Gran Sabana no postal

Mi madre siempre dice que vivo "en el fin del mundo". Yo vivo en la Gran Sabana, en el sureste extremo de Venezuela, en un sitio tan distante
y tan distinto que hasta se me ocurrió quedarme a vivir. Los invito a conocer esa Sabana que experimento en mi cotianidad: la Gran Sabana no postal.

martes, 3 de enero de 2012

Manak Krü, tan cerca y tan lejos


Una de las primeras viviendas de la comunidad. Fotografía: Morelia Morillo R.

Los cerros que dieron nombre a la comunidad. Fotografía: Morelia Morillo R.

Manak Krü es la comunidad pemón más cercana a Santa Elena de Uairén. Antes, era así: la más cercana. Ahora, irónicamente, el crecimiento de Santa Elena -la capital de la Gran Sabana, la última ciudad venezolana en la frontera con Brasil-la convirtió en un sector más del pueblo criollo, no indígena.
Santa Elena y Manak Krü están conectadas a través de una doble vía de menos de un kilómetro, de una calle que alguna vez fue nombrada Fernández-Peña, apellidos del fundador del pueblo de acuerdo con la visión occidental; que después llevó el nombre del misionero Nicolás de Cármenes y que, finalmente, tomó (como opción intermedia) el del laico general Urdaneta.
En este trayecto, se asientan algunos comercios y viviendas, incluyendo la de los Fernández-Peña, además de la Catedral y del Vicariato Apostólico del Caroní, ambos construidos por los Misioneros Capuchinos en los años 40. También está la llamada Residencia Presidencial, en donde se alojaron -en algún tiempo- los presidentes venezolanos deseos de descanso y que, de momento,  casi siempre está cerrada o no pasa de ser un salón de reuniones.
La historia católica de la Gran Sabana reseña que en 1936, siendo el último domingo de diciembre, la Iglesia dispuso cerrar el año santo con la bendición y colocación de doce cruces en el cerro Manak Krü. Las sembraron escalonadas, una detrás de la otra sobre la pendiente. Aún en 1950, las tres de la cima permanecían ahí. En el valle, a los pies de “El Calvario”, creció la comunidad.
Se dice que fueron los Álvarez los primeros en hacer su casa. En aquel tiempo, las familias indígenas eran apellidadas de acuerdo a algún misionero. Así, los pemón sustituyeron sus nombres autóctonos, inspirados en la naturaleza. Décadas después, los Álvarez, los descendientes de los fundadores, aún moran en Manak Krü, en la calle identificada –mediante un letrerito de madera- con el nombre que inspiró el de la comunidad.
Luego, vino Lucas Fernández Peña y se asentó en la colina que, al dejarse caer, cede espacio al valle  atravesado por el riachuelo Manak Krü . Entonces, el pueblo de los criollos empezó a crecer hacia el oeste, de espaldas a la comunidad indígena, que se expandió hacia el este, con respecto a la residencia familiar de Fernández Peña.
Manak Krü viene a ser el centro de la vida indígena en la inmensa Sabana. Allí se alojan los venidos de las comunidades distantes por motivos de salud, de estudios, de trabajo, de festejo. Cada vez son menos las viviendas tradicionales, con techos de palma y paredes de barro. Predominan las casas rurales. Las churuatas, las que quedan, apenas se emplean para cocinar o compartir. Las calles centrales son de asfalto. Las secundarias de granzón.
En la comunidad hay una escuela de Fe y Alegría; un Infocentro; una fábrica y venta de artesanías llamada Aray Yewuk, que significa la casa de las arañas o la tela de las arañas; un hospedaje para los enfermos que no tienen familia en la zona urbana del municipio; una cancha; el campo de futbol en donde -entre otros eventos- se realizan año a año los Juegos Intercomunidades; varios talleres mecánicos, bares, bodegas y ventas de comida. De día, las calles son un desierto. Muchos salen a trabajar en los comercios, en las modestas industrias locales, en los campamentos turísticos, en las casas de familia.
Manak Krü crece  y, en esa medida, se llena de niños mestizos, hijos de mujeres indígenas con hombres criollos. Cada vez más, “por vergüenza”, aseguran algunos conocedores no sin mucho dolor, se come pasta y pollo en lugar de tümá y kasabe, cerveza por kachirí y, durante las fiestas de Santa Elena, que se celebran en agosto, se baila reggaetón, forró y vallenato por  parichará y tukui.
A veces, en Manak Krü se consume cerveza en exceso y esos abusos causan estragos. Lo uno y lo otro son temas que se discuten abiertamente en familia, pero se callan ante la presencia de los extraños, de aquellos que sólo pisan Manak Krü por error, para ir al cementerio que está más allá.
Pero Manak Krü sigue ahí, manando, creciendo. Su nombre, como el del riachuelo que cruza la comunidad, significa “de donde mana o colina de los pechos” por la forma de las cerros vecinos. En uno de esos cerros se renueva, periódicamente, el nombre la comunidad, podado en lo alto sobre el matorral, visible desde todas partes del pueblo criollo, tan cerca y tan lejos de todos.

2 comentarios:

adrian osio dijo...

una vez me paso que de vacacion por la sabana de uairen,me invitan a salir a mi y a dos amigos mas al tal manakri.y yo pensaba q mi amiga nos llevaba esa noche de party a una disco con ese nombre y cuando llegamos al sitio caimos pa trass como condorito,ja,ja,ja.en una churuata habia un poco de prientes bsilando raspa canillas.

Morelia Morillo dijo...

hola Adrián, gracias por leer. Efectivamente en Manak Krü se toca y se baila el raspacanillas hasta amanecer.

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