Gran Sabana no postal

Mi madre siempre dice que vivo "en el fin del mundo". Yo vivo en la Gran Sabana, en el sureste extremo de Venezuela, en un sitio tan distante
y tan distinto que hasta se me ocurrió quedarme a vivir. Los invito a conocer esa Sabana que experimento en mi cotianidad: la Gran Sabana no postal.

lunes, 4 de agosto de 2014

Scott: el señor de los antídotos

En la distante frontera venezolana de cara al Brasil,  al menos una persona es mordida semanalmente por una víbora de cascabel, por una mapanare, por una coral o por una inmensa y feroz cuaima piña; desde hace 30 años, Douglas Scott se ocupa de atender a los emponzoñados, de administrarles las dosis de sueros antiofídicos y de apoyarlos en su recuperación. Fotografía: Morelia Morillo


Douglas Scott, funcionario de Protección Civil Bolívar (PC-Bolívar), dice que está por jubilarse. El anillo de plata, inmenso, que lleva en su mano derecha recuerda que egresó de la Escuela Técnica de la Armada, como enfermero, en 1963. 51 años de servicio y él se acerca a los 70.

Sin embargo, acaba de subir a un Jeep prestado (es de un sobrino), ya hizo a un lado cualquier otro compromiso previamente adquirido y acelera hasta estacionar en el área de Emergencia del “Rosario Vera Zurita”, el último y único hospital en la Venezuela distante de cara al Brasil.

Va de prisa, aunque no es médico, apenas completó el tercero de bachillerato, lleva más de 30 años atendiendo las incidencias ofídicas en Gran Sabana, una  zona en donde , semanalmente, al menos una persona es mordida por una cascabel, una mapanare, una coral o una cuaima piña.

En Gran Sabana, la población avanza sobre los bosques, los morichales y las sabanas, con sus pueblos, sus minas, sus conucos y las serpientes arremeten en defensa de sus espacios.

En 2005, Scott contabilizó (pues también lleva las estadísticas)  un récord de 72 mordidas y una defunción. En 2012, se reportaron 58 mordeduras y dos fallecimientos: un niño y un adulto. Al cierre del mes de junio, durante los primeros seis meses de 2013, se registraron 32 casos y una muerte.

Scott los atiende a todos o casi todos. Sabe qué sueros debe recibir cada paciente, de acuerdo a la especie por la que fue inoculado y las dosis vinculadas al peso y edad de la de la persona. Aunque, sin excepciones, los médicos que llegan a la zona deben participar del Curso de Emergencias Ofídicas que él imparte, eventualmente, ingresa un médico sin experiencia o, simplemente, los pacientes y sus familiares se sienten más tranquilos ante la presencia serena y sonriente del hombre de escasos cabellos canosos, ataviado de gorra, chaleco de batalla y media docena de anillos de plata entre ambas manos.

Ahora, por ejemplo, Scott se apura porque en la hospitalización pediátrica lo espera un niño de cuatro. Fue mordido por una víbora en Wonkén. Lo trasladaron  hasta Santa Elena por aire. Salir de aquellos confines -por tierra- amerita de días de intensas caminatas. Pero allá también conocen a “Douglas”, así.

Hace poco, recibió a una adolescente de Kavanayén, comunidad pemón arekuna. Sufrió una mordida mortífera, pero la chica se salvó. Sus padres no hallaban de qué  manera agradecerle su intervención a Scott. “Me regalaron unos lentes, en un estuche bien bonito, un bastón de excursionismo, el ventilador que compraron para la muchacha y una bolsa de caramelos porque yo siempre ando dándole caramelos a todo el mundo” y también piropos, abrazos, apretones de mano, saludos cordiales y sonrisas.

Ahora, se le dan bien las terapias alternativas. No se limita a las dosis de antídotos, luego apoya a las víctimas en el proceso de recuperación, que es largo y doloroso; les aplica arcilla blanca, caolín de la Sabana, sobre el área afectada. Según él, la desinflamación es mucho más rápida.

Mientras visita a su paciente de cuatro, recibe una llamada desde Ikabarú, capital de la segunda parroquia del municipio, a 114 kilómetros de Santa Elena. “Me acaban de reportar la muerte de dos personas en la mina de la Suruca”. Uno tenía 36, el otro 23. Los dos fueron tapiados por el talud del corte en donde hurgaban en busca de oro y diamantes. La Guardia Nacional Bolivariana (GNB) se ocupará de los cadáveres. Scott de recibirlos y de las diligencias necesarias.

Es así. No sólo atiende a los inoculados por los colmillos filosos de las serpientes del sureste remoto de Venezuela, socorre por igual a los accidentados de las minas, de las carreteras, del Roraima; hoy lo llaman para que controle a un perro rabioso y mañana para que retire un enjambre de abejas extraviado e instalado en el patio de una casa de familia; bien pueden contactarlo para que se ocupe de una persona en medio de una crisis siquiátrica, pues en la zona no hay personal especializado o para que acompañe a una mujer que decidió dar a luz en casa y, por supuesto, sin un centímetro cúbico de anestesia.

En carne propia
Alguna vez, fue mordido por una terciopelo en su dedo pulgar. El veneno lo condenó a siete días de hospitalización en el Hospital “Ruiz y Páez” de Ciudad Bolívar y, de por vida, a un dedo extraño aunque funcional. Su nombre en las estadísticas. Cada año, entre 40 a 72 personas son mordidas en  Gran Sabana.

Muere uno con año de intermedio. En 2010, murió Luis Scott, su hermano dos años menor. Su gente, su sangre, sus afectos en las estadísticas.

Luis era carpintero, constructor, apicultor, artesano y un apasionado de las serpientes. Les salvaba la vida, aunque tuviera que pagar por ellas y, ya en cautiverio, les extraía el veneno.  Donaba las ponzoñas a las instituciones que elaboran los sueros antiofídicos.

En tres tiempos
La carrera de Douglas comenzó hace exactamente 52 años con un curso de Primeros Auxilios en el entonces Departamento Vargas. Un año después, en 1963, se enlistó en la Escuela Técnica de la Armada de Venezuela, en Catia La Mar y cursó Enfermería. Al finalizar esa primera fase de estudios, recibió el botón “Orden de Enfermería Clase B Armada” por haber conseguido el primer puesto y, casi de inmediato, abordó el patrullero de costa P-03 Alcatraz en donde durante dos años trabajó sin médico.

Del barco pasó al Hospital Militar Alberto Arvelo de Caracas. Ahí estuvo entre 1964 y 1974. “Ganaba 540 bolívares, recuerda, más 100 bolívares por guardias especiales”. Pasó 6 años en el Servicio de Siquiatría, un buen tiempo en Cardiología y el resto en los demás servicios.

Con María, su compañera de casi tres décadas y seis de sus 11 hijos se mudó a El Paují, una comunidad mixta –de indígenas y criollos, ecologistas y mineros- ubicada entre Santa Elena e Ikabarú.

Al llegar a El Paují, fundó el Puesto de Primeros Auxilios (1985), poco después el Grupo de Rescate (1988). Eran cargos ad honorem. El acuerdo era que cada familia debía dar un aporte mensual para quien se ocupaba de vacunarlos, de curarlos. Pero, como no siempre se le juntaba el dinero necesario, él iba a la mina. “Salía a buscar mi orito en los rabines, pero sin daño ecológico. Lo que hacía era ir con una pinza y una careta y buscar en las ollitas. Me daba para comer. El gramo estaba en ochenta bolívares”.

“Traje al mundo una gran cantidad de niños, doscientos o trescientos, atendí partos en agua, con agüita templadita para ayudar a la parturienta a relajarse y nunca se me murió  nadie”.

Pero, así como le tocó acompañar a esas madres durante el alumbramiento, también tuvo que levantar cuerpos sin vida. Jamás olvidará la caída de la avioneta en la viajaban la médico Xiomara Rivas y cuatro personas más. Sólo una muchacha sobrevivió, “a la que se le quemaron las piernas”

Luego fue asimilado como enfermero por la Alcaldía, fue presidente de la Asociación de Vecinos,  primer jefe Civil de El Paují y concejal parroquial.

A Santa Elena, la capital del municipio, llegó en busca de una mejor educación para sus hijos. 


Desde 2004 trabaja formalmente para PC Bolívar y durante tres años presidió el Instituto Municipal de Salud Pública, un cargo que en teoría lo postraría detrás de un escritorio, rodeado de reconocimientos colgados en las paredes, pero él jamás dejó de salir a la calle, de apagar fuegos. 

4 comentarios:

YohaUzcategui dijo...

Tuve la fortuna de conocerlo en mi rural en Sta. Elena! De las mejores personas que he conocido! Pd: Siempre visito tu blog, es una forma de mantener viva mi conexion con Sta. Elena, Saludos.

Morelia Morillo dijo...

Hola Yoha,

Gracias por dar testimonio acerca de la vida en servicio de este excelente ser humano y, por supuesto, gracias por seguir Las crónicas de la frontera. Saludos

Anónimo dijo...

Gracias More por presentarnos a este héroe local, historias como estas nos guían en el camino de lo correcto y lo justo, y un ejemplo a nuestra juventud.

En palabras sencillas son relatos que nos inspiran y nos conectan

Slds………………

Morelia Morillo dijo...

Gracias por tan sencillas, sentidas y bonitas palabras.

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