habrían presentado en una de las alcabalas de la Troncal 10, la vía que conecta a la Gran Sabana con el resto del país, sobre el kilómetro 88. Sin embargo, Kueka zarpó a través del Orinoco rumbo a Berlín.

La polémica
Ya en 1999, las molestias por la pérdida de la piedra abuela trascendieron los límites de la tierra pemón y de las organizaciones no gubernamentales ambientalistas e indigenistas.

Ese año, Venezuela estrenó Gobierno y votó por una Constitución que consagró, en favor de los pueblos indígenas, derechos sobre sus territorios.

Las quejas despertaron el interés de los líderes del Instituto de Patrimonio Cultural (IPC), de los ministerios de Cultura, Relaciones Exteriores y Ambiente y fueron elevadas hasta llegar a lo más alto del gobierno alemán.

Los de Berlín, al saber de los reclamos por la partida de la piedra sagrada, se mostraron dispuestos a devolverla. Accedieron a hacerlo, siempre y cuando Venezuela costeara el regreso valorado para el año 2000 en 60 mil dólares.

En espera del desenlace
Una década más tarde, Ignacio Loyola, “Papalín, uno de los líderes de Mapaurí, asegurá que la Kueka regresarán en noviembre y que en la comunidad ya están preparando la ceremonia de recibimiento.

“Sea hoy, mañana o en un mes, no tenemos ninguna  duda de que ese elemento regresará al país, por  todo lo que hemos avanzado”, afirmó Héctor Torres, presidente del IPC, a través del Correo del Orinoco.

“Es un acto de justicia y una expresión de resistencia de los pueblos y establece una diferencia muy clara entre lo que era la ética de la Cuarta República y lo que es la ética del Gobierno Bolivariano, que se comporta completamente distinto frente a los derechos de los pueblos”, dijo.
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