Gran Sabana no postal

Mi madre siempre dice que vivo "en el fin del mundo". Yo vivo en la Gran Sabana, en el sureste extremo de Venezuela, en un sitio tan distante
y tan distinto que hasta se me ocurrió quedarme a vivir. Los invito a conocer
esa Sabana que experimento en mi cotianidad: la
Gran Sabana no postal.

martes, 24 de mayo de 2011

¡Salud!



Ahora, en mayo, se cumplen dos años del nacimiento de este blog. Decidí abrirlo y empezar a publicar por la misma razón que aún me mueve: continuar siendo periodista a pesar de vivir en la Gran Sabana, de la distancia, de la desconexión; un día de mayo de 2009 decidí apostar por las particularidades de la Sabana y cree esta bitácora.

¿Qué particularidades? Vivo en un territorio indígena, la tierra del pueblo pemön; a 15 minutos de Brasil; acá se habla español y portugués por igual y el pemón es de uso corriente entre los indígenas; hay turistas extranjeros todo el año; casi toda la Gran Sabana es área protegida y, sin embargo, la minería (que en teoría ya no existe) es la principal actividad económica de la zona, la otra es el contrabando de combustible. Son tantas las particularidades que, después de 37 post, dan para seguir escribiendo ¡Salud!

Ya cuento con 79 seguidores ¡Salud! No a todos los conozco, muchos han llegado acá por curiosidad, por afinidad, por causalidad. A todos les agradezco por ser lectores, pues (como siempre digo) “sin lectores no vale la pena seguir escribiendo”. De manera especial, vaya mi agradecimiento a mi hermana Adriana, a mi tía Elena, a mis panas Pedro Marín, Polito Bello y Eduardo Fuentes, a mi admirada Lili, a mi cuñada María Teresa, a la doctora Casteluccio, a Claudia Cazorla, a las sabaneras Carla y Mariana, a Marcos Olivares y a Mariana por recomendar el blog, a Sandra por darme la oportunidad de desarrollar mis temas con Marcapasos, al muy agudo Iván y a Kepler por ser los más consecuentes y activos.

Siempre estoy agradecida con Tewi y con Yirla pues, aunque no leen, pescan temas y hacen fotos.

He recibido 7.974 vistas ¡Salud! De todas, la crónica más leída es aquella que escribí con más tristeza: Su vida era salvar vidas. En noviembre de 2010 recibí 1.200 vistas. Las estadísticas dicen que me leen principalmente en Venezuela, en Estados Unidos y en España. Aunque en Suecia y en Chile también.

Me siento feliz, pero debo confesar que no satisfecha. Quiero escribir más. Recibir más lectores y sus comentarios y, a la vuelta de la esquina, hacer de este mi empleo: “Soy bloguera, periodista”, diré sin titubeos cuando vuelva a vivir del oficio que amo. Tengo pendiente contarles, por ejemplo que en las radios locales, se publicitan burdeles, que Douglas, sin ser gineco-obstetra ha parteado a más de 500 mujeres en su vida, que este es el paso y parada de los mochileros que atraviesan Suramérica y brindarles la historia de Manuela, una que me dejó sin habla.

¡Salud! Sientan todos el sabor amargo del Kachirí, la bebida pemón hecha a base de yuca fermentada; refrésquense con Caipirinha o con cerveza, que en estos confines escasea todo, pero jamás la Polar; algunos, lo sé, preferirán un té de malva o de citronela. Para todos, mis agradecimientos y ¡Salud!

jueves, 12 de mayo de 2011

Bulla, bulla, bulla


Un río cristalino se transforma en un lodazal ante la acción de la lavadora. Esta foto es de El Polaco, una de las grandes minas de la Gran Sabana. Fotografía: Tewarhi Scott.

Los mineros del sureste venezolano -de la Gran Sabana, de El Dorado, de Tumeremo, de El Callao- llaman bulla a las minas  más productivas, a aquellos sitios que al ser trabajados arrojan oro o diamantes en mayor cantidad que otros y donde se concentra mucha gente en busca de fortuna.

Por estos días, ya se calla la bulla en El Paují, una comunidad mixta, formada por indígenas y criollos, ubicada a mitad de camino entre Santa Elena de Uairen, la capital de la Gran Sabana e Ikabarú, la segunda parroquia municipal.

El Paují es un sitio de contrastes: mientras que los criollos y algunos indígenas viven del turismo, de la apicultura y de sus huertos familiares; los indígenas y algunos criollos perforan hoyos, desvían ríos y voltean cauces en busca de cochanos y piedras preciosas.  Los unos se definen ecologistas, los otros mineros. Todos son vecinos. La mayoría se conoce de toda la vida.

La bulla se armó hace poco más de dos meses a un costado de la carretera. “En un sitio en donde ni se sabía que pasaba un río, ahora hay un boquete del ancho de esa calle”, cuenta un vecino aterrado ante la posibilidad de que la mina termine por socavar los cimientos de su casa. La vía de referencia tiene al menos 10 metros de ancho. En algunos tramos, corrobora otro hombre, la naciente fue perforada hasta alcanzar al menos dos pisos de profundidad.

Sobre el cauce del riachuelo, cuyas aguas van a  parar al río Paují, trabajan sin parar 12 máquinas (lavadoras), son propiedad de las familias indígenas del pueblo y de sus paisanos de otras comunidades cercanas o lejanas.

Cada lavadora extrae al menos 100 gramas de oro al día. La denominación grama viene del portugués. En la zona, los compradores de oro y diamantes pagan Bs.380 por cada gramo de oro puesto en sus balanzas.

De momento, en El Paují no hay personal para trabajar ni en las casas ni en las construcciones, ni siquiera en la limpieza de un patio. Todo el que usualmente se gana la vida como obrero, ahora está en la bulla o con la resaca que le dejó la algarabía. De la mina salen para ir a la bodega a cambiar el oro por mercancía o dinero. La mayoría gasta a mano suelta.

“Traigan marcas, Ipods, celulares, computadoras, zapatos,  que aquí se los pagamos”, le sugirió uno de los mineros a una de los ecologistas cuando esta trataba de informarle acerca del daño ambiental. Tal vez, la bulla no le permitía escuchar.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Fuego pemón

 
Después de un par de días de sol, la Sabana vuelve a arder, a cubrirse de humo, de hollín, de parches negros, de aves de rapiña a la caza de alguna serpiente ahuyentada por el fuego. En teoría, el verano de extiende de enero a mayo, pero es sabido que acá la lluvia y el sol se alternan a su antojo.

Los habitantes de la Gran Sabana -el último municipio venezolano hacia el extremo sureste del país- son los indígenas pemón, un subgrupo de los Caribe que ya estaba aquí cuando llegaron los misioneros españoles en el siglo XVII.

Algunos los llaman “los quemones”, un término que transmite una mezcla de desprecio, asombro y algo de gracia. Pero los pemón manejan más de un argumento a la hora de explicar por qué caminan la Sabana con una caja de fósforos en la mano y a su paso la dejan arder.

En general, ven en el fuego un aliado: creen que es bueno quemar y más cuando se sabe que se aproxima un aguacero. En lo particular, son muchos sus usos.

Les sirve para cocinar, para hacer el tumä, quemar una presa, calentarse y espantar la plaga. El tumä es un consomé hecho de pescado, de carne de cacería o, cada vez más, de pollo, con mucho ají y una pizca de sal. La presa es la proteína: un pedazo de carne roja o blanca.

Además, el fuego les sirve para limpiar la sabana que también es su casa, su espacio. Confían en que, una vez libre de malezas, reverdecerá, se verá bonita, alegre.

La socióloga Iokiñe Rodríguez, quien realizó un estudio sobre el tema escribió: “Es común oír de los abuelos, si no hay fuegos pata está triste”. Los abuelos son los ancianos pemón, los de mayor autoridad en la jerarquía comunitaria de este pueblo ancestral. Pata es su lugar, su tierra, su mundo.

Pero no sólo pata se contenta con el fuego, también la familia que se queda en casa y que, en la distancia, ve en el humo un mensaje tranquilizador, de buena cacería, de que todo está bien, de que no hay de qué preocuparse.

Es el fuego quien les abre a los pemón los caminos que usan para llegar al sitio de pesca, de caza, al conuco que igualmente trabajan después de una buena quema.

Esas llamaradas sacan de sus casas a los saltamontes, espantan a los animales peligrosos, al kaikuse que es uno de los vocablos que emplean para nombrar al tigre, al jaguar.

Los pemón le atribuyen al fuego cualidades mágicas, por eso frecuentemente acompaña al taren, al ritual curativo.

Mientras que Electrificación del Caroní (EDELCA) invierte en bomberos, tanques y helicópteros ya que de estas sabanas manan las aguas que van a parar a las represas para generar electricidad, los pemón más conservadores insisten en que el fuego se combate con fuego.

“El fuego se usa para hacerle el mantenimiento a nuestras tierras. Dejar la Sabana crecer es mucho más peligroso porque puede causar un incendio grande. Para evitar eso quemamos parte por parte”, le dijo un abuelo de Kumakapay a Rodríguez.
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