Gran Sabana no postal

Mi madre siempre dice que vivo "en el fin del mundo". Yo vivo en la Gran Sabana, en el sureste extremo de Venezuela, en un sitio tan distante
y tan distinto que hasta se me ocurrió quedarme a vivir. Los invito a conocer esa Sabana que experimento en mi cotianidad: la Gran Sabana no postal.

sábado, 18 de marzo de 2017

#NecesitoApoyo #ArtePeriodismo #GraciasTotales

Quien desee colaborar con estos mis primeros días como estudiante extranjera, durante los cuales no contaré con el dinero de la beca, puede hacerlo a través de mi cuenta de ahorros en el Banco de Venezuela número 01020693630100001557 a nombre de Morelia Morillo, CI 10761255.


Continúan las buenas nuevas: ya tengo pasaporte nuevo y sobre su cuarta página el visto (visa) temporario IV que me permitirá estudiar en el país de al lado, en la Universidad Federal de Roraima (UFRR), en Boa Vista, Brasil, con el respaldo de una beca de la Organización de Estados Americanos (OEA) y del Grupo Coimbra de Universidades Brasileiras (GCUBB).

La proeza (tener pasaporte y beca) me tomó 15 días fuera de casa, 4200 kilómetros de recorrido, mis escasos ahorros y el apoyo de mi familia extendida, incluyendo a mi esposo, dedicado a las niñas y a mi hermano (Jesús) que financió parte de mi peregrinar. Gracias también a los Mendoza Izquierdo, a los Rojas Díaz, al chino Ecarri, a Clodo y a María Virginia. Gracias al clan.

El martes que viene, en horas de la tarde debo estar en Boa Vista, a 230 kilómetros de casa, con el objetivo de  formalizar mi inscripción para la maestría en Sociedad y Fronteras e iniciar clases, además de adelantar las gestiones para obtener mi CPF (el equivalente al RIF para los venezolanos), mi documento de identificación como estudiante extranjera y abrir la cuenta bancaria a través de la cual se me hará llegar la beca mes a mes.

Al menos hasta el cierre de marzo, deberé costear todo: transporte, comida, alojamiento, aunque confío en la BB  me aloje en su sitio y sobre todo las tasas administrativas. 

Requiero de aproximadamente 1000 reales brasileros y cada uno supera los Bs. 1000.

Como ya no tenemos dinero, lo dije los ahorros eran pocos, mi marido, Tewarhi Scott, un artista plástico nacido en estas tierras, está ofreciendo ocho fotografías del fabuloso Chirikayén Tepui, el cerro con perfil de indio acostado; todas piezas intervenidas por él, en medidas de 30 por 40 centímetros, cada una valorada en Bs. 100 mil. Yo las defino como reinterpretaciones mágicas de un lugar que por sí solo es inmensamente mágico. Son hermosas, coloridas, brillantes.

Quien desee colaborar con estos mis primeros días como estudiante extranjera, durante los cuales no contaré con el dinero de la beca, puede hacerlo a través de mi cuenta de ahorros en el Banco de Venezuela número 01020693630100001557 a nombre de Morelia Morillo, CI 10761255.


A través morelia_morillo@yahoo.com pueden dar la dirección para el envío de las obras. Y de nuevo Gracias totales. Gracias a todos.  

lunes, 27 de febrero de 2017

Buenas noticias!!! Gracias totales

Imagen de Cortesía.

Les cuento: Este fin de semana, cuando ya no esperaba nada, recibí el correo de la Organización de Estados Americanos (OEA) y el Grupo Coimbra de Universidades Brasileras diciendo que fui seleccionada como becaria de su programa posgrados para extranjeros en su edición 2016-2017.

Voy a estudiar una maestría en Sociedade y Fronteiras en la Universidad Federal de Roraima (UFRR), en Boa Vista, a 230 kilómetros de casa. Cuando leí el correo, lloré de alegría porque la posibilidad de postularme a esta beca llegó a mí gracias a Domingo González, un lector de Las crónicas de la frontera,  a quien nunca he visto, pero con quien mantengo una relación de aliados.

Hace aproximadamente seis meses, él me escribió pasándome el link para que me postulara y me colmó de ánimo y elogios. Por tanto, esta beca es para mí un reconocimiento al trabajo de siete años desde Las crónicas de la frontera. Gracias Domingo. Te abrazo y en ti abrazo a cada lector que me motiva a seguir adelante. Ustedes me entusiasman cuando decaigo y me acompañan cuando sigo.

Aún no sé si me iré durante los dos años que dura el programa o si viajaré semanalmente; ni siquiera cómo pagaré mis diligencias iniciales y mis pasajes, pues el convenio cubre los gastos del becario a partir de la llegada al Brasil y yo vivo como cualquier venezolano de hoy, con lo puesto.

Tengo hijas, un marido, una casa con vista al Roraima y amo cada gota de agua, cada piedra, cada copo de nube y claro cada río, cada tepui, cada una de las vistas infinitas de este paraíso terrenal que es la Gran Sabana. Este es mi hogar, mi razón de hacer.

La Gran Sabana me enseña cada día que la belleza y armonía de la naturaleza tienen un propósito terapeútico en la vida de los hombres: nos calma y nos humaniza. Y ese hermoso paisaje es una fábrica poderosa de recursos vitales: agua, oxígeno, medicina. Descarto recursos como oro y diamante porque por cada gramo se sacrifican sin medida el ambiente y la comunidad.

Creo firmemente en que sólo en la medida en que haga de mi entorno un mejor lugar, haré de mis hijas seres mejores. Quiero estudiar un poco más, hacerme una mejor periodista y contribuir a hacer de este sitio un mejor espacio de convivencia respetando la naturaleza, la Gran Sabana y sus habitantes ancestrales: el Pueblo Pemón.

De nuevo, gracias a Domingo González y a todos esos lectores que me animan a seguir haciendo lo único que me gusta y sé hacer como oficio: escribir. Como diría Cerati: Gracias totales!!!


jueves, 26 de enero de 2017

Los saqueadores viajaron en autobús desde el Km 88




En la frontera venezolana hacia el Brasil, los alimentos de primera necesidad son probablemente más caros que en el resto del país, pues los precios se calculan en reales brasileros o en oro y la salida de circulación del billete de Bs. 100 paralizó un mercado que se maneja casi exclusivamente en efectivo. Sin embargo, los protagonistas de los saqueos de diciembre pasado fueron un grupo de hombres y mujeres foráneos que cargaron sobre todo con ropa, si bien a aquella acción se sumaron algunos habitantes de esta ciudad que hasta hace pocos años fue un oasis paz en medio de la majestuosa Gran Sabana. Fotografía: Morelia Morillo


El 17 de eneros, El Pitazo editó y publicó este relato…

La mayoría de quienes participaron de los saqueos del 17 de diciembre pasado en Santa Elena de Uairén llegaron a esta frontera en dos autobuses y media hora después ya estaban violentando santamarías, estallando vidrieras y cargando en sus brazos con todo cuanto podían.

Los dos autobuses -destartalados, de vidrios ahumados y sin señales vigentes que los vinculen a alguna de las líneas que a diario viajan al sur- permanecen a la orden de la Fiscalía VI del Ministerio Público en el estacionamiento de la sede que comparten el Instituto Nacional de Transporte Terrestre (INTT), parte de las dependencias del Servicio Administrativo de Identificación Migración y Extranjería  (Saime) y que a su vez colinda con el Centro de Coordinación de la Policía del Estado Bolívar (PEB) en Santa Elena, la última de las ciudades venezolanas hacia el sureste remoto.

Un vocero del llamado grupo de los consejos comunales contó, luego de solicitar que se reservara su nombre, que recibieron una llamada de un miembro de uno de los sindicatos que hacen vida en el Kilómetro 88, un pueblo minero ubicado sobre la Troncal 10 a 227 kilómetros de Santa Elena.

En sur del estado Bolívar, se llaman sindicatos las organizaciones armadas que imponen el orden mediante el terror en los yacimientos ilegales de oro y diamante, a cambio de un porcentaje.

"Nos dijeron que de allá habían sacado a un grupo de gente y que esa gente subió a dos autobuses que viajaban hacia acá con pocos pasajeros (…) Los pasajeros a los que entrevistamos, la gente de aquí, nos dijo que venían asustados porque algunos de esos hombres estaban armados (…) Los consejos comunales y las cooperativas de moto taxis nos movimos hasta La Guillotina, pero nos dijeron que ya había pasado uno de los buses".

La Guillotina es el último de los seis puntos de control distribuidos entre el 88 y Santa Elena, a lo largo de la Troncal 10. En el sitio, como en la mayoría de las alcabalas pre fronterizas, hay efectivos de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB), en una de las seis alcabalas se encuentran apostados soldados del Ejército y en la comunidad indígena de Kumarakapay funcionarios pemón de la PEB.

Aquel sábado, 17D, según los relatos de los testigos y la versión del vocero del consejo comunal, los pasajeros de al menos uno de los dos buses no descendieron en el Terminal de Santa Elena de Uairén sino en la entrada de la localidad, sobre el encuentro de las avenidas Perimetral y Mariscal Sucre y desde allí caminaron hacia el centro de la ciudad.

Mientras un grupo caminaba por la Mariscal Sucre hacia el oeste, hacia el comercial las Tres Vírgenes, el otro lo hacía por la Perimetral hacia el sur, hacia la calle Urdaneta.

"Había un descontento porque en las Tres Vírgenes estaban vendiendo muy caro y cobrando un porcentaje por las tarjetas", comentó un comerciante local al tiempo que prohibió dar su nombre.

"Primero llegaron aquí, pero el policía que estaba afuera logró controlar la situación y ellos siguieron", comentó un empleado de las Tres Vírgenes, el bodegón más surtido de la zona.

En Santa Elena de Uairén es común que los establecimientos comerciales más exitosos cuenten con la custodia exclusiva de un agente de la PEB.

Quienes minutos antes habían abandonado aquel autobús, continuaron caminando por la Avenida Mariscal Sucre y cruzaron en la calle Roscio, media cuadra antes de llegar al Destacamento de Fronteras 623 de la GNB. Se proponían entrar al Comercial Calle Roscio, pero fueron rechazados por el grupo del Poder Popular, de la GNB y del Ejército que los esperaba.

"Venían desde aquí y desde allá", desde los dos extremos de la vía. "Pero los más numerosos eran los que venían de acá", de la Mariscal Sucre, los foráneos. Los que venían en sentido contrario eran los habitantes de la localidad que se iban sumando al rumor de saqueo.

"Logramos cerrar aquí y cerramos Chamín", dijo el vocero de los concejos comunales en el Comercial Calle Roscio, uno de los primeros supermercados chinos de esta frontera. Chamín por su parte es uno de los principales distribuidores de frutas, verduras y carnes de Santa Elena.

Los videos colgados en youtube permiten ver, frente al Comercial Calle Roscio, una barrera de uniformados y civiles. Sin embargo, en el resto de las vías del casco central los efectivos eran pocos y quienes protegían los locales comerciales eran los propietarios, sus clientes, los moto taxistas, los voceros de los consejos comunales, todos armados con palos, cabos de hachas, picos y palas que repartió el dueño de una de las ferreterías del centro.

Un efectivo de la GNB adscrito al Destacamento 623 dijo que él, como tantos otros, ya se encontraba disfrutando del descanso decembrino y que fue convocado a regresar al Comando.

Sobre el mediodía,  a 200 metros de distancia, docenas de personas, la mayoría de ellos desconocidos, cargaban con la carne, el pescado, el pollo y el dinero en el abasto Yor Bellorín, dejando las verduras y las frutas. A ellos se sumaron algunos habitantes de esta localidad de alrededor de 30 mil personas en donde muchos se conocen al menos de vista, así lo demuestran los videos de las cámaras de seguridad y captados por celulares.

Poco después, en la calle Urdaneta, otros arremetían contra los portones y exhibiciones de La Chiquitina y la Wrangler, tiendas de ropa ubicadas a menos de 100 metros de la Alcaldía del municipio Gran Sabana. 100 metros más allá, otro grupo desmantelaba Paraíso Intimo, un almacén de venta al mayor y detal de prendas de uso interior y de dormir.

"Trapo no cubre hambre", dejó colar una mujer vinculada a uno de los negocios saqueados entre sus labios fruncidos. "Eso es mentira que no era gente del pueblo", cuestionó, puesto que ella logró identificar a varios vecinos, cargando con la ropa de la primera sección de la tienda.

Según sus cuentas, de su establecimiento se llevaron alrededor de Bs. 70 millones. Tan sólo la máquina fiscal le costó dos millones. Dijo que ninguna institución gubernamental ha concretado la ayuda financiera de la cual se ha hablado. Tras 11 años de trabajo, su local está vacío; la tienda Wrangler mantiene la santa maría abierta a medias y Paraíso Intimo está como quedó aquel día: en el suelo; a través de las rejas, se observa un cementerio de maniquís y mobiliario roto.

"Definitivamente fue un atraco colectivo de las tiendas de ropa de Santa Elena de Uairén (…) La mayoría era gente de San Félix", definió Lisa Henrito, líder de la Comisión de Seguridad Indígena que acompaña a la PEB en sus funciones en el municipio Gran Sabana, tierra ancestral del pueblo pemón.  Ella agregó que había personas del pueblo instigando a saquear algunos locales.

Pasado el mediodía del 17D, bajo una llovizna intermitente, 43 de los integrantes de la Guardia Territorial Pemón (GTP) salieron a la calle. La GTP es una organización creada hace apenas meses por las comunidades indígenas para detener la arremetida del hampa contra los pobladores locales y contra los prístinos espacios que constituyen la herencia de este pueblo originario.

"Fuimos peinando en cuadrillas, caminamos hasta la plaza (Bolívar), hasta El Manguito (uno de los bares más concurridos durante los fines de semana en el centro de la ciudad), nosotros como indígenas entramos a las casas y encontramos parte de la ropa saqueada. Los saqueadores se metían a los hoteles porque en ese grupo había prostitutas", comentó Henrito.

En la medida en que la minería prolifera en la Gran Sabana se multiplica la cantidad de prostitutas, jóvenes venidas de las ciudades más importantes del país, en las calles de Santa Elena. 

Al final de aquella tarde, luego de los primeros saqueos en la historia de este poblado fronterizo fundado hace más de ochenta años, se contabilizó a 92 detenidos. Dos días después, 63 de ellos fueron presentados ante el Ministerio Público en Ciudad Guayana y luego conducidos a la Cárcel de El Dorado y a otras prisiones. Nueve de los procesados son mujeres que se dedicaban a la prostitución. 12 de los aprehendidos son menores de edad.

La Comisión de Seguridad Indígena procesó a tres de sus paisanos, hombres pemón que llevados por aquella emoción masiva se unieron a los saqueadores. Los llevaron al silo (especie de sitio de sanción comunitaria indígena), les raparon el cabello y les leyeron las enseñanzas bíblicas.

Cuatro de los hoteles del centro fueron cerrados temporalmente y se suspendió el ingreso  de autobuses durante cinco días; en gratitud con el pueblo, los comerciantes bajaron los precios, un gesto que caducó tras al levantarse el cierre fronterizo, el seis de enero pasado. A partir de la segunda semana de enero, subió el real y los precios retomaron su escalada.

"El propio comandante (GNB) dijo que no tenía orden de actuar y la PEB estaba acuartelada. Se demostró que no tenían capacidad para controlar", dijo Henrito. "Pero Santa Elena tiene una gran fortaleza ante este tipo de situaciones. Somos una potencia. Sólo tenemos que coordinar".

Aquella noche, según el sentido relato que compartió con los asistentes a la sesión del 19D en la Cámara Municipal, el recién juramentado comandante del Destacamento de Fronteras 623 de la GNB, Dennys Ferrer, se arrodilló y dio gracias a Dios por la valentía de aquel pueblo remoto.

Durante la jornada, Ferrer sufrió una caída por lo que recibió siete puntos de sutura en su brazo derecho, algo insignificante en comparación con lo que pudo haber sucedido si aquella embestida no hubiera sido controlada en tiempo récord. Explicó que no podía emplear armamento de guerra.






miércoles, 28 de diciembre de 2016

La pica de los pies descalzos


Tan pronto como el presidente venezolano, Nicolás Maduro, postergó el levantamiento del cierre fronterizo en la frontera con Brasil, docenas de hombres y mujeres comenzaron a trazar y transitar una pica, una trocha, un camino alternativo a la carretera de asfalto y a las caminos verdes ya conocidos sobre los cuales se desplegaron los efectivos miliares para vigilar el paso de los billetes de Bs. 100.  La mayoría de ellos cruzaron para comprar comida en los comercios del lado brasilero. Esta crónica fue escrita a partir del testimonio y vivencias de un grupo de personas durante la mañana del domingo 18. A partir de este martes se flexibilizó el cierre fronterizo. Fotografía: Morelia Morillo.



Por Morelia Morillo @morelia morillo

Por estos días, quienes se atreven a entrar a Brasil o a retornar a Venezuela inician su andar con sus pies limpios y 40 minutos o una hora después llegan a su destino con sus pies enlodados. Y el barro les llega hasta las pantorrillas.

El mismo día en que el presidente venezolano, Nicolás Maduro, decretó  la extensión del cierre fronterizo, inicialmente por 72 horas  y posteriormente por 312 horas más, alguien (uno o varios) abrió una pica para pasar de un lado al otro de los hitos, evadiendo el cierre existente en el flanco venezolano para después volver sobre el asfalto y caminar frente a las instituciones colindantes del lado brasilero.  Sin embargo, hay migrantes que aseguran que la Policía Federal Brasilera establecerá controles muy pronto, que no permitirán que se les llene el país de gente llegada por la pica.

No hay nada oculto, no se puede ocultar tanto barro, brota entre los dedos de sus pies y les llega casi hasta las rodillas; tanta gente, quienes cruzan vienen de todas partes de Venezuela: de Maturín, a dos días de viaje, de El Tigrito, a un día de acá, de Puerto Ordaz, a ocho horas de recorrido; de Santa Elena de Uairén, a 15 minutos; ni tanto saco lleno de arroz, harina de trigo, pasta, azúcar, aceite; ni tanto surco sobre el terreno virgen: la pica describe una herradura por detrás de la última granja ubicada en el borde limítrofe.

Como por ahí probablemente no pasó nadie antes, las huellas humanas van quedando una tras otras como cicatrices del tránsito humano sobre una sabana de aguas perpetuas.

Los hombres y niños warao, habitantes ancestrales del Delta del Orinoco, el río padre del territorio venezolano, sirven de caleteros para quienes regresan con sus sacos después de comprar comida en Villa Pacaraima, la primera localidad fronteriza del lado brasilero.

Los warao llegaron a la Sabana en 2014. Entonces, aseguraron que migraban temporalmente ante la crecida del Río. Dijeron que no podían pescar y que por eso se dedicaban a mendigar entre los brasileros que llevaban por docenas los productos venezolanos, aprovechando las ventajas de su moneda, el real sobre la moneda venezolana, el bolívar. Hay quienes aseguran que los warao son recolectores y que por tanto recolectan monedas como quien recolecta frutos silvestres.

La Gran Sabana es la última jurisdicción venezolana hacia el sureste profundo del país y el territorio heredado del pueblo indígena pemón.

Luego, desde comienzos de 2016, cuando la escasez obligó a los venezolanos a comprar en Villa Pacaraima, la primera localidad del lado brasilero, los warao comenzaron a mendigar en las aceras de la calle Suapi y poco a poco se internaron hacia Boa Vista, capital del brasilero estado de Roraima, fronterizo con Venezuela, de donde los deportan una y una y otra vez por docenas.

Entonces, ellos se quedan en Pacaraima, al lado del Terminal de Pasajeros, sobre las áreas verdes, con todo y sus bebés, a la intemperie.  

Son seres de agua, que caminan descalzos casi siempre, los hombres visten franelas y bermudas, la pica anegada les resulta una pista: llevando sacos de 50, de 60 kilos, corren gritando "maraisa, maraisa, maraisa" es decir "amigo, amigo, amigo".

Los waraos son los habitantes de Mariusa, la región del estado Delta Amacuro, en el extremo norte oriental de Venezuela, sobre la cual se extiende el Parque Nacional Delta del Orinoco. Su hogar es una isla entre los caños Macareo y Mariusa, justo en el punto medio de la desembocadura del Orinoco.

Como los warao, otros 20 jóvenes venezolanos caletean los sacos de comida brasilera hacia el lado venezolano. Por cada saco, cobran 10, 20, 30 reales. Todo depende del negocio entre las partes. Para que sea rentable, cada caletero hace alrededor de 20 viajes diarios. Ante el cierre de la frontera, el cambio fluctúa sobre los 800 bolívares. Algunos de los comerciantes brasileros aceptan los billetes de Bs. 50, pero otros no se arriesgan.

"Con teléfono, con bermuditas, pero sin zapatos, pa' no dañar los zapaticos", se describe José Colmenares, de Maturín, quien llegó a la frontera hace tres meses. "Trabajaba como vigilante, pero ya no se conseguía trabajo. Ganaba 40 000 bolívares mensuales (…) Aquí hay gente de toda Venezuela porque es la única manera que tienen de conseguir comida".

Julio Castro, de San Félix, gana 1300 reales semanales trabajando la construcción. "Y el fin de semana pa' la trocha", a caletear sacos de comida sobre el pantanal y a pies descalzos.

Nulfo Rodríguez, un hombre de 46 años, residente de Puerto Ordaz, cuenta que tiene casa, carro y gandola, pero no tiene dinero para repararla. La vida lo puso a patear el fango, cargando sacos de un país al otro con el rostro sudoroso y la respiración agitada.

"Usted cree que uno, venezolano, de un país tan rico y hermoso tenga que estar pasando este trabajo. Tanto gobierno como oposición se aprovechan".

Una familia completa, un hombre y una mujer, ambos muy jóvenes, dos niñas de menos de tres años y un segundo hombre joven también saltan tratando de evitar el pantano. Apenas llevan equipaje. "Somos de El Tigrito, estado Anzoátegui. Nos quedamos sin real y no podemos seguir en Venezuela. Nos están esperando allá, en Brasil".

"Esto es lo mismo que hacen los centro americanos para ir a Estados Unidos, estamos conquistando el sueño americano", dice otro hombre que cruza con su mujer y su hija. Él sonríe, pero ellas se quejan del barro y del mucho caminar.

Hoy,  retornan también algunas de las familias brasileras que quedaron varadas en suelo venezolano hace casi una semana. Llevan sus niños en hombros. Están agotados, tal vez por la estadía postergada en el país vecino. Los pies de los adultos están hechos fango.

Es domingo, 18 de diciembre y nadie parece recordar que faltan seis días para Navidad.





martes, 20 de diciembre de 2016

Any y Luis volvieron a Venezuela tras perderlo casi todo en Boa Vista

Simultáneamente, el  viernes ante pasado, la Policía Federal Brasilera inició la deportación de 450 venezolanos porque trabajaban ilegalmente o mendigaban en Boa Vista, pero un tribunal suspendió el proceso por considerar que no recibieron la asistencia de ley. Ilustración: tomada de Factoría Yuguero.

Esta nota fue publicada inicialmente en El Pitazo.com
Any Narváez y Luis Cordero jamás pensaron que volverían a su país, exactamente 73 horas después de haber salido desde su casa, en Puerto La Cruz, hacia Córdoba, Argentina.

El martes seis de diciembre, a las seis de la tarde, subieron al autobús de Expresos Occidente -que viaja directo hacia la frontera con Brasil tres veces por semana- con 200 dólares y no más de Bs. 100 mil y el viernes nueve, sobre las siete de la noche, llegaron al Terminal Internacional de Santa Elena de Uairén con lo suficiente para un pasaje al Puerto. "Nos robaron en el Terminal de Boa Vista, los propios venezolanos", contó Any.

Córdoba está en el centro de Argentina. Boa Vista es la capital del brasilero estado de Roraima, de cara a Venezuela. Santa Elena la población venezolana más cercana a Brasil.

Hasta la primera semana de diciembre, Any se ocupaba del diseño de un periódico y Luis Anibal de impresiones a gran escala. "Vivíamos con la incertidumbre de si comes hoy o comes mañana. Con todo y que él no ganaba sueldo mínimo, no nos alcanzaba".

Un amigo les habló de Córdoba, de la posibilidad de conseguir un empleo de medio tiempo en un hotel, con las tres comidas y una habitación incluida y les pasó el contacto. Sacaron la cuenta y se dedicaron a trabajar y a ahorrar. Según sus cálculos, con 200 dólares les alcanzaría para ir por tierra, vía Brasil, hacia Bolivia y finalmente llegar a Argentina.

En el autobús de Occidente conocieron a otro viajero venezolano y a dos argentinos. Como todos iban hacia Manaus, la principal ciudad del estado Amazonas, a 14 horas de la frontera con Venezuela, decidieron viajar juntos. Sólo Any había llegado hasta Ciudad Guayana, a cuatro horas de Puerto La Cruz. Su papá es ingeniero civil y trabajó en El Guri, en el Complejo Hidroeléctrico "Simón Bolívar". 

Cuando desde el autobús vieron el Roraima, el más grande de los tepui de la cadena oriental, ambos sintieron escalofríos.

Bajaron del autobús el miércoles en la tarde. Ya en Villa Pacaraima, la pequeña localidad brasilera que colinda con Venezuela, cambiaron los bolívares por reales e ingresaron a la sede de la Policía Federal Brasilera. Les dieron 15 días de estadía. Sobre las seis de la tarde, tomaron el carro por puesto hacia Boa Vista. "Compartimos el carrito con el venezolano y los dos argentinos, pagamos 35 reales por persona".

Al llegar al Terminal de Boa Vista eran las nueve de la noche y los pasajes del siguiente autobús hacia Manaus se habían vendido. "Entonces nos pusimos a compartir con los venezolanos que viven en el terminal, son más de 100 y dentro de ese grupo hay dos alemanes. Viven ahí, fuman, pintan de vez en cuando y un grupo evangélico renacentistas les da la comida tres veces al día (…) Nos tocó dormir ahí, en el piso. Pusimos los bolsos en el medio y nos pusimos uno de un lado y el otro del otro. Yo guardé los reales y tres dólares, por si acaso y mi esposo el resto de los dólares. Dormimos por turnos".

Ya en la madrugada, Any fue al baño, se duchó, se aseó y después lo hizo Luis Anibal. Ella recuerda que a él lo siguieron los dos argentinos y el venezolano con quienes viajaron. Al amanecer, se percataron de que no tenían los 197 dólares que había guardado Luis.
Roraima tiene aproximadamente 500.000 habitantes. El Gobierno de Roraima ha dicho que en la entidad hay 30.000 venezolanos. La mayoría de ellos radicados en Boa Vista, a 230 kilómetros de la frontera, mientras que otros se quedan en Villa Pacaraima, al lado brasilero de los hitos. Desde que comenzó el éxodo masivo, hace seis meses, las autoridades lo han atendido como una crisis humanitaria, motivada por la escasez de alimentos y medicinas. Pero algo está cambiado en esa percepción con respecto a los inmigrantes venezolanos.
Al amanecer del viernes, mientras Any y Luis Anibal, despertaban sin dinero en un país extraño y buscaban la manera de regresar, la Policía Federal (PF) Brasilera detuvo a 450 venezolanos en Boa Vista e inició su deportación. En la nota dirigida a los medios, la PF explicó que se encontraban desempeñando actividades no turísticas, trabajo remunerado y mendicidad. Todos fueron trasladados en autobuses hasta la frontera venezolana. Con los 450 sumarían 900 los venezolanos desterrados durante 2016.
Sin embargo, poco antes de que bajaran de los vehículos que los transportaron, desde Boa Vista Pacaraima por BR 174, el Tribunal Regional Federal de la 1º Región suspendió la deportación. La decisión fue tomada en respuesta a la solicitud de la Defensoría Pública de la Unión, por considerar que los extranjeros fueron capturados y llevados a la PF sin derecho a conversar con alguna de las entidades encargadas de asistirlos en un país en donde tanto los nacionales como los foráneos cuentan con los mismos derechos. Entonces, sólo algunos aprovecharon el aventón forzoso para quedarse en Pacaraima.
Any y Luis Anibal, por su parte, sólo recibieron el apoyo de un venezolano, un hombre que trabaja con los choferes del terminal. "Nos dio de comer y nos llevó hasta el terminal de los carritos que viajan hacia Pacaraima. El conductor del taxi dijo que él siempre escuchaba en la radio brasilera que los venezolanos habían robado", recordó Any.

De acuerdo con una nota publicada en la Folha de Sao Paulo los registros policiales pasaron de vincular a 58 venezolanos en 2015 a vincular a 220 en 2016.

"Nos pasó ese chasco y no somos personas analfabetas porque la mayoría de los que están allá son indigentes, no tienen ni sexto grado (…) Los mismos venezolanos están haciendo desastres contra los venezolanos y nadie ayuda, ni los que están establecidos ni los indigentes. Es difícil aceptar que uno no puede creer en nadie. Aprendimos que no hay que ofrecerle ayuda a todo el mundo porque nosotros éramos muy de eso, de ayudar a todos", dijo Any, sentada en uno de los bancos de cemento del Terminal de Santa Elena.

"Nos están cobrando diez mil bolívares hasta Puerto La Cruz, como si fuéramos hasta Caracas. Vamos a esperar para hablar con el chofer a ver si nos lleva a los dos, aunque sea en el pasillo. Uno sentado y el otro parado. Ahí veremos".




domingo, 18 de diciembre de 2016

Con palos, comunidad de Santa Elena se defiende los saqueadores

Al final de la tarde, una nota del alcalde, Manuel De Jesús Vallés, llamó a toda la comunidad a congregarse en las Cuatro Esquinas para defender a Santa Elena de los extraños de conductas que no son propias de los santaeleneros. Fotografía: Morelia Morillo

Esta historia la publicamos al instante en ElPitazo.com

Desde las once y media mañana, en Santa Elena de Uairén se vive una batalla. Por un lado los saqueadores y por el otro los vecinos y los comerciantes tratando de defenderse.

En tres horas, los forasteros, y algunos pocos lugareños, ya entraron en seis locales, uno de ellos un abasto, los demás tiendas de ropa y tecnología.

En las calles, los efectivos de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) son pocos. Aparentemente, un número (no precisado) de uniformados fue enviado para reforzar el control de los desórdenes en otros municipios del estado Bolívar; pasadas la una de la tarde, recibieron el apoyo de un contingente de soldados del Escuadrón de Caballería Motorizada 5102 Escamoto perteneciente al Fuerte Roraima que llegó a bordo de un vehículo Tiuna.

Santa Elena de Uairén es la última localidad venezolana de cara al Brasil, en el sureste profundo de Venezuela; un pueblo tranquilo que se ha transformado en la medida en que la crisis del país ha avanzado hacia los sitios más remotos. En los últimos 18 años, en Santa Elena se han instalado alrededor de 18 invasiones; ahora, prolifera la minería ilegal, el contrabando de combustible, el canje callejero de la moneda, la prostitución y la delincuencia.

Gilmer Poma, presidente de la Cámara de Comercio de Gran Sabana, comentó que "no hay suficiente cantidad de efectivos que pueda parar esta ola delincuencial".

Relató que los saqueadores arrasaron con  la venta de víveres Yor Bellorín, en la calle Roscio, intentaron entrar a uno de los supermercados chinos y luego vaciaron una tienda de ropa en la calle Bolívar frente al Parque Ferial, una de tecnología y accesorios y una de prendas íntimas. También intentaron entrar en el CC Pasaje Morales, pero los comerciantes los repelieron. 

Yoryina Bellorín, propietaria del local, dijo que quienes entraron se llevaron carne, pollo, pescado y dinero, pero dejaron los víveres secos y las verduras.

Mientras hombres desconocidos recorrían las calles comerciales en motos a toda velocidad, los comerciantes y quienes habitan en la localidad se hacían con palos, bates y barricadas.

Confidencialmente, quienes presenciaron los hechos aseguraron que los saqueadores son casi todos de Caño Amarillo, una invasión que en el año 2011 se apoderó de un morichal perteneciente a la comunidad indígena de Sampai, que colinda con Santa Elena por el  extremo este.

Sin embargo, al final de la tarde, se conoció que las autoridades y comunidades organizadas allanaron varios hoteles de paso en el centro dando con algunos de los involucrados y mercancías.


En el sector Brisas del Uairén, a dos kilómetros del comercio, los vecinos cerraron el paso mediante barricadas ante el rumor de que saquearían los dos supermercados chinos ubicados en la zona. "A nosotros no nos van a  dejar sin comida", dijo Elena Caro, vocera del Consejo Comunal.

Nota de voz
Al final de la tarde, una nota del alcalde, Manuel De Jesús Vallés, llamó a toda la comunidad a congregarse en las Cuatro Esquinas para defender a Santa Elena de los extraños de conductas que no son propias de los santaeleneros. 

Las Cuatro Esquinas es el cruce de calles que constituye el ombligo de la capital mestiza en la Gran Sabana, el territorio ancestral del pueblo indígena pemón.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

La bebé de Aguas Negras se salvó de milagro




Valiéndose de dinero, de amenazas, de la fuerza o de simples promesas, los traficantes de niños y niñas penetran en las comunidades indígenas de Gran Sabana. Fotografía tomada de Andina.com.pe
Este texto fue publicado inicialmente en El Pitazo.com
En menos de dos meses, que para ella son toda su vida, la bebé de Aguas Negras se separó de su mamá y sus hermanos, quedó a cargo de una prostituta que se comprometió a cuidarla, viajó en avioneta sobre El Abismo, la cima rocosa en donde el Macizo Guayanés sede espacio a la Selva Amazónica, fue presentada por una pareja distinta al hombre y a la mujer que la concibieron, cambio de nombre, fue rescatada por una instancia de protección y un grupo de efectivos militares y ahora vive en casa de su familia materna.
A comienzos de octubre, dos días después de parirla, su mamá, Glenda Castro, una indígena pemón de 20 años, madre ya de dos hijos, se desprendió de ella a cambio de la promesa de una vida mejor para la bebé, de tener contacto permanente con su hija y, supuestamente, de 300 mil bolívares, un monto que ni siquiera le habría sido cancelado de un todo o que jamás recibió, según la versión de los suyos
Aguas Negras es una comunidad pemón ubicada a 20 minutos de Ikabarú. Es un caserío de cinco o seis casas -de palma, metal y tabla- en donde todos son Castro o Mundo. La propia Glenda creció como hija de una tía que no pudo tener hijos, pero cuando esa tía falleció, Glenda regresó sin inconvenientes a casa de sus padres biológicos. El caserío se llama así por el color del riachuelo cercano. Allí hay una mina de oro ya desahuciada por los muchos años de explotación, sin embargo algunos insisten rebuscando el subsuelo.
Ikabarú es un pueblo de calles de tierra que es la capital de la segunda parroquia del municipio Gran Sabana, en el sureste lejano de Venezuela hacia el Brasil. En Ikabarú, según la concejal Zaida Almeida, 80% de la población se dedica a la minería. A la fecha, el gramo de oro ronda los Bs. 90 mil, al cambio vigente en el mercado paralelo aproximadamente los 25 dólares.
"Ella (Glenda) parió en la casa, la atendió mi mamá y esa mujer (Dugmary) aprovechó que no tenía certificado de nacimiento (…) La tipa le ofrecía plata, pero en realidad no la agarró (…) Se dejó llevar porque no tenía apoyo del marido (…) Vive arrimada con mi mamá, dedicada a los oficios del hogar", relata Noris Mundo, hermana mayor de Glenda.
"Esa muchacha llevó vaína", dice Noris y saca de una carpeta de pasta marrón el informe médico del Hospital Materno Infantil "Nossa Senhora de Nazaret", ubicado en Boa Vista, la capital del brasilero estado de Roraima, a 230 kilómetros de Santa Elena.
De acuerdo con ese documento, Glenda fue atendida exactamente cuatro meses antes de dar a luz. El día cuatro de junio de 2016. Los exámenes revelaron que tenía la hemoglobina en 4,3 y recibió cuatro bolsas de sangre.  Noris dice que en medio de aquella situación de emergencia su hermana le contó que el marido la había pateado entre la pierna y el vientre. "Aquí (…) Ellos estaba separados hace tiempo".
Relata que, el seis de octubre, Dugmary del Carmen Aguilera García, una mujer de 31 que llevaba aproximadamente siete meses en Ikabarú, trabajando como prostituta, se acercó al ambulatorio y, con la bebé cargada, dijo que había dado a luz "en el monte", que se sentía mal y que necesitaba ser trasladada a Santa Elena. Entonces, subió a la avioneta.
Durante cuarenta minutos, la avioneta que diariamente va de Santa Elena a Ikabarú y de regreso alternó su ruta entre la altiplanicie y la alfombra infinita de árboles.
Ya en Santa Elena, la mujer fue al Hospital "Rosario Vera Zurita" y solicitó un Certificado de Nacimiento argumentando que no lo tenía "porque había parido en el monte". En el formato EV 25, emitido por el principal centro de salud del municipio, firman como padres Dugmay del Carmen Aguilera García y Jhon Carlos Santander Barrera. "Y no fue tonta, puso como testigos a dos pemón", dos jóvenes indígenas, destaca Noris.
"Ella es bonita, tiene buen cuerpo", dice. En la cédula se ve como una mujer blanca, de ojos grandes y cabellos lisos sujetos en una cola de caballo.
Noris se enteró de lo que sucedía por una llamada de Glenda. "Ella me llama y me dice, hermana es que una tipa así me llevó a la niña, la llamo y me dice que está en Boa Vista, que está en Puerto Ordaz o no responde". Noris asegura que su hermana no recibió dinero de parte de Aguilera porque viajó a Santa Elena sólo con el pasaje, Bs. 30 mil.
La Defensoría del Niño, Niña y Adolescente de Gran Sabana recibió de los familiares de Castro y su bebé una denuncia por presunto tráfico de niños en la modalidad de compra.
Más tarde, en una barriada ubicada al sur de Santa Elena, los efectivos del Destacamento de Fronteras 623 de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) capturaron a Santander Barrera y Aguilera García quienes fueron puestos a la orden de la Fiscalía Décima del Ministerio Público del Segundo Circuito Judicial del Estado Bolívar.
Entre los defensores existe una auténtica preocupación por la proliferación de la trata de personas en el municipio más al sureste de Venezuela, territorio ancestral del pueblo indígena pemón, a más de 1300 kilómetros de Caracas.
"Este es el tercer caso de este último trimestre del año (2016) y en un elevado porcentaje son niños indígenas. Me preocupa la vulnerabilidad de las comunidades por desconocimiento y necesidad", comentó una funcionaria que prefirió no ser identificada.
En el mundo, cada año, entre 800 mil a dos millones de personas son víctimas de este delito, superado en ganancias por el tráfico de drogas y de armas.
Hay quienes valiéndose de dinero, de amenazas, de la fuerza o de simples promesas compran o raptan niños y niñas para después venderlos a redes que se encargan de colocarlos en adopción, de prostituirlos, de esclavizarlos, de transformarlos en soldados e incluso de emplearlos como mendigos o sacrificados en prácticas religiosas.
Entre quienes siguieron de cerca el proceso existe la percepción de que Aguilera García sabía lo que hacía y tenía en mente un negocio; de que Santander Barrera apenas conocía desde cuatro o cinco meses atrás a la mujer con la presentó a la bebé, de que el padre biológico de la bebé es un muchacho ingenuo que ama a su primera hija y de que Glenda Castro "no tenía noción, ni conciencia de lo que estaba pasando".
Por lo pronto, las dos mujeres están en el Internado Judicial de Vizcaíno y el hombre en la Cárcel de Vista Hermosa, mientras que la bebé se encuentra con su familia materna. El abuelo Castro fue a visitar a su hija y llora mucho por ella. 
El lunes la bebé de Aguas Negras asistió a su control de vacunas. Vestía gorro rojo y rosa tejido, camiseta blanca, chaquetita marrón, pantalón rosa, medias blancas y zapatillas de tela a cuadros rojos y blancos. Su prima de 16 la arrullaba con dulzura, como a una muñeca muy querida, mientras que ella sonreía. Es un angelito.


viernes, 28 de octubre de 2016

El martes pasado llovieron piedras

"Las invasiones siempre se han manejado antes de las elecciones y, como indígenas, no vamos a permitir más eso porque han traído asesinos, delincuentes y la seguridad del municipio Gran Sabana se ha ido colapsando" dijo Dñonald Martínez, líder pemon. Fotografía; Morelia Morillo.

En el acceso a Lomas de Piedra Canaima, a la altura del sector Simón Bolívar, reposan vestigios de una barricada: listones, peñascos. Son restos de la batalla del martes.
Lomas de Piedra Canaima es la urbanización de hospedaje turístico más antigua de Santa Elena de Uairén, la capital del municipio Gran Sabana, el territorio ancestral del pueblo indígena pemón, en el sur remoto de Venezuela.  
Dos de los habitantes más antiguos de la zona fundaron el asentamiento y poco después, hace 30 años, llegaron Manfred y Xiomara y comenzaron a construir Yakoo, el campamento más conocido de la Gran Sabana. Por eso, al sector se le conoce como Yakoo. El mismo que luego fue bautizado como Lomas de Piedra Canaima.
Le siguieron Ruta Salvaje, Petoi, Wakupata.  Son posadas y hoteles bonitos, cómodos, sencillos, de diseños inspirados en el ambiente que les rodea: una montaña en donde se alternan las nacientes de río, los chaparrales y el bosque tupido.  
Entre los dos sectores, viven 80 familias, según los registros del Consejo Comunal. Seis de ellos son extranjeros que vinieron a Venezuela hace 40, 30, 20, 15, 10 años. Los demás son venezolanos. Todos comparten un sueño: vivir en paz y rodeados de naturaleza.
Simón Bolívar es una barriada que se consolidó hace siete años, tras la ocupación, desalojo y ocupación definitiva de un pliegue en la falda de la montaña, dentro de la jurisdicción del Consejo Comunal Lomas de Piedra Canaima.
En aquella ocasión, tras la toma del sitio, los de Lomas acudieron ante la Guardia Nacional y, como no recibieron apoyo, apelaron a las autoridades indígenas. Ellos actuaron según sus usos. "Cuando comenzó el desalojo, los guardias defendieron a los invasores. Una mujer hasta le quitó el casco a uno de los guardias para golpear en la cabeza a un indígena", recuerda un vecino amparado en la confidencialidad. "Algunos de los indígenas que están aquí participaron en el desalojo de Simón Bolívar y tienen heridas de guerra".
Quienes defendían el lote lograron echar a quienes pretendían habitarlo, pero en un pestañeo los invasores se reinstalaron y levantaron de nuevo sus barracas. Después, la Alcaldía los guió en la gestión de Misión Vivienda. Mientras que las máquinas de la Alcaldía conformaban el terreno, las 30 familias desarmaron sus ranchos y se arrimaron al drenaje natural del cerro. Luego, los rearmaron dejando el espacio para las viviendas prometidas. Algunos ya tienen sus estructuras metálicas. Todos esperan por materiales.
Ahora, corre 2016. Maite Ayala, habitante de Lomas de Piedra Canaima, sabe que recibió la noticia de la nueva invasión desde los linderos de Simón Bolívar a las 5:37 del domingo 23 de octubre porque así se lo recuerda el mensaje que le llegó a través del grupo de whatsApp de la comunidad y porque una contingencia así no se olvida fácil.
De inmediato, tres vecinos se movilizaron hasta el Destacamento de Fronteras 623 de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB). "Nos dijeron, no podemos hacer nada sin una orden de Fiscalía Ambiental", recuerda Rafael Escalante. "Entonces, fuimos a la comisión de seguridad indígena que está en el Comando de la Policía".
Durante el encuentro inicial entre los vecinos de Lomas de Piedra Canaima y sus vecinos de Simón Bolívar, Katherin Pacheco recibió un martillazo en la cabeza y ella, quien según sus adversarios es karateca, se defendió con una patada y un movimiento de manos que dejaron a su contendora sin aire. Katherin Pacheco, por su parte, fue a parar al Hospital "Rosario vera Zurita" en donde recibió cinco puntos de sutura. Uno de los hombres que entró desde Simón Bolívar paró tras las rejas por estar solicitado. No se sabe por qué.
Dónald Martínez, uno los líderes más importantes del pueblo pemón, inició las conversaciones; le siguieron, Manuel De Jesús Vallés, alcalde desde hace al menos 12 años y la Fiscalía Ambiental. Al caer la noche del lunes, los invasores se comprometieron a salir antes de las 10:00 de la mañana del martes y a presentarse en la sede de Desarrollo Social de Gran Sabana para iniciar un estudio socioeconómico con miras a una solución. 
Pero en cambio, la parcela de Oneida Brown, de poco más de una hectárea, amaneció ocupada hasta sus límites y fraccionada en 50 pedazos.
Como la GNB no se presentó, sobre las 11:00, un grupo de apoyo de la seguridad indígena y del Consejo Comunal de Lomas de Piedra Canaima decidió sembrar los postes y marcar el lindero al tiempo que las mujeres desde Simón Bolívar subían sobre el alambre.
Al defender su territorio, de ocupaciones inconsultas, los pemón de hoy recurren a los métodos de siempre: al ají, el korokopay rezado con maldad, a los palos y a las flechas; decoran sus rostros con pintas de guerra, se acorazan de valor y avanzan sobre una tierra pedregosa que conocen como las callosidades de sus manos.
"Lo que siguió fue una batalla de piedras que se prolongó durante una hora", me comentó uno de los que se limitó a observar.  "Desde allá lanzaron como 10 bombas molotov, pero sólo estallaron como tres o cuatro", dijo uno de los de Lomas.
Mientras tanto, a través de las redes sociales, los vecinos de Piedra Canaima alertaban acerca de las amenazas, del fuego, del humo, de la barricada que les impidió, a quienes regresaban para el almuerzo con los hijos después de la escuela, sentarse a la mesa y comer; imploraban la intervención de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB).
Finalmente, cerca de la 1:00, llegaron los uniformados y la batalla cesó. Los efectivos detuvieron, a la altura de la barricada, a un hombre que portaba un arma y ya sobre el terreno obligaron a los que entraron por Simón Bolívar y a los de Lomas de Piedra Canaima a salir del terreno de Oneida Brown. 
Quioli Ruiz, la habitante de la primera de las casas de Simón Bolívar, argumenta que necesita de un terreno para su hija y lo propio expresan las cabezas (voces) de las otras 49 familias desesperadas por ocupar la hectárea de la Brown. 
Quioli se siente agredida por "los indios que salieron a defender los gringos" y dice que ese rasguño que lleva una de las suyas sobre la mejilla es la marca de una flecha rasante. Cuenta que a una mujer se le adelantó el parto ante la hostilidad.
Morelba Tovar dijo que está cansada de esperar por una respuesta de la Alcaldía y que necesita una parcela; otra de las mujeres expresó que quiere dejar de pagar alquiler; la otra anhela salir de la casa de un familiar en donde está arrimada desde hace años; la anciana de ojos claros quiere tener una casita, un huerto y gallinas.
Los 50 dicen que llevan tiempo en la Sabana, pero incluso entre los habitantes de Simón Bolívar hay quienes dan fe de que en ese grupo hay de todo: hay quienes invadieron hace siete años y después vendieron sus casas; muchachos y muchachas que recién formaron familia y que necesitan de un sitio y gente mala, del 88, de Las Claritas, de San Félix, poblaciones ubicadas a 300 y 800 kilómetros en donde mandan los sindicatos, los grupos armados que imponen su ley en las minas del sur venezolano.
Una de las lideresas del comité de seguridad indígena, lleva como marca de guerra un hematoma multicolor en su hombro derecho. Fue alcanzada por una piedra.  Sobre el campo de batalla reposan las molotov perdidas, un reguero de piedras y palos quemados.
La seguridad indígena está determinada a no permitir ni una invasión más.
Se conformaron como comisión con el propósito de acompañar a los cuerpos de seguridad y orden público a raíz del incremento acelerado de la inseguridad en Gran Sabana, una región en donde a pesar de la delincuencia desatada en el resto del país se podía dormir sin puertas ni ventanas hasta hace tres o cinco años.
A comienzos de septiembre pasado, la comunidad de Santa Elena de Uairén se conmocionó ante la muerte de tres de los cuatros miembros de una familia siria que llevaba años en el municipio y el dolor fue tanto que condujo a la intervención de la Policía del Estado Bolívar (PEB) por la vinculación de dos de sus agentes con el suceso.
De ese acompañamiento, dice Donald Martínez, uno de los tres voceros del ese grupo de trabajo, surgieron alrededor de 25 observaciones con respecto al incremento de la inseguridad en Santa Elena y en las comunidades indígenas pemón que rodean al pueblo mestizo. Una de esas observaciones fue la proliferación de las invasiones.
En los últimos 18 años, en Santa Elena de han consolidado 17 ocupaciones ilegales de tierras; ilegales porque las leyes venezolanas las prohíben y porque la mayoría de estas ocupaciones han avanzado sobre los límites del área urbana hacia las tierras indígenas devorando morichales, bosques y sabanas.  En algunas, los ranchos han dado paso a casas modestas, en otras a viviendas de interés social, en otras los ranchos aún siguen; muchas cuentan con servicio de electricidad, pero todas, sin distinción, padecen por falta de aguas blancas y excesos de aguas negras y cada vez más por la inseguridad.
"Ellos también son venezolanos, pero con intereses, la mismas caras, la misma gente, venden los terrenos. El propio alcalde reconoció a personas que ya han recibido casas. Una señora le dijo que la había vendido porque se enfermó".
"Las invasiones siempre se han manejado antes de las elecciones y, como indígenas, no vamos a permitir más eso porque han traído asesinos, delincuentes y la seguridad del municipio Gran Sabana se ha ido colapsando".
"Si por negligencia, las mismas instituciones no cumplen su función, nosotros si vamos a cumplir", dijo Dónald Martínez.
Al lado del lindero se mantienen seis efectivos de la GNB y 12 del Ejército. A las cuatro de la mañana del viernes, mientras los que estaban de guardia tomaban café, los forasteros saltaron sobre la alambrada. Aunque no se resignan, fueron avistados de inmediato y devueltos a los terrenos de Simón Bolívar. "Lo que yo digo, comentó una vecina de Lomas que nos pidió no publicar su nombre, es que no podemos vivir así, en esa zozobra ¿Qué está esperando la Guardia para llevarse a esa gente?"




Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...