Gran Sabana no postal

Mi madre siempre dice que vivo "en el fin del mundo". Yo vivo en la Gran Sabana, en el sureste extremo de Venezuela, en un sitio tan distante
y tan distinto que hasta se me ocurrió quedarme a vivir. Los invito a conocer esa Sabana que experimento en mi cotianidad: la Gran Sabana no postal.

viernes, 15 de junio de 2018

Plumas paradas




Este viernes, la Alcaldía del municipio Gran Sabana amaneció tapizada de mensajes en apoyo al alcalde Emilio González. Fotografías: Morelia Morillo.

Al menos por lo pronto, en Gran Sabana no habrá protector. Sólo alcalde.
 Desde la semana pasada, en las redes sociales circuló un texto (publicado por eltubazo.com) según el cual efectivos de los cuerpos de seguridad adelantaban la detención de varios de los grandes hombres del oro en el extremo sureste venezolano y el domingo, el rumor alcanzó al alcalde, Emilio González. Así, ante su supuesta detención, algunas de las comunidades indígenas pemón salieron a defenderlo. Emilio es mestizo es decir tanto pemón como criollo.
 Los pemón son los habitantes ancestrales de la Gran Sabana. Un grupo de ellos se presentó el domingo con flechas y chikirimá, picante en polvo, en la Casa Presidencial Manak Kru para desalojar al gobernador, Justo Noguera, a su gente y evitar la constitución de una alcaldía paralela tal como ocurrió en otras gobernaciones y alcaldías contrarias a la coalición que apoya al presidente Maduro.
 Manak Kru es la comunidad indígena más cercana a Santa Elena de Uairén, la capital del municipio Gran Sabana. La Casa Presidencial de Akurimá es una edificación de piedra rojiza en donde -en el tiempo anterior- se hospedaban los presidentes de la República durante sus viajes al sur remoto y en donde -recientemente-se alojaba y reunía el gobernador de Bolívar, Justo Noguera Pietri.
 A una semana de aquellos primeros rumores, este viernes 15, cientos de habitantes de la Gran Sabana se reunieron en el Parque Ferial, frente a la Alcaldía, para rechazar la intervención del ejecutivo regional en los asuntos locales, proponer -por ejemplo- el traslado de las oficinas de la Alcaldía desde una sede alquilada hasta a Casa Presidencial de Manak Kru y clamar por el desembolso de los recursos financieros correspondientes a la jurisdicción y aparentemente paralizados desde que Emilio asumió el cargo.

lunes, 26 de marzo de 2018

Sin autobús y II


Para los ninos, como mi hija, el autobus de  su escuela es parte del espacio escolar, un lugar más para compartir y divertirse. Imagen referencial.

Ayer 26, publiqué el texto que sigue al finalizar la letra cursiva. 
Con respecto a este tema, quiero agradecer la solidaridad y seriedad con la cual la Defensoría Pública del Municipio Pacaraima me recibió a mí y a mi esposo y la atención que recibí del personal directivo de la Escola Municipal "Casimiro de Abreu" en donde se está procurando una solución en beneficio de la mayor cantidad de estudiantes posible. Desafortunadamente, fue nula la participación de otros padres. Expuse el caso en la red social de la que participa la comunidad de Santa Elena de Uairén, cree un grupo en whatsApp y apenas una persona se comunicó privadamente para expresarme su pesar por no poder sumarse a esta causa aún siendo justa. Los demás se limitaron a hacer comentarios, algunos incluso degradantes o supérfluos.
Igualmente, agradezco la solidaridad que recibí de parte de académicos, artistas, periodistas y activistas vinculados al área de los Derechos Humanos en la ciudad de Boa Vista, capital del estado de Roraima, Brasil.
En todos aquellos ante quienes acudí, me encontré con personas responsables y llenas de empatía con respecto a la situación venezolana y en particular con respecto a los ninos y ninas afectados por la situación que relato a continuación. 


Voy a escribir en primera persona porque hay cosas que no se pueden hacer de otra manera: A partir de hoy mi hija Ana Paula Cayena, de ocho años, cursante de tercer grado, inteligente y despierta, ya no tendrá más transporte. Esto, al menos, hasta nuevo aviso.
La semana pasada, el director de la Escola Municipal “Casimiro de Abreu”, de Paraima, Brasil, el profesor Francimar, me notificó, respetuoso e entristecido, identificado con mis lágrimas, que debido al reclamo de un grupo de 38 padres, se iba a dar prioridad a los brasileiros, hijos de brasileiros en el acceso al autobús.
Esos 38 padres, quienes al igual que nosotros (mi familia y yo) viven em Santa Elena de Uairén, en el lado venezolano de la frontera con Brasil, reclamaron ante la Prefectura de Pacaraima su derecho al transporte, destacando su condición de ciudadanos brasileros que pagan impuestos y votan y la Prefectura, como responsable de la Escola “Casimiro de Abreu” accedió al reclamo. Como, aparentemente, no disponen de más presupuesto para pagar un autobús adicional, dejaron a los niños venezolanos y brasileros, pero hijos de venezolanos, por fuera.
Mi hija es brasileira, pero hija de venezolanos, pacaraimense, nacida en el Hospital “Delio Oliveira Tupinamba” de Pacaraima, bilingüe y orgullosa de su condición de ser humano de dos nacionalidades, la de su nacimiento y la de sus padres, es decir ella es también venezolana; desde los tres años estudia em Pacaraima, inicialmente en la Creche Municipal “Primeiros Passos”, después en la Escola Municipal “Alcides Lima” y ahora en la Casimiro, en 10 años votará y pagará impuestos, probablemente en ambos países, pero sus padres somos venezolanos y eso la hace desmerecer, al menos de momento, de su derecho al transporte escolar que presta su escuela.
Yo llegué a esta frontera hace 18 años porque me enamoré de un sabanero, de un nacido en la comunidad indígena de Las Agallas, aunque hijo de criollos y disfruto (al igual que el resto de los míos) de un día a día con un pie en tierra indígena pemón, brasilera y el otro en tierra brasilera y makuxi. No he logrado hacerme con el idioma pemón, pero tengo amigos pemón a quienes amo y respeto, estudio un posgrado en Sociedad y Frontera en la Universidad Federal de Roraima, hablo, leo y escribo portugués con las limitaciones de quien anda en las aguas de una segunda lengua.
Pero en fin, me siento feliz, plena de esta existencia binacional, intercultural y multiétnica y lamento, me duele el alma y me preocupa el percibir que entre los políticos se tomen con ligereza ciertas decisiones, como esta del autobús de los niños de Casimiro que viven en Santa Elena. Decisión tomada, además, en malos tiempos en tiempos en que los venezolanos, como yo, ni siquiera disponemos de dinero para comprar cauchos y batería, por eso nuestro carro sigue parado y en los que se habla de xenofobia como si discriminar a otro ser humano fuera moneda de uso corriente.
En esta frontera, siempre hemos vivido en paz, como vecinos, vamos y venimos de un lado al otro, apenas con las complicaciones propias de un andar en frontera, pero siempre respetándonos y beneficiándonos los unos a los otros, los venezolanos con las ventajas que ofrece el lado brasilero, como las escuelas y los brasileros con las ventajas que ofrece el flanco venezolano, como el CDI o la óptica de los cubanos cuando los hay. La situación venezolana es terrible. A mí a mi familia también nos afecta. Pero seguramente será más llevadera si como vecinos nos ayudamos.

jueves, 22 de marzo de 2018

Agua u Oro

A la fecha, una grama (una expresión brasilera que equivale a un gramo) tiene un valor de Bs. 3.000.000. Con suerte, un hombre o una mujer regresará a su casa, después de un mes de trabajo duro en una mina, con cinco gramas de oro, el equivalente a Bs. 15.000.000, con apenas lo justo para comprar 15.000 litros de agua. Creación fotográfica de Tewarhi Scott.



Hoy es 22 de marzo de 2018.
Discovery en la Escuela recuerda que hoy es el Día Mundial del Agua e inicia su programación con uno de mis paisajes: la cima del Roraima. Yo vivo en la Gran Sabana, un lugar tan hermoso que “la humanidad no merece algo así” (sic. Z.C. Dutka).
Es inconfundible, esa cumbre poblada de formaciones areniscas que lucen oscuras, misteriosas y aún más oscuras y misteriosas entre las nieblas perpetuas que deslizan entre ellas.
El narrador dice que las brisas suben desde las costas hasta estas alturas y al chocar, sobre ese enorme cerro de cresta aplanada, cambian su aspecto de gaseoso a líquido. Ese es el lugar en donde las nubes se deshacen en lluvia.  El drom entonces se asoma desde una cornisa, sobre una caída de casi 1000 metros. Obvio, ya la imagen no es del Roraima, la magia de la imagen nos llevó al Auyantepui, al Salto Ángel y el narrador dice que ese es lugar en donde nacen las aguas que luego corren por los cauces que surcan la Gran Sabana en riachuelos cristalinos, quebradas empedradas y ríos caudalosos hasta regresar al mar y reiniciar el ciclo.
Sin embargo, hoy 22 de marzo de 2018, en Santa Elena de Uairén, la principal ciudad de la Gran Sabana, el sitio en donde nacen las aguas, pocos tienen (tenemos) la dicha de abrir el grifo y tomar agua limpia, de darse (darme) un baño y refrescar el jardín. Mi dicha no llega a tanto, ni siquiera me atrevo a refrescar el árbol de mamón del cual penden las orquídeas. La mayoría debe pagar el agua a un precio apenas inferior al oro que tanto anhelan.
Al día de hoy, un servicio de agua, suministrado por un camión 350, apertrechado con un tanque plástico (1000 litros) sobre su plataforma trasera, se cobra en Bs. 1.000.000. Lo mismo da si quien la compra tiene apenas un par de baldes para llenar, que un tambor de 200 litros o un tanque de 900.  Para quien sólo tiene un tambor de 200 litros, un litro de agua tiene un valor de Bs. 5000. Para quien, por fortuna, tiene un tanque plástico (de esos de colores azul o negro) de 1.000 litros, cada litro de agua tendrá un valor de Bs. 1.000.
Santa Elena está rodeada de ríos y creció sobre un valle de morichales, auténticas lagunas a los pies de un modesto tepui nombrado Akurimá, una expresión pemón que se traduce como el cerro de las arañas rojas. Pero los políticos, que durante años han gobernado estos espacios, se empeñaron en hacerlo crecer propiciando invasiones. Entre 1996 y 2016 se consolidaron al menos 20 barrios caóticos. Desde 2016, la Seguridad Indígena, alertada por las consecuencias de ese crecimiento, de la anarquía y sus mil caras macabras, evitó alrededor de seis ocupaciones de tierras más. Pero las fallas persisten, a pesar de las medidas de control y del nuevo gobierno municipal en sus primeros 100 días.
Corre el tercer mes de 2018. Rige la sequía: las tres fuentes de agua de las que depende la capital de la Gran Sabana, Wará, Merú y la Cuarentenaria son insuficientes y el resto de los ríos y riachuelos que la rodean están infestados de aguas negras o sedimentos mineros.
Santa Elena que para 2011 tenía, de acuerdo con el Censo del Instituto Nacional de Estadística (INE), 26.622 habitantes tiene ahora una población de 43.663 personas, de acuerdo con las estimaciones de la Comisión de Seguridad Indígena del Consejo de Caciques del Pueblo Pemón (2017). Los pemón son los habitantes ancestrales de estas tierras.
Santa Elena creció al margen de toda legislación y todo plan, transformado en destino migratorio gracias a las minas de oro -en una zona en donde casi todos los espacios están protegidos por la ley ya sea por su belleza o importancia ambiental- o atrapados por los muchos negocios que derivan del oro: el cambio de moneda, la compra y venta del mineral amarillo, la prostitución, la venta de gasolina, de alcohol y otras drogas.
A la fecha, una grama (una expresión brasilera que equivale a un gramo) tiene un valor de Bs. 3.000.000. Con suerte, un hombre o una mujer regresará a su casa, después de un mes de trabajo duro en una mina, con cinco gramas de oro, el equivalente a Bs. 15.000.000, con apenas lo justo para comprar 15.000 litros de agua.

jueves, 15 de marzo de 2018

Un palco para un mini mosca





Un |boxeador lidera a 60 venezolanos que viven debajo de una tarima en Pacaraima, la primera localidad brasilera en la frontera con Venezuela. Hasta allá se trasladaron más de media centena de hermanos, primos, vecinos, originarios de El Tigre, Cantaura y San Félix. El primero en llegar al lugar fue Johnatan Luces, un joven de 31 años, boxeador profesional. Esta historia se publicó inicialmente en https://elpitazo.com/ Texto y fotografías: Morelia Morillo Ramos




En Pacaraima, este año no se celebró el Carnaval y el siete de septiembre pasado, Día de la Independencia del Brasil, se celebró en a quadra (la cancha deportiva ubicada cerca de la Prefectura) y no en la avenida inmediata a la fila de hitos ¿La razón? Del Palco Micaraima -bajo el cual alguna vez la banda AraKetú interpretó Mal acostumado- pende solitaria la pera de Johnatan Luces, venezolano, boxeador mini mosca, de 31 años, quien, tras más de 100 peleas como aficionado, saltó a profesional, disputó 10, ganó cinco, perdió cuatro y empató una. Bajo el entablado, habitan Jonatahan, su mujer, cinco de sus hijos y 53 parientes más.
Los festejos de ambas fechas se toparon con la presencia de una familia extendida de venezolanos (al miércoles 21 de febrero de 2018 eran 60 personas) viviendo bajo del Palco, la tarima instalada por las autoridades del municipio para festividades como el Festival Micaraima, una fiesta de Carnaval durante la cual la frontera entre ambos países desaparecía hasta el amanecer. Desde hace un par de años, en Pacaraima, a 15 kilómetros de Santa Elena de Uairén, la última ciudad venezolana hacia Brasil, cientos de venezolanos viven en las calles.
Johnatan llegó a Pacaraima el 15 de enero de 2017, espantado por la crisis y el llanto de sus hijos. “Yo me perdía de ahí (de su casa, en El Tigre, a 818 kilómetros de esta frontera) porque no quería escuchar a mis hijos llorando porque a veces eran las dos de la tarde y no habían desayunado.”. La beca que recibía por su desempeño como atleta ya no le alcanzaba y de poco servían sus destrezas como albañil. Según cifras de la organización universitaria Encovi, 64,3% de la población venezolana perdió un promedio de 11 kilos en 2017
Llegó con un cuñado y un primo. Entonces, cuando habla pareciera que se refiere a un tiempo remoto, sobraba el trabajo para un muchacho delgado, pero fuerte y dispuesto a emplearse como caletero o en alguna construcción. Durante los primeros días, los tres dormían en el Centro Comercial de la calle Suapí, pero, poco después, alquilaron un lugar para compartir y con regularidad le enviaban dinero a la familia.
Luego, empezaron a llegar cada vez más venezolanos, a producirse atracos, robos, muertes, asesinatos de brasileros a manos de venezolanos, de venezolanos a manos de brasileros, asesinatos entre gente venida de un mismo lugar, entre hermanos gemelos, a escasear las ayudas, las donaciones de comida, de ropa, de medicamentos, el empleo, los tres perdieron la capacidad de alquilar y se refugiaron bajo del Palco Micaraima.
De acuerdo con la Policía Civil de Pacaraima, citados por la Folha Web, entre enero y diciembre de 2017 se registraron 1.100 crímenes de diversos tipos, 774 más que en 2016.
“Vamos a decir que todos los venezolanos somos culpables. Porque todos somos iguales para ellos. Yo antes me molestaba cuando los escuchaba hablando de los venekas -un vocablo utilizado por los brasileros para llamar a los venezolanos peyorativamente- pero ahora me quedo callado porque es verdad muchos están haciendo cosas malas”, dice Johnatan, quien asegura que un boxeador profesional no puede fajarse a puños en la calle. 
“Mi cuñado y mi primo se fueron para Boa Vista. Yo me sentía solo y le dije a mi esposa que se viniera”. Johnatan es el más antiguo de los venezolanos que viven bajo de la tarima, un grupo de 40 hombres, 10 mujeres, cinco de ellas embarazadas y 10 niños, dos ellos nacidos en Pacaraima. Todos aquellos en edad escolar no escolarizados porque no cuentan con documentos. En realidad, su hermano es el encargado del lugar porque “tiene carácter” y consigue que el resto del grupo mantenga el sitio lo más limpio y organizado posible. Pero cuando él no está, como ahora, durante la penúltima semana de febrero, Johnatan, favorecido por la antigüedad, asume el rol de líder.

Estuvieron a punto de morir envenenados
No le han tocado días fáciles. Desde hace 15 días, falta tanto el trabajo remunerado, que sólo a veces consiguen lo suficiente para comer. A comienzos de esta semana, dos de ellos consiguieron emplearse un día, cobraron y compraron cuatro kilos de arroz. Como no tenían sal, un tío fue a casa de un amigo y pidió un puñado. Cuando comenzaron a cocinar, les extraño ver que incluso antes del primer hervor el agua se tornaba amarillenta y espumosa. “Mis hijos no querían comer y yo les decía que tenían que comer. El amigo le dijo a mi tío ‘agarra ahí’. Mi tío no se dio cuenta y trajo polvo de ese que usan para limpiar pocetas. Esa niña que usted ve ahí. Esa se vino parando hoy”, relata señalando a su hija de no más de nueve años.
El 21 de febrero, el grueso del grupo (tres de las familias comen y cocinas aparte) compartió, pasadas las 10:00 de la mañana, una enorme bolsa de pan salado, acompañado con algo de café hecho a la leña. Aunque tienen bombonas de gas, no consiguen reponerlas, ni en Venezuela porque no hay, ni en Brasil porque el llenado es muy costoso. Llenar una garrafa de 5 kilogramos cuesta 50 reales el equivalente a 1 millón 500 mil bolívares. Como el viento sopla fuerte, los cocineros derriten, sobre los listones, los restos de un carro de juguete plástico a manera de combustible.
El lugar, bajo el entarimado, eventualmente transformado en techo, está dividido en 10 pequeños espacios, llamados por sus ocupantes buguis. En cada bugui habita una familia o varios primos o vecinos solteros. Cada grupo guarda ahí sus enseres y reserva un sitio a manera de dormitorio. Johnatan y su mujer tienen un colchón, que recibieron poco antes de que ella diera a luz al más pequeño de los hijos, nacido en Pacaraima, pero hasta entonces dormían sobre cartones para protegerse del frío que emana el suelo. Todo el recuadro bajo la tarima está cerrado con plástico negro. Johnatan cuenta que durante las noches y al amanecer el frío es muy intenso. El lugar donde habitan se encuentra a no más de 10 metros de la fila de hitos que separa a Brasil y Venezuela. Frente a una sabana inmensa y despejada que forma parte del territorio heredado de la comunidad indígena pemón de San Antonio del Morichal.
            Todos consiguen el agua que necesitan para tomar, cocinar o asearse en el parque ubicado al frente del terreno que ocupan o en casa de alguno de los vecinos. Se bañan en el mini baño fabricado con madera y plástico y hacen sus necesidades en el campo.
Johnatan sabe que los días de él y su familia bajo el Palco Micaraima están contados. En diciembre pasado, la Prefectura quiso desalojarlos, pero una orden de la Defensoría Pública del Estado (DPE) impidió el desalojo, según reseño la Folha. El boxeador cuenta que cuando las autoridades brasileras los visitaron y les pidieron que se retiraran, él y los suyos les imploraron por un tiempo más para reunir algo de dinero y conseguir un alquiler.
Varios de ellos tienen sus casas en sus sitios de origen, pero se niegan a regresar.  Al contrario, siguen llegando parientes desde El Tigre, Cantaura y San Félix. “El Tigre está fatal no se consigue nada, ni comida ni trabajo (…) Lo que uno gana en una semana, lo gasta en un día para comer. Un kilo de arroz cuesta 280 a 300 mil bolívares. (…) Yo lo que espero es que se acomode el país, que salga ese gobierno y que el sueldo del venezolano alcance para uno darle algo digno a nuestros hijos”.
 Poco antes de las once de la mañana, una camioneta de la Policía Federal Rodoviária da una vuelta alrededor de la tarima. Simplemente, dan la vuelta y se marchan. “Ellos siempre vienen”, comentan los cocineros mientras colocan sobre el fogón un pedazo de goma espuma.
En unos días llegará el papá de Johnatan, quien además es su entrenador. Quiere volver al ring. “Llegar a ser alguien grande, ser conocido”.

lunes, 28 de agosto de 2017

Ela não é brasileira



Un lector venezolano, residenciado en Boa Vista, nos envió esta ilustración de Sergio Paulo capturada en las redes con un comentario único: "Mira que feo".


A la altura del puesto de control conocido como La Balanza, en donde por tradición un par de funcionarios de Hacienda apenas observaba el ingreso de vehículos desde el extremo norte del Brasil, de cara a Venezuela, este miércoles 24, un efectivo del Ejército Brasilero pregunta: “Tudos são brasileiros?” y la pasajera del extremo derecho del asiento trasero intermedio responde, colocando su dedo índice izquierdo sobre la cabeza de la pasajera contigua: “Ela não. Ela é venezuelana”.

La extranjera se identifica y el efectivo invita al chofer del vehículo por puesto a seguir adelante. Entonces, la mujer de la ventanilla derecha insiste: ¿E você, não necessita carimbar (sellar su ingreso o salida)? A lo cual la mujer venezolana responde: “Não necessito. Tenho residência. Sou estudante de postgraduação”.

Por estos días, de acuerdo con las informaciones publicadas una y otra y otra vez por los sitios web, por los diarios, por las radios y televisoras de la entidad brasilera fronteriza con Venezuela, alrededor de 30 mil venezolanos moran en Boa Vista, la capital de la entidad brasilera que colinda con Venezuela.

La mayoría de ellos trabaja duro (8, 10, 12 horas) para pagar alquiler, comida, transporte y enviar el excedente (si lo hay) a sus familiares en Venezuela; muchos mendigan o imploran por un empleo en las puertas de los bancos, de las loterías, de los supermercados o en los semáforos de las principales avenidas; algunos deambulan o ven pasar el día y la noche en las plazas locales; docenas de mujeres ofrecen sexo por 80 reales (el equivalente a 280 mil bolívares) en los alrededores del Terminal de Pasajeros de Caimbé; algunos estudian y triunfan ejerciendo los oficios y profesiones para los que se formaron; los menos roban.

El cuentakilómetros registra el primero de los 230 kilómetros que separan este extremo del Brasil de Boa Vista. Se consumen los primeros 10 de los 150 minutos siguientes y las dos mujeres de las ventanillas intermedias laterales del carro por puesto vociferan, tras advertirle a la venezolana (sentada entre ambas) que saben que ella era diferente, que las venezolanas “são sujas”, que no lavan la loza inmediatamente después de comer y que acumulan lar ropa usada hasta no tener ni una pieza limpia; que las venezolanas  são putas”, que ofrecen sexo por dinero en Boa Vista y que un grupo de ellas intentó hacer negocio en Tepequém, una localidad turística de estado de Roraima y que de allá las sacaron a pedradas; que las brasileiras hacen el amor con los ojos cerrados, disfrutando a plenitud del amor carnal y que en cambio las mujeres venezolanas abren los ojos para ver qué pueden robarle a su amante; que los hombres venezolanos están robando en Boa Vista, transformando el sitio en un lugar inseguro y que ambos, mujeres y hombres venezolanos son “bagunceiros” (desordenaros, flojos, bochincheros), aprovechadores que vivieron en Venezuela mientras el Gobierno les concedió beneficios y que ahora pretenden hacer lo propio en Brasil; que las tierras venezolanas “são maravilhosas” y “as bananas são asim”, de una cuarta de altura, pero que los venezolanos “não sabem trabalhar”; que la mayoría de quienes llegan a Boa Vista proceden de San Félix y Ciudad Bolívar y que “são malandragem”.  Mas você não, você é trabalhadora é chique”, insisten refiriéndose a la pasajera del centro intermedio. Uffff….

Ellas dos, las brasileras de los laterales, son ex mujeres de mineros; de hombres que hicieron fortuna y que la perdieron tras hurgar durante años en las tierras de Guayana, ese espacio compartido entre Guyana, Brasil y Venezuela, conocido como El Dorado. Sin embargo, no se conocían hasta que coincidieron en el carro por puesto.

Tras desahogarse, coinciden en que conocen y adoran Venezuela; una de ellas, la de más edad, cuenta que vivió en Venezuela durante más de 40 año, que tiene hijos y nietos venezolanos y recibe un “benefíçio” de una institución policial regional, porque allí trabajó durante una década y la otra dice que anhela jubilarse y radicarse en Mérida -“Não ví cidade mais linda”- o en Margarita, “porque em Margarita o shopping tem de todo. Cadé a crisis?Dónde está la crisis? Se pregunta recordando el Centro Comercial Costa Azul.

Mientras el carro por puesto rueda hacia Boa Vista, la prefecta Tereza Surita detalla durante una rueda de prensa los alcances de su plan para tratar la creciente migración de venezolanos. La Prefectura impulsará un censo y beneficiará con alquiler y comida a aquellos migrantes que estén en condición de calle. Este plan, según explicó, es una expresión de solidaridad que pretende sacarlos de la mendicidad, darles un plazo de seis meses para que puedan instalarse y encontrar empleo, al tiempo que una estrategia para proteger los espacios públicos que tanto le han costado a las autoridades locales y a la ciudadanía.

Sin embargo, no todo el mundo recibe la noticia como un gesto de buen corazón.

Las redes sociales se encienden con expresiones de rechazo hacia los venezolanos y hacia la prefecta. “Mira que feo”, comentó el amigo y lector que me envió la ilustración que acompaña a esta crónica.

En la Folha Web, Luan Guillerme Correia recuerda que aún espera para ser discutido y votado en el Senado Brasileiro la propuesta de enmienda de la Constitución 25/2012 que permitiria a los extranjeros residentes em Brasil votar en las elecciones municipales.

Una vez en Boa Vista, ambas mujeres descienden y los tres hombres, el conductor y los otros dos pasajeros hombres se disculpan con la venezolana. El chofer y el abogado, sentado a su lado, entusiasman a la venezolana a desoír a los brasileros.

El ocupante del asiento del fondo está furioso. Dice que vive en Tumeremo, una localidad minera del sur venezolano, en donde tiene una mujer y cuatro hijos, todos venezolanos. 

Según su historia hace parte de los miles de brasileros que pasaron a Venezuela ante el cierre de los garimpos (campamentos mineros) en las tierras indígenas yanomami (en Brasil) durante la última década del siglo pasado. Dice que por nada del mundo dejaría Venezuela. Le gusta Tumeremo. Dice que se hace dinero y tiene dos casas bonitas. 
Apenas fue a Boa Vista para renovar su título de elector.

Aunque esté furioso, él comparte con las dos mujeres una historia común: son migrantes que llegaron a Guyana tras la mina, el garimpo, el oro, los diamantes, esa ilusión de riqueza súbita que durante más de cinco siglos ha motivado a los hombres y a sus mujeres a entregarse en la búsqueda de El Dorado, sin importarles cuánto dejan atrás, la tierra que devoran a su paso, las fiebres palúdicas, la llaga brava (la leishmaniosis). El Dorado es oro, es gasolina, son reales es un salir de súbito de la pobreza.


 “Por qué esa mujer tuvo que decir, Ela não é brasileira. Ela é venezuelana, si este mundo es de todos y todos deberíamos poder ir a donde queramos”, insiste el pasajero del fondo hasta el momento de bajar. Han pasado exactamente 150 minutos.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Los pobres huyen de la miseria calzados a duras penas y por tierra


Quienes logran burlas los puestos de control vial, caminan durante cuatro días hasta llegar a Boa Vista. Llegan agotados, deshidratados, hambrientos y con los zapatos deshechos. Fotografía: Cortesía.


Una amiga, descendiente de españoles, me contó -cuando apenas comenzaba nuestra crisis, a mediados de los noventa- que a su abuela cuando llegó a Venezuela le llamaban la atención los zapatos de los venezolanos porque, a diferencias de los calzados de quienes viajaron a América a mediados del siglo XX, eran lustrosos, limpios, confortables. Para la abuela eran una señal de dignidad, de la prosperidad sencilla de los habitantes del país que adoptó como propio.
Son las cinco de la tarde, corre julio y en la sede de la Policía Federal (PF) brasilera en Villa Pacaraima tres jóvenes venezolanos aguardan por un milagro.
Uno de ellos cuenta que no los quieren dejar entrar al Brasil.

Villa Pacaraima es la primera población brasilera de cara a Venezuela, a 15 kilómetros de Santa Elena de Uairén, la última localidad hacia el sureste extremo venezolano y a 230 kilómetros de Boa Vista (BV), capital del estado de Roraima.

Boa Vista es una ciudad de 326 419 habitantes (IBGE 2016) en donde ahora residen, trabajan, buscan empleo, estudian, mendigan, se prostituyen, delinquen y se refugian aproximadamente 25 mil venezolanos, según la cifra que maneja la Folha de Boa Vista, el más leído de los diarios de la entidad.

Los tres del comienzo apenas superan la mayoría de edad.

Uno calza un par de zapatos de cuero amarrados con sendos pedazos de cordel de nylon: el derecho en verde y el izquierdo en rojo. Los tres van de camisetas y gorras. Dos llevan pantalones cortos. Uno con leguins negros por debajo. El tercero viste de largo. Aunque ya no hace calor, los tres lucen sudorosos.

Entonces, faltando minutos para el cierre de la dependencia, aparece el permiso de ingreso y el de pantalones largos se incorpora, se cuelga el morral de lona cilíndrico color verde oliva, del que usan los soldados del Ejército venezolano y agradece con una sonrisa y sus palmas en rezo. El que le sigue lleva a sus espaldas una colchoneta de goma espuma. El tercero una mochila común.

Se hizo el milagro.

**
Termina la primera semana de julio, agoniza la mañana y en los bancos de madera, en el frente que sirve de sala de espera a la sede de la PF-Villa Pacaraima, no cabe ni uno más. Todos somos venezolanos. Los brasileros y los viajeros de otras nacionalidades fluyen por separado. Hasta 2013, quienes habitamos en esta frontera apenas esperábamos minutos para carimbar (sellar), para ir al médico, para pasar un fin de semana diferente. Ahora hacemos cola, de pie o sentados, durante horas: dos, tres, cuatro o más.

“Todo ha cambiado totalmente”, comentó Iván de la Vega, un investigador de la Universidad Simón Bolívar (USB) en un reportaje publicado en el sitio web de The New York Times en español en noviembre de 2016.
Se refería a que durante 2016 se incrementó en 60% el número de venezolanos que se fueron del país en comparación con el año anterior y dijo lo que sigue:
“Los ingresos de estas personas son bajos (...) La única opción que les queda es irse a los países cercanos, los que pueden llegan a pie, en balsas o en barcos con motores pequeños”.
Esta es la segunda diáspora, la de los desprovisto de dinero, de un aval académico o empresarial o que les abra las puertas en los Estados Unidos o Europa. Los de alta calificación e ingresos elevados, se fueron, según un trabajo publicado por Anitza Freitez, investigadora de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), desde mediados de los noventa del siglo pasado y consiguieron saliendo durante los primeros años del tiempo que corre.
Los que salen ahora, en 2017, por esta frontera, llegan por lo general en bús y siguen su travesía en carro por puesto, en otro autobús, a veces, incluso a pie.

***
La mujer de al lado, sobre el tercero de los bancos de madera, en el frente que sirve de sala de espera a la sede de la PF-Villa Pacaraima, reposa sus pies descalzos -hinchados- sobre su equipaje.

Viene de Vargas. Debió rodar al menos 20 horas -1400 kilómetros- hasta atravesar el país en un recorrido desde el litoral norte hasta el sureste profundo venezolanos. En su entidad, una franja costera aledaña al Distrito Capital, ejerce como policía. Se graduó con honores. 
Quiere llegar a Boa Vista para trabajar en una cocina durante un mes. La amiga que la recomendó le dio garantía de que recibirá comida y pernocta. Así que ella se vino con la certeza de que se llevará el salario intacto y de que aliviará, al menos por unos días, la situación económica de la familia. A la fecha, el real brasilero ronda los Bs. 2400.

Más allá, reposa un morral con los colores de la bandera venezolana, amarillo, azul y rojo, de los que entrega el Ministerio del Poder Popular para la Educación a los estudiantes de los niveles básico y medio y al lado espera un hombre joven calzando un par de deportivos de marca reencauchados.

En el lugar contiguo, aguarda otro muchacho con zapatos casuales renovados mediante una costura a mano; la chica que le acompaña lleva unas sandalias de goma tan desgastadas que apenas la separan del piso; en el lugar que sigue, espera otro chico con unas zapatillas deportivas de tela endurecidas por el lodo seco; en el inmediato, está sentado un hombre con un par de botas de lona recién salpicadas de fango y a su lado otro morral cilíndrico verde oliva.

En el pasillo de ingreso al recinto, los viajeros que toman esta vía para hacer la conexión aérea desde BV hacia otras ciudades de Brasil o del mundo abandonan sus maletas de rueditas. Los vuelos desde y hacia Venezuela son cada vez más escasos y el Aeropuerto Internacional de BV se ha convertido en una alternativa.

Los propietarios de las maletas de rueditas debieron llegar temprano porque ya ocupan el primero de los bancos de madera y se alistan para ingresar. Se diferencian del resto porque llevan carpetas con las impresiones de sus boletos electrónicos y van vestidos y calzados de otra manera: franelas de la UCAB, una de las principales universidades privadas del país, una chaqueta Ducati, una gorra Everest Poker, zapatos deportivos Adidas, New Balance, botines Merrell.

****
A mediados de abril, cinco hombres warao caminan rumbo a BV. Dos de ellos llevan a sus espaldas los morrales con el tricolor venezolano. Los otros tres llevan la carga en bolsas plásticas negras. Son las tres de la tarde y el calor es infernal.

La migración de los warao, habitantes ancestrales del Delta del Orinoco, hacia el norte del Brasil se inició en 2014 y se incrementó en la medida en que se agravó la crisis del país. 

Según los reportes de El Pitazo, Folha Web y BBC Mundo entre Villa Pacaraima, Boa Vista y Manaus, en la Amazonía brasilera, residen alrededor de 750 warao, entre mujeres, hombres y niños. La mayoría mendiga.

A la altura de la Tierra Indígena de San Marcos, cercana a Villa Pacaraima, los cinco, un adolescente, tres adultos jóvenes y un hombre mayor, levantan el pulgar al tiempo que imploran uma carona (una cola).

Un conductor brasilero reduce la velocidad y les ofrece llevarlos a cambio de 20 reales por cada uno. “No tenemos real”, dice uno de ellos. Y el hombre acelera a fondo, aunque asegura que se le rompe el corazón al verlos así.

20 reales es la mitad de lo que cuesta el pasaje en un carro por puesto y dos tercios de los que cobra el autobús que conecta a Pacaraima con BV.

A diario, venezolanos solitarios o en grupos de tres, de cuatro, de cinco caminan sobre el hombrillo derecho en la BR174 en sentido Venezuela-Brasil. Pocos consiguen cola o pagar por un puesto a bordo de un carro venezolano o brasilero. Viajan sin el permiso que otorga la PF para ingresar al país.

Los conductores de los carros por puesto se apuran al verlos. Les temen. Aseguran que las autoridades viales imponen multas de 800 reales por llevar un extranjero ilegal. Un chofer cuenta que uno de sus colegas debió pagar 2400 reales porque subió en la ruta a tres venezolanos sin papeles.   


Entonces, no hay alternativa: Quienes logran burlas los puestos de control vial, caminan durante cuatro días hasta llegar a Boa Vista. Llegan agotados, deshidratados, hambrientos y con los zapatos deshechos. 

viernes, 7 de abril de 2017

"Venecas" en Boa Vista

Así nos llaman algunos; "venecas". Otros nos expresan: "bem vindo o bem vinda". Fotografía: Morelia Morillo

Es 30 de marzo, 10:00 de la mañana y en la Sala de Imprenssa  de la Policía Federal,  en Boa Vista, se agotan las sillas y el tiempo.

De los más de 60 en espera para legalizar su permanencia en el país, al menos 55 somos venezolanos: 50 solicitan refugio alegando cuestiones como la falta de alimentos y la persecución política; cuatro gestionan la residencia temporal, mediante la cual el Brasil alberga a sus vecinos desde hace alrededor de un mes y yo tramito mi permanencia como estudiante de postgrado.

La bioanalista merideña que aspira a la residencia temporaria explica que pagó 330 reales, el equivalente, de acuerdo al cambio callejero que funciona en Santa Elena de Uairén, a Bs. 363 000.

Boa Vista es la capital del estado Brasilero de Roraima, que hace frontera con Venezuela; Santa Elena es la última ciudad venezolana hacia el sureste distante. Entre ellas hay 230 kilómetros de distancia a través de la BR 174, una vía de dos canales en ampliación.

Jasiel Salazar, minero, quiere hablar, en español, en portugués, dice que quisiera participar de una conferencia, de una rueda de prensa, que no tiene miedo, que no tiene pena, que quiere contar "las faltas de respeto que están cometiendo las gentes del gobierno con los venezolanos".

Él trabajó durante años en San Antonio, en el kilómetro 33 del tramo de la Troncal 10 que une a El 
Dorado con el Kilómetro 88, dos de los principales pueblos mineros del sur venezolano.

Dice ser "testigo de las toneladas de oro que se sacan de Venezuela y por eso no entiende por qué los habitantes de un país tan rico se van (¿Huyen?) hacia otro país probablemente menos rico.  Ahora mismo, él tramita su residencia en el Brasil.

"En la mina uno sabe si entra, pero no sabe si sale", explica con respecto a su partida. Una serpiente, un temblador, un barranco; las vacunas (sobornos) que, según él, cobran la Guardia Nacional Bolivariana (GNB), el Ejército, el Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas (Cicpc), la Policía del Estado Bolívar (PEB) y los sindicatos; así se les conoce a los grupos armados que prestan seguridad a cambio de dinero u oro en el sur minero venezolano.

No los ha visto, pero asegura que a algunos mineros los han picado en pedacitos y los sepultan dentro de un saco. Dicen que son demasiados los riesgos y que él tiene su familia, su mujer y dos hijas a quienes quiere ver crecer. Dice que por eso salió de la mina.

Llegó al Brasil hace cuatro meses, un viernes de finales de noviembre y el sábado siguiente su mujer dio a luz; los primeros dos meses se hospedó en casa de unos amigos; trabaja haciendo "lo que sea", albañilería, limpia patios, casas; su hija de seis tiene que comenzar de cero en la escuela y su esposa se dedica a la bebé y al hogar.

Sus sueños son comprar un terreno en Boa Vista, construir algo y ahorrar para arreglar su casa de San Félix "para cuando mejoren las cosas en Venezuela".

El chico de Caracas (21) llegó a Boa Vista hace dos meses. Allá tenía un kiosco, una venta de comida y cerveza. Antes, estudiaba ingeniería en la Universidad Central de Venezuela (UCV), pero desertó porque "soy un chamo, pero siempre he tenido que ganarme la vida. Me tocó ser el hombre de la casa". Entonces, transcurría su día entre el negocio y varios cursos de criminología, balística, forense. "Pero ya no me alcanzaba para vivir".

Aquí, durante dos semanas, recogió latas en la calle y ahora trabaja en un auto lavado. La dueña de la casa en donde vive le informó acerca de la posibilidad de gestionar su residencia temporal. No habla el portugués, pero lo entiende. Entiende cuando sus compañeros de trabajo se refieren a él como el "veneca" y advierten que "esses vem com suas manhas".

Así nos llaman algunos; "venecas". Otros nos expresan: "bem vindo o bem vinda".

Cree que en días pasados su patrón lo puso a prueba. Estaba limpiando un vehículo por dentro y se encontró un paquetito de reales. Entonces lo llamó: "E ahí patrão embora para acá, esto que está aquí no es mío". Desde entonces, su jefe sale a comer a mediodía y lo deja encargado de culminar con los carros pendientes y de cobrar. "Esse veneca é honesto", le oyó decir.

Sueña con estudiar y concursar para ser parte de la Policía Federal del Brasil.

El chico de Maracay estudiaba Derecho y decidió emigrar cuando su novia salió en estado. Trabajaba, pero no le alcanzaba el dinero. Su padre, quien tiene un empleo fijo y una parcela en donde siembra, lo ayudaba, pero a él le avergüenza ser una carga más para el viejo.

"Además, en Maracay, si tu sales de la casa estás robao. A mí me robaron como 10 teléfonos en dos meses. Mi abuela vivía en frente de la casa. Un día viajo a Puerto Ordaz para visitar a mi tío y los ladrones le sacaron todo en un camión. Lo único que les faltó fue arrancar la casa".

Puerto Ordaz y San Félix conforman Ciudad Guayana, aproximadamente 1030 kilómetros de Boa Vista. Hasta hace al menos una década Ciudad Guayana era una urbe próspera. Ahora encabeza los índices nacionales de violencia. Según el Observatorio Venezolano de Violencia (OVV), durante cada uno de los días transcurridos a lo largo del año 2017, dos guayaneses han sido asesinados.

Él llegó a Boa Vista el 29 de noviembre y el 30 comenzó a trabajar con unos conocidos en una construcción. Cada vez que puede le manda dinero a su mamá. Sueña con regresar "cuando las cosas cambien".

La bioanalista salió de la Universidad de los Nades (ULA) con promedio de 15 puntos. Se pagó sus estudios en Mérida porque su familia, que vive en Táchira, no tenía dinero. Tras graduarse, trabajó durante dos años en Barquisimeto, en uno de los mejores laboratorios del país, le daban incluso residencia, pero apenas le alcanzaba para vivir, pagó las deudas en sus tarjetas de crédito y compró un teléfono que le robaron en diciembre en Caracas.

Llegó a Boa Vista hace dos semanas. Pagó las gestiones por la residencia temporal tras canjear los últimos 100 dólares es que le quedaban de sus escasos ahorros. Por ahora, vive en casa de su hermana y su cuñado, ambos venezolanos. La hermana, madre de dos niños, trabaja de siete a siete en un supermercado y hasta las 12:00 de la media noche en una churrasquería. 

A medio día y antes de comenzar con su jornada de trabajo nocturno va a casa y atiende a los niños que alternan su día entre la escuela y la guardería. Su cuñado se gana la vida arreglando motos. Emigraron porque en Maracay no les alcanzaba el dinero y por la inseguridad.

Maracay una ciudad que hasta hace una década y media era conocida como "el jardín de Venezuela" es ahora temida por la presencia y poder que en el centro del país alcanzaron las "mega bandas", corporaciones del crimen organizado.

En la parada de autobuses cercana a la sede de la Policía Federal un chico escribe, en español, la razón por la cual está solicitando refugio: "En Venezuela, no se consigue trabajo ni comida (…) Gracias a Dios, ya estoy en Brasil", logro leer.

En la Maestría en Sociedade e Fronteiras de la Universidad Federal de Roraima (UFRR) al menos cuatro o cinco de los 17 nuevos estudiantes aspiran a desarrollar sus disertaciones sobre las migraciones venezolanas en Roraima. Al menos uno de los participantes, expresa que no entiende cómo es que en un país petrolero no hay comida. "Não da para entender".



lunes, 27 de febrero de 2017

Buenas noticias!!! Gracias totales

Imagen de Cortesía.

Les cuento: Este fin de semana, cuando ya no esperaba nada, recibí el correo de la Organización de Estados Americanos (OEA) y el Grupo Coimbra de Universidades Brasileras diciendo que fui seleccionada como becaria de su programa posgrados para extranjeros en su edición 2016-2017.

Voy a estudiar una maestría en Sociedade y Fronteiras en la Universidad Federal de Roraima (UFRR), en Boa Vista, a 230 kilómetros de casa. Cuando leí el correo, lloré de alegría porque la posibilidad de postularme a esta beca llegó a mí gracias a Domingo González, un lector de Las crónicas de la frontera,  a quien nunca he visto, pero con quien mantengo una relación de aliados.

Hace aproximadamente seis meses, él me escribió pasándome el link para que me postulara y me colmó de ánimo y elogios. Por tanto, esta beca es para mí un reconocimiento al trabajo de siete años desde Las crónicas de la frontera. Gracias Domingo. Te abrazo y en ti abrazo a cada lector que me motiva a seguir adelante. Ustedes me entusiasman cuando decaigo y me acompañan cuando sigo.

Aún no sé si me iré durante los dos años que dura el programa o si viajaré semanalmente; ni siquiera cómo pagaré mis diligencias iniciales y mis pasajes, pues el convenio cubre los gastos del becario a partir de la llegada al Brasil y yo vivo como cualquier venezolano de hoy, con lo puesto.

Tengo hijas, un marido, una casa con vista al Roraima y amo cada gota de agua, cada piedra, cada copo de nube y claro cada río, cada tepui, cada una de las vistas infinitas de este paraíso terrenal que es la Gran Sabana. Este es mi hogar, mi razón de hacer.

La Gran Sabana me enseña cada día que la belleza y armonía de la naturaleza tienen un propósito terapeútico en la vida de los hombres: nos calma y nos humaniza. Y ese hermoso paisaje es una fábrica poderosa de recursos vitales: agua, oxígeno, medicina. Descarto recursos como oro y diamante porque por cada gramo se sacrifican sin medida el ambiente y la comunidad.

Creo firmemente en que sólo en la medida en que haga de mi entorno un mejor lugar, haré de mis hijas seres mejores. Quiero estudiar un poco más, hacerme una mejor periodista y contribuir a hacer de este sitio un mejor espacio de convivencia respetando la naturaleza, la Gran Sabana y sus habitantes ancestrales: el Pueblo Pemón.

De nuevo, gracias a Domingo González y a todos esos lectores que me animan a seguir haciendo lo único que me gusta y sé hacer como oficio: escribir. Como diría Cerati: Gracias totales!!!


jueves, 26 de enero de 2017

Los saqueadores viajaron en autobús desde el Km 88




En la frontera venezolana hacia el Brasil, los alimentos de primera necesidad son probablemente más caros que en el resto del país, pues los precios se calculan en reales brasileros o en oro y la salida de circulación del billete de Bs. 100 paralizó un mercado que se maneja casi exclusivamente en efectivo. Sin embargo, los protagonistas de los saqueos de diciembre pasado fueron un grupo de hombres y mujeres foráneos que cargaron sobre todo con ropa, si bien a aquella acción se sumaron algunos habitantes de esta ciudad que hasta hace pocos años fue un oasis paz en medio de la majestuosa Gran Sabana. Fotografía: Morelia Morillo


El 17 de eneros, El Pitazo editó y publicó este relato…

La mayoría de quienes participaron de los saqueos del 17 de diciembre pasado en Santa Elena de Uairén llegaron a esta frontera en dos autobuses y media hora después ya estaban violentando santamarías, estallando vidrieras y cargando en sus brazos con todo cuanto podían.

Los dos autobuses -destartalados, de vidrios ahumados y sin señales vigentes que los vinculen a alguna de las líneas que a diario viajan al sur- permanecen a la orden de la Fiscalía VI del Ministerio Público en el estacionamiento de la sede que comparten el Instituto Nacional de Transporte Terrestre (INTT), parte de las dependencias del Servicio Administrativo de Identificación Migración y Extranjería  (Saime) y que a su vez colinda con el Centro de Coordinación de la Policía del Estado Bolívar (PEB) en Santa Elena, la última de las ciudades venezolanas hacia el sureste remoto.

Un vocero del llamado grupo de los consejos comunales contó, luego de solicitar que se reservara su nombre, que recibieron una llamada de un miembro de uno de los sindicatos que hacen vida en el Kilómetro 88, un pueblo minero ubicado sobre la Troncal 10 a 227 kilómetros de Santa Elena.

En sur del estado Bolívar, se llaman sindicatos las organizaciones armadas que imponen el orden mediante el terror en los yacimientos ilegales de oro y diamante, a cambio de un porcentaje.

"Nos dijeron que de allá habían sacado a un grupo de gente y que esa gente subió a dos autobuses que viajaban hacia acá con pocos pasajeros (…) Los pasajeros a los que entrevistamos, la gente de aquí, nos dijo que venían asustados porque algunos de esos hombres estaban armados (…) Los consejos comunales y las cooperativas de moto taxis nos movimos hasta La Guillotina, pero nos dijeron que ya había pasado uno de los buses".

La Guillotina es el último de los seis puntos de control distribuidos entre el 88 y Santa Elena, a lo largo de la Troncal 10. En el sitio, como en la mayoría de las alcabalas pre fronterizas, hay efectivos de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB), en una de las seis alcabalas se encuentran apostados soldados del Ejército y en la comunidad indígena de Kumarakapay funcionarios pemón de la PEB.

Aquel sábado, 17D, según los relatos de los testigos y la versión del vocero del consejo comunal, los pasajeros de al menos uno de los dos buses no descendieron en el Terminal de Santa Elena de Uairén sino en la entrada de la localidad, sobre el encuentro de las avenidas Perimetral y Mariscal Sucre y desde allí caminaron hacia el centro de la ciudad.

Mientras un grupo caminaba por la Mariscal Sucre hacia el oeste, hacia el comercial las Tres Vírgenes, el otro lo hacía por la Perimetral hacia el sur, hacia la calle Urdaneta.

"Había un descontento porque en las Tres Vírgenes estaban vendiendo muy caro y cobrando un porcentaje por las tarjetas", comentó un comerciante local al tiempo que prohibió dar su nombre.

"Primero llegaron aquí, pero el policía que estaba afuera logró controlar la situación y ellos siguieron", comentó un empleado de las Tres Vírgenes, el bodegón más surtido de la zona.

En Santa Elena de Uairén es común que los establecimientos comerciales más exitosos cuenten con la custodia exclusiva de un agente de la PEB.

Quienes minutos antes habían abandonado aquel autobús, continuaron caminando por la Avenida Mariscal Sucre y cruzaron en la calle Roscio, media cuadra antes de llegar al Destacamento de Fronteras 623 de la GNB. Se proponían entrar al Comercial Calle Roscio, pero fueron rechazados por el grupo del Poder Popular, de la GNB y del Ejército que los esperaba.

"Venían desde aquí y desde allá", desde los dos extremos de la vía. "Pero los más numerosos eran los que venían de acá", de la Mariscal Sucre, los foráneos. Los que venían en sentido contrario eran los habitantes de la localidad que se iban sumando al rumor de saqueo.

"Logramos cerrar aquí y cerramos Chamín", dijo el vocero de los concejos comunales en el Comercial Calle Roscio, uno de los primeros supermercados chinos de esta frontera. Chamín por su parte es uno de los principales distribuidores de frutas, verduras y carnes de Santa Elena.

Los videos colgados en youtube permiten ver, frente al Comercial Calle Roscio, una barrera de uniformados y civiles. Sin embargo, en el resto de las vías del casco central los efectivos eran pocos y quienes protegían los locales comerciales eran los propietarios, sus clientes, los moto taxistas, los voceros de los consejos comunales, todos armados con palos, cabos de hachas, picos y palas que repartió el dueño de una de las ferreterías del centro.

Un efectivo de la GNB adscrito al Destacamento 623 dijo que él, como tantos otros, ya se encontraba disfrutando del descanso decembrino y que fue convocado a regresar al Comando.

Sobre el mediodía,  a 200 metros de distancia, docenas de personas, la mayoría de ellos desconocidos, cargaban con la carne, el pescado, el pollo y el dinero en el abasto Yor Bellorín, dejando las verduras y las frutas. A ellos se sumaron algunos habitantes de esta localidad de alrededor de 30 mil personas en donde muchos se conocen al menos de vista, así lo demuestran los videos de las cámaras de seguridad y captados por celulares.

Poco después, en la calle Urdaneta, otros arremetían contra los portones y exhibiciones de La Chiquitina y la Wrangler, tiendas de ropa ubicadas a menos de 100 metros de la Alcaldía del municipio Gran Sabana. 100 metros más allá, otro grupo desmantelaba Paraíso Intimo, un almacén de venta al mayor y detal de prendas de uso interior y de dormir.

"Trapo no cubre hambre", dejó colar una mujer vinculada a uno de los negocios saqueados entre sus labios fruncidos. "Eso es mentira que no era gente del pueblo", cuestionó, puesto que ella logró identificar a varios vecinos, cargando con la ropa de la primera sección de la tienda.

Según sus cuentas, de su establecimiento se llevaron alrededor de Bs. 70 millones. Tan sólo la máquina fiscal le costó dos millones. Dijo que ninguna institución gubernamental ha concretado la ayuda financiera de la cual se ha hablado. Tras 11 años de trabajo, su local está vacío; la tienda Wrangler mantiene la santa maría abierta a medias y Paraíso Intimo está como quedó aquel día: en el suelo; a través de las rejas, se observa un cementerio de maniquís y mobiliario roto.

"Definitivamente fue un atraco colectivo de las tiendas de ropa de Santa Elena de Uairén (…) La mayoría era gente de San Félix", definió Lisa Henrito, líder de la Comisión de Seguridad Indígena que acompaña a la PEB en sus funciones en el municipio Gran Sabana, tierra ancestral del pueblo pemón.  Ella agregó que había personas del pueblo instigando a saquear algunos locales.

Pasado el mediodía del 17D, bajo una llovizna intermitente, 43 de los integrantes de la Guardia Territorial Pemón (GTP) salieron a la calle. La GTP es una organización creada hace apenas meses por las comunidades indígenas para detener la arremetida del hampa contra los pobladores locales y contra los prístinos espacios que constituyen la herencia de este pueblo originario.

"Fuimos peinando en cuadrillas, caminamos hasta la plaza (Bolívar), hasta El Manguito (uno de los bares más concurridos durante los fines de semana en el centro de la ciudad), nosotros como indígenas entramos a las casas y encontramos parte de la ropa saqueada. Los saqueadores se metían a los hoteles porque en ese grupo había prostitutas", comentó Henrito.

En la medida en que la minería prolifera en la Gran Sabana se multiplica la cantidad de prostitutas, jóvenes venidas de las ciudades más importantes del país, en las calles de Santa Elena. 

Al final de aquella tarde, luego de los primeros saqueos en la historia de este poblado fronterizo fundado hace más de ochenta años, se contabilizó a 92 detenidos. Dos días después, 63 de ellos fueron presentados ante el Ministerio Público en Ciudad Guayana y luego conducidos a la Cárcel de El Dorado y a otras prisiones. Nueve de los procesados son mujeres que se dedicaban a la prostitución. 12 de los aprehendidos son menores de edad.

La Comisión de Seguridad Indígena procesó a tres de sus paisanos, hombres pemón que llevados por aquella emoción masiva se unieron a los saqueadores. Los llevaron al silo (especie de sitio de sanción comunitaria indígena), les raparon el cabello y les leyeron las enseñanzas bíblicas.

Cuatro de los hoteles del centro fueron cerrados temporalmente y se suspendió el ingreso  de autobuses durante cinco días; en gratitud con el pueblo, los comerciantes bajaron los precios, un gesto que caducó tras al levantarse el cierre fronterizo, el seis de enero pasado. A partir de la segunda semana de enero, subió el real y los precios retomaron su escalada.

"El propio comandante (GNB) dijo que no tenía orden de actuar y la PEB estaba acuartelada. Se demostró que no tenían capacidad para controlar", dijo Henrito. "Pero Santa Elena tiene una gran fortaleza ante este tipo de situaciones. Somos una potencia. Sólo tenemos que coordinar".

Aquella noche, según el sentido relato que compartió con los asistentes a la sesión del 19D en la Cámara Municipal, el recién juramentado comandante del Destacamento de Fronteras 623 de la GNB, Dennys Ferrer, se arrodilló y dio gracias a Dios por la valentía de aquel pueblo remoto.

Durante la jornada, Ferrer sufrió una caída por lo que recibió siete puntos de sutura en su brazo derecho, algo insignificante en comparación con lo que pudo haber sucedido si aquella embestida no hubiera sido controlada en tiempo récord. Explicó que no podía emplear armamento de guerra.






Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...