Gran Sabana no postal

Mi madre siempre dice que vivo "en el fin del mundo". Yo vivo en la Gran Sabana, en el sureste extremo de Venezuela, en un sitio tan distante
y tan distinto que hasta se me ocurrió quedarme a vivir. Los invito a conocer esa Sabana que experimento en mi cotianidad: la Gran Sabana no postal.

jueves, 15 de septiembre de 2016

Sombras sobre Cielo Azul

Mientras los Shamsaldeen batallan entre la vida y la muerte,  cientos de habitantes de Santa Elena salen a las calles para protestar contra la Policía del Estado Bolívar (PEB). Fotografías: Morelia Morillo,

En menos de una semana, el esposo (papá) de la familia Shamsaldeen dejó de tener mujer e hijos y su dolor es tanto que trascendió los muros y rejas de su casa y arrastró consigo a un pueblo. Santa Elena de Uairén está de luto.

Ese día, cinco de septiembre, los Shamsaldeen debieron amanecer como de costumbre, en la rutina diaria de una familia de origen sirio que se hizo al sureste profundo de Venezuela.

Y de pronto, al menos cuatro hombres armados (hay quienes dicen que eran cinco o seis) violentaron aquella casa clara, limpia, bonita, recién remodelada y asegurada con rejas y cámaras y trastocaron todo a punta de exigencias, amenazas y balazos.

El hogar de los Shamsaldeen se encuentra en la vía principal de Cielo Azul, la primera urbanización de Santa Elena de Uairén, a no más de 50 metros de un punto de control fijo de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) y casi al frente de aquel lugar en donde Tras el balazo, vino la espera en abril pasado.

Odai, el mayor de los hijos, falleció en el Hospital Rosario Vera Zurita de Santa Elena, siete días antes de cumplir sus 19; Taemor, de 16, en el Hospital General de Roraima (HGR), en Boa Vista, en la madrugada del domingo siguiente; la mamá de ambos también murió en el HGR antes del lunes 12. Un disparo devastó su cerebro.

En esta frontera, es común que las ambulancias crucen al lado brasilero con sus pacientes porque en el Rosario Vera Zurita no hay medicinas, ni médicos especialistas y los quirófanos llevan meses sin aire acondicionado. Varias veces al día, encienden sus sirenas y viajan a Boa Vista, la capital del estado de Roraima, a 220 kilómetros de distancia, con parturientas primerizas, infartados, mineros palúdicos, accidentados, heridos de bala.

Mientras los Shamsaldeen batallan entre la vida y la muerte,  cientos de habitantes de Santa Elena salen a las calles para protestar contra la Policía del Estado Bolívar (PEB). Gritan que eran (¿O son?) agentes los responsables. Francisco Rangel, gobernador de Bolívar, lo desmiente. La PEB también. El comisario Ángel Castillo, designado para atender la crisis en Gran Sabana, dice que los muertos hacían parte de la banda del Pata e´ Loro. Pero Pata e´ Loro también está muerto desde hace meses. En donde los Shamsaldeen murieron uno (¿Dos?) de los delincuentes, Mientras que dos (¿Tres, cuatro?) están detenidos. Castillo además explica que "factores políticos tienen sus manos metidas aquí tratando de crear el caos", si bien lamenta lo sucedido y exige "todo el peso de la ley, caiga quien caiga".

Muere Odai y los comerciantes cierran sus locales. Cientos salen a las calles. Rayan paredes, parabrisas, franelas, hojas de papel bond, cartulinas:"Polichoros"; "Polimalandros"; "Asesinos de familia". Queman cauchos frente a la sede la PEB y al anochecer cierran el paso sobre la Troncal 10, a la altura del puente Wará, la única vía que conecta  a Santa Elena con el resto del país y con la frontera.

A media noche del lunes, el ministro del Poder Popular para las Relaciones Interiores y Justicia, Néstor Reverol Torres, ordena al comandante del Destacamento de Fronteras 623 de la GNB, Carlos Chirinos, tomar el  control del Centro de Coordinación Policial.

Entonces, al cierre del Cabildo Abierto, el martes siguiente, indígenas y no indígenas -la Gran Sabana es la tierra del pueblo indígena pemón- coinciden en una exigencia "que no se politice lo sucedido" y deciden acompañar  a los guardias y a los capitanes indígenas hasta echar de una vez por todas a los policías del municipio.

Santa Elena es la última ciudad  venezolana hacia el sureste. Una población distante, se encuentra a 1350 kilómetros de Caracas; aislada, de los 36.000 kms² del municipio Gran Sabana, 30.000 kms² conforman el Parque Nacional Canaima; tradicionalmente tranquila, en donde hasta hace cinco o seis años se podía vivir sin cercos eléctricos, sin cámaras, sin rejas en puertas y ventanas, sin alarmas. En donde aún se muere de forma natural e impacta de la violencia.  En 2011, sus pobladores expulsaron a los efectivos del Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas (Cicpc), acusados de extorsión.

Es viernes y el pueblo, de no más de 25 mil personas, se paraliza por completo ante la llegada del cuerpo de Odai. Por Facebook un amigo de la familia comunica que no acostumbran velar a sus muertos, pero que harán un alto entre la autopsia y el cementerio para compartir con los amigos. En el hogar violentado, docenas de hombres, paisanos de los Shamsaldeen comparten su dolor con docenas de adolescentes, brasileros y venezolanos, llorosos. El dolor no conoce de idiomas ni edades.


La Principal de Cielo Azul está intransitable. Sólo el carruaje fúnebre, de placas brasileras, consigue penetrar el tráfico y llevarse el cuerpo hasta Boa Vista en donde será sepultado.


 La Escuela "Cícero Vieira Neto" de Villa Pacarima, la localidad brasilera en la frontera con Venezuela, suspendió sus actividades durante semana y media. Cada vez más familias residentes del lado venezolano procuran un cupo en las escuelas del lado brasilero.

La Principal de Cielo Azul está intransitable. Sólo el carruaje fúnebre, de placas brasileras, consigue penetrar el tráfico y llevarse el cuerpo hasta Boa Vista en donde será sepultado. Cuando el coche parte, el padre (esposo) de la familia Shamsaldeen apenas puede mantenerse en pie. Se aguanta contra la vivienda rural más cercana y enciende un cigarrillo. Pocas horas después, murieron su mujer y su hijo menor.  


viernes, 12 de agosto de 2016

Venezolanos madrugan para tramitar ingreso a Brasil

Este trabajo se publicó inicialmente en el sitio web ElEstimulo.com. Fotografía de Morelia Morillo 


Desde horas de la madrugada, comienzan a alistarse los venezolanos que desean ingresar al Brasil para ir más allá de la zona fronteriza, por lo general hacia Boa Vista (BV), principal ciudad del estado de Roraima, a 220 km de Venezuela.

Las filas comenzaron a acrecentarse a finales de junio, de forma que un trámite de migración, que antes se canalizaba en no más de media hora, requirió de pronto de un promedio de tres horas y, desde hace dos semanas, el tiempo de espera se prolongó a 12 horas dada la cantidad de venezolanos que aspiran llegar a BV.

A partir de este lunes, en las instalaciones de la Policía Federal Brasilera, en la frontera con Venezuela, funciona un sistema de ticket que emite 400 números para quienes ingresan al Brasil y 400 más para quienes necesitan sellar su salida.

El sistema comienza a funcionar a las 7:00 de la mañana. Quienes lleguen después de que se agoten los números, deben esperar hasta el día siguiente.

Rafael González, residente de Puerto Ordaz, quien viaja para comprar cauchos, llegó al cruce a las 7:00 pm; colgó una hamaca entre dos vigas cercanas, mientras que otros descansaban en colchones o en el piso; a las 3:00 am, se anotó en una lista elaborada por la misma gente y a las 7:00 am obtuvo el número 23.

Miguel Albujas, residente de Santa Elena de Uairén, llegó al lugar a las 6:30 am; a las 7:00 am cuando se inició el sistema de asignación de números tomó el 318; según sus estimaciones, esperaba salir a 2:00 pm o tal vez después.

Entre jueves y viernes, entrevistamos a ocho personas, siete manifestaron dirigirse a BV, en sus vehículos particulares, para comprar cauchos y productos de primera necesidad, como medicinas, alimentos y cosméticos para el consumo familiar. Aseguran que en BV consiguen mejores precios que en Villa Pacaraima, La Línea, primera localidad brasilera. Para ello reciben permisos de turismo de entre  tres a cinco días. Una de las ocho personas tramita una solicitud de refugio, figura migratoria que se ha popularizado recientemente entre los venezolanos en BV. 

De acuerdo con una nota publicada por Folha Web a finales de junio pasado,  con  datos del Comité Nacional para Refugiados (Conare), entre enero y mayo de 2016, 388 venezolanos pidieron abrigo en Roraima.

Los que van para volver

José Luis Peraza, residente de Puerto La Cruz, dijo que pasó 12 horas en la cola para entrar al Brasil. Al regreso, obviamente, tuvo que hacer la cola de nuevo.

En BV compró arroz, pasta y azúcar, cinco kilos de cada cosa en R$. 2,99 por unidad, Bs. 1046; vitaminas para sus niños y anticonceptivas para su esposa.

Además, aprovechó para conocer. Al regreso, se detendría en la Gran Sabana.

Rafael Moreno dijo que decidió ir a Boa Vista "para buscar la economía" porque en Caicara, población del estado Bolívar  en donde reside, un kilo de azúcar le cuesta Bs. 4000 y uno de arroz o de pasta Bs. 3500.

Él y sus amigos durmieron dentro del carro en la Gran Sabana y antes de las 6:00 salieron rumbo a las dependencias de la Federal Brasilera. A las 8:00 de la mañana, se consiguieron con una fila de al menos 200 personas.

"Hay dos funcionarios nada más y el sistema está lento".

José Briceño viajó para comprar repuestos para el carro y cauchos rin 17. Dijo que en Maturín, estado Monagas, le cuestan 280 mil cada uno y en BV, aparentemente, 150 mil al cambio.

"Llegué a las ocho de la mañana, voy a hacer esa diligencia y mañana regreso".

Rises Díaz y su acompañante iniciaron su cola el lunes a 6:00 de la mañana, salieron a las 6:50 PM. Regresaron el miércoles, cuando intentaron incorporarse a la cola les informaron que ya habían recogido los documentos de identidad.

"Nos quedamos en un hotel en Santa Elena, la ciudad venezolana más cercana, pagamos Bs. 12.000, pero hay mucha gente que se queda en los carros".

Compraron dos cauchos rin 14, con respecto a los precios de La Línea se ahorraron R$.80,  Bs.60.000.con respecto a Ciudad Bolívar.

Además compraron arroz, pasta, azúcar, mantequilla, papel higiénico y toallas sanitarias. "En La Línea no hay equidad de precios, están como en Venezuela".

"No nos entendemos y en lo poquito que nos podemos entender se siente el maltrato", dijo con respecto al retraso en el trámite migratorio.

Matías Yang llegó a las 6:00 de la mañana. Contó que los primeros de la cola llegaron a las 3:00. Él y su amigo lamentaron que anteriormente visitaban la Gran Sabana para hacer turismo e iban a La Línea para comer churrasco brasilero.

En esta oportunidad, en cambio, viajaron para comprar cauchos rin 17 que en Boa Vista, según le han dicho algunos conocidos, cuestan R$.500 y en Ciudad Bolívar Bs. 367 mil; además de arroz, pasta, jabones y aceite comestible.

Julio Gutiérres y Joelvis Jaramillo, de Puerto Ordaz  y Puerto La Cruz, llegaron a la frontera la noche del jueves, pernoctaron en la redoma cercana. Esperaban para sellar su ingreso poco después de las ocho de la mañana.

Viajaron para comprar repuestos. "Yo tengo un Mitzubishi y aquí estoy parado por una correa", dijo Jaramillo; además de productos de higiene personal, azúcar y harina de trigo y preguntar por los precios de los cauchos.

Los que se quedan
Ana Contasti  es indígena pemón, de la Gran Sabana, pero vivió durante 10 años en El Caura, otra zona del estado Bolívar. Hace seis meses, ante la crisis venezolana, el padre de sus dos hijas menores decidió solicitar refugio en Brasil.

Él, como haitiano, tiene prioridad tras el terremoto que asoló a ese país en 2010. Cuando consiguió trabajo y un lugar donde vivir, llamó a Ana y a las niñas. "Me vendría más que todo por el cambio (R$ a Bs) y porque uno puede trabajar dos turnos (...) Pero ahora me están diciendo que si uno pide refugio no puede salir". 

Según la nota de Folha, entre septiembre de 2015 a abril de 2016, la Federal deportó, desde Roraima, estado fronterizo con Venezuela, a 253 extranjeros.

Ese medio reseño que Allan Robson, superintendente interino de esa institución, en la entidad, declaró que las deportaciones de venezolanos obedecen a los reclamos de la ciudadanía y que esos migrantes ejercen, con permisos de turistas, actividades remuneradas, de mendicidad o artísticas callejeras.


viernes, 29 de julio de 2016

Cruzan la frontera con Brasil en busca de comida más barata



Esta historia fue publicada el 25 de julio pasado por El Estímulo. Para los habitantes de esta frontera, la enorme afluencia de compradores de comida al mayor trastornó la tranquilidad habitual de la frontera venezolana hacia el Brasil, además del aumento del real y del precio de los productos de primera necesidad en Villa Pacaraima. Fotografías: Morelia Morillo



Entre las 5:36 y las 5:42 minutos de la mañana del jueves 21 cuatro vehículos de transporte colectivo  circulan veloces por el tramo de la Troncal 10 que lleva de Santa Elena de Uairén hacia Villa Pacaraima.

Santa Elena es la última ciudad hacia el sureste extremo venezolano. A 15, kilómetros, Pacaraima (La Línea) es la más cercana de las localidades brasileras.

Un efectivo de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) dijo que, aunque el paso vehicular por la Aduana Ecológica se levanta a las 6:30 AM, los buses comienzan a llegar las 4:00 AM. En todo caso, los autobuses, las busetas y las camionetas tipo panel de placas venezolanas no pueden ingresar hacia Brasil, así que dejan sus pasajeros en territorio venezolano, en la alcabala vieja o en las instalaciones del Seniat y estos caminan alrededor de dos kilómetros hacia la calle Suapi.

La Suapí es la zona comercial de Pacaraima, una vía de no más de 400 metros por lado en donde los viajeros venezolanos se abastecen, desde comienzos de junio, de arroz, aceite comestible, harina de trigo, margarina, pasta, jabones. Al amanecer, esta calle, usualmente solitaria, parece tierra arrasada.

Los clientes proceden, por lo general, de Puerto Ordaz y San Félix; viajan durante toda la noche, recorriendo 800 kilómetros a través de cinco de los municipios del extensísimo estado Bolívar; atravesando incluso la majestuosa Gran Sabana.

Al despertar, si es que duermen, hacen sus compras en reales o su equivalente en bolívares. Sin embargo, aseguran que viajan porque consiguen qué comer y porque, a pesar del cambio, los precios son más accesibles. A finales de julio, el canje de un real brasilero se calcula en Bs. 350. Hace un mes, cuando se disparó la movida, el cambio llegó a Bs. 500 por cada real y muchos volvieron sin nada.

Allá no hay nada
Daniel Valdez, albañil, relató que el de este jueves fue su segundo viaje a la frontera. El primero lo hizo hace 21 días. Pidió el día de trabajo, con el compromiso de que se reincorporaría el viernes a las ocho de la mañana.

Vive en San Félix, es padre de dos hijos, viaja en un autobús de Expresos Occidente durante toda la noche. El pasaje le cuesta Bs. 8000 ida y vuelta, con los gastos de movilización desde y hacia el Terminal de Santa Elena y una comida en Las Claritas, Kilómetro 88, calcula que gasta Bs. 20 000.

"Compro para mí consumo y para mi familia porque actualmente en Guayana no hay ni agua. Aquí compré una paca de arroz (30 kilos) en 35 mil y una de harina de trigo (10 kilos) en 17 mil. Pa' el espagueti (Bs. 30 mil por 30) no me alcanzó".

"En la semana, yo gano 25 mil bolos. No me da ni para comprar allá tres espaguetis, dos harinas de maíz, una de trigo y los aliños y no puedo pedir prestado porque ya le debo a todo el mundo. Quité prestado para venir".

Jennifer Racero, enfermera y madre de cuatro hijos, alquiló con un grupo con un micro desde San Félix hasta la alcabala vieja. Cada uno pagó 21 mil bolívares.

"Vendo un poquito y un poquito para la familia (…) Eso allá está horrible, demasiado (…) El viaje es horrible de matador, no paran ni para comer, ni para tomar un baño (…) No tengo trabajo y el sueldo de una clínica no da para nada".

El renacer de Pacaraima
Desde que se aceleró la caída del bolívar, en torno a 2005, el comercio de Pacaraima, antes próspero por sus ventas de sandalias de goma, chocolates, hamacas y calabresas se vino abajo. Paradójicamente,  ante el desabastecimiento venezolano,  los locales de la Suapi experimentan ahora una inusitada bonanza.

Rogelio Aragón, propietario del Comercial Amazonia, relató que "las personas están viniendo desde más lejos porque allá no tienen y cuando tienen los precios son más caros que en La Línea (…) Yo estaba con saudade (nostalgia) de ellos, desde la época en que el bolívar era más valorizado", expresó.

El renacer del comercio del lado brasilero ha devenido en el reacomodo de algunos negocios e inclusive en la mudanza de comerciantes desde Santa Elena hacia Pacarima: de momento, todos veden comida por pacas.

Erick Apolinar tuvo que alquilar un nuevo local, para ofrecer mayor cantidad de víveres al mayor e incluso sacar mercancía a la calle para captar más clientela.

"Aquí más que todo vendíamos poquitas cosas, para los brasileros", dijo,

El Mercabox abrió un galpón aparte para atender a los compradores venezolanos; una de las ventas de hamacas y ropa artesanal, ahora ofrece harina de trigo y aceite comestible (20 litros) en Bs. 35 mil, además de jabón de panela por paquetes y lo propio hace la Casa de las Gorras; Turismo,com oferta algunas pacas de harina de trigo con levadura incorporada; la venta de repuestos para motos Brito cuenta con un inventario de cajas de aceite comestible; el Restaurante Dona Helena también tiene en su frente pacas de comida.

Nasser Barakó quien durante cerca de una década mantuvo una venta de electrodomésticos y electrónica en Santa Elena ahora ofrece arroz, harina de trigo, azúcar (30 kilos) en Bs. 38 mil, pasta y margarina (20 de 250 gr )  en Bs. 16 mil.

"Allá hay mucha crisis, no hay nada en Santa Elena", dijo.

Los venezolanos que no disponen de un capital sacan provecho de la ocasión ofreciendo el servicio de taxi (por cada bulto cobran Bs. 2000) o vendiendo sacos en Bs. 800 cada uno, como Alexander González.

Mientras que aumenta la llegada de compradores, las autoridades se esfuerzan por establecer ciertas reglas: la Policía Federal Brasilera inició una fase informativa con respecto al uso del cinturón de seguridad.

Ramón Pérez, un comerciante de origen venezolano, dijo que las cuadrillas ya comenzaron a pintar las aceras, que quienes estacionen en las áreas estrechas recibirán multas en reales, que los camiones sólo podrán descargar entre las seis de la tarde y las seis de la mañana y que la Prefectura de Pacaraima notificó, por escrito, que cada comerciante debe responsabilizarse por la limpieza de su frente.

Pérez se quejó de que, para los habitantes de Pacaraima y de Santa Elena, este nuevo panorama ocasionó el aumento de los precios de los productos y del real brasilero: "Hay mucha demanda y los comerciantes los están subiendo".




    

jueves, 9 de junio de 2016

Las migrantes sexuales del sur profundo venezolano



Por estos días, en Santa Elena de Uairén, el más distantes de los pueblos del sur minero del estado Bolívar, sobre la Troncal 10, alcanza su clímax el creciente éxodo de mujeres venidas desde el centro y centro occidente del país para prostituirse. La mayoría asegura que vende su cuerpo para garantizar el pan de sus hijos. Si bien hay quienes dicen que las más jóvenes lo hacen por vanidad, por unos zapatos de marca, por un celular bien grande, por una cirugía estética. Cobran el equivalente a 15 dólares o una grama de oro. Las más osadas, o más necesitadas se internan hacia las minas de Guyana o simplemente traspasan la frontera para cobrar en reales en Pacaraíma o Boa Vista, desde donde -con frecuencia- son deportadas. Esta investigación completa fue publicada por Efecto Cocuyo Fotografía: Morelia Morillo 



Aunque la luz se apagó a eso de las siete de la noche, docenes de mujeres continúan ofreciéndose en las calles del Casco Central de Santa Elena de Uairén. Es la noche del 26 de mayo, la restricción eléctrica está prevista hasta las diez.

Oficialmente, en  virtud de la crisis eléctrica por la que atraviesa el país, incluso los habitantes de las cuencas media y alta del Caroní, el río cuyas aguas alimenta los complejos hidroeléctricos de Ciudad Guayana, deben ahorrar energía a diario.

El cabello de una mujer de alrededor de treinta brilla en las Cuatro Esquinas, sus uñas, su camiseta, su cinturón, sus mini short, sus botines de tacón. Todo brilla.

Santa Elena es la última ciudad venezolana hacia el sureste remoto de Venezuela de cara al Brasil, la caótica capital del majestuoso municipio Gran Sabana. El infiernillo incrustado en el edén. Las Cuatro Esquinas es el cruce de calles a partir del cual se extendió la zona comercial de esta modesta urbe fundada a finales de los treinta. La Gran Sabana es la tierra del pueblo indígena pemón, un paraíso de selvas, de tepui, de saltos de agua, de infinitos morichales, de ríos ocre cristal.

Esta noche la mayoría ofrece sus servicios en el bulevar de la Bolívar, en las cercanías del Hotel Panzarelli y del Bar Santa Elena; en penumbras, dos indígenas negocian con sus clientes en el cruce de la Bolívar con Zea, contra la ciclón del vivero; en parejas, cuatro de las foráneas deambulan por la Ikabarú, frente a la sede de la Alcaldía; los bancos de concreto de la Roscio con Urdaneta permanecen desocupados. En los sitios de tradición –el Prada Granate y el Porto Bello- la noche es larga. En cada uno, cerca de veinte mujeres venden su sexo.

Santa Elena es, por lo general, el destino final de las mujeres que migran a través de Guasipati, El Callao, Tumeremo, El Dorado, Las Claritas, el Kilómetro 88.

En donde hay bulla, surgimientos repentinos y prometedores de oro y diamante se detienen a trabajar. Sólo las más arriesgadas avanzan hacia los yacimientos más recónditos, hacia Ikabarú e inclusive hacia Guyana.

Son mujeres de todas las edades, la mayoría procedentes de las ciudades del centro, centro occidente y sur urbano del país, profesionales, estudiantes, muchachas sin oficio ni profesión definidos y amas de casa, madres, abuelas.

La prostitución en el sur de Venezuela es tan antigua como la minería, pero, en la medida en que las minas devoran las selvas, sabanas y ríos y la crisis del país se transforma en un drama, aumenta también el número de mujeres ofreciendo sus cuerpos a cambio de dinero, de una grama de oro, de un diamantito.

La mayoría jura que se prostituye por necesidad, pero hay quienes aseguran que a muchas las mueve la vanidad. La diáspora se disparó a principios de 2015. Entonces, una chica cobraba alrededor de cinco mil bolívares (cinco dólares) por media hora de placer. Ahora, en mayo de 2016, el servicio básico cuesta entre diez mil y quince mil bolívares o como dicen las más jóvenes "quince barras". 


El Porto Bello es uno de los sitios más tradicionales del negocio, antes las mujeres que trabajaban como prostitutas eran sobre todo brasileras, ahora son principalmente venezolanas.



Daniela -este es su nombre desde que comenzó a prostituirse- es de Ciudad Bolívar, la capital de la entidad. Es madre de siete. Tiene 46.

Antes de llegar aquí, ya yo estaba prostituyéndome. Llegué a Porto Bello en 2012. Venía de Guyana. Sola. Siempre ando sola. En este mundo no hay amigas. Digo que somos caimanes del mismo charco. Conocí a la encargada de este negocio y ella me veía muy triste. Salí de Guyana golpeada. Cuatro militares me violaron.

Yo no fumo, yo no bebo, yo no consumo, yo no nada, solamente vendo mi cuerpo.

Soy peluquera, manicurista, técnico en Construcción Civil, programadora, mi familia trabaja con mis títulos y mira quién soy yo (…) Con esto logré mi casa.

Las mujeres adultas que trabajan en esto tienen problemas. Ahora, las jóvenes lo hacen por vanidad, por cirugías, por un teléfono grande, por zapatos. Hay unas que estudian y vienen en vacaciones (…) Pero sí, ahorita hay más necesidad que en otros tiempos.  En el Kilómetro 88 hay un negocio con cincuenta, cien mujeres.

Estoy parando más que todo es por mi nieta. Me quiero ir a Ciudad Bolívar (…) Ahora, estoy trabajando sólo con amigos. Me pagan 30, 40 mil. La plata está en el banco y con lo que me queda voy a comprar comida, pañales para llevar.

Es fuerte, uno no sabe el peligro que puede correr. Todos los días le pido perdón a Dios por todo lo que estoy haciendo, pero llega el momento en que eso pasa.

Me dio paludismo (malaria) en Guyana y me repitió en diciembre pasado (…) Casi me muero. Yo me negaba a ir al médico porque pensaba que tenía SIDA.

Al que quiere saber mi apellido yo le digo caramba ¿Quién eres tú? ¿PTJ?

En Guayana recibí diamante, oro, reais, dólares guyaneses, dólares americanos.

En este hotel pago cinco mil bolívares diarios, trabaje o no. Aquí está una muchacha que atiende seis en una noche (…)  Esa doñita atiende sus clientes.

Aquí se han visto muchachas de familia, profesionales: bomberas, ingenieras, médicas, estudiantes. Se van para las minas, donde no las conozcan.

Yo digo que la situación no tanto. Pero nos gusta vivir bien. Queremos que nuestros hijos estén bien y si los papás no nos ayudan, tenemos que hacer esto.

Antes la mayoría eran brasileras, en ese Porto Bello eran puras brasileras, por donde quiera eran brasileras. Ahora es que tiene este problema Venezuela  y ahora son venezolanas que, de paso, ya han invadido Brasil.

En octubre pasado (2015) corrió la noticia de otra chica de Santa Elena de Uairén que ingresó a las minas de Guyana para trabajar y terminó en la terapia intensiva de un hospital guyanés tras la golpiza que le propinaron varias mujeres.

Un vecino del Night Porto Bello nos comentó que el propietario del local le dijo, a finales de 2015, "tengo 20 mujeres ahí", un número superior al de otros tiempos, pero para él lo más sorprendente era que se trataba de venezolanas, algo inédito, pues en otras épocas trabajaba especialmente con brasileras.

Al parecer, las chicas de Puerto Ordaz, de Maturín e incluso de otras ciudades del centro y occidente preferían venir a Santa Elena pues aquí por 20 minutos podían cobrar –entonces- hasta 6000 bolívares mientras que en sus lugares de origen apenas Bs. 1 600. La fuente comentó que en Villa Pacaraima existe una casa que funciona como prostíbulo en donde hay venezolanas. Hacen 15 a 2 mil por noche.

A mediados de diciembre de 2015, la funcionaria de guardia en Centro de Coordinación Gran Sabana de la Policía del Estado Bolívar exclamó "yo estoy alarmada", con respecto a la cantidad de mujeres que llegan para prostituirse.

"Ellas empezaron a llegar desde el mes de febrero (2015), por los sueldos, por la escasez de comida, porque todo estaba más caro (…) Dicen que el dinero que cobraban no sustentaba la comida y no les alcanzaba ni para vestir a sus hijos".

Algunas precisaban que devengaban salarios por el orden de los Bs. 8000 mensuales y en 15 días en la frontera lograban reunir Bs. 60 000.

Al llegar, ellas deben pasar por el Hospital "Rosario Vera Zurita", para obtener su certificado de salud y luego por Coordinación Policial, mostrar sus exámenes y registrarse "por si cometen o se ven involucradas en algún hecho punible".

En el registro debe constar su nombre, cédula de identidad, edad, sexo, pues las hay transexuales, procedencia, nivel de instrucción y lugar en donde se hospedan.

La funcionaria dijo que ese organismo no ha totalizado cuántas son, pero comentó que sus edades oscilan entre los 28 y los 36 años y todas son venezolanas.

En cuanto a las profesiones, dicen ser enfermeras, ingenieras, maestras, administradoras, abogadas; proceden de Caracas, Valencia, Barquisimeto.

En esa fecha, a finales de 2015, una de las responsables de la Unidad de Enfermedades de Transmisión Sexual del Hospital "Rosario Vera Zurita" nos dijo que no se sabía cuántas eran, pero si comentó que diariamente recibían de cinco a seis "meretrices". Así es como las llaman en este centro de atención sanitario.

Los certificados son válidos por seis meses en todo el país. Sin embargo, dado el patrullaje de la PEB, ellas sacan su documento al llegar. "No las dejan trabajar sino es con el certificado de la zona, aunque es válido en cualquier parte".

Sus edades oscilan entre los 19  y los 53 años, "antier vino una de 51".

Si tienen una enfermedad de transmisión sexual no pueden trabajar, pero en el tiempo que ella lleva allí (un año) no se habrían encontrado enfermedades.

La mayoría le cuenta que llegan para trabajar en Porto Bello y algunas de forma independiente, alquilan una habitación en un hotel y ubican a sus clientes en la calle, por medio de tarjetas de presentación o en bares y discotecas.

Sólo algunas se aventuran hasta Ikabarú.

"Donde haya bulla minera, ellas van. Ellas vienen bajando desde Guasipati, El Callao, Tumeremo, Las Claritas y donde puedan trabajar, trabajan".

Son de Maracaibo, Maracay, Valencia, Miranda, Táchira. Alguna vez, atendió a una dominicana, a una brasilera y a una cubana, pero a ninguna indígena, "son criollas todas y no son de la zona, vienen de afuera (…) Ellas duran tres meses aquí y después se van. Pero ha habido un crecimiento bastante grande de la actividad (…) Por noche cada una recibe de cinco a seis clientes. Las que entran a las zonas mineras cobran en gramas de oro".

Mercedes Castro, segunda capitana de la comunidad de Kawi, visitó la mina de San Miguel de Caracol en 2015. Entonces, relató que de carpa en carpa y de barraca en barraca vagaba una chica a quienes los mineros, indígenas y criollos, llamaban "una grama" porque ofrecía su cuerpo a cambio de un gramo de oro.

La muchacha, una indígena pemón, aparentemente estaba infectada con el Virus de Inmuno Deficiencia Humana (VIH); lo habría contraído en su paso en la mina conocida como Apanao, en el municipio Sifontes.

Zaida Almeida, vice presidenta del Concejo Municipal de Gran Sabana y maestra de Ikabarú durante décadas, dijo que en esa parroquia "siempre las hubo, pero no como ahora (…) De 13, de 14, de 15 años".

Relató que, recientemente, el sargento de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) que está asignado al sitio pidió a las menores de edad los números de teléfono de sus madres. "Eso y que chillaban y las llamó para que las buscaran". Las madres se sorprendieron al saber en dónde y en qué andaban sus muchachas.

Los concejales, dijo Almeida, han tratado el tema "pero cuando se cierra una puerta se abren 1000". En Ikabarú, segunda parroquia del municipio Gran Sabana, se calcula, según Almeida, que 80% de la población se dedica a la minería.

El día tres de noviembre de 2015 se produjo el cierre del Hotel Panzarelli ubicado en la calle Bolívar de Santa Elena de Uairén.

La oficial de guardia de la PEB contó que la clausura se produjo porque el establecimiento funciona como casa de citas cuando su patente sólo lo cataloga como hospedaje sin ninguna otra función.

Las mujeres que ahí se albergaban en ese momento cobraban Bs. 5000 por cada servicio. Al dueño del hotel le pagaban por residencia y adicionalmente por el uso de la habitación que alquilaban al momento de recibir un cliente.

La encargada de una tienda cercana contó que 15 días antes se fue un grupo de mujeres e inmediatamente llegó un nuevo grupo de muchachas.

Al ser desalojadas, las mujeres, rodeadas de maletas de rueditas, almohadas y cojines de muñequitos infantiles, se sentaron en los banquitos del bulevar de la calle Bolívar, justo frente al Bar Santa Elena. Estaban esperando que las buscaran porque ya tenían un lugar a donde ir para continuar trabajando.

Una de ellas dijo que las habían desalojado porque, al parecer, en el grupo había una mujer que había faltado a su régimen de presentación.
Verónica Prada, recepcionista de un hotel, relató que la mayoría dice que  "la situación allá afuera está caótica y aquí pueden trabajar y llevar alimentos". En la zona la escasez es mínima y la especulación máxima.

Ellas nos reveló que, aunque no admiten menores de edad,  50% de las tocan a su puerta son chicas entre 17 a 20 años, ejerciendo su primer oficio, Sus clientes habituales son los mineros y hombres indígenas sean mineros o agricultores de los que vienen a Santa Elena para vender en el Mercado Municipal los viernes.

Para ella la diferencia entre estas mujeres y las que llegaban al hotel hace ocho años, cuando ella comenzó en el empleo, radica básicamente en el uso de drogas: cocaína, marihuana y en las secuelas de ese consumo.

Valdirene Santos publicó un post a finales de año el blog de la Fundación Mujeres del Agua. En su nota relataba: "El día cuatro de diciembre, en la población de El Paují, estaba yo sentada en mi bodega, cuando vi una camioneta pickup llegar, estaba llena de mujeres jóvenes y no tan jóvenes, ellas se bajaron a comprar útiles personales, se veía que eran prostitutas, lo cual nos confirmó el chofer diciéndonos que las llevaba a trabajar para las minas de Perro Loco", una de las zonas auríferas de tradición de la Parroquia Ikabarú.

Lisbeth Castro, taxista, nos dijo que vienen espontáneamente por los reales, la minería y muchas, las más jóvenes, para operarse los senos o los glúteos o para pagar la intervención o el tratamiento de un familiar con un enfermedad grave.

"Son muy lindas, son muchachas jóvenes que en sus lugares de origen pasan desapercibidas y que aquí se maquillan mucho. En otro momento, aquí había otro tipo de prostitución, las llamadas mujeres de la mala vida, pero hoy en día son jóvenes, muy jóvenes, que pasan por ser iguales a otras muchachas".

ITewarhi Scott, taxista, nos contó que en noviembre a octubre pasado lo detuvieron en la calle un grupo de cuatro jóvenes brasileros.

Inicialmente, le pidieron que los llevara a su posada en la Urbanización Akurimá, pues al día siguiente subirían al Monte Roraima. Pero, cuando iban por la Avenida Perimetral, le dieron 20 reales y exigieron que los dejara en el Night Club Porto Bello "para ir más livianos de carga, aquí es muy barato". A la fecha el real brasilero se cambia en 280 bolívares.


 
En el Skondidinho, Villa Pacaraima, captan sus clientes varias chicas venezolanas.

Un visitante habitual del Skondidinho, un bar de la localidad de Pacaraima, nos contó que allí captan a sus clientes alrededor de 10 mujeres más seis en otro local cercano. Entre ellas las hay brasileras y cada vez más venezolanas.

Es un tema muy comentado por las personas de Pacaraíma y Boa Vista, en donde nunca antes se vieron tantas mujeres venezolanas ofreciendo sus servicios sexuales. Las diferencian por el idioma claro y porque son muy arregladas y limpias. La mayoría tiene de 20 a 25 años y en promedio cobran 70 reales.

En la Casa de la Mujer Migrante de Villa Pacaraima reanudaron sus actividades recientemente. Las funcionarias comentaron que no han tratado el tema formalmente, pero tienen conocimiento de que "son bastantes" las mujeres venezolanas que están trabajando como prostitutas tanto en Pacaraima como en Iramutá, confluencia de Venezuela, Brasil y Guyana.

Entre el personal del centro existe el temor de que, por su condición de ilegales, estas mujeres sean abusadas tanto por quienes las contratan como por sus proxenetas y que además estén trabajando sin el debido seguimiento sanitario.

Según el portal G1, en julio de 2015 la Policía Federal detuvo a 16 venezolanas que se encontraban ejerciendo como prostitutas en un sitio ubicado en el barrio Caimbé, en la zona oeste de Boa Vista a 230 kilómetros de la frontera.

La comisaria Denisse Días explicó que, de acuerdo con las leyes de migración, fueron exhortadas a dejar el país en ocho día o de lo contrario serían deportadas.

Según la reseña, ante la crisis venezolana, estas mujeres son captadas en la frontera por brasileros, dueños de burdeles. Por cada servicio, cobran alrededor de 30 dólares. Un quinto de ese monto queda en manos del comerciante.

En las comunidades indígenas pemón, en donde se dedican a la minería, también hay prostitución. Liza Henrito, funcionaria de Salud Indígena, comentó que las autoridades comunales tratan de controlar la situación imponiendo normas.

Si la mujer es casada se le expulsa de la comunidad, al igual que al hombre que paga por sus servicios. Las solteras practican la prostitución tratando de que nadie se percate y, por eso, bajo amenaza, sus clientes se van sin pagar.


En Kaurapí la capitanía quemó varios burdeles, luego de sacar de ellos a 26 prostitutas entre extranjeras y venezolanas. "Están haciendo una limpieza", dijo.


Al retornar la luz, las dos indígenas de la Zea con Bolívar ya no están. Seguramente acordaron con sus clientes, mientras la rubia de las Cuatro Esquinas continúa escuchando piropos y ofertas.

lunes, 9 de mayo de 2016

Tras el balazo, vino la espera

En un pueblo en donde aún se muere por causas naturales, impacta asistir a un primer asesinato a mano armada en plena vía pública, a pocas cuadras de dos escuelas y un preescolar. Fotografía: Morelia MRs.


Enrique José Gamboa Rodríguez tardó seis minutos en morir, tras la bala mortal y su cadáver  24 horas en el sitio en donde fue abaleado. Gamboa fue asesinado en Santa Elena de Uairén.
Santa Elena es la última ciudad  venezolana hacia el sureste del país, una población distante, se encuentra a 1350 kilómetros de Caracas; aislada, de los 36.000 kms² del municipio Gran Sabana, 30.000 kms² conforman el Parque Nacional Canaima; tradicionalmente tranquila, en donde hasta hace cinco o seis años se podía vivir sin cercos eléctricos, sin cámaras, sin rejas en puertas y ventanas, sin alarmas en los carros.
Gamboa tenía 22. Vivía en Ciudad Bolívar, la principal ciudad de la entidad, a 850 kilómetros de esta frontera  y, aparentemente, llegó a Santa Elena para visitar a unos familiares.
El martes 26 de abril, pasadas las 10:30 de la mañana, subió a un Mitzubishi Signo verde oliva,  junto a un amigo. Cerca de la intersección Kewey II-Cielo Azul los alcanzó una moto. Había cola. A 200 metros, seis hombres reparaban con cemento los huecos sobre el pavimento y pedían dinero a cambio. El motorizado circuló por la derecha y redujo la velocidad. A poco del cruce, casi se detuvo y el parrillero disparó dos veces perforando el cristal oscuro del Mitzubishi.
Faltaban 10 minutos para las 11:00 de la mañana, según relató la encargada de un establecimiento próximo. La única de los comerciantes entrevistados que logró recordar lo sucedido. Ella llegaba al local con un trabajador. Él identificó las detonaciones y ella miró su relój.
Tras perforar el vidrio, una de las balas penetró el cuello de Gamboa, mientras que la otra se introdujo entre las costillas del conductor. Seis minutos después, Gamboa fue declarado sin vida por el equipo de paramédicos que acudió al lugar y el chofer fue trasladado al Hospital Rosario Vera Zurita y de ahí al General de Roraima, a 230 kilómetros de la frontera.
Entonces, se inició la vigilia en torno al cuerpo de Enrique Gamboa: mecates amarillos alrededor, policías y guardias resguardando la escena del crimen, desconcierto, terror. En un pueblo en donde aún se muere por causas naturales, impacta asistir a un primer asesinato a mano armada en plena vía pública, a pocas cuadras de dos escuelas y un preescolar.
Santa Elena, en 20 años, pasó de albergar a poco más de 10 000 habitantes a alojar a 26 000, la mayoría de ellos desplazados -desde las zonas urbanas de la entidad y del centro  y norte del país- por la crisis económica y la inseguridad. En estos tiempos, quienes llegan vienen en su mayoría con la ilusión de ir a las minas, de formarse en las colas de gasolina, de taxiar y de vivir en paz. Pero como ellos también llegan quienes encuentran en estos confines el lugar ideal para distanciarse de sus enemigos y de los responsables de aplicar la ley.
El cadáver de Gamboa pasó el mediodía, la tarde, la noche y media mañana dentro del Signo verde oliva. No se veía desde afuera por lo oscuro de los cristales, pero ahí estaba. En Santa Elena no hay una delegación del Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas (Cicpc). En 2010, en un Cabildo Abierto, los asistentes denunciaron a los funcionarios de ese cuerpo, asignados al lugar, por extorsión. Luego, se movilizaron hasta las instalaciones sobre la Troncal 10 y los exhortaron a salir del municipio Gran Sabana. El despacho del Cicpc más cercano se encuentra en Tumeremo, a seis horas de viaje.
Un oficial de una de las instituciones de seguridad que acudió al sitio del suceso explicó que por este caso están detenidos dos sujetos, que estos ya fueron trasladados a Ciudad Guayana para ser presentados ante los tribunales, que se presume que el móvil del suceso fue un ajuste de cuentas por drogas. A propósito de la demora del levantamiento del cadáver, explicó que el organismo facultado llegó a Santa Elena en la mañana del miércoles 27.

Eran aproximadamente las 10:30 de la mañana cuando una comisión del Cicpc  trasladó el cuerpo de Enrique José Gamboa Rodríguez al Destacamento de Fronteras 623 de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) para examinarlo.

En su edición del tres de agosto de 2013, el sitio web granciudad.net reseñó que el Ministerio Público logró privativa de libertad para un hombre llamado Enrique José Gamboa, de 19, por su presunta participación en el homicidio de siete personas y por las heridas causadas a otras dos.

La noche del 26 de julio de ese año, EJG ingresó, junto a un grupo de hombres armados, a un pool ubicado en la avenida España, parroquia La Sabanita del municipio Heres, estado Bolívar. Él y sus acompañantes dispararon y uno de los que se encontraba en el sitio les respondió inmediatamente.

Los representantes del Ministerio Público también señalaron a EJG por homicidio, en grado de frustración, contra dos hombres de 25 y 35 años de edad. El Tribunal 1º de Control de Bolívar lo envió al Internado Judicial de Vista Hermosa.




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