Gran Sabana no postal

Mi madre siempre dice que vivo "en el fin del mundo". Yo vivo en la Gran Sabana, en el sureste extremo de Venezuela, en un sitio tan distante
y tan distinto que hasta se me ocurrió quedarme a vivir. Los invito a conocer esa Sabana que experimento en mi cotianidad: la Gran Sabana no postal.

viernes, 17 de octubre de 2014

Kurén, el caminante

Santiago Ramos Antón es español de nacimiento y venezolano por nacionalización. Llegó a Gran Sabana hace 53 anos, atraído por la belleza y la magia de estas tierras que conoce y anda a diario como quien mira la palma de su mano y la recorre escudriñando en su destino. “Esta es mi casa. Yo puedo salir, pero siempre vengo y, sí físicamente no puedo venir, estaré presente en otro nivel”. A lo largo del tiempo en estos confines ha acopiado tanto vivencias absolutamente mundanas como experiencias profundamente místicas. Fotografía: Cortesía de Marcos Olivares



La partida.
Es junio y aunque en el centro y occidente de Venezuela el sol es despiadado, en el sureste extremo del país, en Gran Sabana, difícilmente transcurre un día sin lluvia. Ahora mismo, llueve sin cesar desde hace diez horas. El agua es tanta que apenas se puede ver a escasa distancia.

Probablemente en junio de 1961 llovía aún más. Probablemente, había más neblina. Con certeza, no existía la Troncal 10. El Dorado (el Kilómetro 0) y el Kilómetro 88 estaban unidos por una carretera de tierra por donde eventualmente circulaba un carro. A un lado y otro, la selva.

En el 88 existían tres ranchos, incluyendo una bodega, la de Vargas y, a partir de ahí, las picas y caminos que los indígenas pemón iban dejando en su trajinar.

El día que Santiago llegó a Gran Sabana venía de andar alrededor de 88 kilómetros desde El Dorado a la zona de Las Claritas. Si bien tuvo la suerte de subir un rato a una camioneta. De cruzar la Sierra de Lema descalzo, sobre una escalera de palos y bejucos. Y de dormir en la selva, silenciosa, tendido sobre un plástico y cubierto con otro en un claro de arena.

Al amanecer, a cinco metros del lugar en donde durmió, consiguió las huellas de un jaguar.

Los viajes
Se movía sin más equipo que un guayare minero al que amarró una hamaca, una cobija, un par de mudas de ropa, casabe, carne de báquiro, una linterna, un machete, una lima y dos plásticos. Conoció el guayare en El Dorado, una liana entorchada y dotada de asas para sujetar la carga.

Entonces, Santiago tenía 20 años. Nació en Madrid. Pasó su adolescencia en Montevideo, junto a su familia paterna y llegó a Venezuela poco antes de cumplir los 18 para reencontrarse con su madre. Tras 22 días de travesía, La Guaira le recordó al brasilero Puerto de Santos.

Ahora, Santiago tiene 73. Su cabello es canoso. Bajo sus cejas, súper pobladas, prominentes y, casi casi negras, titilan un par de ojos mínimos. Tiene la piel curtida y el cuerpo fuerte aunque delgado. Anda con ligereza. Le llaman “el caminante” porque lleva más de cinco décadas andando estas sabanas que conoce y anda a diario como quien mira la palma de su mano y la recorre -con su dedo índice- tratando de ver qué hay en su destino.

Su niñez fue tan citadina como pudo haber sido en la España urbana de los 40 y comienzos de los 50. Recuerda aquel edificio en donde vivía junto a sus padres en Madrid. La luz colándose por la ventana. Su mamá limpiando con un plumero. Su papá agonizando. Él tenía tres años.

Tras la partida del padre, la mudanza a La Coruña. La Plaza María Pita. A los siete, el desfile de Franco flanqueado por su Guardia Mora. Le dio la mano. Los juegos de futbol. El Colegio de los Hermanos Maristas. De boca de uno de esos maestros, escuchó hablar por primera vez de Buda y se le erizaron los vellos de los brazos. La biblioteca. Su padrastro de origen noble. Le enseño buenos hábitos, la caballerosidad, la honestidad. Lo paseó a bordo de “un topolino”.

Con doce, subió solo al barco de la compañía argentina Yapeyu. 18 días de viaje. Madeira, Lisboa y Gran Canaria desde la cubierta. En la isla grande, una mujer colgando las sábanas. Su primer amor: Irene. La despedida en Río de Janeiro. “Todavía hoy la recuerdo” y se toca el pecho.

La llegada a Montevideo. La “tía Juanita”. Desembarcó de pantalón corto, camisa de cuello impecable, yérsey y boina de estudiante negra y, de inmediato, por recomendación de la tía, debió usar el calzón largo. Repartidor de la Farmacia Tapié. Las playas solitarias. Asistente de los oficiales de planta en Suney S.A, una fábrica de calentadores. Los Boy Scouts. Los encuentros internacionales de los muchachos exploradores. El tío gaucho y sus anécdotas campesinas. Sus primeros libros de parasicología, de filosofía, de esoterismo.

El día que recibió la carta de su madre, desde Venezuela, no dudó en alistarse para viajar a visitarla, pero planificó el viaje con escala en Chile. Fue al Cuartel General de los Boys.
22 días en barco desde Valparaíso. En El Callao peruano, vio por primera vez a los indígenas. 

Durante el viaje,  las selvas una y otra vez bordeando la costa y, finalmente, La Guaira, tan parecida a aquel puerto de Santos que vio durante su breve paso por Brasil.

El reencuentro con la madre fue maravilloso, pero, aún así, al mes de estar en Caracas, decidió volver a Montevideo tal y como lo había planeado. Entonces, se dispuso a dar una vuelta por el centro de la ciudad para conocer algo más que el entorno materno antes de partir.

Corría 1959 cuando se topó con el Centro de Orientación Filosófica y aquel letrero que indicaba “El umbral del mundo espiritual” y así fue: “esa fue la puerta de entrada al mundo este que tengo alrededor”, dice Santiago, a la Gran Sabana.

El viejo
Comenzó por acercarse al señor Aurelio Arreaza, a quien con el tiempo tomaría como su guía, por leer todo cuanto él le sugiriera, por hacerse un asiduo visitante del Centro de Orientación y finalmente, uno de sus empleados y un discípulo de aquel hombre a quien llama “mi viejo”.

Al año, tomó vacaciones y el viejo, le sugirió visitar las selvas de Guayana.

Llevaba consigo 25 bolívares. Santiago salió de Caracas en autobús rumbo a Ciudad Bolívar; bajó de su primer transporte y trepó a una unidad de la Línea Orinoco.

Lo sorprendieron la cantidad de gallinas, cochinos, pavos, loros y guacamayos que subieron junto a él como pasajeros de aquella peculiar Arca de Noé. Así llegó a El Dorado, hasta la desembocadura del Yuruari en el Kuyuni, hasta la casa de la familia Rueda.

Con los Rueda, pasó unos días antes de seguir a la Sabana por la escalera, por las picas, por los caminos. Así, de pronto sólo y eventualmente con algún baquiano, casi siempre descalzo, llegó a Kavanayén, la comunidad pemón en cuyo centro se encuentra una Misión Capuchina. Se quedó seis meses. Exploró la sendero hacia Kamarata. Con una familia local, tomó la ruta del Cerro del Sol hasta llegar a Wonkén. Admiró de cerca las murallas del Chimantá. Volvió a Caracas, al Centro de Orientación Filosófica, pero su regreso a la Sabana estaba marcado.

Experiencia mística
En el Capítulo III de Kurén, el relato testimonial de la vida de Santiago Ramos en la Gran Sabana, publicada por el sociólogo Issam Madi, se lee  acerca de la historia que lo llevó de vuelta a la tierra de los tepui, en busca de los  Sabios de la Parima, tal y como se titula el Capítulo IV.

El viejo le reveló a Santiago la existencia del Gran Padre, un indígena centenario, un sanador profundamente espiritual a quien podría ubicar en la región del Chimantá, en Gran Sabana.

Regresó en invierno. Durante dos meses debió postergar su salida desde Kavanayén hacia la inexplorada región del Chimantá. “Partí una mañana de sol radiante”, recuerda en el libro de Madi. 

Salió con 70 kilos de peso. Aprendió a sobrevivir pescando y comiendo frutas silvestres. Se quedó sin ropa y sin zapatos hasta que, finalmente, se encontró con el Gran Padre y con sus dos discípulos: Kurén de quien tomó su nombre y Antabarí. Los tres eran conocedores del mundo de las plantas que sanan tanto el cuerpo como el espíritu.

Dos años más tarde, volvió semidesnudo y cadavérico a la zona de Wonkén.


Experiencia profana
Los indígenas le hablaron de las minas de Peray Tepui e Ikabarú. Pasó 42 años en las minas. Santiago fue minero de barra, de pala, de suruca, de batea. Sacaba y oro y diamantes para sobrevivir, pero sin causar daños irreversibles. Ha visto el jaguar de cerca. Se han mirado a los ojos. Y aprendió a diferenciar el silbido de las chicharras del siseo de las serpientes. Dice que, cuando andando la selva, el caminante se siente adormecido debe ponerse alerta pues las cuaimas suelen soltar su vaho adormecedor para atacar sin resistencia a sus posibles víctimas. Jamás lo ha mordido una víbora.

Esta Sabana del siglo XXI es diferente a la que conoció: “Me siento con cierta nostalgia, me doy cuenta y hasta me asombro de que esto haya sido invadido por habitantes de todo el planeta (…) Pero aún existen sitios aislados, selváticos, impenetrables en donde existen personas en condiciones primitivas”, asegura.

No habla el pemón, el idioma de los habitantes ancestrales de estas tierras, pero tiene un inmenso vocabulario y “conozco su esencia, eso me permite comunicarme sin palabras”.

Desde hace diez años, Santiago dejó la mina. Es guía turístico. Pintor. Plasma las muchas imágenes de la Sabana, las que lleva grabadas en su memoria. Siempre que puede, al menos una vez al año, va a España, en donde está su madre ahora con más de 100 anos, una de sus hijas y dos de sus nietos. El resto de su descendencia está en Guayana a donde él siempre regresa.

En estos confines, no atesora tierras, ni bienes inmuebles. “Mi riqueza es que vivo en la Gran Sabana, los tepui, la selva y el rumor del viento”.










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